lunes, 26 de septiembre de 2016

Casi un despertar


(David Parrish. A mitad del camino. 2007. Hiperrealismo)

Todos los días iniciaba una frase de la misma manera: De pronto descubría que....La frase se interrumpía en este instante y quedaba inconclusa. La frase y la intención. La intención era que un haz de luz la iluminara para que ella fuera capaz de ver el punto de vista exacto, la forma exacta de calibrar qué era aquello, una actitud exactamente cierta. Quiero saber qué soy, repetía. Quiero saber qué siento, ansiaba. 

Lo hacía todos los días sin darse cuenta. Iba por la calle en alguno de sus paseos cotidianos y la frase surgía: De pronto descubría que....Cuando llegaba la interrupción no sabía qué decir. Y, luego, si quería recordarlo, todo se escapaba como aire entre los dedos. Una gota de sol en el agua fría habría bastado para convertir esa frase en un amuleto. Pero nada encajaba. Así que vez tras vez las palabras eran ineficaces. No servían. 

No bastaba la brisa de la tarde, ni el resplandor del sol, ni el olor a musgo del camino lateral, ni la plaza cubierta de hojas doradas, ni las alegres pérgolas que anunciaban las rosas. Ese olor no bastaba. No bastaba guardarse para sí el aire silencioso de un secreto que ya nunca podría aparecer, desnudo,  firme, convertido por ti en una mueca única, infalible, perfecta. Supo que era el final aunque la frase no tenía colofón. 

He visto como las olas del día se mueven en torno tuyo. He vislumbrado lo oculto, lo que nunca quieres dejar que aparezca. Mi corazón se ha roto al ver que el engaño es tu lenguaje cotidiano. No hay ninguna esperanza que se transmita como el olor de los jazmines a las manos que los acarician inermes. Inerme mi corazón y yo ya no puedo decirte que algo encuentro en todo esto que aplaque mi ira. Una vieja traducción del silencio de siempre me ha vuelto de cara a la pared. Soy una niña castigada en el colegio que no quiere cumplir ese castigo. Tú te has escapado de nuevo, has mentido y en esa mentira hay una flor que nunca va a dejar de crecer. Un nenúfar vigoroso que se escapa de tu pecho y que se conjuga con el verbo...déjame que lo calle, al fin y al cabo, ninguna palabra puede contravenir el silencio que ahora proclamo. 


sábado, 24 de septiembre de 2016

"Me llamo Lucy Barton" de Elizabeth Strout

Lucy Barton está en la cama de un hospital. No se va a morir de esta dolencia pero durante meses tendrá que convivir con la enfermedad y el dolor. 

Su marido no irá a visitarla (salvo un día excepcional) porque no soporta los hospitales. Sus hijas son demasiado pequeñas para eso. 

Solamente su madre se sentará durante unos días al pie de la cama y será el momento entonces de revivir la infancia, la adolescencia y la suciedad que su vida de familia le sugiere a Lucy cuando la recuerda. Nada puede olvidarse, aunque lo intente. 

Este libro es un ajuste de cuentas con el pasado tanto como una forma de explicarse a sí misma. Habla de cómo escribir lo que una es y de cómo reconstruirlo en la mente, de forma que se aplaquen las penas antiguas y se entiendan las dudas. 

La gente que discurre por el libro no tiene apenas nada que contar salvo su propia historia: vida cotidiana que no reluce sino que atropella los sentidos. Oscuridad, miedo, pobreza, miseria, suciedad. Otra vez la palabra. 

La infancia de Lucy Barton no tiene colores alegres ni saltos en los charcos con botas de agua. Sus recuerdos son opacos y llenos de hojas secas que quiere desechar. Es un recuerdo que debe ser borrado y así ha sido durante mucho tiempo. Hasta que la madre se sienta en una silla junto a ella mientras los médicos, sobre todo uno, un buen médico, entra y sale de la habitación del hospital. 

Es, también, una historia de superación. Desde una situación de partida que hoy llamaríamos desfavorable (una mierda, absolutamente) Lucy es capaz de convertirse en una escritora de éxito, en una mujer cuyos libros ayudan a otros a ser felices y a entenderse. Pero antes tiene que llegar la huída y la huída comporta distancia, riesgo, olvido, desarraigo. Es el desarraigo el sentimiento que hace a Lucy ver las cosas con esa indiferencia aparente que desgarra el corazón sin que nadie lo advierta. Es el desarraigo lo que termina con su matrimonio y lo que la separa de las personas a las que dice querer, a las que quiere. Así Lucy Barton tendrá que renunciar a Lucy Barton para sobrevivir. 

Pero todos sabemos que hay lazos difíciles de desatar. No solamente lo escribió D. H. Lawrence muchos años antes de que Lucy Barton lo sintiera en carne propia, sino que lo tenemos grabado en la cabeza desde mucho tiempo atrás. Esos lazos reverberan en la oscuridad y te devuelven las imágenes que crees perdidas cuando ya todo parece que se ha escrito de nuevo. Y el acto de escribir, del que habla el libro aunque no lo parezca, es precisamente eso. El modo en que todo el pasado se acomoda en ti para aparecer sin aviso y sin tregua. 

El libro es, por lo tanto, una historia de reencuentros. Vuelves a tu infancia, a tus padres y hermanos, a pesar de que crees no quererlos, incluso odiarlos en ocasiones. Vuelves a tu vieja casa, a tu calle decrépita, a tu pueblo inhumano, el que no te dio celebridad sino angustia. Y vuelves para entender lo que ahora eres. Así descubres que este amigo de ahora, tu marido, tu segundo marido, tus hijas y tu amiga, no te verían del modo en que lo haces si esos años primeros no hubieran cultivado en ti ese deseo de que el tiempo no se convierta en un mero y silencioso pasar las horas y los días y los meses. Una palabra tuya bastará para guardar el tiempo en el estante de las cosas perpetuas. 


