lunes, 24 de julio de 2017

Emma y los libros Austen



Las opiniones de la gente cercana a Jane Austen sobre su novela de madurez, "Emma", fueron variopintas. Su hermano Edward, al hacer el ránking de sus preferencias, la colocó detrás de “Orgullo y Prejuicio” y “Sentido y Sensibilidad” y únicamente antes de “Mansfield Park”

“Persuasión” aún no se había publicado, pues fue obra póstuma. Y tampoco "La abadía de Northanger". Su hermana Cassandra había establecido ya otro orden de preferencias. Para ella el primer lugar lo ocupaba “Mansfield Park” y le gustó “Emma” más que “Orgullo y Prejuicio”


A su sobrina Fanny no le gustó nada el libro, lo encontró insoportable, o, más bien, a la protagonista. A la madre de Jane el libro le resultó entretenido, mucho más después de la reciedumbre de “Mansfield Park”. Y también opinaron de él una amiga, la señorita Sharp, de oficio institutriz, que adoraba “Orgullo y Prejuicio” pero que consideró a “Emma” como un buen libro con un personaje maravilloso, el señor Knightley, claro. A otra de las amigas, Alethea Bigg, el libro no le gustó nada y las mujeres del mismo tampoco. La observación de la señorita Sharp acerca de la incongruencia que suponía que una persona tan anodina como Jane Fairfax fuera capaz de prometerse en secreto, quedó sin respuesta.

Con respecto al personaje protagonista, Emma Woodhouse, ya había advertido la propia escritor antes de crearlo que estaba segura de que no le iba a gustar a casi nadie. Parecía divertirle este hecho, esta invención de una heroína contracorriente, sin la popularidad unánime de la que, entre su entorno cercano, disfrutaba Elizabeth Bennet. La pugna Elizabeth-Emma continúa a día de hoy, pues son las mujeres más atractivas de su universo, con permiso, claro está, de las hermanas Dashwood


Las opiniones entre los vecinos de parroquia de Jane no fueron positivas. La mayoría de los que lo leyeron no estaban de acuerdo con algunos personajes o con detalles de la trama. Los hubo quienes pusieron el grito en el cielo con determinadas escenas y por ese lado no pudo encontrar la autora muchas satisfacciones. Sorprende pensar cómo esta crítica cercana era tan contundente o más que la externa. Y no sabemos, desde luego, de qué forma la tomaría ella. Indiferencia, preocupación, respeto, quién lo sabe.

Las mayores reservas profesionales vinieron del editor John Murray. Tras leer el libro lo envió a Sir Walter Scott y le pidió, de una forma bastante poco adecuada, que escribiera sobre él: 
“¿Le apetece escribir deprisa un artículo sobre “Emma”? Le falta acción y romance ¿no es cierto?” 


Efectivamente, a toda prisa escribió Scott una breve reseña para salir del paso. Pensar en cuántos de estos escritores-críticos-editores han despreciado una obra por no pararse a pensar en ella o en leerla con atención o por prejuicios inoculados por perversos tipos con levita, resulta abrumador y preocupante. Pero así era y así es.

Esa crítica liviana, sin apenas consistencia, de entonces, cambió cuando, a los diez años de morir Jane Austen, volvió Scott a hablar de ella y de su obra: 

“El talento de esa joven para describir las relaciones, los sentimientos y los personajes de la vida corriente es, para mí, lo más maravilloso que he conocido. Los brochazos de las grandes escenas clamorosas puedo darlos yo mismo, como cualquier otro, pero la pincelada exquisita que hace interesantes las cosas y los seres más comunes, gracias a la autenticidad de la descripción y del sentimiento, me ha sido negada”.


Posteriormente, la obra de Jane Austen ha pasado por etapas de olvido y de resurgimiento. Su tardanza en ser publicada en algunos países y el escaso interés que, durante muchos años, tuvo la novela considerada romántica, aunque sin motivo, determinó que se relegara a determinadas estanterías exclusivamente femeninas. El resurgir ha sido esplendoroso, aunque no exento de trivialidad. 

No obstante, es evidente que hoy estamos en el mejor momento posible para entender en toda su magnitud el fenómeno Austen y el sentido de “Emma” en el conjunto de su obra. 

(Todas las imágenes pertenecen a la película "Emma") 

jueves, 20 de julio de 2017

El estilo Austen

En la biografía que Claire Tomalin ha escrito sobre Jane Austen, editada en castellano por Circe,  hay una frase que me hace pensar: 

“Las damas y caballeros de Kent, a quienes Jane se arriesgaba a inquietar con su inteligencia, pertenecían a la familia de Edward y a su círculo social”.

Pasemos por alto quién era el tal Edward y fijémonos en la primera parte de la frase: 

“se arriesga a inquietar con su inteligencia”.....

Veo con claridad ese salón en la casa de Kent y veo a las damas y a los caballeros observando a Jane, su sencillo vestido, su peinado discreto, sus manos serenas y bien colocadas sobre el regazo. Y su implacable sentido del humor. Y su enorme ingenio. Y su aptitud para poner nombres a las cosas. Y sus juicios llenos de inteligencia práctica. Y su imaginación para inventar historias. Y su capacidad para observarlos a todos desde lejos. Y entonces entiendo que la naturaleza reparte dones y ni siquiera sabes por qué, en ese sorteo injusto, a unos les toca mucho y a otros poco. Y a Jane, por mucho que lo pensemos, le tocó lo más caro. El talento.

Su opinión sobre Kent, plagada de ese aire irónico que daba a sus escritos, puede observarse en algo que escribe un duro invierno en Hampshire: “En esta parte del mundo todos son tan terriblemente pobres y económicos, que he perdido la paciencia con ellos....Kent es el único lugar donde se puede ser feliz; allí todos son ricos”

¿Cuánto de esas damas que conoció en Kent trasladó la escritora a sus “mujeres”, a las protagonistas y secundarias de sus libros? ¿Cuánto había de los vecinos de su aldea, de las parroquianas de Steventon, la rectoría de su padre? ¿Cuánto de las elegantes de Bath? ¿Cuánto de las personas que conoció, fugazmente, en sus viajes a Londres? ¿Cuánto de su imaginación?


Esa capacidad de observación, esa forma natural de asimilar lo que veía, esa facilidad para escribir no se corresponde únicamente con lo que llamamos “inspiración”. No. En Jane había mucho trabajo, mucha elaboración, siquiera sea por la lejanía entre escritura y publicación, que le daba ocasión de repasar y repasar sus escritos. No sabemos si era perfeccionismo o mera circunstancia. Cuando escribió la primera versión de “Orgullo y Prejuicio” tenía veinte años. La publicó con treinta y siete. “Sentido y Sensibilidad” se publicó dieciséis años después de ser escrita. “La abadía de Northanger” no logró encontrar editor hasta veinte años después de escribirse y se publicó cuando Jane Austen había fallecido.

