martes, 30 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: No


Él le dijo: “Te quiero”, con su voz dulce y rotunda al tiempo. Ella lo escuchó con reverencia y tuvo miedo. Supo que, después de esa frase, corta y definitiva, ya nada sería igual. Ya no podría fingir indiferencia, no podría inventar risas, no podría dibujar palabras imposibles, no podría atesorar lágrimas sin que él lo supiera. No. Después de aquello no valdría nada, salvo enfrentarse a todo. Enfrentarse a su propio corazón y al suyo. Aunque él no lo sabía. No sabía la respuesta de ella e imaginaba que las cosas transcurrirían como otras veces. Juego, deseo, quizá un poco de amor pero no mucho, sexo, fuego que se va apagando, desamor, aburrimiento y lucha. Y el adiós. Ese laberinto de sus pasiones que se iba repitiendo una y otra vez. Esa acusación que todas le hacían de que jugaba con la vida. Ese cansancio de verse en una ruleta que ya nunca podría pararse. 

Ella le contestó, mirándolo a los ojos: “No”. Y repitió despacio: “No”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque no quiero llorar cuando todo acabe”, “No, porque no quiero ver tu cara cuando mires a otras”. “No, porque no podré tenerte sin echarte de menos”. “No, porque no puedo esperar en vano a que te vayas”. “No, porque romperías mi corazón con una sonrisa”. “No, porque tengo miedo a no olvidarte si, un día, me besas y te beso, me abrazas y te abrazo, te tengo y me posees”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque me inundas el alma si te veo”. “No, porque no podré contemplar el día que me engañes”. “No, porque sé que me odiarás un día”. “No”. 


Él contempló su rostro anhelante, sus manos que ya nunca tomaría entre las suyas, sus ojos firmes y su sonrisa triste. Ella lo vio como el hombre que nunca estaría entre sus brazos, como la persona que nunca compartiría su vida. Los dos entendieron que, de alguna manera, ese adiós los acercaba más que la propia vida. 

Cuentos para Francine van Hove: Intimidad


Anna, Katia y Ruth estaban disgustadas. Se movían con sigilo mental. Sus cabezas tenían demasiadas cosas dentro, tantas que no se distinguía lo bueno de lo malo. Anna estaba cansada de alguna gente, Katia se sentía fea y Ruth tenía miedo. La tarde era bellísima. Todavía el verano no había dejado su estela a favor del otoño y, aunque los días eran más cortos, se conservaba ese sonido cálido de las tardes abiertas a la vida. El encuentro de las tres siempre traía sorpresas. Novedades. Confesiones. Luchas. Confidencias. 

Ninguna de las tres era feliz. Eso podía notarse si entrabas con cuidado en la conversación y atisbabas sus palabras en clave. Sobre todo, si mirabas sus ojos. Los ojos de Anna tenían una aureola gris, una especie de pátina que solo el insomnio provoca. Los de Katia se habían encogido y una pequeña sombra violeta los convertía en traslúcidos, del mismo tono que las lágrimas que derramaba a menudo. Por su parte, Ruth los mantenía casi cerrados, temiendo que los atravesara el tiempo, la calma, el despecho, el horror, quién sabe. 

El amor de Anna se había marchado. Después de algunos años pensó que no la quería lo suficiente. Esa especie de ficción que mantuvo un tiempo ahora se resquebrajó cuando otra persona pisó la puerta de la casa donde ambos parecían felices. Anna ya no tenía excusas para inventar risas falsas ni para sostener que él era toda su energía. 

Katia solo sabía querer de una manera y escogió para hacerlo a alguien equivocado, alguien que no conjugaba el verbo amar sino el verbo desaparecer. Katia no conocía la palabra esperanza, ni la palabra dicha, ni la palabra sueño. Sus lágrimas tenían un sabor de permanencia que ella no podía evitar; aunque a veces le estorbaban, más tiempo eran un consuelo. 

Ruth nunca se enamoró. No conocía el vértigo de los sentidos. La pasión no encontraba sitio en ella. Deambulaba por los alrededores de su casa, de sus horas, pero sin atreverse a empujar el muro que Ruth levantaba con plena conciencia de ello. Ruth era una mujer fría, sola y sin deseos. Nada deseaba, sino huir de lo que podía causarle daño. 

Solamente en estos momentos claros en los que las tres se unían para expresarse mutuamente sus dolores, la luz de una posibilidad tenía sentido, adquiría corporeidad, podía tocarse. Es así como en la intimidad de una amistad sin fisuras ellas escribieron que hay corazones que no merecen vivir a la intemperie. 


lunes, 29 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?


Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido. 

En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incertidumbre. Pero, en esas horas postreras al deseo, aún éramos dos seres que se escribían cartas encabezadas siempre por una misma frase: Mi vida, mi amor, mi todo…

Así que caminaba fijando la vista en todos los escaparates, en los escasos transeúntes, en los letreros, las esquinas, los bares, las tiendas. Apresaba en la mirada todo lo que veía y llenaba el corazón con su vista, aunque era un mediodía de absoluto calor en la que todo clamaba por el agua fresca, la sombra y el silencio. Nada había de silenciosa, sin embargo, en aquella marcha por la ciudad desierta, porque el grito del corazón era más voluminoso que el silencio mismo. La callada respuesta de las manos no se correspondía con el deseo que, aun satisfecho, anidaba en cada uno de mis movimientos. 

El desconocido surgió de improviso. Era alto y llevaba una inmaculada camisa blanca de manga larga al modo elegante en que los hombres elegantes llevan las camisas en verano: como si no hiciera calor en absoluto. Los vaqueros estaban gastados pero eran de calidad y sus zapatos (me fijé en sus zapatos) eran grises, de ante, lo que indicaba no solo buen gusto, sino que era un hombre presumido, que quería causar buena impresión. Era joven, unos treinta años, aunque no tanto como yo, que no había cumplido aún los veintitrés. 

El desconocido llevaba en las manos una cartera, una especie de portafolios de piel, que balanceaba sin cuidado al andar. Sus gafas de sol ocultaban los ojos pero dejaban ver el tono bronceado de la piel, la barba de dos o tres días y el tono rubio del cabello. Era un hombre muy guapo. Nueve de cada diez mujeres lo hubieran afirmado. 

Justo a la altura de una tienda de ropa masculina nos encontramos frente a frente. Se paró entonces y me miró. Primero, brevemente. Luego, con detenimiento. Me cortó el paso en seco. Me asombré. Le pregunté ¿qué haces? ¿No lo ves? Estoy mirándote, me dijo. Sí, pero no me dejas avanzar. ¿Quieres irte? Claro. Estás interponiéndote en mi camino. Me estás molestando. Mi voz estaba llena de una leve irritación. ¿De verdad te molesto? Pues, sí, ¿por qué voy a engañarte? Mira, dijo muy serio, te he visto y he pensado que, si seguía mi camino sin detenerme, iba a perderte para siempre. No sé cómo te llamas, no sé dónde vives, quién eres, ni qué haces. Pero sé que no quiero perderte para siempre. Estás loco, le dije y ni siquiera esbocé una sonrisa. Quizá, me respondió, pero no miento. No se trata de mentir, se trata de que es una locura, no puedes pararme en medio de la calle y decirme esas cosas. Sí puedo, claro que sí, ya lo he hecho. No debería resultarte tan extraño. Es una forma más de conocerse. Pero no nos conocemos, no somos nada el uno del otro, no sé quién eres, puedes ser un loco peligroso, seguramente lo eres. No soy un loco, créeme, pero podría perder la cabeza por ti. De hecho, quizá ya la he perdido. 

Entonces me asusté. Miré a mi alrededor. Desierto. Vacío. Nadie en la calle a esa hora imprudente del mediodía en la que yo había cerrado la casa que el amigo que nos había prestado para vivir un amor clandestino. Nadie y ese desconocido hablándome de una forma imposible. ¿Dónde estás? pensé. ¿Por qué en ese momento yo recorría desnudamente sola la calle, a expensas de cualquiera que, como el hombre de la camisa blanca, quisiera abordarme sin que nadie lo evitara? ¿Dónde estás? me repetí a mí misma varias veces, apenas sin caer en la cuenta de que aquel hombre me miraba sin apartar la vista. 

Entonces lo entendí. Estabas en tu casa, con tu gente, tu esposa, tus ojos, tu vida, tus libros, tu jardín. Y yo estaba aquí, de azul celeste, en medio de la calle, sola, con un desconocido que me estaba diciendo lo que tú nunca fuiste capaz de pronunciar. Entonces encontré las palabras exactas con las que iba a decirte, amor mío, que todo había acabado entre nosotros. 

domingo, 28 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Palabras de luz


Aprendí a leer sola. Pero, antes de eso, aprendí a hablar. Atribuirle nombre a las cosas, llamarlas por su nombre, pronunciar sus nombres. Hablaba en alta voz y mi mirada recorría los muebles, las calles, los espacios, los rostros, citando los sustantivos como si fueran tesoros recién descubiertos. Algunas palabras me parecían extraordinarias. Abubilla. No sabía qué era una abubilla, no he visto una abubilla nunca, pero el sonido era delicioso. Ese comienzo atropellado que recordaba la palabra abuela. Ese final pícaro, como si fuera un diminutivo. Abubilla. 