Me llamo Lucy Barton. Elizabeth Strout. Traducción de Flora Casas. Duomo Ediciones, Barcelona, 2016. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

París


La última vez que vi París tú tenías los ojos azules. El día antes, en el aeropuerto, me pareció entrever algo de enfado, seguramente por mi culpa. Desde hace años sé que todos los momentos difíciles llevan mi firma. Me he acostumbrado tanto que, si alguien en las noticias de la radio, se da a la fuga después de cometer un crimen, yo siento que usurpo su papel y que he disparado o empujado al vacío. 

Una fina neblina cubría la calle del hotel y los árboles parecían la cúpula de alguna iglesia de las que recorría cada tarde para resguardarme del calor o del frío. El otoño es un tiempo traicionero y, a veces, sin que nadie advirtiera su presencia, las gotas de lluvia nos salpicaban y dejaban un reguero de huellas en las caras, a punto de llorar o de reír, quién sabe. El suelo estaba comenzando a llenarse de hojas y el viento tenía un sabor húmedo que no podría encontrar en otro lugar del mundo. 

Bastaron unos días para entenderlo todo. Para saber que podías ser la entrada al paraíso. Que no había vetos ni se estilaban prohibiciones. Una tenue sonrisa era todo el reproche que me hacías en esas horas fijas de miedos sin palabras. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Exactamente risas


(Retrato de una mujer hada. Sophie Gengembre Anderson. 1823-1903)

De pronto había descubierto algo que la dejó sin palabras. Una carencia, la falta de una cualidad que había poseído y que parecía estar desapareciendo sin motivo alguno. Halló el motivo y supo qué era. Lo descubrió sin llegar a las lágrimas, eso fue lo mejor de todo. Por casualidad o no tanto. A fuerza de pensar y de vivir anclada en pensamientos que nadie iba a entender sino ella. Supo que la risa se marchó cuando él llegó a su vida. La risa era una forma de soportar el mundo, de ahondar en sus misterios, de reforzar el sentimiento de pertenencia a la vida. Pero él sofocó su risa con ironía y con críticas. Él ahuyentó sus risas con punzadas de dolor inevitables. Desde que él estaba, la risa se había escondido inequívocamente asustada de tanta lejanía y de tanto cinismo. Así, cuando lo supo, también supo que el tiempo de él estaba a punto de acabarse. Ella no era una bruja, sino un hada. Y las hadas sonríen.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Otro septiembre


(El jardín. Claude Monet) 

Los jardines en septiembre ya no son promesas. Están a punto de convertirse en nada. Una letanía de palabras los predijo y solo algunas de ellas pudieron cumplirse en el mejor de los casos. Las flores se amontonan en racimos para adornar las casas y el cabello, pero es el punto final, la hora de retorno, el suma y sigue de un tiempo que nunca volverá a ser el mismo. 

Cada septiembre trae su melodía, entona cada cual un canto diferente. No es lo mismo reírse, que esperar que las lágrimas se apaguen. No es lo mismo mirarte que saber que tu voz está tan lejos como el trueno en la noche. Los relámpagos acucian a las flores y quieren convertirlas en estatuas de sal. Tú, sin saber ya nada, sin entenderme apenas, has renunciado a la promesa que no pudiste hacer porque era otra mentira de las que te navegan sin puerto y sin banderas. 

Así en septiembre estamos dibujados como si ese pintor ya no fuera poeta y sus pinceles encubrieran la rabia de saber que hay pasiones que no viven detrás de aquellos ojos. Elegiste tú mismo el motivo del verso que declamas y dejaste aparcado lo demás. Yo entre esas cosas que obviaste, que convertiste en agua entre las manos, disuelta, sin olor, color y rosas. Dame de nuevo lo que me pediste, lo que entregué sin saber que lo tiraba al suelo. En esa ofrenda estuve con los ojos cerrados. Ahora que conozco el final, ya no quiero saber tu nombre ni adivinar el signo de tu viaje. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Un western para escuchar poesía

Siempre me ha parecido que el western es uno de los géneros más poéticos del cine. Esos paisajes áridos, las grandes extensiones, la soledad de los héroes, las cabalgadas indecisas, el miedo al fuego de las balas, los pueblos deshabitados, el abuso de los poderosos, el engaño a los sentidos, la valentía de ser uno y elevarse sobre los demás....Si repasamos la nómina de películas del oeste en las que un aire lírico recorre las escenas estoy segura de que hallaremos muchos títulos. 

Este es el caso de "La venganza de Jane". Aunque el título no se corresponde con la realidad porque Jane lo que hace es intentar sobrevivir. Quiera estar tranquila, alejarse de la maldad, pero no lo consigue. Su belleza, su orgullo, sus deseos de una vida digna, impiden que transija y la no transigencia es un pecado en ese terreno salvaje en el que todo está permitido a algunos. 

Natalie Portman es la protagonista. Su belleza compone imágenes preciosas, pero sin almíbar, más bien con la rotundidad de quien sabe que la vida es difícil y no hay otra que enfrentarse a ella. Luego está Joel Edgerton, el hombre que la ama, el soldado que viene de la guerra y se encuentra que ha perdido a la mujer que quiere y a la hija que nunca supo que existía. Noah Emmerich hace un papel difícil, escaso de movimiento, prácticamente convertido en un vencido, un hombre en la antesala de la muerte que, sin embargo, da vueltas a la acción y la condiciona. También él quiere a Jane, también él tiene una hija con ella. El cuarto protagonista, casi irreconocible en su aspecto físico, imponente, frío, duro, sin piedad, es Ewan McGregor, uno de los actores más interesantes del cine actual, capaz de levantarnos sentimientos de empatía y de odio. Si no fuera por sus ojos verdes, imposibles de ocultar, no hallaríamos en su personaje nade del McGregor anterior. 