Una característica esencial de lo que llamo “el estilo Austen” es que ensaya fórmulas narrativas diferentes en cada una de sus obras. No repite prototipos. No vuelve sobre temas anteriores. Ensaya y ensaya. Experimenta. Todas sus obras abren un camino diferente que se queda abierto para que los escritores posteriores lo transiten. En sus novelas hay siempre una escena crucial, no desde el punto de vista de la historia, sino del estilo. En “Sentido y Sensibilidad”, por ejemplo, está claro que es la que protagonizan Fanny Dashwood y su marido, a la hora de decidir cuánto dinero pasarán a la señora Dashwood y sus hijas a la muerte del padre. Dieciséis frases maestras de la manipulación en la que se cambia la intención del hombre sin que éste lo pueda ni siquiera notar. Genial.
Hay una circunstancia que me gustaría hacer notar: cuando escribe “Orgullo y Prejuicio” está pasando uno de los momentos personales y familiares más difíciles. En cambio, es el libro más amable, divertido y lleno de buenos momentos. Una forma, quizá, de conjurar el dolor, de hacer que la vida fuera más amable. 


Jane Austen se refugia en la escritura de manera que, siendo así que escribir es una actividad que la complace, no se preocupa tanto de si se publicará o no lo que escribe. Es una escritora en sí misma. Por ella misma. Sin ataduras de editores o de público. Hasta qué punto si hubiera tenido presiones editoriales su obra tendría otro sabor, es algo que no podemos conocer. Solamente se pueden hacer conjeturas. Pero el caso es que escribió sus libros con total libertad, sin esperar nada a cambio salvo el placer de escribir aunque nunca podría evitar sentir esa satisfacción especial de ver tu obra publicada. Pero esa es otra cuestión que en nada atañe al estilo.

A veces es precisamente la escritura, la literatura, la que consigue que nos convirtamos en algo que no somos pero que querríamos ser. En el caso de Jane Austen está claro que la alegría y la espontaneidad de su carácter, así como el ingenio, tienen mucho que ver con el personaje de Elizabeth Bennet (seguramente la muchacha más encantadora de cuantas describe) no es menos cierto que los Bennet vivían con un bienestar que los Austen nunca conocerían. Aunque las cuentas no salen, como ya sabemos, y aunque la propiedad está vinculada a la rama masculina (de ahí la llegada intempestiva y cómica del señor Collins), está claro que las chicas Bennet no saben llevar una casa, no hacen labores domésticas y el señor Bennet se pasa el día en su biblioteca y haciendo bromas sobre la vida que a nada conducen. Realidad y fantasía son divergentes. 

He ahí el talento claro de una escritora. 

(Imágenes: Londres en tiempos de Jane Austen) 


miércoles, 19 de julio de 2017

Las madres en las novelas de Jane Austen


La señora Dashwood de “Sentido y Sensibilidad” es una persona de carácter débil, tranquilo y tan centrado en su hija Marianne que no se da cuenta de que otra de sus hijas, Elinor, está sufriendo intensamente debido a su amor, aparentemente no correspondido, por Edward Ferrars. Elinor se guarda para sí sus sentimientos, ella representa el “sentido” del título, pero su madre no gasta el instinto o la intuición necesaria para adivinar ese sufrimiento. Por contra, todos sus desvelos están en su segunda hija, desairada y engañada por un hombre en el que todas ellas confiaron. 

Esta diferencia de trato, estos dos perfiles de mujer, no son, en realidad, exactos, ni representan con exactitud, como a veces se ha dicho, a Cassandra Austen, el sentido y a Jane Austen, la sensibilidad. Pero, si ello fuera así, ya tendríamos claro que la madre estaba más pendiente de la hija mayor, de Cassandra, que de las noveleras ideas de Jane.

Así y todo, es la “madre austeniana” más normal de todas las que aparecen en sus cinco novelas mayores. El resto de progenitoras presentan un curioso perfil de ausencia o de nula influencia en la vida de sus hijas. Dado que “Sentido y Sensibilidad” es la primera novela larga que escribe Austen, podemos decir que su imagen de la “madre” fue degenerando a ojos vista y que en cada una de las siguientes novelas fue, definitivamente, a peor.

La señora Bennet de “Orgullo y Prejuicio” es el ejemplo claro de persona descerebrada, falta de juicio, imprudente y sin criterio. Su forma de ser avergüenza a sus dos hijas sensatas (a las tres que son insensatas las deja indiferentes) después de desenamorar a su marido que se acaba refugiando en su biblioteca. He aquí, dice Austen, como el poco ingenio es capaz de acabar con el más apasionado de los enamoramientos. La actitud que Mrs. Bennet se gasta en relación con las posibles y deseables bodas de sus hijas está a punto de dar al traste con las perspectivas de Jane y Elizabeth. Solamente las virtudes de las chicas y el amor de sus pretendientes, desinteresado y ciego, consiguen evitar la catástrofe.

Por su parte, en “Mansfield Park” la protagonista, Fanny Price, es la segunda de nueve hermanos de un matrimonio “por amor” que genera una historia de miseria y pobreza que la obliga a que sea criada por sus tíos, Sir Thomas y Lady Bertram. El cerebro de mosquito de su madre la hizo enamorarse de un teniente de infantería pobre, cuyo sueldo no podía abarcar el suficiente sustento familiar, lo que la convierte a ella, antaño perezosa y débil, en desaliñada y descuidada. Lo que el carácter apocado de Fanny debe a ese modelo materno, es cosa que se podría discutir.

En “Persuasión” Anne Elliot no tiene madre y por ello de su crianza se encarga Lady Russell. Solamente su padre está presente en la vida de su hija. Un padre, por cierto, que la “persuade” para que no acepte, en su juventud plena, al hombre que ama y que aboca a su hija a una situación de tristeza incompatible con la dicha que una relación bien llevada proporciona. Anne Elliot es sensible, paciente y está menospreciada por su propio padre y sus hermanas, cuestión esta que no es ajena a la literatura pero que, en el caso de Austen, es únicamente aquí cuando se manifiesta con claridad. Anne Elliot es una heroína moderna, en el sentido de que ha de luchar sola por imponer su deseo de ser feliz a todos los contratiempos externos. Debe procurar, además, la “reconquista” de su amado, cosa nada baladí.