Mi madre siempre me relataba que la gente no entendía cómo una niña tan pequeña podía pronunciar todas las palabras sin errores. Una vez sostuvo una discusión con una señora que se empeñaba en decirle que yo no podía tener tres años, que eso era imposible. Mi madre no olvidó nunca el incidente y lo repetía cuando había ocasión, en esos momentos dulces en los que comentaba las anécdotas familiares como si fueran hechos históricos. La mejor historia para ella era la vida de nuestra familia. Y así, entre los hechos de su padre, su héroe, se mezclaban mis hazañas de niña que hablaba y corría desde los once meses. La intuición pedagógica de mi madre le decía que alguien que hablaba y corría desde antes de cumplir un año tenía que ser “lista”. Y ese fue su diagnóstico. “Mi hija Catiti es muy lista”, solía decir. Y mi padre corregía: “Mi hija Katiuska es especial”. 

Aprendí a leer sola. Conocía ya los nombres de las cosas pero faltaba identificar su grafía, su forma, su trazo. Leer y escribir son los actos más complejos de realizar, lo más difícil de aprender. Antes de ir al colegio yo ya sabía leer y escribir fue cosa de unos meses. Tuve un secreto, una fuente de conocimiento que poca gente tiene  a su alcance. Una fórmula. Una ayuda. Mi casa estaba situada a la espalda de un cine de verano. El cine y su calle fueron el territorio de aprendizaje que cada día me convocaba delante de los enormes cartelones para “leer” los nombres de las películas y los detalles de las mismas. Mi madre, con paciencia, los iba leyendo. Yo los repetía. Letras mayúsculas y minúsculas, en caracteres diversos, en colores, en relieve, grandes, pequeñas. Nombres extranjeros que no sabía pronunciar en sus idiomas pero que sabía leer y reproducir en un cuaderno de dibujo, de esos de pastas duras y hojas rugosas. Nunca he sabido dibujar nada, excepto letras. 


Y luego estaba el teatro. En el patio, en una esquina donde el sol no era demasiado inclemente, allí se colocaba en los veranos una enorme colcha floreada en desuso, muy estirada y sujeta con unos alfileres de madera de tender la ropa y delante de aquel escenario improvisado me recuerdo a mí misma gesticulando y recitando textos, poemas, El Cid, historias inventadas, pequeñas obritas escritas en hojas ralladas y en cuadernos, fragmentos de los que venían en los libros del colegio, y todos los amores shakespeareanos de mi madre hechos literatura. Me convertía en princesa, en india salvaje, en dama en apuros, en niña perdida, en mosquetero del rey…Hablar, hablar, decir, hablar, recitar, contar, cantar, música, baile, teatro, canciones, libros, escribir, escribir, leer, leer, leer. Quién no lo hubiera hecho….

sábado, 27 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Ni en rosas las huidas



Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel. 

Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo. 

Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te está vedada, no es el aire dulce de los besos prendidos en la boca que gime o que vislumbra, no es calor del abrazo firme ni la bondad trémula de sus ojos, lo que hace que escribas con palabras que nunca pensaste utilizar. 

Es la pérdida. El desengaño. El vacío. La soledad. La mentira descubierta. La falsedad. La utilización. Es la ruptura de la imagen que habías construido cuidadosamente y colocado en el sitio más inaccesible de todos los que hay en tu interior. Se rompe la imagen en mil trozos pequeños, con agudas aristas que cortan y hacen sangre, de manera que, si intentas recomponerla, algo te atravesará el alma al tiempo que los dedos. Porque no es posible convertir el agua en vino, ni en rosas las huidas inexplicables. Ni existe remedio para la decepción. Cuando la imagen se rompe, se termina todo. Y lo sabes. 

Cuentos para Francine van Hove: El tercer hijo


Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa. 

Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerca de la habitación de los hermanos y allí lo acomodaron cuando cumplió un año. Era imposible recordarlo, pensaba, pero sentía todavía, a pesar del tiempo transcurrido, el frío de la separación, cuando dejó el cuarto de sus padres y lo pasaron a esta otra habitación, solitaria y llena de sombras. 

Después de él vinieron las hembras. Por fin, decía su madre. Una casa con cuatro hombres es una carga muy pesada. Las dos niñas nacieron casi seguidas y se parecían mucho entre sí: eran alegres, dicharacheras y rubias. Todos los hermanos eran muy rubios, excepto él, que parecía haber salido a una tía por parte de madre, la oveja negra de la familia por lo cetrina que tenía la tez y lo oscuro del pelo. 

Las niñas no eran excesivamente listas pero tampoco lo necesitaban. Compensaban su escasa inteligencia con un carácter muy agradable y una disposición a todo lo que fuera disfrutar de las cosas más sencillas. El hermano mayor era un mal estudiante pero un deportista excelente. Tenía una enorme capacidad física y era muy competitivo, así que su padre estaba orgulloso de él. Era un ganador nato. El segundo, sin embargo, colmó las expectativas más exigentes al conseguir matrículas de honor en todas las asignaturas y en todos los estudios. Era una especie de pitagorín que resultaba simpático con su vocabulario extremadamente adulto y su mirada llena de asombro. 

Así que él, en medio de ese sandwich familiar, se encontró incómodo desde siempre. Era un chaval corriente, normal en los deportes, normal en los estudios, normal en todo. Aunque, a pesar de esa normalidad, todo el mundo lo consideraba “raro”.  Una rareza sencilla, sin alharacas, pero rareza al fin y al cabo. Era un niño tímido, de pocas palabras y mirada huidiza. Se asustaba por todo, no tenía apenas amigos, le daba miedo la oscuridad, se preocupaba por cualquier enfermedad que había a su alrededor, no sabía tratar a las chicas y no le gustaba ir al colegio. Todas las mañanas el mismo drama, decía su padre con tono despectivo. Este chaval no se entera de sus obligaciones, repetía continuamente. Era dejarlo en la puerta del colegio y empezar a llorar como un torrente, con lágrimas amargas y sin pausa. Los maestros ya lo sabían y también los compañeros. Era el niño llorón de la clase, el que no se enteraba de nada porque andaba en el limbo y el que deseaba con fervor la llegada de los días de fiesta para no tener que traspasar la cancela de esa cárcel llamada escuela. 

Así transcurrieron los años de su infancia. A veces los recuerda y siempre siente una sensación de desamparo inevitable. Ahora, al filo de los setenta, todavía sufre al pensar en sus días escolares, malgastados, perdidos, inútiles. Nada de lo que allí sucedió le dejó un buen recuerdo. Esa infancia a la que todos retornan como el paraíso más hermoso de la existencia fue para él una esclavitud, un tiempo sin nostalgia. 

Pero un poco más tarde, en su juventud ocurrió algo que cambió su vida. Un día que estaba poseído de ese aburrimiento mortal que suele darse en las tardes del verano tomó una caja de colores que había por el salón y comenzó a dibujar el paisaje que veía desde la ventana. Un arriate lleno de flores rojas y unas macetas de barro, vacías, que se amontonaban a un lado del patio. Nada del otro mundo. Pero la composición que salió de todo aquello, en el papel áspero del cuaderno de hojas blancas, tenía algo, tenía vida. 

Su madre pensó que quizá por este lado podrían hacer alguna carrera de él. Y lo llevó a dar clases de dibujo con un viejo profesor ya jubilado que cobraba poco porque lo que deseaba era transmitir lo que sabía. En sus propias palabras “tener algún día un discípulo que me supere”. Lo que tampoco suponía un reto excesivo.  De esta forma el tercer hijo derivó sus tardes al taller del viejo profesor y allí se pasaba las horas muertas, copiando, bocetando, midiendo, pensando en la perspectiva. 

En el taller había muchos libros de arte, enciclopedias y monografías, que repasaba una y otra vez buscando alguna solución, algún misterio. No todo le gustaba. Algunos pintores que gozaban de fama y de renombre eran para él anodinos y sin interés, pasaba de largo esas páginas y se recreaba, por el contrario, en otros que le sugerían cosas. Esas cosas pasaban luego al papel y, más tarde, al lienzo. El óleo le llenó de satisfacción y también la acuarela. Hacía unos cuadros pequeñitos, que luego enmarcaba su madre con mucho primor y los colgaba por la casa porque, al fin, tenían algo que decir de ese hijo. 