Las circunstancias de una vida difícil, en un terreno vedado a la alegría, ponen a estos personajes en contacto, además de a otros secundarios casi todos cruzados de odio y de maldad. Las dos niñitas son pájaros perdidos en medio de una extensión de trigo sin segar. Ellas son la esperanza que, al final, cuando parezca que, por una vez, la vida ha vencido a la muerte, se sonrían y se abracen esperando que haya un tiempo y un lugar mejores. 

"La mujer de la libreta roja" Antoine Laurain

Los nombres franceses son tan encantadores… Tienen ese toque elegante del que carecen en otros idiomas. En este libro hay muchos nombres, a pesar de ser un libro sencillo en el que no se necesita mapa para orientarse. Simplemente leer y leer. La lectura discurre con placidez y sabes que has partido de un punto para llegar a otro. Nada de meandros, de escorrentías, de tormentas de verano, de estuarios o cataratas. Es un río tranquilo en el que los personajes no tienen doblez, son lo que son y lo que dicen ser. Aunque, en el caso del protagonista, Laurent Letallier, librero, divorciado de Claire, padre de Chloe y ocasional amante de Dominique, hay un pequeño matiz. Si lo desvelo, la trama saltará por los aires, así que dejémoslo estar.

Laure Valadier sufre un atraco. El ladrón se lleva su bolso y a ella la deja en coma. Laurent Letallier encontrará el bolso y ahí empezará todo. Otras personas tendrán su papel en la historia y, como novedad, un par de felinos Belphégor y Putin, cuyo cometido no es nada irrelevante. Laure es viuda y eso también importa. Laurent regenta una librería con nombre delicado “Le cahier rouge”. No es nada extraño que se establezca una especie de lazo entre una mujer que escribe en una moleskine roja y alguien que pone ese rótulo en su negocio. 

El libro trata de una doble búsqueda. La primera es la de Laurent que, con maña detectivesca, tiene que descubrir y hallar a la dueña del bolso que él ha encontrado milagrosamente. La segunda es la de Laure que, en su momento, hace el recorrido inverso porque no puede dejar pasar la oportunidad de conocer a alguien que actúa, como Laurent, de una manera tan especial. Ese doble camino, al principio paralelo, se va convirtiendo poco a poco en dos líneas perpendiculares que, ya sabemos, se encuentran en un punto. 

Hay algo tierno en la descripción de los pequeños detalles de las casas, las calles y los locales. Hay muchas referencias a libros y escritores, no en vano el trabajo de Laurent es ese. Hay, y eso me ha gustado mucho, un giro hacia el mundo del arte, porque Laure se dedica a restaurar obras de arte y su trabajo es, precisamente, el de dorar con pan de oro retablos, marcos, puertas, muebles. Esa delicadeza que ambos usan en sus respectivas ocupaciones transita también por el libro, que no tiene aristas sino círculos que se abren y se cierran, a modo de las espirales de los cuadernos que a ninguno de los tres nos gusta usar. 

La mujer de la libreta roja. Antoine Laurain. Título original La femme au carnet rouge. Traducción del francés Palmira Feixas. Foto de la cubierta Mirjan van der Meer. 

La edición en francés, 2014, es de Flammarion.

La edición en castellano, 2016, es de Salamandra. 



miércoles, 7 de septiembre de 2016

La aventura


(Pintura. Edward Hopper) 

Quise tener con él una aventura. Una de esas que no tienen nombre. Que terminan apenas al principio. Que no escarban el alma. Quise que fuera mío, aunque solo una noche. Una noche en la que el aire hablara. Una noche en la que el cielo abriera una puerta cerrada a cal y canto. Quise que la pasión fuera la música. Que se encendiera el fuego de los cuerpos perpetuos. Una llama para envolvernos toda. 

Así lo dibujé instante tras instante, lo escribí con palabras, lo cultivé en los sueños. Así esperé que existiera el milagro, que un deseo amanecido lo trajera hasta mí. Pero el sonido helado de su voz me devolvió a la tierra. Me contestó sin verme y sin sentirme. Me convirtió en la sombra que todavía perdura. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Una mujer escribe


Si pudiera, te escribiría una carta. Sería una larga misiva, con puntos suspensivos, cursivas, negritas, las tildes en su sitio, comillas y una plaga de interrogaciones y admiraciones. Una carta compuesta de palabras y de deseos. De miedo y de evidencia. Sería una carta inevitable, una carta que no puede dejar de escribirse ni aun de lanzarse al mar como ese mensaje en la botella. 

La carta tendría varios párrafos. Tengo que explicarte tantas cosas…No sería suficiente una breve pincelada, no entenderías así todo lo que tengo que contarte. Las palabras no bastarían, por eso un ejército de acompañantes llevarían de la mano las sílabas y las letras hasta su destino. Lo suyo es que la carta fuera en papel suave, de color champán, con doradas letras y un sobre precioso, que llevara un membrete con mi nombre y el tuyo en mayúsculas, o quizá en letra antigua, de esas que aparecen en las películas que te gustan. 

Sería una carta sincera. Tal vez demasiado. Una carta que tú leerías con aprensión y que te dejaría una enorme duda al final de la misma. Quizá la convicción de que era preciso abandonar todo lo que me rodea y huir hacia un mundo en el que yo no esté en absoluto. Para eso daría igual que fuera una carta perfumada, un email o un mensaje de whatsapp. En realidad, las palabras no pueden ocultarse. 