Por último, en “Emma”, nos encontramos también a una niña huérfana de madre y en manos de una institutriz, la señorita Taylor, que transmutará en señora Weston por matrimonio al principio de la novela. En el libro, la madre es una figura absolutamente ausente y el padre un pobre hombre con notable hipocondría que no es capaz de enderezar a la niña. Aquí se torna crucial el papel de la institutriz aunque cierto carácter caprichoso y evanescente, propenso a jugar con sus semejantes aunque sin maldad, está presente en la forma de ser de Emma, aunque con la circunstancia feliz de que ello no es impedimento para que el señor Knitghley la ame tiernamente y, por eso mismo, intente ejercer de casi Pigmalión con ella. A efectos emocionales, nada más, desde luego, porque socialmente la señorita Woodhouse es una dama bien criada.

Esta ausencia en las novelas de Austen de una madre de cuerpo entero, de un referente materno sólido, de una figura parental sensata, tiene, algunas consecuencias importantes en la crianza de las chicas y, desde luego, en algunos casos es muy evidente. Véase, si no, lo que ocurre con Lidia Bennet, que termina escapándose con el canalla de Whickam y sin promesa de matrimonio. O el sufrimiento oculto de Elinor Dashwood por ser incapaz de tener con su madre ni la mínima confianza. O la baja autoestima que denotan tanto Anne Taylor como Fanny Price.

Puestos a pensar, parece demasiada casualidad que sea un lugar común en los libros austenianos. Tanta coincidencia nos hace reflexionar sobre la propia infancia de Jane Austen. La costumbre de la señora Austen, su madre, Cassandra, de entregar a sus hijos desde los dos o tres meses al cuidado y crianza de una mujer de la aldea, separándolos del núcleo familiar al que se reincorporaban convenientemente criados, no parece ser la mejor forma de alentar el apego maternal ni siquiera las relaciones cálidas entre las familias. Si hacemos caso a la psicología son esos primeros años los que definen el carácter, los que generan los mayores lazos de afecto. Podían producirse niños independientes pero, en todo caso, también inseguridades y caracteres herméticos.  

Lo que sabemos de Jane Austen confirma que era una persona reservada en su vida privada. Ello no quiere decir que fuera triste, todo lo contrario. Más bien esa reserva se refiere a la escasa complicidad que presenta con su propia madre, la figura de apego por excelencia para un niño. Se acostumbró, probablemente, a desenvolverse sola, a guardarse para sí aquello que sentía o pensaba y, en su caso, el talento literario que tenía desde siempre, le permitió volcarlo en la escritura. Pero, aun así, resulta complicado hilar, en sus escritos, la auténtica forma de pensar de ella sobre los temas que trata. Más bien mezcla opiniones y posturas, dando lugar a confusiones acerca de su ideología.


Sabemos que fueron su prima Eliza y su hermana Cassandra sus mayores confidentes. Pero no creemos que esas confidencias fueran más allá de lo cotidiano. Porque seguramente también Cassandra, criada de igual forma, tuvo esa pantalla colocada sobre lo íntimo, tanto es así que la destrucción de las cartas de Austen estuvo auspiciada por ella. Cassandra protegió a su hermana, tanto en su memoria, como en su intimidad. Por todo esto, tampoco Jane Austen tuvo un pensamiento romántico, ni se dejó arrastrar por la melancolía tan común a las mujeres de la época que no conseguían hacer un buen matrimonio. Da la sensación de que fue una mujer profesional, con conciencia de que su trabajo era muy importante y llenaba su vida, sin necesitar, quizá, otros aditamentos.

Esto es lo que pensamos. La realidad, el fondo de las cosas, se nos escapa. Esa capacidad de contar lo que sentía, que indudablemente era parte de su condición de escritora, solamente puede entreverse en sus libros, en los que hay que escudriñar para entenderla. Pero sigue siendo un misterio en muchos aspectos. Misterio que se acentúa cuando comparamos su vida con su obra.

Emma no quiere casarse: Austen y el matrimonio de las mujeres


(Emma y Frank Churchill pasean por Highbury) 

Guapa, joven, rica y sin ansias de pillar un marido. ¿Cómo es esto? A simple vista resulta raro. A vista de pájaro podemos pensar que aquí falla algo. 


Será una chica de mal carácter, de esas insoportables, a la que le gusta leer libros sesudos y recluirse en su habitación para pensar en cómo marcha el mundo. Una sabelotodo. O quizá es una artista frustrada, alguien que dedica su vida al arte, a plasmar paisajes en los lienzos o a esculpir, a partir del sencillo barro, los bustos de la gente de su entorno. No sé. Puede que nos encontremos un caso patológico, alguien sin habilidades sociales, a quien no le gusta reír, alguien con mal humor congénito, una de esas personas insoportables y hurañas. Quizá es que la vida social le molesta, no le apetece bailar, la gente le produce urticaria, es una ermitaña que solo está a gusto consigo misma...


Si lees “Emma”, de Jane Austen, verás que nada de esto es cierto. Que nada de cuanto hemos dicho encaja con su carácter. Disfruta enormemente con esa ceremonia de escoger un vestido, de adornar su pelo para el acontecimiento, de elegir los zapatos, de tomar sus guantes de encaje para salir y subir en el carruaje que la traslada al lugar en el que va a danzar tres o cuatro horas, sin parar, cualquiera de esas músicas que toca la pequeña orquesta y que permite a los bailarines mirarse y tocarse las manos, sin abrazarse, desde luego, que para eso tendrá que llegar el vals, aunque lo hará enseguida.


(El baile es uno de los divertimentos que a Emma más le gustan) 

La determinación de Emma con respecto al matrimonio no es algo sugerido ni que se desprenda de la trama, ni que haya que leer entre líneas, sino un pensamiento claramente expuesto por ella misma. Por ejemplo, en su conversación con Harriet Smith cuando están hablando de las posibilidades que tiene Harriet de que el señor Elton se enamore de ella:

“-!Cuánto me extraña, señorita Woodhouse, que no se haya casado usted o que no esté a punto de casarse! !Tan encantadora como es!


Emma se echó a reír y respondió:

-Mi encanto, Harriet, no es suficiente para convencerme de que me case; tengo que encontrar a otras personas que también sean encantadoras, como mínimo a una. Y no sólo no me voy a casar en estos momentos, sino que tengo muy pocas intenciones de hacerlo nunca. “

No queda aquí la cosa. A continuación, Emma explica con toda claridad el razonamiento por el cual no piensa en casarse: 


“-Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. !Si me hubiera enamorado, por supuesto, sería muy distinto! Pero nunca he estado enamorada; no está en mi modo de ser, o en mi naturaleza; y creo que nunca lo estaré. Y sin amor, estoy segura de que sería una necia si cambiara mi situación actual. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia: creo que pocas mujeres casadas son ni la mitad de dueñas de las casas de sus maridos de lo que lo soy yo de Hartfield; y nunca jamás podría esperar que se me amara y respetara de la misma manera; ni que fuera siempre la primera y la mejor a los ojos de cualquier hombre, como lo soy a los de mi padre. “



(Harriet Smith tardará en darse cuenta de que quiere a su señor Martin)

Cuando Harriet le argumenta que, pese a todo, si no se casa será una “solterona”, la respuesta de Emma es igual de contundente y razonada:


“No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general, no es otra cosa que la pobreza. Una mujer soltera, con una renta muy apurada, a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable, el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes; pero una soltera, con una fortuna considerable, siempre será respetada y puede ser tan elegante y agradable como cualquiera....”