Su vida amorosa había constituido un desastre. Sin paliativos. Todas las chicas feas del pueblo se fijaban en él. Pero a los veintitantos años tuvo ocasión de hacer una exposición en una de las ciudades cercanas y entonces toda su vida se transformó. A la gente le gustó su pintura. A la crítica, aún más. Lo saludaron como un hallazgo y la ecuación trabajo-éxito fue para él, desde entonces, una evidencia. Cada año que pasaba pintaba mejor y era más conocido, luego fue famoso y luego obtuvo prestigio. A los cuarenta estaba consagrado. 

Algunas decisiones sobre su vida privada comenzó a tomar en cuando pudo. Para empezar, decidió que nunca más saldría con una mujer fea. Las feas dejaron de interesarle, o, mejor dicho, se sintió capaz de desairarlas porque ahora sabía que otras, más favorecidas, estarían pendientes de obtener sus favores. Porque era un artista y los artistas son admirados y seguidos. Además, transformó su aspecto físico por la sencilla formula de dejarse crecer una barba “interesante”, de usar ropa de marca y de modular su forma de hablar y de mover las manos. Cultivaba un misterio de la misma forma que convertía en mujeres misteriosas a todas aquellas que posaban para sus cuadros. 

La segunda decisión que tomó fue la no enamorarse. No pensaba quedarse con una sola chica si había tantas y estaban a su alcance. Enamorarse era una esclavitud que no quería tener. En su propia familia había sido testigo de ello. Su madre, sumisa a las órdenes de su padre. Su padre, aburrido y sin esperanzas, condenado a trabajar para sacar adelante a la prole sin más alicientes. Sabía, estaba seguro, que nunca hallaría una mujer como su madre, con su dulzura, su inteligencia, su calor. Así que no pensaba perder el tiempo en sucedáneos. Pronto le puso un tope de edad a las destinatarias de sus aventuras. Más allá de treinta años le parecía que estaban ajadas, pasadas de rosca, viejas definitivamente. La calidad de la piel, el brillo de los ojos, la textura del pelo, todo se volvía diferente a partir de esa edad y, aunque él cumplía años, sus amantes permanecían en esa franja indecisa de los veinte a los treinta. Un límite insalvable. 

Abominó de todo lo que significara familia y dejó de tener contacto con ellos en cuanto pudo. Se avergonzaba de ellos, ahora que podía relacionarse con personas de más lustre y de superior cultura. Rechazaba su casa, tan inusualmente mal dispuesta, y la grosería de sus hermanos y las pocas luces de sus hermanas. Y una especie de odio retardado lo alejó de su padre, del que solamente era capaz de recordar las risas que sonaban en toda la casa cuando él lloraba porque le obligaba a subir al desván a buscar cualquier objeto, en medio de la oscuridad de la noche. 

Solamente con su madre conservó unos ciertos lazos, pero desvaídos, tibios, porque el amor que ella le había tenido, esa dedicación única en su infancia, le convirtió en un niño inútil, perdido y preocupado. Nada de su familia tenía ya importancia en su nueva vida. 

Perdió, por todo ello, la relación con su pueblo, con las gentes de su infancia, con los compañeros de estudio, con los vecinos. Se creó una vida de nuevo cuño que prometía ser maravillosa. Ningún compromiso, ninguna mujer fija, solo esa discontinuidad precaria que tanto le gustaba y que a nada comprometía. 

Es verdad que sentía a veces una punzada en el corazón, una especie de aviso doloroso, una carencia. No sabía lo que era y no quería saberlo. Por supuesto, nunca verbalizaba su malestar, todo lo más bromeaba con algún amigo íntimo. 

De esta forma devino en triunfador. Y una noche, en la más decidida vejez que se podía hallar a su paso, volvió los ojos a sí mismo. Y el espejo le devolvió una imagen vacía. No había nada. 

viernes, 26 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: El autobús no espera


El autobús no espera. Se ha marchado. En medio del calor de la tarde de Corpus. Gente que se pasea, gente que espera, la procesión todavía no ha salido. Mucha gente. Yo sola. El autobús se ha ido y no he bajado. No he llegado a encontrarte después de tantos días, después de tantas horas de teléfono, después de tantas cartas, después de la incesante geografía de las manos, de los ojos, del cuerpo. 

Nada. No he marchado a mirarte, ni a mirar la película contigo. Estás solo. El autobús no espera. Ya se ha ido. Y yo no. Yo sigo todavía en las calles, anclada entre la gente. No llevo mi traje de domingo, ni llevo mi sonrisa, ni llevo mis palabras, ni llevo mis deseos. No estoy, en realidad, no me he marchado. No he querido llegar hasta la plaza que tantas veces vio nuestros secretos, la plaza donde el suelo tiene el olor de pasos de quiénes no perdieron la esperanza de verse. Pero nada se ha escrito de nosotros y ya no somos nada. El autobús se marcha y te esperan mil tardes de llanto y de preguntas. Mi corazón no habla y el tuyo está perdido.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Todos los perros ladran al anochecer


Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo…

Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía. 

Luego, vino la música, la música se expande en la ciudad sin que nadie detenga su sonido. Sale de la gran plaza, se adentra en Jabalquinto, sube a los miradores, vigila las iglesias...La música en Baeza se oye con otro ritmo, con otra circunstancia, tiene una partitura que nadie ha conocido. Pero nunca está sola, se mezcla con palabras. Palabras de poeta, lo recuerdo, en los muros anclados en el tiempo perdido de aquellas aulas que pisó Machado. Palabras de poeta, Luis García Montero y otros cuántos, místicos, vividores, nuevos realizadores de los sueños. Escribo sentimientos, conozco sentimientos, espero sentimientos…

Baeza lo entendió, supo que era el momento, supo que yo tenía que dejarte perdido en una de sus calles y regresar, al fin, limpia de tu recuerdo, únicamente dueña de mí misma, para ya nunca más sufrir de amores, sino gozar de amores, ni una mentira más. Baeza, el mes de Agosto, el corazón partido y calles viejas. Deambular silencioso, soledad, una búsqueda que nunca terminó y que empezó al perderte. Baeza, la ciudad de los perros, sinfonía de ladridos en el anochecer, mientras Machado cruza lento el patio de esa casa perdida en una esquina, recordando a Leonor.

Han pasado diez años. En este tiempo lo he perdido todo. Has visto que perderte no ha sido suficiente. Y ahora, después de tanto tiempo, he vuelto a reconocer en ti la luz, esa luz que estallaba y que no podía dominarse, salvo con la entrega. Salvo con el asentimiento. Sí, es cierto, te quiero. 

Ahora las cosas son distintas. La rubia de ojos verdes ha desaparecido y, en su lugar, un caleidoscopio de cabellos, de miradas distintas, de abrazos diferentes. En su lugar, has colocado todo lo posible, todo lo que cabía. Dices que eres feliz y no lo dudo. Que recuerdas lo nuestro como un sueño pero que ahora tienes el control de tu vida. Que lo controlas todo. Tu agenda, tus viajes, tus sueños. Que controlas tus sueños y que no existe nada parecido a la felicidad en la que creíste hace años. 

Me has mentido al hablar unas cuantas veces. Lo sé porque todos lo dicen. Porque lo saben. Te has convertido en alguien que sale en los periódicos. Y tu fotografía decora la habitación de chicas que quieren ser tus ojos y tus rubias. Tienes cuarenta años y aún empiezas cada tarde a enhebrar un camino que recorres en medio de las dudas. Eres feliz, me dices. Lo reiteras. No quieres que lo dude. Me miras y asientes entre el humo del tabaco que no logras dejar. Mueves cuidadosamente la copa en la que baila el hielo del gin tónic y me miras, de nuevo, sonriente, me reconoces y hallas, otra vez, a la persona que sufría con tu ausencia hace diez años. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: La enredadera


En la calle de mi infancia hubo una vez una casa hermosísima. Perteneció tiempo atrás a un marino que vivía solo. Era una casa especial, distinta a todas las demás, con un aire de misterio y soledad que te encogían el corazón al pasar por delante. A los niños les gustaba pararse y contemplar, con los ojos semicerrados, el efecto del sol en su fachada. Estaba pintada de blanco, con remates de color azul prusia y un zócalo alto de piedra ostionera. Sus grandes balcones se cubrían con rejas de hierro forjado y, en el centro de la puerta de entrada, oscura y amplia, había un precioso llamador de latón en forma de mano. La casa se cubría con unas amplias azoteas, como suele ser tradición constructiva en este sur. Las azoteas se comunicaban entre sí a través de unos muretes de baja altura. Debía ser una delicia recorrerlas, recibir el aire del sol en los días entrantes de la primavera, y sentarse allí, al abrigo, cuando soplaba el levante. La casa era muy grande. Tenía muchas y amplias habitaciones, algunas de ellas, las delanteras, exteriores, y otras que daban a un gran patio, cubierto por una montera de cristal que dejaba pasar la luz, pero no el frío ni el calor.