Creo que esa carta debería escribirse al amanecer. La noche me trae demasiados fantasmas y podría hacerte llorar. El crepúsculo es indeciso y vacilante, seguramente me haría mentir. Y el resto del día está cargado de obligaciones, de sonidos huecos y de órdenes que hay que seguir sin respirar. Así que el inicio del día, la claridad de la aurora después de un sueño difícil, ese sería el momento adecuado. 


Pensándolo bien, podría resumir esa carta en una frase. Te ahorraría su lectura y a mí devanarme los sesos. Bastaría con decirte que te quiero. Y un silencio compasivo serviría como respuesta.


(Ilustración: El grandísimo Johannes Vermeer traza aquí una composición sublime. Una mujer escribe una carta, totalmente absorta en lo que hace, mientras la criada observa indiferente lo que pasa al otro lado del cuadro. ¿Cómo dudar que Hopper era un devoto de Vermeer?)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Jane Austen y los amores contrariados


(Harriet Smith, en la versión de la BBC de "Emma" de Jane Austen. 2009) 

Quizá el personaje femenino que más desaires amorosos recibe de todas las mujeres del universo Austen es Harriet Smith. No creo que haya en esta elección ningún elemento discriminatorio, aunque quizá la vida y los antecedentes de Harriet la convierten en una presa fácil para estos desafueros. Educada en un internado de mediana categoría, Harriet es hija natural de, se supone, un caballero. Esta atribución se basa meramente en que la familia aprovisiona económicamente a la muchacha en lo que se refiere a los gastos del internado, pero ahí se queda su preocupación por ella. Es una chica de rasgos dulces, cara bonita y luces escasas. Inocente y hasta con cierta torpeza intelectual. La suerte, o la desgracia, de Harriet es convertirse en la "amiga especial" de Emma Woodhouse cuando esta se queda sin su compañía favorita, esto es, la señorita Taylor que se convierte en la señora Weston al principio del libro. El libro es, naturalmente, "Emma". 

Para ser una chica con tan escaso bagaje familiar y personal tiene un número considerable de avatares sentimentales. Un buen ajetreo. Primero conoce al señor Martín, un honrado granjero, aparcero del señor Knightley, y se enamora de él. Cuando el señor Martín le pide matrimonio ella lo rechaza, a instancias de Emma, que considera poca cosa a ese hombre. Por supuesto, esto genera riña monumental de Knightley a Emma. Después, a sugerencia de Emma, pone sus ojos en el señor Elton, el pastor de la iglesia de Longburn, personaje bastante pagado de sí mismo y de sus cualidades. Da la casualidad de que las atenciones que Elton dispensa a Emma, se confunden por esta y por Harriet con atenciones a esta última y de ahí la decepción cuando se descubre el error. 

No queda ahí la cosa. Sucede después un buen enredo porque Harriet pone sus ojos en Knightley cuando este sale en su defensa al ser rechazada en el baile por Elton y, por un malentendido, Emma piensa que a quien quiere es a Frank Churchill, sentimiento que ella alienta sin dudarlo. El descubrimiento de que Churchill mantiene relaciones secretas con Jane Fairfax conmociona a todos. Y cuando Emma sabe, por boca de Harriet, cuál es el verdadero objeto de su admiración, enloquece al pensar que ha perdido a Knightley, a quien ama sin saberlo siquiera. 

Al final, y esto no debe ser considerado spoiler pues supongo que todos han leído el libro, las aguas vuelven a su cauce y será el señor Martin, el granjero, el que despose a Harriet Smith. Pero, hasta cuatro hombres han formado parte de las horas de confidencias que ella mantiene con Emma. Y cuatro hombres, dadas las circunstancias, son muchos. En eso supera a Emma, desde luego. 

Lo que resulta más interesante es que la reacción de Harriet ante los desaires está exenta de dramatismo, más bien tiene una aceptable resignación ante los hechos. Se conforma sin dejar de estar agradecida a su amiga por sus atenciones y tiene una saludable alegría que le impide hundirse en la miseria de los amores no correspondidos. Esta reacción, enteramente debida a su autora, dota a este personaje, como ocurre con otros de la autora, de un aire moderno, civilizado e inteligente que es una seña de identidad muy apreciable. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

A la ciudad le habían robado el mar


(Charles Conder. Pintura)

A la ciudad le habían robado el mar. No se podía distinguir a simple vista desde las avenidas, o las plazas, las calles o los blancos escalones de entrada a las viviendas. Tenías que subir a los altos campanarios, otear el horizonte desde las azoteas, sortear el verdín de las espadañas, distinguir el perfil de los miradores. Le habían robado el mar sin previo aviso y sus habitantes no tenían claro si eran una isla, un fortín, un despropósito, una ciudad armada hasta los dientes, un reclamo de algo que nadie pretendía, un paraíso imposible para los extranjeros, un reino inacabable mezclado con harina. 

El patio del colegio tenía árboles rosas. El rosa del almendro se extendía por esa superficie inmaculada a los ojos de quienes ya nunca serían adolescentes. Los niños adoraban esos árboles. Nunca molestaban el crecimiento de sus pequeñas hojas y en ellos los pájaros construían nidos que nacían y morían eternamente. 

La madre con la niña paseaba la ciudad de un lado a otro, sin hablar, en silencio, moviendo así las manos, con los ojos abiertos, con los ojos prendidos en el suelo, en el cielo, en los enormes edificios blancos, en los remates azules de las casas, en el sonido de la campana hueca de la iglesia, en el volar de las cigüeñas mansas y elegantes que surcaban el cielo a cada paso. A veces la niña se enfadaba y andaba para atrás. La madre entonces lanzaba una sentencia: Esta niña tiene la cabeza a pájaros. Los pájaros de los árboles rosas. 