Vaya, vaya, conque esas tenemos señorita Austen...Cuánto qué pensar con estas palabras. Cuántas cuestiones salen a la luz leyendo estas afirmaciones. Y no nos confundamos. Emma tiene veintiún años de los de entonces, lo que quiere decir que no es una niña, ni una jovencita, como podría considerarse ahora dado que la adolescencia casi se ha prolongado hasta los treinta. 


(Los señores Elton, ella, de soltera, Augusta Hawkins, de Bath)

No. A los veintiún años una mujer de su época es toda una mujer, hecha y derecha, con edad de haberse casado y tenido hijos. Las jóvenes entraban en sociedad, normalmente, a los dieciséis y los compromisos matrimoniales eran casi inmediatos. Recordemos que, en “Orgullo y Prejuicio”, el hecho de que Lydia Bennett haya “salido al mundo” con quince años despierta el asombro y el disgusto de Lady Catherine De Bourgh, que considera este un hecho inadmisible por su precocidad, sobre todo porque sus hermanas mayores aún no se habían casado. Y la mayor tenía veintidós años.

Emma es consciente de algunas cosas que Austen nos transmite a través de sus palabras. Las mujeres casadas dejaban de ser las primeras a los ojos de sus maridos en cuanto tenían hijos y perdían las bellas formas anteriores. Era frecuente y consentido que el hombre se solazara con otras mujeres ante la pérdida de belleza de la suya, dentro de un contrato matrimonial en el que se canjeaba habitualmente belleza por seguridad económica. Esa seguridad era la que mantenía a las mujeres con la boca cerrada. Lo dice el señor Bennett cuando le indica a su mujer que el señor Bingley podría prendarse de ella en lugar de hacerlo de sus hijas si la viera. Su mujer le contesta que eso no es posible, que es madre de cinco chicas casaderas. La respuesta del flemático señor Bennett incide en que, entonces, a las mujeres les quedaba ya poca belleza que enseñar. El deterioro físico femenino tras los partos era evidente. Y las consecuencias en la unión matrimonial también.


(Jane Fairfax con su tía, la señorita Bates) 

Por otro lado, Emma afirma, como así era en realidad, que la mayoría de las mujeres buscaban en su boda mantener una posición social y económica que les garantizara la pervivencia de determinado estatus en el sistema de relaciones existente en esa época. Las que no se casaban y no tenían medios económicos debían depender de otros parientes, porque la mujer pasaba de la dependencia del padre a la dependencia del marido. Las únicas excepciones, como bien afirma Emma, se daba en las mujeres ricas, como era su caso.

El sistema de transmisión de herencias también se recoge en la obra de Austen. Por ejemplo, en “Orgullo y Prejuicio” la casa familiar, con sus tierras, que constituían el sustento de la familia Bennett, está vinculada a la rama masculina. Siendo únicamente hijas las que constituyen su prole, es evidente que ninguna de ellas heredará. Así se produce la dependencia de estas cinco chicas hacia el matrimonio. Como dice Lizzy, al menos una de ellas ha de hacer un matrimonio conveniente (se entiende, desde el punto de vista de las rentas). Eso la haría responsable de mantener a todas las demás. 


(Emma conversa con su mejor amiga y antigua institutriz, la señora Weston)

Pero Emma también es distinta en eso. Esa vinculación a la rama masculina de las familias (presente asimismo en “Sentido y sensibilidad”) no existe y será Emma la heredera de todo lo que su padre posee, que es mucho. Esto la convierte en una heroína atípica, no solamente en la obra de Austen, sino en toda la novelística de su época y de épocas posteriores, donde la figura de la mujer desvalida, bella pero pobre, ha hecho furor.

No obstante todo ello, Harriet insiste en que no casarse conlleva un aburrimiento añadido, entre otras cosas, porque no existe el entretenimiento que causan los hijos. Emma argumenta en este sentido con su agudo sentido práctico:

“-Si mal no me conozco, Harriet, la mía es una mente activa y ocupada, con muchos recursos propios; y no veo la razón por la que deberían faltarme las ocupaciones más a los cuarenta o cincuenta que ahora a los veintiuno. Las ocupaciones habituales de la mujer con los ojos, las manos y la mente estarán tan a mi alcance entonces como lo están ahora; o con algunas variaciones sin importancia. Si dibujo menos, leeré más; si dejo de escuchar música, me dedicaré a tejer. Y en cuanto a las cosas interesantes, a las cosas del querer, que es lo fundamental para no ser inferior y cuya falta es el gran mal que se cura cuando una no se casa, me las arreglaré de maravilla con tantos sobrinos a los que cuidar y a los que quiero tanto “


(Emma y el señor Knightley) 


Véase, en este razonamiento diáfano, cómo Emma hace alusión a las “ocupaciones de la mente”, algo inaudito, si tenemos en cuenta el papel de sujeto pasivo en las relaciones sociales y en la vida personal de las mujeres del romanticismo. Vemos también cómo esboza algunas de las “ocupaciones de las manos y de los ojos” de aquel momento, leer, escuchar música, tejer...Un retrato fiel de la vida de las jóvenes y las mujeres de entonces realizado desde un punto de vista especial y, desde luego, original, diferente.

La idea que, sobre el matrimonio, tiene Emma, únicamente sufrirá una variación sustancial cuando descubre que está enamorada. Es el amor el que la hace cambiar de idea y pensar en casarse, no la necesidad, ni la sumisión, en el deseo de adoptar el rol común de las mujeres respetables de la época. Y para ello, además, tiene muy claro que la persona en la que deposita su amor es un hombre superior en todos los conceptos. Es el único hombre a la altura de su inteligencia con el que se relaciona. El único que le habla con claridad, que pone de manifiesto sus errores y que, aunque locamente enamorado, no vive un amor ciego, sino un sentimiento plenamente consciente en el que se mezclan, no solamente la belleza y la gracia indudable de Emma, sino, sobre todo, su ingenio, su talento, su vivacidad, su alegría. Como él mismo dice, nos referimos al señor Knigthley, no podría amar a una mujer que no le aportara alegría, a una mujer oscura o falta de vida.