En la zona trasera de la casa, dando a una pequeña entrada de servicio, surgía un jardín frondoso y verde ocupado por toda clase de macetas que colgaban en las paredes, arriates llenos de especies y una preciosa enredadera que, desde el suelo, trepaba cuidadosamente enroscada hasta las ventanas de las habitaciones superiores, abiertas a ese paraíso lustroso y fresco en verano, cálido del sol naciente en los días duros del invierno. La enredadera anunciaba con su poda anual que la casa se abría para recibir al marino. Significaba la vida. La reiteración de una ceremonia de encuentro que nunca parecía tener fin.

Durante largos períodos, sin embargo, la casa aparecía cerrada a cal y canto. Nadie salía ni entraba. No se veían ventanas abiertas para airearla, ni ropa tendida en la azotea, ni ruido, ni murmullo alguno a su alrededor. Eran los meses en los que el marino estaba embarcado y a la casa solamente acudía una criada para darle un repaso de vez en cuando. En estos meses, la calle languidecía extrañamente, ajena al ir y venir del habitante principal de la casa, de sus sirvientes y visitantes. Alguien sentía especialmente esa ausencia. Alguien oteaba el horizonte de vez en cuando, queriendo ver surgir, de
 alguna manera, la figura alta y esbelta de aquel hombre, vestido de azul y con su largo abrigo de militar.
La casa de enfrente, de la que partían esos ojos ansiosos, era sencilla. Se trataba de una edificación de una sola planta, con dos balcones a la calle y una azotea pequeña. La anciana que la habitaba y su única hija eran dos seres silenciosos, callados, parcos en palabras, pero no en sueños. La madre soñaba que, algún día, milagrosamente, había de acabarse la miseria que la hacía contar, una y otra vez, las monedas que guardaba en un pañuelo dentro del cajón de la cómoda y que servían para subsistir. La hija, entrada en la cincuentena, solo pensaba en una persona. Sus pensamientos se entregaban a la imagen del marino, del hombre de la casa de enfrente, bajando elegantemente de su coche y sonriendo al vecindario con sencillez y apostura.

El fuego de sus entrañas ardía cada noche imaginando abrazos, besos y caricias que nunca había sentido. Cerraba los ojos y pronunciaba su nombre, una y otra vez, como si quisiera conjurar así el deseo que sentía. Otras veces rezaba. Sabía que estaba mal pedir amor pero lo hacía, porque el amor era para ella el alimento necesario que podía cubrir sus días de frío, sus horas de soledad y de hielo.
La vida transcurría así en este lado de la calle, llena de esperanzas y de desilusiones. De llegadas y de marchas. De leves saludos y de apasionados sueños. Una vez ella sintió que el corazón le dolía tanto que a punto estuvo de romperse. No podía sentir más de lo que sentía, no podía sufrir más de lo que estaba sufriendo por una ausencia que nunca se resolvería en la presencia deseada.

En otra ocasión cruzó con él una breve, brevísima conversación. Ella estaba en la puerta de su casa, a punto de salir a hacer unas compras. Él entraba en la suya. Tenía ese rictus de satisfacción en la boca procedente de los placeres que ella nunca conocería y una mirada soñadora, como si recordara algo que lo hacía especialmente feliz. En un momento dado, se encontraron y él, elegante y ceremonioso, le dijo buenos días con un gesto amable y levantó levemente la mano. La boca de ella tembló al contestarle y siguió su camino presa de un ardor que no podría nunca confesar.

Indiferente a ese sentimiento, ajeno a todo, airoso y lleno de vida, el marino ocupaba sus noches en la compañía dulce de quienes a eso ofrecen su mayor empeño. Nunca entendió que los ojos amantes de la mujer de la casa de enfrente atisbaban con dolor la llegada de esas otras mujeres que manchaban su casa con una frivolidad que a ella se le antojaba destructora. A veces llegó a odiarlo por ello pero no encontró fuerzas ni razones para separarlo de su pensamiento.

Nadie supo, sin embargo, por qué, en una ocasión, la marcha del marino fue definitiva. El dueño de la casa no volvió cuando se le esperaba. Salió una noche, sí, enfiló el callejón que se abría a un lado de la calle, pero no apareció al amanecer, ni solo ni acompañado. El misterio duró escasos días. Alguien divulgó la noticia de que se había embarcado a un destino mucho más lejano que de costumbre y que, por ello mismo, esa ausencia sería casi definitiva. Nadie preguntó nada. Nunca más se abrieron los balcones, ni se limpió el enrejado, ni se pintó la fachada, ni se abrió la puerta de la cocina para recibir a los mandaderos. La casa se fue consumiendo en ese estado de soledad y, al cabo de un par de años, dejó de ser lo que antaño había sido. Su luminosidad se apagó, sus hierros se llenaron de polvo y herrumbre, la azotea estaba azotada por el verdín y la humedad del cercano Atlántico y todo, en suma, aparecía derruido, carcomido, viejo.

La destrucción de la casa y la falta de manos para cuidar las flores, las macetas, las plantas, sumieron al patio en el lamentable estado en que ahora, después de muchos años, se encuentra. La enredadera lo cubrió todo. Entró en las habitaciones, ocupó los espacios más íntimos, horadó el suelo en algunas de las zonas más vulnerables del patio, y así, lejos ya los tiempos en que los jardineros ejercían sus funciones, lejos del ojo amable del dueño de la casa, la enredadera se convirtió en un incómodo tapiz que no dejaba entrar el sol, que ocultaba la fachada a las miradas de todos, que amenazaba con convertir la casa en un despojo sin sentido.

En estas alguien atisbó que la casa, convertida en un fantasma de sí misma, tenía otras posibilidades. La palabra negocio surgió de entre las piedras. Sonaba bien al oído. Negocio, dinero, pisos. Un comercial avispado sugirió el asunto a una inmobiliaria. Así se planeó el cambio. Costó lo suyo, desde luego, lograr que se pudiera vender la casa. La firma de abogados que llevaba los asuntos del marino consideró que aquella operación era ventajosa y se pusieron manos a la obra. Al fin y al cabo, su cliente no había dado más señales de vida desde aquella noche de finales de septiembre en que se marchó sin despedirse siquiera.

Nunca mejor dicho. En horas veinticuatro todo se llenó de andamios, de plásticos, de hormigoneras, de vados y de cubetas de escombros. La primera tarea fue, desde luego, sanear el espacio, para lo cual hubo que tirar los muros, excepto la fachada que tenía no sé qué tipo de protección legal, y abrirse paso a base de una potente máquina por entre aquella selva. La enredadera cayó y, al separarla de las ventanas y puertas en las que había estado viviendo tantos años, la planta pareció perder el interés por la vida y se agostó en unas horas. Los bloques de piso no necesitan piel que los recubra. Basta con unas flores de plástico.

Aquellos ojos tristes siguieron las operaciones desde el balcón de enfrente. Cada piedra que caía, cada planta desbrozada, cada hierro arrancado, eran un golpe seco en sus entrañas. Cuando, por fin, la enredadera estuvo en el suelo y la pisaron inmisericordes los pies de los obreros, la dueña de esos ojos supo que todo había acabado y una mano helada en su corazón la aprisionó sin que ninguna esperanza la advirtiera de que podía perder la vida.

martes, 23 de agosto de 2016

Despedida sin beso


Durante un tiempo el sonido de su voz, un mensaje o un correo electrónico, abrían la caja de los placeres, activaban un resorte inigualable. Daba igual la hora del día o de la noche, la estación, el frío, el calor o la lluvia. Daba igual la pena o el silencio. Igual la mentira o la farsa. Las ocupaciones quedaban atrás y se abría una puerta que nunca pensó iba a traspasar. 

Ella nunca lo esperaba. Siempre le parecía una sorpresa, un regalo. Era un regalo que venía sin merecerlo, que él le hacía y que llenaba todas las horas sin que nada pudiera comparársele. A veces había un previo aviso de horas o de días. En otras ocasiones, surgía de improviso. Y siempre el mismo ritual:

Ducha, agua muy caliente, los ojos abiertos bajo el agua, el pelo que hay que frotar bien, el champú que huele tan agradable, esa crema para el cuerpo, que hace juego con el perfume. Las piernas, los brazos, los hombros, como si, en realidad, él fuera a acariciarla. Elegir la ropa, buscar aquello que más te favorece, que más puede gustarle, algo sencillo, alegre quizá, algo nuevo, algo elegante, algo diferente, algo tuyo. Los accesorios, los zapatos, el bolso, el reloj. Y luego, el maquillaje, los labios, las uñas. El corazón desatado, palpitando. Y siempre en su boca la misma frase repetida: Voy a verlo, Dios mío, dentro de un rato voy a verlo. Lo veré, estará a mi lado, estaré cerca, podré verlo. Por fin. 

Pero desde el principio, imperceptiblemente, unas migas de pan iban cayendo, poco a poco, casi sin avisar, algunas muy ocultas, señalando el destino de todo aquello, dando trazas de lo que era en realidad, aunque ella no podía verlo, porque su alma estaba prendida en el encuentro. 