Allí la dicha tenía razón de ser


(Charles Conder. Pintura. Dunas) 

Salíamos temprano. Éramos muchos. Chicos y chicas que buscaban la intimidad del mar para conocerse mejor. Las risas eran el telón de fondo y también las canciones de moda. Todos bailaban al andar, el baile era su forma de expresarse. Las dunas tenían un encanto diferente y eran su territorio. Acampaban allí como si fueran una tribu salvaje. Parecía que nunca iba a acabarse el día. Las horas de sol chorreaban ese disfrute de la adolescencia interminable. 

En algunos momentos ellos y ellas se separaban. Las chicas se lavaban la cabeza en el mar y se enjuagaban los largos cabellos con cerveza. El tono dorado del líquido formaba una capa brillante que duraba varios días. Los hombros se tostaban y las piernas se exponían al sol para que las sandalias lucieran en la noche. El anticipo de la felicidad era ese aire radiante del mar mezclado con alcohol. 

Las confidencias se sucedían y también los besos oportunos, las manos enlazadas, las cinturas volátiles. Los bikinis diminutos, los shorts, las camisetas con letreros, las chanclas brasileñas, las uñas rojas, los sombreros, las gorras, las toallas de colores, las cremas, el protector solar. Todo era una amalgama de cosas mezcladas en las grandes cestas con adornos de flores. Una peregrinación gozosa. Allí la dicha tenía razón de ser. 

miércoles, 31 de agosto de 2016

Recuerdas el color de las olas....


( Charles Conder. Pintura) 

Recuerdas el color de las olas. Se complacían en encontrarse unas y otras sin miedo, con total osadía. Tu padre arribaba a la playa muy temprano y dejaba allí esa preciada carga de las hijas, dos a lo más, casi siempre una, que contemplaban extasiadas el amanecer del mar. Ese mar tenía aire salado. Sin construcciones, sin casas ni bebidas, sin sombrillas, sin casetas de lonas rayadas, ni chiringuitos, ni escaleras, el mar solo, tan solo como esa figura que se sentaba a verlo cada día. 

La arena se doraba con el paso del tiempo. Las horas transcurrían limpias de ideas y de mentiras. Todas ellas se escribían con alguna ilusión que nunca llegaría a convertirse en algo. Era la nada sentida y vivida así, frente al mar, azul eléctrico en ocasiones, las más en verde cristalino, grises dorados al caer el mediodía, estallante de luz y de calor incierto. Era el mar y ya tú presentías que un día ibas a echarlo de menos tanto como a su figura, de beige y blanco, con el gesto tierno, preocupado y firme de hombre sin dobleces. 

En una ocasión saltaron los cangrejos y se posaron encima del bolso de playa. La toalla chirrió con su contacto y quisiste separarlos de ti porque te daban miedo. Él rió con esa risa tenue, franca y llena de luz que se gastaba siempre y que siempre recuerdas y que nunca se marcha de ti, de tu cabeza, de tus ojos, de ti, de tu vida, su risa. Los cangrejos se fueron a base de palabras, no les sirvió emplear la zapatilla, todo fue una tragedia cómica y tú, como las rosas, tenías todavía las manos tan pequeñas... 


martes, 30 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: No


Él le dijo: “Te quiero”, con su voz dulce y rotunda al tiempo. Ella lo escuchó con reverencia y tuvo miedo. Supo que, después de esa frase, corta y definitiva, ya nada sería igual. Ya no podría fingir indiferencia, no podría inventar risas, no podría dibujar palabras imposibles, no podría atesorar lágrimas sin que él lo supiera. No. Después de aquello no valdría nada, salvo enfrentarse a todo. Enfrentarse a su propio corazón y al suyo. Aunque él no lo sabía. No sabía la respuesta de ella e imaginaba que las cosas transcurrirían como otras veces. Juego, deseo, quizá un poco de amor pero no mucho, sexo, fuego que se va apagando, desamor, aburrimiento y lucha. Y el adiós. Ese laberinto de sus pasiones que se iba repitiendo una y otra vez. Esa acusación que todas le hacían de que jugaba con la vida. Ese cansancio de verse en una ruleta que ya nunca podría pararse. 

Ella le contestó, mirándolo a los ojos: “No”. Y repitió despacio: “No”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque no quiero llorar cuando todo acabe”, “No, porque no quiero ver tu cara cuando mires a otras”. “No, porque no podré tenerte sin echarte de menos”. “No, porque no puedo esperar en vano a que te vayas”. “No, porque romperías mi corazón con una sonrisa”. “No, porque tengo miedo a no olvidarte si, un día, me besas y te beso, me abrazas y te abrazo, te tengo y me posees”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque me inundas el alma si te veo”. “No, porque no podré contemplar el día que me engañes”. “No, porque sé que me odiarás un día”. “No”. 


Él contempló su rostro anhelante, sus manos que ya nunca tomaría entre las suyas, sus ojos firmes y su sonrisa triste. Ella lo vio como el hombre que nunca estaría entre sus brazos, como la persona que nunca compartiría su vida. Los dos entendieron que, de alguna manera, ese adiós los acercaba más que la propia vida. 

Cuentos para Francine van Hove: Intimidad


Anna, Katia y Ruth estaban disgustadas. Se movían con sigilo mental. Sus cabezas tenían demasiadas cosas dentro, tantas que no se distinguía lo bueno de lo malo. Anna estaba cansada de alguna gente, Katia se sentía fea y Ruth tenía miedo. La tarde era bellísima. Todavía el verano no había dejado su estela a favor del otoño y, aunque los días eran más cortos, se conservaba ese sonido cálido de las tardes abiertas a la vida. El encuentro de las tres siempre traía sorpresas. Novedades. Confesiones. Luchas. Confidencias. 