Incluso cuando es consciente de que ama y es correspondida, la mente de Emma se aleja del romanticismo embaucador: 


“...ahora sentía un exquisito revoloteo de felicidad, y no solo eso sino que además pensaba que la felicidad sería aún mayor cuando aquel revoloteo hubiera pasado”


(Todas las imágenes corresponden a la serie "Emma" de la BBC, 2009)

lunes, 17 de julio de 2017

Jane Austen y la lectura de novelas


(Bárbara Laage, París, 1946)
Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?...
Así se expresa Jane Austen, en primera persona, en su obra La abadía de Northanger. Sale a la luz su opinión mientras relata los gustos literarios de Catherine Morland e Isabella Thorpe.
Defiende con vehemencia el derecho de estas muchachas a leer aquello que más les guste y la necesidad de que los propios novelistas no abominen de lo que hacen. El alegato se pierde entre las páginas del libro y puede pasar desapercibido si no se hace una lectura atenta. La suave brisa parlanchina que aletea sobre Austen oculta a veces el interior. No hay que permitir que eso ocurra. 
Por otra parte, dado el tono mordaz, risueño, divertido e irónico que impregna el libro, no deja de resultar llamativa esta intervención casi gremial que hace la autora. Esta llamada al sentido común de sus colegas, los escritores. Y, en este otro sentido, sigue pareciendo una curiosidad el hecho de que sin tener ningún libro publicado (pues La abadía de Northanger estuvo dispuesto para ello antes que ninguno de sus otros libros pero el desprecio del primer editor lo condenó al silencio durante años… y terminó siendo publicado póstumamente) ella ya se considere a sí misma “escritora”.
La conciencia de autoría, el orgullo por el trabajo que realiza, son tan potentes en Austen que llaman la atención poderosamente. Según ella, no es escritor el que publica (como dicen muchas voces), sino el que escribe, independientemente de que tenga o no público, de que sus obras vean o no la luz. Es cierto que en algún libro de memorias escrito por familiares se dice que era una persona sencilla, que escribía para entretenerse y bla, bla, bla. Nada más erróneo que esto, nada menos cierto. Por eso causan tanta extrañeza estas opiniones de los que eran sus allegados. 
La crítica literaria recibe, en este fragmento del libro, una buena andanada:

Dejemos a quienes publican en revistas criticar a su antojo un género que no dudan en calificar de insulso, y mantengámonos unidos los novelistas para defender lo mejor que podamos nuestros intereses.
Un discurso profesional, tanto como político. Alude a una supuesta comunidad de intereses entre escritores, algo que no existía en aquel momento, presidido por feroces individualidades; no distingue sexos, cosa harto compleja y, además, larga contra los críticos la advertencia de su dudosa labor. Nada nuevo bajo el sol, en este caso. Y no falta la argumentación de su defensa de la novela. Una argumentación que se basa claramente en una cuestión difícilmente rebatible: el placer que la lectura de novelas proporciona a los lectores.
¿O he de decir a las lectoras?

Representamos a un grupo literario injusta y cruelmente denigrado, aun cuando es el que mayores goces ha procurado a la Humanidad. Por soberbia, por ignorancia o por presiones de la moda, resulta que el número de nuestros detractores es casi igual al de nuestros lectores.
Resulta de interés el convencimiento expresado por la escritora de que las personas que leen novelas, aun extrayendo de ello el máximo placer, suelen ocultar estas preferencias y aludir a otro tipo de lecturas más conspicuas o consideradas socialmente más elevadas desde el punto de vista intelectual.
Esta clase de mentiras, seguramente usuales en aquel tiempo, podía aplicarse ahora a la lectura de determinados libros, considerados menores por aquellos que se llaman a sí mismos gurús de la cosa literaria. Por ejemplo, las propias novelas de Austen, consideradas como “románticas”, “femeninas”, y otros apelativos nada adecuados, por cierto, a partir de las opiniones de reductos conservadores que no han leído sus libros precisamente por considerarlos propios de mujeres. 
Si preguntamos a una dama: “¿Qué lee usted?” y ésta, llámese Cecilia, Camilla o Belinda, que para el caso lo mismo da, se encuentra ocupada en la lectura de una obra novelesca, nos dirá sonrojándose: “Nada…una novela”; hasta sentirá vergüenza de haber sido descubierta concentrada en una obra en la que, por medio de un refinado lenguaje y una inteligencia poderosa, le es dado conocer la infinita variedad del carácter humano y las más felices ocurrencias de la mente avispada y despierta.
Considerando que el libro estaba totalmente terminado en 1799 y que la autora había nacido en 1775, está claro que alguien que con veinticuatro años demuestra esta clarividencia y es capaz de formular opiniones tan rotundas, es una persona con suficiente talento, capacidad, inteligencia y valentía como para haber logrado completar una obra literaria de envergadura tal que su revisión a lo largo del tiempo la ha convertido en un hito fundacional y fundamental de la historia de la novela y, por ende, de la literatura.

domingo, 16 de julio de 2017

Kipling, Austen y The Janeites


Jane Austen (Steventon, 1775- Winchester, 1817)  no solo es la primera escritora inglesa de la que se publica un volumen académico con sus obras completas, sino también la muestra más clara del fenómeno de la adoración popular, por un lado, y del criticismo entendido por otro. Desde los años cuarenta del siglo XX proliferan estudios sobre su obra, tesis doctorales, libros y referencias. Pero, además, recientemente se ha desatado el fenómeno fan que ha generado un movimiento comercial parecido al de una estrella de la música. Y, antes de eso, las películas y las series de TV han acercado su obra a un público mucho más amplio. La distinción entre público letrado y popular es patente, pero la obra de Austen soporta lecturas más o menos enjundiosas. 

En 1894 publicó Rudyard Kipling (Bombay, 1865- Londres, 1936), su famoso "El libro de la selva". En ese mismo año George Sainsbury escribió la introducción a  una nueva edición de "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen. Fue Sainsbury el que acuñó el término "janeite" aludiendo a las personas que son devotas de Austen y de sus novelas. Sus fans acérrimas. El "janeitism" en esos años ya tenía suficiente entidad como para que el vocablo apareciera. Habían transcurrido setenta y siete años de la muerte de la escritora, ocurrida el 18 de julio de 1817, cuando contaba cuarenta y un años. 

Kipling, el escritor que dedicó más páginas a la gloria colonial de Gran Bretaña, era un janeite. Cada noche leía en voz alta a su esposa y sus hijas los libros de Austen. Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad, Persuasión, Mansfield Park, La abadía de Northanger, Emma, las seis grandes novelas que escribió, discurrían en la sobremesa nocturna del escritor y servían de deleite a sus oyentes. Algún tiempo después, en 1907, Kipling ganó el Premio Nobel de Literatura. El premio había comenzado a otorgarse en 1901 y él fue el primer inglés en conseguirlo. En 1924 escribió "The Janeites" un cuento que relata la peripecia de un grupo de soldados que eran seguidores secretos de las novelas de Jane Austen. El cuento, que aparece reflejado en la ilustración de esta entrada, formaba parte de una revista, como era usual en las publicaciones de entonces. 