Una vez era una frase intempestiva, otra una llamada al móvil, otra una cancelación del plan o un cambio brusco que revelaba desinterés, otra una objeción, otra un me da lo mismo, otra un elige tú, otra un no estoy de humor, otra un tengo un mal día, otra este día está reservado para alguien mejor...El tono de esas migas de pan se fue elevando: me presionas, me aburres, me persigues, me buscas, me cansas, me irritas, me riñes....Una palabra fue tomando forma en todo esto y en un momento fue la reina de todas las citas y encuentros: Nada. Nada. Nada. 

Así que ahora aunque suene el teléfono, aunque el mensaje traiga una promesa, aunque ella vaya a su encuentro como antes, nada es igual. Nada es lo mismo. Nada continúa siendo. Su corazón no tiene el ardor de la esperanza. Ni la alegría. Ni el deseo. Ni la búsqueda. Ni la sonrisa. Ni la risa franca. Ni la complicidad. Ni el disfrute. Sabe que ya no hay nada. Sabe que nunca lo hubo. Sabe que el error fue suyo. Sabe que es inútil preguntarse y preguntar. No hay beso, porque no hay despedida, porque nada se encuentra aunque las cosas aparenten ser como eran. Ella lo sabe. Es cierto que lo sabe. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Un vestido lavanda con fondo de ojos verdes




No diré ahora tu nombre porque desapareciste con la vida y estas palabras no vas a leerlas. Sé que andas por ahí, casado, con hijos, eres un triunfador. Entonces ya lo eras. Tenías una mirada perfecta, verde y atlántica, a pesar de que vivías tierra adentro y no eras un hombre de mar. Los hombres que han nacido en la mar no tienen ese ansía de mujer que tú gastabas. Más bien parece que el agua los limpia del exceso de deseo. Pero la gente de tierra adentro sabe muy bien cómo el abrazo es el pasaporte perfecto para la noche y el día. Para la mañana y la madrugada. 

Había feria en no sé qué pueblo de las cercanías y tú me invitaste a ir contigo. Eso salvó la fecha de cualquier otra incidencia y la convirtió en la antesala de la gloria. Mi risa retumbaba desde el amanecer cuando el calor me apartó de la cama y me lanzó casi derecha a la piscina, tanta era la resaca de una noche baldía de descanso. El mediodía, pleno de confidencias, hizo que bebiera algo más de lo que podía soportar alguien que nunca bebe. Pero estaba feliz, dispuesta a todo. Tú me habías invitado a esa feria y yo iba a estrenar un vestido que, estaba muy segura, te iba a llevar directamente a mis brazos. 

El efecto del alcohol de antes del almuerzo no tardó en hacerse presente. Ay, mi cabeza. Recuerdo todavía la sensación de aturdimiento mezclada con unas ganas tontas de reír. Reía por el vino peleón y reía por ti, porque sabía que, pasadas unas horas, el verde de tus ojos iba a mezclarse con el tono lavanda del vestido. Te imaginaba ya camisa blanca, un pantalón vaquero, unas manos tan dulces, una boca tan cálida. Te imaginaba ya. Y deseaba que fueran las once, que llegara la noche, que se hiciera de noche cuanto antes. 

Fue tan poco romántico el primer desenlace....Mis ojos se cerraron con un sueño imposible de evitar, después de que la mezcla de alimento y bebida se empeñara en marcharse de mi estómago de muy mala manera. La riña de mis tíos, la sorna de los primos, todo un balance de desastre inminente. Yo no iría esa noche a la feria y en esa feria ibas a estar tú, teníamos que estar los dos en un abrazo quizá de despedida. Así que pasaron esas horas de tarde, al fresco anhelante de la habitación, con un balcón abierto a la calle que ardía, pasaron esas horas y llegó la noche y entonces pareció que todo iba a cambiar de signo, que una señal te iba a acercar de nuevo. 

Se fue el momento malo. Mi estómago decidió ser formal.  Me levanté de un salto. Me duché, me lavé el pelo largo, rubio y lleno de estrellas. Me vestí de lavanda, zapatos rosas y un bolso de colores. Me puse una cinta en el pelo que todavía conservo. Me pinté los labios del rosa pálido que tanto te gustaba. Sonreí y esto fue todo.

A las doce, en punto, como Romeo, un silbido a través del balcón anunció que allí estabas. Me asomé y era cierto. ¡¡¡ Estabas ¡¡¡¡¡ Con tu camisa blanca, con tu vaquero azul, de pie, junto al coche que tu padre esa noche decidió que podías usar para ir a la feria. Y yo te grité desde arribe. Grité tu nombre y dije ¡¡¡¡¡ espera, espera que ahora bajo ¡¡¡¡¡ Y bajé, sin apenas ruido, con los zapatos en la mano y el corazón ardiendo. Estabas allí, eras tú, mi chico de ojos verdes y de boca perfecta. 

Me besaste al llegar a tu lado. Oh, sí, fue un beso sideral, un beso único, el beso que esperaba desde hacía varios días. Y junto a ti en el coche, fíjate si recuerdo, se borró el mal momento de las náuseas. Y ahora, al escribirlo, se ha disipado un poco el dolor de este tiempo, en el que existe un coche, un hombre del que no puedo hablarte y, a su lado, alguien que no soy yo. Tú sí estuviste. Y el beso estuvo. Ahora, ya nada queda que pueda llamar mío. 

jueves, 18 de agosto de 2016

"Ayer no más" de Andrés Trapiello

Hace unos días me prometí a mí misma no comprar libros que no vaya a leer de inmediato. Porque sucede que los guardas en una de las estanterías de "libros por leer" y se te olvida. No está bien olvidarse de un libro. Como no está bien olvidarse de las personas. El olvido solo está justificado en caso de desamor. Si sobreviene el desamor, el olvido es la única palabra que cuenta. Esa y "adiós". 

Tengo que decir que para mí el mejor Trapiello es el de "Las armas y las letras" y es ahí donde he hallado los motivos para seguir su trayectoria. Este que comento ahora bien podría ser una novela, un reportaje, un documento de estudio, un texto para rellenar la inmensa estantería de "libros sobre la Guerra Civil". Se han escrito tantos que hay dentro de ese género otros sub-géneros, como este: "Memoria histórica". Casi todos nosotros podríamos escribir un libro así, o, al menos, rellenar algunos apuntes, tener algo que decir. En este caso, el asunto se plantea a partir de un hecho fortuito que ocurre en una calle de León cuando alguien reconoce a un tipo como la persona que participó en el asesinato de su padre en los primeros días de la guerra, a manos de un grupo de falangistas. 

Trapiello no toma partido o, si lo toma, como hizo en "Las armas y las letras" es por una visión alejada de las dos Españas, en la línea del propio Chaves Nogales. Ambos consideran que hubo una tercera España que sufrió la guerra y que se llevó la peor parte mientras las otras dos se enzarzaban entre sí. Esto es una novela y no un libro de historia por lo que el análisis histórico y la tesis que defiende deberían ser aspectos colaterales. 

Hay, por otra parte, un tema tangencial que se convierte en cenital si nos fijamos en sus consecuencias. Las luchas casi fratricidas en los departamentos universitarios por conseguir fondos para la investigación, hecho este loable si se mira así. Lo que no es tan lógico ni ético es que se logren utilizando la llamada "Memoria histórica" como salvoconducto, alejándola de la natural intención de los descendientes de saber lo que pasó y convirtiéndola en una caza de brujas para provecho personal. Esta situación se denuncia en el libro convenientemente, pues el hijo del empresario a quien se reconoce como miembro de la razzia, es un afamado profesor universitario que investiga, precisamente esos temas. Una vuelta de tuerca que sirve también para poner sobre la mesa la hipocresía, los intereses personales y la doble vara de medir. 

El libro se desarrolla desde distintos puntos de vista, tantos como personajes que se van convirtiendo en narradores. Esto da lugar a una miscelánea algo compleja a la hora de la lectura, pero que concuerda exactamente con la visión que quiere ofrecer el novelista. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Gente andarina



El mejor y mayor adjetivo que se le ocurre a Caroline Bingley para ponderar a Elizabeth Bennet no es otro que este "es una buena andarina". Y todo porque Lizzy recorre los cinco kilómetros que separan su casa de Netherfield para asegurarse de que su hermana Jane se encuentra bien después del chaparrón de la tarde anterior. Tal despliegue de sentimientos fraternales se unen, por lo tanto, al gusto especial de la protagonista de ""Orgullo y Prejuicio" por las caminatas. En realidad y fijándonos bien el andar es uno de los placeres de las chicas Austen, sean estas las que sean. También Emma recorre el perímetro de su hacienda y llega andando hasta el pueblo, además de recomendar a su padre, el señor Woodhouse que haga todos los días ejercicio. Los ingleses son muy dados al aire libre, al deporte y a cualquier despliegue gimnástico, pero es especialmente destacable cómo la práctica del paseo y aún de la marcha se refleja con toda claridad en los libros de Austen. 