Ninguna de las tres era feliz. Eso podía notarse si entrabas con cuidado en la conversación y atisbabas sus palabras en clave. Sobre todo, si mirabas sus ojos. Los ojos de Anna tenían una aureola gris, una especie de pátina que solo el insomnio provoca. Los de Katia se habían encogido y una pequeña sombra violeta los convertía en traslúcidos, del mismo tono que las lágrimas que derramaba a menudo. Por su parte, Ruth los mantenía casi cerrados, temiendo que los atravesara el tiempo, la calma, el despecho, el horror, quién sabe. 

El amor de Anna se había marchado. Después de algunos años pensó que no la quería lo suficiente. Esa especie de ficción que mantuvo un tiempo ahora se resquebrajó cuando otra persona pisó la puerta de la casa donde ambos parecían felices. Anna ya no tenía excusas para inventar risas falsas ni para sostener que él era toda su energía. 

Katia solo sabía querer de una manera y escogió para hacerlo a alguien equivocado, alguien que no conjugaba el verbo amar sino el verbo desaparecer. Katia no conocía la palabra esperanza, ni la palabra dicha, ni la palabra sueño. Sus lágrimas tenían un sabor de permanencia que ella no podía evitar; aunque a veces le estorbaban, más tiempo eran un consuelo. 

Ruth nunca se enamoró. No conocía el vértigo de los sentidos. La pasión no encontraba sitio en ella. Deambulaba por los alrededores de su casa, de sus horas, pero sin atreverse a empujar el muro que Ruth levantaba con plena conciencia de ello. Ruth era una mujer fría, sola y sin deseos. Nada deseaba, sino huir de lo que podía causarle daño. 

Solamente en estos momentos claros en los que las tres se unían para expresarse mutuamente sus dolores, la luz de una posibilidad tenía sentido, adquiría corporeidad, podía tocarse. Es así como en la intimidad de una amistad sin fisuras ellas escribieron que hay corazones que no merecen vivir a la intemperie. 


lunes, 29 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?


Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido. 

En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incertidumbre. Pero, en esas horas postreras al deseo, aún éramos dos seres que se escribían cartas encabezadas siempre por una misma frase: Mi vida, mi amor, mi todo…

Así que caminaba fijando la vista en todos los escaparates, en los escasos transeúntes, en los letreros, las esquinas, los bares, las tiendas. Apresaba en la mirada todo lo que veía y llenaba el corazón con su vista, aunque era un mediodía de absoluto calor en la que todo clamaba por el agua fresca, la sombra y el silencio. Nada había de silenciosa, sin embargo, en aquella marcha por la ciudad desierta, porque el grito del corazón era más voluminoso que el silencio mismo. La callada respuesta de las manos no se correspondía con el deseo que, aun satisfecho, anidaba en cada uno de mis movimientos. 

El desconocido surgió de improviso. Era alto y llevaba una inmaculada camisa blanca de manga larga al modo elegante en que los hombres elegantes llevan las camisas en verano: como si no hiciera calor en absoluto. Los vaqueros estaban gastados pero eran de calidad y sus zapatos (me fijé en sus zapatos) eran grises, de ante, lo que indicaba no solo buen gusto, sino que era un hombre presumido, que quería causar buena impresión. Era joven, unos treinta años, aunque no tanto como yo, que no había cumplido aún los veintitrés. 

El desconocido llevaba en las manos una cartera, una especie de portafolios de piel, que balanceaba sin cuidado al andar. Sus gafas de sol ocultaban los ojos pero dejaban ver el tono bronceado de la piel, la barba de dos o tres días y el tono rubio del cabello. Era un hombre muy guapo. Nueve de cada diez mujeres lo hubieran afirmado. 

Justo a la altura de una tienda de ropa masculina nos encontramos frente a frente. Se paró entonces y me miró. Primero, brevemente. Luego, con detenimiento. Me cortó el paso en seco. Me asombré. Le pregunté ¿qué haces? ¿No lo ves? Estoy mirándote, me dijo. Sí, pero no me dejas avanzar. ¿Quieres irte? Claro. Estás interponiéndote en mi camino. Me estás molestando. Mi voz estaba llena de una leve irritación. ¿De verdad te molesto? Pues, sí, ¿por qué voy a engañarte? Mira, dijo muy serio, te he visto y he pensado que, si seguía mi camino sin detenerme, iba a perderte para siempre. No sé cómo te llamas, no sé dónde vives, quién eres, ni qué haces. Pero sé que no quiero perderte para siempre. Estás loco, le dije y ni siquiera esbocé una sonrisa. Quizá, me respondió, pero no miento. No se trata de mentir, se trata de que es una locura, no puedes pararme en medio de la calle y decirme esas cosas. Sí puedo, claro que sí, ya lo he hecho. No debería resultarte tan extraño. Es una forma más de conocerse. Pero no nos conocemos, no somos nada el uno del otro, no sé quién eres, puedes ser un loco peligroso, seguramente lo eres. No soy un loco, créeme, pero podría perder la cabeza por ti. De hecho, quizá ya la he perdido. 

Entonces me asusté. Miré a mi alrededor. Desierto. Vacío. Nadie en la calle a esa hora imprudente del mediodía en la que yo había cerrado la casa que el amigo que nos había prestado para vivir un amor clandestino. Nadie y ese desconocido hablándome de una forma imposible. ¿Dónde estás? pensé. ¿Por qué en ese momento yo recorría desnudamente sola la calle, a expensas de cualquiera que, como el hombre de la camisa blanca, quisiera abordarme sin que nadie lo evitara? ¿Dónde estás? me repetí a mí misma varias veces, apenas sin caer en la cuenta de que aquel hombre me miraba sin apartar la vista. 