Jane Austen no es (sólo) para mujeres


(The Pink Bonnet. Edmund Blair Leighton)

El 18 de julio de 1817 Jane Austen murió, al parecer del mal de Addison, en su última casa, en Chawton, que ni siquiera era suya sino de uno de sus hermanos. Nunca poseyó nada, salvo su escritura. Salvo sus conocimientos obtenidos por los libros que leía en la biblioteca de su padre (un permiso excepcional teniendo en cuenta que era una chica) y por la observación atinada y perspicaz que llevaba a cabo acerca de lo que ocurría a su alrededor. Era una mujer inteligente, muy inteligente y, además de eso, tenía conciencia clara de que era una escritora, aunque no firmara con su nombre, aunque pagara las ediciones de sus libros. Esto puede leerse con claridad en el primer capítulo (descacharrante en su referencia a lo que debía ser una heroína) de La abadía de Northanger especie de sátira de las novelas góticas que hacían perder la cabeza a las chicas, igual que las de caballería estropeó a nuestro Don Quijote. 

La lectura de Orgullo y Prejuicio me deslumbró. Tenía apenas veinte años cuando ella la escribió, veinte años como Elizabeth Bennet, veinte años como los que yo tenía al leerla por primera vez. Nada de arrumacos molestos, nada de ingenuidades ridículas, nada de claro que sí, sino todo lo contrario. Una espectacular demostración de buen tino, de originalidad, de visión adelantada a su tiempo. No escribía para mujeres las cosas que las mujeres solían leer, sino que sus novelas son, a la vez, acerada crítica tapizada de ternura, aguda muestra de caracteres humanos y reflejo de los sentimientos universales que, antes que ella, Shakespeare había desarrollado. 

No veo exageración alguna en afirmar que, como el genio de Stratford, Jane Austen trazó el retrato fiel y, a la vez, personal, de personas, usos y comportamientos que reflejan todo el itinerario de la naturaleza humana. Todos los sentimientos y emociones están en ella. Por eso es un clásico y no una moda. Por eso no es antigua y se actualiza sola cada vez. Hombres ridículos y prepotentes. Mujeres avaras y faltas de empatía. Señores sin fortuna que viven del disimulo. Esposas por obligación y sin pasión. Chicas casaderas faltas de seso. Clérigos absurdos. Institutrices perfectas. Ladys malvadas.

En su universo, sin embargo, destacan algunos personajes que han opacado a los demás, que han ocultado el brillo de su arsenal psicológico. Ahí está la mentada Elizabeth Bennet, poderosa sonrisa, ingenio claro, ojos brillantes....y amante del ejercicio físico. En su osadía es capaz de rechazar al mejor partido y lo hace sin contemplaciones como haría hoy cualquier mujer. Emma, la mujer rica que no quiere casarse, representa esa clase de mujer que no teme a las críticas ajenas, que no piensa en el qué dirán. Emma, el libro, es su obra maestra, por mucho que Orgullo y prejuicio nos acerque tanto a su mundo y se adentre en el nuestro conquistándonos. Emma es una obra mayor en la que despliega todos los escenarios emocionales posibles que antes ha ido mostrando por separado y en la que los personajes se salen del libro, se ofrecen a nosotros directamente, enteramente.

Los hombres deberían leer a Jane Austen. Seamos sinceros. La educación sentimental masculina es deficitaria a estas alturas. Y ella, que era la sexta de siete hermanos, los cinco mayores todos hombres, tenía conocimientos para describir cierta propensión masculina a guardarse para sí los sentimientos como si fueran algo que debía permanecer oculto. Los hombres lo tienen mal en la sociedad de la emoción y por eso las mujeres se desesperan intentando llamar a puertas que nunca se abren. Puestos a reconocer la valía literaria de Austen, digan lo que digan sus detractores, no estaría de más que se incorporara de pleno derecho a la mesita de noche de los señores, junto a los ensayos de economía, las novelas negras y el transistor.

jueves, 13 de julio de 2017

"Mary Barton" de Elizabeth Gaskell


(Elizabeth Gaskell retratada en 1832 por William John Thomson) 

En abril de 2012 la Editorial Alba en su colección Clásica Maior, dirigida por Luis Mangrinyá publicó Mary Barton, la primera novela de Elizabeth Gaskell, que vio la luz originariamente en 1848. Sin embargo, esta edición responde a la que se hizo en 1850. Antes de eso, hubo otras dos ediciones de 1849. Todas ellas fueron anónimas, pues, como en tantas ocasiones, la autora no reflejó su nombre en el libro. 

Las circunstancias de la novela son especiales. La autora vivía en Manchester, aunque toda su vida previa había transcurrido en lo que los ingleses llaman "el campo", que no es otra cosa que un pequeño pueblo con su rectoría, su biblioteca, sus casas señoriales y su extensión de terreno alrededor. Como ella misma relata en un delicioso prólogo al libro, su primer pensamiento cuando decidió escribir una obra de ficción fue inspirarse en aquello que conocía tan bien y hacer "un cuento ambientado hace más de un siglo en la linde de Yorkshire". Sin embargo, quiso que su novela tratara de un tema actual y de unos personajes a los que solo conocía de cruzarse con ellos "a diario en las populosas calles de la ciudad". 


(84 Plymouth Grove donde vivió Elizabeth Gaskell entre 1850 y 1865)

Cierta cercanía con algunos de ellos, obreros inmersos en las duras condiciones de la Revolución Industrial, le hizo pensar que "sentían rencor e irritación contra los ricos, cuyas vidas aparentemente felices parecían aumentar la angustia de su propia y azarosa existencia". Así pensó en "dar voz al sufrimiento" y aunque reconocía no saber nada "de economía política o de teorías de comercio" se esforzó en escribir "con sinceridad". No deja de resultar doblemente interesante esta dedicación a la escritura de novelas, aun conociendo las dificultades de publicación y autoría, por un lado, y, por otro, haber tomado como asunto y telón de fondo una difícil encrucijada social que era la que enfrentaba a obreros y empresarios en aquellos años fundacionales de la industria. El poema (Canción de Manchester) que abre el capítulo I bien puede ilustrar esta dicotomía entre gente afortunada y parias de la tierra: 

Oh, es difícil trabajar
todos los días de tu vida,
cuando tus vecinos
pasan el tiempo entre juegos y excursiones. 