Por el contrario, no aparecen en las novelas de esta escritora ningún otro pasatiempo deportivo, salvo la caza en los hombres. Sí están con importante presencia los juegos de naipes, las adivinanzas y los acertijos, las excursiones al aire libre (estas tienen especial papel en "Emma" donde las salidas en grupo con grandes cestas de comida propician conversaciones, encuentros y desencuentros de notable interés para la trama). 

Aunque Elizabeth Bennet es una excelente andarina y sus hermanas también, salvó quizá Mary, más dada a la lectura reposada, no es menos cierto que el deporte más practicado en Longbourn por parte de la hermanas Bennet (no todas, desde luego) es la búsqueda y captura de un marido rico. Esto consume muchas energías, bastantes más que el deporte. 


Epistolario táctil


Cuando leí este libro me divertí mucho. Ahora lo he releído y sigue divirtiéndome. Lo mejor de todo es el tira y afloja entre Leo y Emmi, que se relacionan por correo electrónico. Cuando las redes sociales eclosionaron hubo quien pensó que eso era la muerte del email, pero no es cierto. Las redes sociales propician una relación de uno con todos y, aunque existen los privados, la intimidad no es posible. Por su parte, lo mismo sucede con WhatsApp o Telegram o cualquiera de esos sistemas de mensajería en los que uno aparece en línea a poco que entra y ya te saturan de mensajes. Por no decir nada de los grupos que nunca dejan de sonar. 

El correo electrónico es otra cosa. Un invento magnífico. Una manera de escribir cartas, de llevar un epistolario, con las condiciones de tranquilidad, intimidad y confianza que las cartas exigen. No hay inmediatez en la respuesta y puede uno conservar los que quiera y destruir los otros. Largos, cortos, mejor o peor escritos, un correo electrónico es una carta a la que le falta el sobre y el sello, pero una carta al fin y al cabo. Por eso son mi forma de comunicación favorita en la actualidad. 

Es curiosa la intimidad que se establece entre Leo y Emmi a partir de un simple equívoco, de un error en una letra. Ella quiere borrar su suscripción a la revista Like y le manda los mensajes a Leo que se apellida Leike. Y bonita la manera en la que crece su conocimiento, en la que se produce ese bombardeo de mensajes, más o menos rápidos o pensados, pero que los pone en contacto permanente de forma que se echan de menos, se interrogan el uno al otro, se comprenden y llegan a quererse. Es más fácil llegar a querer a alguien a través del correo electrónico que si lo encuentras por la calle. Porque la palabra es la mejor embajadora de la personalidad. Quizá por eso los ligones prefieren las redes con fotos. Y una foto te puede engañar. Pero nunca un texto. En el texto está la verdad de lo que eres, incluso aunque mientas. La foto es falsa aunque sea exacta, porque la realidad nunca puede resumirse en una imagen. La ventaja es que los ligones profesionales se reducen a las redes y han abandonado el mail, donde tenían poco que decir. 

A mí me gusta como a Emmi escribir correos. Lo hago con rapidez, sin reflexionarlos y con total espontaneidad. Como ella. Son trozos de mi en un momento dado. Pueden testar mi estado de ánimo, mis emociones y cómo transcurre mi día. El problema es que hay pocos receptores de mensajes que estén a la altura, que sean capaces de entender tu ironía, de seguir tus pistas, de calcular tu estrategia, de descubrir tus trucos y de animar las conversaciones. Hay alguna gente que lo hace, pero muy poca. Y esa poca está bastante ocupada: son animadores profesionales. También es difícil hallar a alguien que cuente cosas que no sean las típicas parrafadas supuestamente graciosas. Huyo de esos en cuanto los detesto. 

Cuando escribo siento que doy parte de mí a esa persona, que hago una ofrenda de confianza, que entrego mis emociones más profundas. Recibo confidencias de la forma más encantadora posible y las atesoro siempre discretamente. Este medio es, para mí, el lazo de unión con aquellos con los que me siento cómplice y cercana. Porque es la palabra el hilo conductor. Los significados, la semántica, las figuras, las tildes, las expresiones, las referencias....todo el conglomerado que forma el pensamiento a través de la palabra, ofrecido con generosidad y respeto. 

Es verdad que Emmi y Leo llegan a enamorarse profundamente. Pero esto también es lógico. Si alguien es capaz de mantener conversaciones casi diarias con otra persona, de forma que llega a conocerla en lo más profundo, de sentirse entendido y comprendido, de apostar por esa confianza...es muy difícil, si tiene corazón, que no termine enamorándose. Y entonces puede darse el caso de completar el círculo de las relaciones humanas: la piel contra la piel. El abrazo, el beso, el amor en suma. Palabras convertidas en caricias. Estas solo pueden darse directamente y florecen con la antesala de una voz en tu oído que te dice cosas tan dulces como tú esperas oír. 

martes, 16 de agosto de 2016

"La edad ingrata" de Henry James

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario.  Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita. 

Leer a Henry James es una delicia. Y "La edad ingrata" es buen ejemplo de ello. Me gusta además cómo este hombre realiza una introducción de lo que vas a leer con una cantidad de claves literarias y lingüísticas que me resultan tan interesantes como el contenido mismo. En el ejemplar que manejo (una edición de 1996 de Seix Barral-Biblioteca Breve), la traducción es de Fernando Jadraque. Tengo que decir, como tantas otras veces, que mi deficiente dominio del inglés me impide disfrutar de estas obras en versión original así que me tengo que fiar de las traducciones y los traductores. 

La portada del libro, la pintura que la ilustra, merece especial atención. Es una encantadora imagen de John Singer Sargent que representa a "Mrs. Fiske Warren y su hija Rachel". Este pintor es muy conocido por parte de todos los aficionados al flamenco, pues dejó algunas muestras de esta temática que son verdaderamente notable. Aquí es precioso comprobar la calidad de la pincelada, el gesto cómplice de la hija y la madre, así como sus expresiones. Si nos fijamos, la hija tiene una mirada grave que poco acompasa con su edad y es la madre la que esboza una sonrisa y, sobre todo, una mirada pícara, verdaderamente curiosa. A veces los hijos se transforman en nuestros padres. 

El propio James, en el prefacio, explica el motivo de escribir lo que él pensaba que iba a ser un libro "cautivadoramente flaquito" y se convirtió en un "libro gordo". El motivo no es otro que "la percepción que inevitablemente servidor había tenido de la tribulación surgida en ciertas mansiones amistosas y para ciertas madres prósperas ante el a veces temido, a menudo demorado, pero nunca plenamente impedido acceso a primera línea de alguna borrosa hija llegada a la edad de merecer". 

Es un conflicto social, pues, el que está en la base del libro. Y una ciudad, Londres, que era entonces ya más que una ciudad. Un hervidero de situaciones, personajes y actos que podían ser interpretados o, lo que es mejor para un escritor, malinterpretados a conveniencia. La riqueza de esas situaciones es la base de la novela y de otras muchas obras. Como Nueva York, Londres ha generado una literatura que es un género en sí misma. 

Tradiciones y costumbres de la buena sociedad, la de siempre, enfrentadas a los arribistas, gente venida a más que olvida algunas normas elementales y que necesita ser introducida en los usos adecuados. Los matrimonios dispares que la movilidad social y el ascenso de determinada clase comercial por medio del logro de fortunas de desigual origen, dan lugar a estas disyuntivas que James se plantea en las relaciones humanas. La inteligencia social es el elemento que ofrece una suficiente argamasa como para hacer posible la convivencia de grupos y personas de procedencias distintas, biografías dispares e intenciones, a veces, perversas, en el sentido menos patológico del término. 

Los hechos que se suceden en el libro tienen amplios matices. Detalles que parecen anecdóticos se van sumando para obtener un cuadro completo de la red de intereses que sustenta a los grupos humanos que en él se retratan. Es como si el escritor hubiera observado el comportamiento de todos ellos a través de una lente de aumento y así, hasta las pequeñas cosas, adquieren un relieve inusitado. Nos es dado contemplar toda esa suerte de ritos que acompañaban la vida de los grupos sociales en esa ciudad cambiante que era Londres entonces.

"The Awkward Age" publicada inicialmente en 1899, se publicó por primera vez en castellano con esta edición de 1996. El cambio de siglo y la amenaza de los advenedizos está presente constantemente en su desarrollo. Un entramado de relaciones personales, con los sentimientos en primera línea, con el que dirán enfrentado a los deseos y con las diferencias generacionales al punto, son el adobo de un guiso que no puede resultar más brillante ni lleno de sorpresas.