Entonces lo entendí. Estabas en tu casa, con tu gente, tu esposa, tus ojos, tu vida, tus libros, tu jardín. Y yo estaba aquí, de azul celeste, en medio de la calle, sola, con un desconocido que me estaba diciendo lo que tú nunca fuiste capaz de pronunciar. Entonces encontré las palabras exactas con las que iba a decirte, amor mío, que todo había acabado entre nosotros. 

domingo, 28 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Palabras de luz


Aprendí a leer sola. Pero, antes de eso, aprendí a hablar. Atribuirle nombre a las cosas, llamarlas por su nombre, pronunciar sus nombres. Hablaba en alta voz y mi mirada recorría los muebles, las calles, los espacios, los rostros, citando los sustantivos como si fueran tesoros recién descubiertos. Algunas palabras me parecían extraordinarias. Abubilla. No sabía qué era una abubilla, no he visto una abubilla nunca, pero el sonido era delicioso. Ese comienzo atropellado que recordaba la palabra abuela. Ese final pícaro, como si fuera un diminutivo. Abubilla. 

Mi madre siempre me relataba que la gente no entendía cómo una niña tan pequeña podía pronunciar todas las palabras sin errores. Una vez sostuvo una discusión con una señora que se empeñaba en decirle que yo no podía tener tres años, que eso era imposible. Mi madre no olvidó nunca el incidente y lo repetía cuando había ocasión, en esos momentos dulces en los que comentaba las anécdotas familiares como si fueran hechos históricos. La mejor historia para ella era la vida de nuestra familia. Y así, entre los hechos de su padre, su héroe, se mezclaban mis hazañas de niña que hablaba y corría desde los once meses. La intuición pedagógica de mi madre le decía que alguien que hablaba y corría desde antes de cumplir un año tenía que ser “lista”. Y ese fue su diagnóstico. “Mi hija Catiti es muy lista”, solía decir. Y mi padre corregía: “Mi hija Katiuska es especial”. 

Aprendí a leer sola. Conocía ya los nombres de las cosas pero faltaba identificar su grafía, su forma, su trazo. Leer y escribir son los actos más complejos de realizar, lo más difícil de aprender. Antes de ir al colegio yo ya sabía leer y escribir fue cosa de unos meses. Tuve un secreto, una fuente de conocimiento que poca gente tiene  a su alcance. Una fórmula. Una ayuda. Mi casa estaba situada a la espalda de un cine de verano. El cine y su calle fueron el territorio de aprendizaje que cada día me convocaba delante de los enormes cartelones para “leer” los nombres de las películas y los detalles de las mismas. Mi madre, con paciencia, los iba leyendo. Yo los repetía. Letras mayúsculas y minúsculas, en caracteres diversos, en colores, en relieve, grandes, pequeñas. Nombres extranjeros que no sabía pronunciar en sus idiomas pero que sabía leer y reproducir en un cuaderno de dibujo, de esos de pastas duras y hojas rugosas. Nunca he sabido dibujar nada, excepto letras. 


Y luego estaba el teatro. En el patio, en una esquina donde el sol no era demasiado inclemente, allí se colocaba en los veranos una enorme colcha floreada en desuso, muy estirada y sujeta con unos alfileres de madera de tender la ropa y delante de aquel escenario improvisado me recuerdo a mí misma gesticulando y recitando textos, poemas, El Cid, historias inventadas, pequeñas obritas escritas en hojas ralladas y en cuadernos, fragmentos de los que venían en los libros del colegio, y todos los amores shakespeareanos de mi madre hechos literatura. Me convertía en princesa, en india salvaje, en dama en apuros, en niña perdida, en mosquetero del rey…Hablar, hablar, decir, hablar, recitar, contar, cantar, música, baile, teatro, canciones, libros, escribir, escribir, leer, leer, leer. Quién no lo hubiera hecho….

sábado, 27 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Ni en rosas las huidas



Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel. 

Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo. 

Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te está vedada, no es el aire dulce de los besos prendidos en la boca que gime o que vislumbra, no es calor del abrazo firme ni la bondad trémula de sus ojos, lo que hace que escribas con palabras que nunca pensaste utilizar. 

Es la pérdida. El desengaño. El vacío. La soledad. La mentira descubierta. La falsedad. La utilización. Es la ruptura de la imagen que habías construido cuidadosamente y colocado en el sitio más inaccesible de todos los que hay en tu interior. Se rompe la imagen en mil trozos pequeños, con agudas aristas que cortan y hacen sangre, de manera que, si intentas recomponerla, algo te atravesará el alma al tiempo que los dedos. Porque no es posible convertir el agua en vino, ni en rosas las huidas inexplicables. Ni existe remedio para la decepción. Cuando la imagen se rompe, se termina todo. Y lo sabes. 

Cuentos para Francine van Hove: El tercer hijo


Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa. 

Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerca de la habitación de los hermanos y allí lo acomodaron cuando cumplió un año. Era imposible recordarlo, pensaba, pero sentía todavía, a pesar del tiempo transcurrido, el frío de la separación, cuando dejó el cuarto de sus padres y lo pasaron a esta otra habitación, solitaria y llena de sombras. 

Después de él vinieron las hembras. Por fin, decía su madre. Una casa con cuatro hombres es una carga muy pesada. Las dos niñas nacieron casi seguidas y se parecían mucho entre sí: eran alegres, dicharacheras y rubias. Todos los hermanos eran muy rubios, excepto él, que parecía haber salido a una tía por parte de madre, la oveja negra de la familia por lo cetrina que tenía la tez y lo oscuro del pelo. 

Las niñas no eran excesivamente listas pero tampoco lo necesitaban. Compensaban su escasa inteligencia con un carácter muy agradable y una disposición a todo lo que fuera disfrutar de las cosas más sencillas. El hermano mayor era un mal estudiante pero un deportista excelente. Tenía una enorme capacidad física y era muy competitivo, así que su padre estaba orgulloso de él. Era un ganador nato. El segundo, sin embargo, colmó las expectativas más exigentes al conseguir matrículas de honor en todas las asignaturas y en todos los estudios. Era una especie de pitagorín que resultaba simpático con su vocabulario extremadamente adulto y su mirada llena de asombro. 