La vida de Elizabeth Gaskell (1810-1865), de soltera Gleghorn Stevenson, fue tan compleja como suelen serlo habitualmente todas las vidas. Pero con la diferencia de que convirtió su dolor en literatura. La pérdida de su último hijo varón nacido de su unión con un ministro unitario, la impulsó a buscar refugio en la escritura y así creó su obra literaria, amplia, a pesar de que empezó muy tarde, y llena de novelas de referencia. Además de esta, hay que destacar La casa del páramo, de 1850; Ruth de 1853; Cranford, de 1851; Norte y Sur, de 1855; Los amores de Sylvia, de 1863; La prima Phyllis, de 1864 e Hijas y esposas de 1865 cuyos últimos capítulos lo logró concluir. 

En ese ambiente tenso en el que las chispas podían estallar por el motivo más insignificante, con las contradicciones que suponían para la clase trabajadora las exigencias de los patronos, acostumbrados como estaban al ritmo ralentizado de las faenas del campo, la heroína, Mary Barton, se encuentra asimismo entre dos hombres distintos y que le producen efectos diferentes. Un hombre cabal al que conoce desde niña y el apuesto hijo del patrón. No falta en el libro el acontecimiento que podrá a prueba el carácter de la muchacha y que la situará ante un dilema moral que hará que reconozca, cuando sea demasiado tarde, sus verdaderos sentimientos. 


Elizabeth Gaskell no solo es una escritora excepcional sino una mujer que se anticipa a las preocupaciones sociales que surgirán a raíz del cambio de paradigma de la industrialización. Esas preocupaciones las convierte en motivo literario y a través de ello han llegado hasta nosotros, mostrándonos facetas que la historia no podría enseñar por sí misma. En este sentido, la literatura es el fiel aliado de los acontecimientos y el muestrario más completo de caracteres, emociones y sentimientos humanos. 

Mary Barton. Un relato de la vida de Manchester. Elizabeth Gaskell. Editorial Alba, Colección Clásica Maior. Traducción Miguel Temprano García. Primera edición abril de 2012. 


Lo imposible


Hubieras querido dar un paseo. Algo tan sencillo...Un paso tras otro, a la par, sin carreras, ni agobios, ni retrasos. Hubieras querido una charla sosegada, poder destapar lo que cada uno encierra. Sin juicios apresurados, sin estereotipos. Un suave encuentro en medio de la nada. Hubieras querido una mirada honda, no el bullicio de lo superficial, lo frívolo, lo leve. Hubieras querido algo más que nada. Más que la nada en sí, algo más. 

Si esperas lo imposible, o buscas lo imposible, o deseas lo imposible, o sueñas lo imposible, o ansías lo imposible, o pides lo imposible, o añoras lo imposible, o lloras lo imposible, o cantas lo imposible, nada de eso estará en tu mano y otra vez la palabra, nada, de Laforet, otra vez, esa nada, te envolverá como una túnica en días de brillante amanecer. 

Eres tú la equivocada. Porque no entiendes que esa mirada es la única que le resulta humana. Porque luchas contra la pared y la pared no se dobla, ni se extiende, ni se mueve, ni se cambia. Porque no hay esa cálida corriente del ponerse en el lugar del otro, porque hay personas que eso no lo saben. Porque intentas escapar de la clasificación que convierte tu vida en un eco plural, nunca individual, nunca seguro, nunca tuyo, nunca rebosante de vida. Porque no hay nada, nada, nada, solamente, eso, la nada, tu nada, la suya, nada. 

Vuelve los ojos adonde están aquellos otros a los que no tienes que explicarle que tú no eres eso, que tú no eres ese vacío, esa tristeza, esa desazón, esa amargura, esa infelicidad, ese miedo, esa oscuridad. Vuelve los ojos a quiénes no necesitan aseveraciones ni juramentos porque lo entienden simplemente al mirarte. Vuelve los ojos a ti misma porque no necesitas que nadie te asegure lo que eres y menos lo que no eres. Porque no necesitas que te juzguen. Porque lo sabes. Sabes cómo eres. Y hay veces que explicarse es perderse. Es convertirse en nada, la nada, esa nada. Nada. 

martes, 11 de julio de 2017

"Parece que fuera es primavera" de Concita de Gregorio


Irina Lucidi existe. Y su historia fue real. Una historia aparentemente normal, como tantas otras. Estudió su carrera de Derecho, comenzó a trabajar, conoció a un hombre, se casó, tuvo dos hijas gemelas y se separó. Lo que no entra dentro de la normalidad es lo siguiente: un fin de semana que las niñas pasaron con su padre, este se suicidó arrojándose a un tren y dejó antes una nota a su exmujer en la que le decía que las niñas no habían sufrido y que nunca las volvería a ver. 

Concita de Gregorio asume la voz de la madre y recorre los saltos que su vida da a partir de entonces, su lucha contra la burocracia, sus preguntas, el extraño silencio de los que tenían algo que ver con las niñas y también su renacer al lado de un español, Luis, un hombre de manos demasiado grandes, que le descubre Granada. Mezcla de novela, de relato de sucesos, de autobiografía apócrifa y de reflexión sobre la vida y la naturaleza de las personas, el libro se lee de un tirón y te deja el agridulce sabor de la tristeza y la alegría, como sucede con nuestra propia existencia. 

Hay un elemento inquietante en todo esto y que hace pensar. El marido de Irina, Mathias, era un hombre extraño. Desde tiempo atrás empezó a dar muestras de rarezas que llamaron la atención de Irina y para las que ella no encontraba explicación. Algún psicólogo le explicó que padecía un rigidez emocional que le impedía cualquier flexibilidad a la hora de discutir, charlar, entender o sentir. Y, sobre todo, lo que observó Irina y la decidió a dejarlo fue que no tenía compasión. 

Si un hombre no es capaz de ser compasivo con el mundo que le rodea, con las personas, con la vida en general, entonces está todo perdido. Se convierte en una máquina sin sentimientos. Esto es lo que Mathias era a los ojos de Irina. Su costumbre de llenar la casa de post-it amarillos en los que le indicaba exactamente qué debía de hacer ella con cada cosa (del tipo "abre la nevera, coge la leche y échala encima de los cereales, no al revés), le dio pistas. Pero nadie parecía entender que esto escondía algo más. Los terapeutas de pareja tampoco ayudaron. Ni siquiera suministraron datos a Irina una vez que llegó el triste desenlace. Eso sí, uno de ellos le cobró la minuta que el exmarido había dejado a deber. 

En su búsqueda de una explicación para lo sucedido, Irina, en la voz de Concita de Gregorio, utiliza fórmulas epistolares, reflexiones, recuerdos antiguos, glosarios de palabras, todo en busca de esa mínima posibilidad de que sus hijas estén vivas. Y en ese recorrido se explican muchas cosas. Los lectores podemos entrever alguna trastienda que estaba oculta pero que, todas las piezas juntas, logra acercarnos una terrible verdad. La gran virtud del libro es que nos hace llegar el estado de ánimo de Irina, ese volcán en erupción, ese dolor incontestado, esa vida incompleta, que la arrasa y la devuelve a la vida sin que entienda las razones. 