Concebida a modo de obra de teatro, donde los distintos actos están presididos por espacios físicos diferentes, son los diálogos los que señalan la acción, ellos los que indican cómo son y qué piensan los personajes a los que el autor ha colocado en medio del caos sin darnos mayores indicaciones ni avisos. Confía en nuestra inteligente adivinación y por eso leerlo es un ejercicio de equilibrismo literario sin pausa. 

lunes, 15 de agosto de 2016

"Los niños tontos" Ana María Matute

Hay un ejercicio que me gusta hacer cuando llega el tiempo espacioso de las vacaciones. Nota al margen: que conste que escribí "despacioso" pero el corrector del Air me ha corregido a su vez y así ha surgido "espacioso" que es una palabra que también encaja a la perfección porque puede significar que hay espacio para todo, tiempo para aburrirse, que me decían cuando era chica. 

Ese ejercicio es husmear por las estanterías de mis libros a buscar cualquier cosa que me llame la atención y que me haga detenerme. Hay libros que ni siquiera recuerdas haber leído, haber comprado o que te hayan regalado. Dedicatorias curiosas de gente que ya no está en tu vida o que nunca estuvo, a pesar de que te regaló un libro. Algunos de esos libros, sin embargo, encierran un significado muy especial. 

Este es uno de ellos. Apenas tenía yo veinte años cuando lo leí, en esa edición de Destino de unos años atrás (la tercera edición, he de decir) y tengo en la cabeza la sensación que sentí y hasta las lágrimas que derramé con algunos de sus cuentos. Una lectura honda, diría yo. Porque Matute era una escritora muy honda, muy llena de significados, plena de sentido. 

El libro es tan chiquitín. Unas ochenta páginas en letra suelta, fácil de leer, con dibujos y un aire de texto de colegio. Veintiún cuentos muy breves, apenas de un folio cada uno, dedicados a esos niños que nos parecen diferentes y que quizá lo son, aunque no siempre esa diferencia sea a favor nuestra. Siempre acude a mi memoria, cuando pienso en este libro, aquel cuento de Juan Ramón en el que el niño tonto se fue al cielo. Quizá el retrato más exacto de la candidez de aquellos a quienes la naturaleza negó sus dones en un reparto tan injusto como inevitable. 

En "Los niños tontos" hay niños y niñas. Está la niña fea, el hijo de la lavandera, el niño que no sabía jugar, el niño del cazador, el niño de los hornos, la niña que no estaba en ninguna parte...Ninguno de estos niños tiene nombre salvo, curiosamente, Zum-Zum, que es el niño que encontró un violín en el granero, uno de los más extensos del libro. Cada uno de estos niños exhibe un acento particular, una circunstancia, una característica, un error, que brilla con insolencia en el universo en el que transitan, en el que hacen una vida, a veces a medias. 

He conocido a algunos de estos niños. No son como los niños africanos, que nunca lloran porque saben que es inútil llorar. Tampoco tienen el horror pintado en los ojos que muestran a las cámaras los niños refugiados de las guerras. Ni el desconcierto de los niños enfermos en los hospitales, constantemente preguntándose por qué a mí. No. Los niños que he conocido sonríen con una sonrisa cauta, ingenua y débil. Se mueven con cuidado, porque no quieren hacer ruido, no quieren que se note su presencia. Desmenuzan los juguetes, se preguntan acerca de ellos y, en ocasiones, no saben usarlos ni saben para qué sirven. Los niños que he conocido tan de cerca, tan de cerca, tienen el aire de los niños de este libro, son niños pálidos, niños asustados, niños en evidencia, niños perdidos, como aquellos que buscaba Peter Pan con tan relativo éxito. 

Matute es una escritora poderosa. Detalla los rostros de los niños, el movimiento de sus manos y pies, el gesto de su cara, el mohín de su nariz, al tiempo que describe lo que los rodea con una cierta ternura, con esa mirada comprensiva de quien no juzga, ni advierte, ni riñe, sino cuenta. Contar es muy difícil. Los cuentos son la esencia más exacta de la literatura. Quizá de la vida plasmada en palabras. Ella lo sabía. Y el lenguaje sirve a esa intención prístina de que todo resulte transparente. Por eso los diminutivos son la esencia de estos cuentos. Diminutas sensaciones, diminutos espejos, diminutos sentimientos, la pequeñez convertida en causa, efecto y razón de ser. Niños tan pequeños...

Hermione y Caroline

La señorita Marple, hija de Dame Agatha, basaba sus averiguaciones detectivescas en los paralelismos entre gente de su pueblo, Saint Mary Mead y las personas a las que investigaba con ocasión de algún crimen doméstico. Porque ya se sabe que la existencia de tres o cuatro familias en un entorno determinado tiene como resultado inevitable una novela. 

Los paralelismos son juegos del pensamiento y de la literatura que ejercen una poderosa atracción sobre mí como lectora. He aquí uno de ellos, recién vislumbrado en esta mañana festiva de agosto en la que el cielo se ha empeñado en parecer septembrino. 

En 1813 Jane Austen (1775-1817)  publica "Orgullo y Prejuicio" después de intentarlo en varias ocasiones. Como es sabido no firma con su nombre sino con el pseudónimo indeterminado de "A Lady", una dama. Esto debió resultarle a ella bastante jodido. 

Más de un siglo después su paisano D. H. Lawrence (1885-1930) lanza a la consideración de los lectores su obra maestra "Mujeres enamoradas" (1920), aunque cinco años antes había publicado ya una precuela en la que aparece la principal protagonista y sus antecedentes familiares. Se trata de "El Arcoiris" obra poco conocida pero imprescindible si se quiere atisbar el mundo literario y filosófico de este escritor. 

Dejemos de lado el paralelismo existente entre ellos, Austen y Lawrence, basado en la escasa consideración con la que su obra es recibida, los denuestos que soportan, el desconocimiento casi general de su significado y, por qué no decirlo, la lectura transversal que se ha venido realizando de los libros que escribieron. Ambos, sin embargo, han "sufrido" adaptaciones cinematográficas y televisivas de gran éxito y desigual resultado. Mucho mejores las de Austen, dónde va a parar. 

Hermione Roddice es una mujer rica, que viste elegantes vestidos, habla con soltura y educación, conoce el mundo y, ay, está enamorada de Rupert Birkin, el protagonista de "Mujeres enamoradas". Hermione trata a Birkin con esa familiaridad posesiva con que las mujeres ricas de principios del siglo XX trataban a los hombres con los que se relacionaban. Hermione tiene mucho más dinero que Birkin pero no puede conseguirlo, se le escapa. Y ella sufre en grado extremo esa huida, esa incapacidad de aprehenderlo. Hermione no tiene sentido del humor y se considera a sí misma extremadamente importante, así que no puede usar la única arma que aliviaría su pena: el sentido del humor. Pero debería. 

Caroline Bingley es ("Orgullo y Prejuicio"), la hermana de Bingley, el amigo íntimo de Darcy cuya llegada a Netherfield inicia la acción de la novela. Caroline pretende casarse con Darcy (aunque, como suele ocurrir, él no lo sabe) y lo considera un acto de legítima justicia. Ella es, también, educada, elegante y pertenece a la esfera en la que Darcy se mueve, a pesar de que su nivel económico es notablemente inferior puesto que en esta época, hablamos de principios del siglo XIX, la mujer recibía una parte muy escasa de la herencia familiar, salvo en casos excepcionales (por ejemplo, el de Georgina Darcy).

Salvando esa diferencia con Hermione, lo demás son paralelismos. La indiferencia de Darcy no desanima a Caroline, que utiliza todas las armas de mujer (yo las llamo sencillamente triquiñuelas). Esa mezcla de servilismo y despecho tienen un trasunto claro en el trato de Hermione con Birkin. Ambas se preguntan ¿cómo es posible que este tipo no se enamore de mí, con lo que yo lo valgo? Más o menos....Las dos olvidan la condición esencial del amor, esto es, la arbitrariedad. Enamorarse nunca es un hecho de justicia. Nunca queremos a quien lo merece. 

Frente a estas dos mujeres poderosas, frías, ancladas en un convencionalismo que no las deja estirar los brazos, ni bostezar, ni andar sobre el barro, aparecen las mujeres de verdad, las de de carne y hueso, llenas de defectos (Elizabeth ni siquiera es una buena amazona) que han decidido por sí mismas y sin considerar el amor un acto de posesión sino una elección personal. Ellas son Ursula Brangdwen y Elizabeth Bennet, distintas pero unidas por una misma realidad: son capaces de amar sin doblegarse porque se consideran iguales a los hombres, no inferiores ni deudoras. 

Como no puede ser de otra manera el contacto entre Elizabeth y Caroline y entre Ursula y Hermione hace saltar chispas.  En el caso de Austen, con situaciones muy divertidas como es normal en su literatura. Sonrisas y hasta risas cuando observas los ímprobos esfuerzos que hace Caroline Bingley por atraer a Darcy. Mucho más trascendente lo de Lawrence, que muestra el dolor íntimo de Hermione y su deseo de aplastar a Birkin si no puede tenerlo. Tenerlo, terrible palabra que no debería nunca ir unida a la pasión amorosa.