Parece que fuera es primavera. Concita de Gregorio. Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Francisco J. Ramos Mena. 
Edición original Milán 2015. Giangiacomo Feltrinelli Editore. 
Fecha de esta edición Junio de 2017. 

Reseña de la autora: 

Concita de Gregorio (Pisa, 1963) es periodista, escritora, licenciada en Ciencias Políticas y gestora cultural. También es una de las fundadoras de la revista Ctxt. Ha escrito varias novelas, todas ellas recibidas con buenas críticas. 


domingo, 9 de julio de 2017

Asesinatos de andar por casa


Hay una escena repetida: una adolescente arrastra su maleta por alguna estación de ferrocarril y se para ante el expositor de libros de cualquiera de sus quioscos. La mirada se detiene en un libro. Se alegra y lo compra. Lo lleva en la mano todo el tiempo hasta que se sienta en el tren, que está a punto de salir, y empieza a leerlo. Lo lee durante todo el viaje y, quizá, si este es un poco largo, cuando llegue ya lo ha leído. Esto no significa nada. Porque lo releerá una y otra vez con el paso del tiempo. 

Estoy segura de que en el libro hay crímenes. Y que son crímenes domésticos, de esos que se perpetran en el entorno familiar o entre amigos. Nada de conspiraciones planetarias, ni de sofisticación abrumadora. No. Crímenes sencillos, asesinatos que se anuncian, todo mezclado con tardes de té, con pudding de Navidad, con ramas de muérdago, con sillones victorianos y con jardines bien aderezados y mal cuidados por jardineros negligentes. Los investigadores, por supuesto, son gente afable en su frialdad, maniáticos y llenos de costumbres que te parecen raras, como ordenar una y otra vez las figuritas que están colocadas en una chimenea. Los policías transigen con el hombre del poblado mostacho y andan a la greña algunas veces, aunque, al final, no dejan de agradecer su encantadora intromisión.


(La prensa inglesa se hizo eco de su desaparición) 

En alguno de esos libros, hallados felizmente en los quioscos viajeros, en las librerías de las ciudades o en los grandes almacenes, hay historias más complicadas, como las que transcurren en trenes transiberianos, en excavaciones egipcias o en paisajes exóticos. Los dentistas pueden matar, eso lo sabes. Los espejos se rajan con las intervenciones asesinas de gente muy amable. Los jóvenes herederos encierran un potencial peligro. Hay niñas malvadas que introducen las cabezas de las criadas en el horno. Y cadáveres que aparecen en las tranquilas bibliotecas de los hacendados. Incluso un asesino que cuenta su historia en primera persona.


(En este hotel de Harrogate apareció, tras días perdida, Agatha Christie, que se había registrado con nombre falso, el de la amante de su marido, que la había abandonado) 

Como si fuera una señal, la primera novela que leyó fue la primera que se escribió, El misterioso caso de Styles. Y allí estaba Hércules Poirot, con sus casas cuadradas y sus células grises en acción. Y llegaron otras que recuerda sin mirar en ningún libro o en Internet: Muerte en la vicaría, Después del funeral, Se anuncia un asesinato, Las manzanas, Un cadáver en la biblioteca, Un gato en el palomar, Maldad bajo el sol, El caso de los anónimos, El tren de las 4,50, Inocencia trágica o la última, Telón. O la mejor, El asesinato de Roger Ackroyd, de la que no diré quién es el asesino.


(Greenway, la casa de Agatha Christie, su paraíso) 

Junto a Poirot, la señorita Marple, esponjosa, risueña y desconfiada. Y el matrimonio Beresford, Tommy y Prudence. O Hastings, el ingenuo compañero del detective belga, inocente y conejillo de indias de sus investigaciones. O la escritora, quizá su alter ego, Ariadne Oliver, comiendo manzanas y manzanas, oronda, inteligente y creativa. Todos los crímenes tienen un inquietante aire doméstico como si en cualquier esquina, en nuestro círculo de amigos, en nuestra familia, fuera posible la iniquidad. Junto al asesinato, la vida cotidiana. Las criadas que aparecen muertas con pinzas en la nariz; los ayudantes de jardinero que pasean ociosos y cultivan chismes; los hijos de buenas familias que terminan siendo psicópatas; los internados con intrusos; los pequeños pueblos donde la gentry vive apaciblemente hasta que estalla, tras anunciarse, un asesinato.


(Torquay, el enclave inglés de costa, en el que la escritora es un recuerdo permanente) 

La vida de la escritora gira en torno a dos casas. Ashfield, en Torquay, donde nació y vivió su infancia y Greenway en el condado de Devon, recién restaurada, donde veraneaba y contaba sus obras a sus amigos. Finalmente, terminó sus días en Wallingford, en 1976. En su historia personal hay dos hombres, el coronel Archibald Christie, con quien se casó en 1914 y se divorció en 1928 y el arqueólogo Max Mallowan, acerca de cuya profesión siempre dijo que era estupendo estar casada con un amante de las antigüedades porque cuanto más envejeciera más guapa la vería.

El primer libro que escribió y que intentó publicar se vio con un continuado rechazo de las editoriales, que no confiaban mucho en una mujer como escritora de crímenes y que se sorprendían del desparpajo con el que se resolvía el asesinato. Era El misterioso caso de Styles y ya aparece en él Poirot, el exdetective belga de quien acabó cansándose la escritora y que murió en la última de sus novelas, Telón. Si conocemos un poco a Poirot, su estricto sentido de la justicia y, sobre todo, su mente cuadriculada, adivinaremos al leer el libro quién lo mató.


(Veranos en Greenway, Devon, con su hija, su yerno y su único nieto)

No sería justa la muchacha de la estación de tren si no reconociera a estas alturas que el origen de su enorme afición, dedicación y devoción casi por la novela inglesa está en Agatha Christie y en sus libros, leídos muy tempranamente y completados con su Autobiografía, sus obras de teatro y las seis novelas que escribió bajo el pseudónimo de Mary Westmacott.

Ese telón de fondo de la campiña inglesa, las costumbres, las fórmulas de saludo y cortesía, la vida en suma, de las gentes del campo y los pequeños pueblos, nunca de las ciudades ni de la clase industrial, sino de la nobleza pequeña o los miembros de la gentry, es lo que suscitó su interés en seguir ahondando en ese paisaje sentimental y literario. Desde los doce años es un universo perenne en su horizonte.


(Agatha Christie con su única hija, Rosalind)