Sin embargo, no deja de resultar muy llamativo, mucho, que, siendo Elizabeth una mujer de principios del XIX, tenga mucha más libertad de pensamiento y mucha menos dependencia sentimental que su colega Ursula, de un avanzado ya siglo XX. Tengo para mí que esta divergencia no es tanto fruto de ellas, como personajes femeninos, sino de sus autores. Y es que la señorita Austen era bastante menos romántica que el señor Lawrence y dotó a sus "mujeres" de un donaire, un sentido del humor, una perspicacia inteligente que son todo menos antiguos. Que son modernísimos, vamos.

Porque ¿qué puede resultar más placentero que reírse del hombre al que amas?

sábado, 13 de agosto de 2016

Azul, el azul, todos los azules


(Raoul Dufy)

Brillas con el azul, pensó cuando observó que llegaba, con ese paso rápido, nervioso y lleno de preguntas sin respuestas. Brillas con el azul y por eso me asusta mirarte y descubrir que hay un motivo que antes de ahora no era. El día que descubrió que un algo súbito había cubierto su corazón de escarcha ardiente, él vestía de azul, el color que mejor se asemejaba con su voz y sus manos. Las manos son azules, pensó ella. Se mueven como si siguieran el ritmo de una canción no escrita, una melodía inventada, inexistente, invisible, única. La voz es azul, siguió pensando. Un tono diminuto con ecos del pasado que no quiere dejarse atrás por nada y con una leve, insignificante esperanza, trasunto de un alma dividida. No sé por qué, no sé por qué ni cómo, repetía. 

Había amanecido azul-prusia y las horas siguieron azul-verde, color del mar y de la brisa que azotaba el río, canal arriba, esclusa, azul-cobalto, en ese tránsito de puentes en el que era posible verlo a cada instante. Los instantes pasaron tan deprisa que no fueron minutos sino estrellas. Azul-noche, brillante terciopelo. Se abrió un paisaje nunca antes conocido, escrito en un cuaderno agotado, sin rayas ni cuadros ni dibujos, un cuaderno vacío, escasamente lleno de pequeñas iniciales cansadas. Eres azul, pensó y lo miró desde un espacio sideral y hueco. Una estrella fugaz en la mañana, que al mediodía ya era bola de fuego, incomprensible estatua de sal reconvertida, así, en lo azul, todo el momento exacto. 

Brillas con el azul y mi corazón tiembla, se dijo para sí, sin que nadie la oyera, sin que él siquiera pudiera percatarse de que esa cercanía derrotaba sus pulsos, la vencía para siempre, derretía su feroz resistencia. No quiero que estés cerca, tan azul y tan tierno, pensaba, sin poder evitarlo, sin excusa. Ella a lo lejos, sin sonrisas ni palabras buscadas, solo con una certeza inevitable y blanca. Él, azul, todo entero pensando en otros mundos más allá de esa hora, sobrevolando mares que nunca más azules que con él parecieron. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Escena de alcoba con espejo al fondo


Una vez que iba a acabarse el mundo las hijas permanecieron encerradas con la madre en una habitación durante horas. Era el cuarto de los padres y estaba siempre cubierto de una pátina de misterio. En esa alcoba pasaban las hijas el sarampión y las paperas, los resfriados y las gripes y allí jugaban a las palabras, a contar cuentos o a cantar canciones de pena cuando la lluvia se volvía tan pertinaz que no era posible ir al colegio. Pero ellas intuían que ahí "ocurrían cosas" que les estaba vedado conocer, que pertenecían al mundo de los mayores, al terreno de lo sublime. Todos los días se preguntaban qué significaba amar y ser amadas. 

Había en ese cuarto una peinadora con un espejo grande, ovalado, alto y con aire modernista. Delante del espejo las hijas ensayaban posturas, sonreían, fruncían los labios y pensaban en que, algún día, un beso de película las transportaría al paraíso del amor. En el espejo se reflejaban los rostros de los chicos del momento, aquellos que eran amados por ellas con suerte desigual. Entonces, un haz de ardorosa luz les recorría la espalda y se aposentaba en sus caderas y se movía de un sitio a otro de su cuerpo. Mientras, en el jarrón de cristal de la esquina, se sucedía ausente el devenir de las rosas.

La peinadora tenía muchos cajones y en su superficie se posaban los delicados objetos que sólo usaba la madre, que las hijas no podían tocar: la bandeja con el cepillo y el peine, el perfumador, la polvera, la talquera de color lavanda que estuvo muchos años vacía, una cajita con un lápiz para las cejas y una barra de labios rosa pálido...En los cajones las hijas habían descubierto, sin permiso, objetos extraños, difíciles de identificar y de los que no hablaban a la madre, algunas fotos de gente que no conocían, cartas descoloridas, pañuelos, unas piedras de colores, las muñequitas de trapo que la madre hacía con restos de telas... 

Lo más destacado de la alcoba era la gran lámpara de araña que pendía del techo en un equilibrio oscilante y complicado. Parecía que estaba siempre a punto de caerse y las hijas se subían encima de la cama, saltaban sobre ella descalzas y, con los ojos cerrados soñaban con que se deshiciera en lluvia. Una lluvia que las anegara y humedeciera, al fin, sus finos vestidos de verano, de telas suaves y colores tenues. 

Sus minúsculas gotas de cristal se movían con el viento y desprendían un polvillo muy ligero. Era imposible que aquella lámpara estuviera totalmente limpia, decía siempre la madre. Y así era. En un momento dado, sin saber muy bien el motivo, la gran araña había sido trasladada desde el comedor a la alcoba de los padres. Allí recibía directamente la luz que llegaba de la ventana y cambiaba de color, porque  a veces era parda o rosa o amarilla, según la hora del día y la estación del año. En las tardes de los veranos, cuando el poniente ponía algo de fresco en el ambiente tórrido, la lámpara movía sus cristalitos con el soplo de aire que le llegaba, sonando entonces una música repetida, un tictac suave y sin final, que podía llegar a adormecerte. 

La gran araña era, por eso mismo, la luz más nítida que recordaban las hijas al crecer porque en su memoria no quedaba apenas nada más, el tiempo había vaciado los recuerdos y los habían reducido a ese tintineo monótono. Cuando los años pasaron y la casa era sólo un paisaje lunar en los sueños de todas, ellas continuaron recordando el tictac, el sonido especial de los cristales de la lámpara, empujados por el viento de levante, por el poniente, por el viento sur... 

Al llegar la tarde de ese día en que iba a acabarse el mundo y después de comprobar que el mundo no se acababa (porque oían el runrún de las vecinas y el movimiento de los coches en la calle) las hijas abandonaron la habitación y volvieron a salir muertas de risa. Con los ojos llorosos de reír corrieron a lo largo de la calle, entrando y saliendo de casa en casa, esperanzadas de que las cosas no fueran a terminarse tan pronto para ellas, que aún no habían conocido los secretos de la vida y lo que el futuro les deparaba.

He abrazado el alba del verano


Como si fueran noches sucesivas que no se detienen y que impiden que duermas, pobladas de desafíos y de insomnios duraderos, así los veranos ocurren y en cada uno de ellos encuentro una música que los define, una imagen que los fija en la retina. 

Aquel verano del encuentro tibio, incertidumbres ante un paisaje desconocido y nuevo. Soledad conjurada. Un vacío que era menos con tus ojos, un juego que resultó ser falso. Esas promesas que nunca se cumplieron. Telas azules que nunca se usaron. Gestos imaginados que nunca tuvieron presencia. La vaguedad. Frívolas canciones que adornan esos días y arropan esas noches. Fuiste nada en aquel verano del encuentro. 

El verano pasado con un descubrimiento. Calidez, suavidad, palabras que se cruzan. Encuentros y voces que en el aire se escribe con voluntad efímera de perdurar un día. De guardarse en el oído como sueños inconclusos. Confidencias. Todas las confidencias. Aquí estoy para verte. Estoy, soy, cómo estás. Me inquieta tu silencio. Si no hablas, temo que te hayas enfadado conmigo. Espero tu palabra como el agua de mayo, aun en julio, en agosto. Dulce verano del descubrimiento. 

Este verano del brutal vacío. Palabras que hacen daño. Incomprensibles. Huidas sin avisar. Clandestinas mentiras que atesoras y que salen sin previo aviso al aire. Duele el silencio y duele la palabra. Duelen los ojos. Duele el abandono. Nada quedó del tiempo presentido. Todo se ha despeñado por los huesos. Sin horizonte, luz, agua lunar, sin nada. De nuevo vulnerable ante los miedos, convencida de ser una voz invisible, que no tiene lugar donde esperarse quieta. Verano del adiós, quién lo sabe. Al que no sucederá, seguramente, un dulce otoño como fue el pasado. 

Título: Rimbaud
Imagen: Fragonard