Así que él, en medio de ese sandwich familiar, se encontró incómodo desde siempre. Era un chaval corriente, normal en los deportes, normal en los estudios, normal en todo. Aunque, a pesar de esa normalidad, todo el mundo lo consideraba “raro”.  Una rareza sencilla, sin alharacas, pero rareza al fin y al cabo. Era un niño tímido, de pocas palabras y mirada huidiza. Se asustaba por todo, no tenía apenas amigos, le daba miedo la oscuridad, se preocupaba por cualquier enfermedad que había a su alrededor, no sabía tratar a las chicas y no le gustaba ir al colegio. Todas las mañanas el mismo drama, decía su padre con tono despectivo. Este chaval no se entera de sus obligaciones, repetía continuamente. Era dejarlo en la puerta del colegio y empezar a llorar como un torrente, con lágrimas amargas y sin pausa. Los maestros ya lo sabían y también los compañeros. Era el niño llorón de la clase, el que no se enteraba de nada porque andaba en el limbo y el que deseaba con fervor la llegada de los días de fiesta para no tener que traspasar la cancela de esa cárcel llamada escuela. 

Así transcurrieron los años de su infancia. A veces los recuerda y siempre siente una sensación de desamparo inevitable. Ahora, al filo de los setenta, todavía sufre al pensar en sus días escolares, malgastados, perdidos, inútiles. Nada de lo que allí sucedió le dejó un buen recuerdo. Esa infancia a la que todos retornan como el paraíso más hermoso de la existencia fue para él una esclavitud, un tiempo sin nostalgia. 

Pero un poco más tarde, en su juventud ocurrió algo que cambió su vida. Un día que estaba poseído de ese aburrimiento mortal que suele darse en las tardes del verano tomó una caja de colores que había por el salón y comenzó a dibujar el paisaje que veía desde la ventana. Un arriate lleno de flores rojas y unas macetas de barro, vacías, que se amontonaban a un lado del patio. Nada del otro mundo. Pero la composición que salió de todo aquello, en el papel áspero del cuaderno de hojas blancas, tenía algo, tenía vida. 

Su madre pensó que quizá por este lado podrían hacer alguna carrera de él. Y lo llevó a dar clases de dibujo con un viejo profesor ya jubilado que cobraba poco porque lo que deseaba era transmitir lo que sabía. En sus propias palabras “tener algún día un discípulo que me supere”. Lo que tampoco suponía un reto excesivo.  De esta forma el tercer hijo derivó sus tardes al taller del viejo profesor y allí se pasaba las horas muertas, copiando, bocetando, midiendo, pensando en la perspectiva. 

En el taller había muchos libros de arte, enciclopedias y monografías, que repasaba una y otra vez buscando alguna solución, algún misterio. No todo le gustaba. Algunos pintores que gozaban de fama y de renombre eran para él anodinos y sin interés, pasaba de largo esas páginas y se recreaba, por el contrario, en otros que le sugerían cosas. Esas cosas pasaban luego al papel y, más tarde, al lienzo. El óleo le llenó de satisfacción y también la acuarela. Hacía unos cuadros pequeñitos, que luego enmarcaba su madre con mucho primor y los colgaba por la casa porque, al fin, tenían algo que decir de ese hijo. 

Su vida amorosa había constituido un desastre. Sin paliativos. Todas las chicas feas del pueblo se fijaban en él. Pero a los veintitantos años tuvo ocasión de hacer una exposición en una de las ciudades cercanas y entonces toda su vida se transformó. A la gente le gustó su pintura. A la crítica, aún más. Lo saludaron como un hallazgo y la ecuación trabajo-éxito fue para él, desde entonces, una evidencia. Cada año que pasaba pintaba mejor y era más conocido, luego fue famoso y luego obtuvo prestigio. A los cuarenta estaba consagrado. 

Algunas decisiones sobre su vida privada comenzó a tomar en cuando pudo. Para empezar, decidió que nunca más saldría con una mujer fea. Las feas dejaron de interesarle, o, mejor dicho, se sintió capaz de desairarlas porque ahora sabía que otras, más favorecidas, estarían pendientes de obtener sus favores. Porque era un artista y los artistas son admirados y seguidos. Además, transformó su aspecto físico por la sencilla formula de dejarse crecer una barba “interesante”, de usar ropa de marca y de modular su forma de hablar y de mover las manos. Cultivaba un misterio de la misma forma que convertía en mujeres misteriosas a todas aquellas que posaban para sus cuadros. 

La segunda decisión que tomó fue la no enamorarse. No pensaba quedarse con una sola chica si había tantas y estaban a su alcance. Enamorarse era una esclavitud que no quería tener. En su propia familia había sido testigo de ello. Su madre, sumisa a las órdenes de su padre. Su padre, aburrido y sin esperanzas, condenado a trabajar para sacar adelante a la prole sin más alicientes. Sabía, estaba seguro, que nunca hallaría una mujer como su madre, con su dulzura, su inteligencia, su calor. Así que no pensaba perder el tiempo en sucedáneos. Pronto le puso un tope de edad a las destinatarias de sus aventuras. Más allá de treinta años le parecía que estaban ajadas, pasadas de rosca, viejas definitivamente. La calidad de la piel, el brillo de los ojos, la textura del pelo, todo se volvía diferente a partir de esa edad y, aunque él cumplía años, sus amantes permanecían en esa franja indecisa de los veinte a los treinta. Un límite insalvable. 

Abominó de todo lo que significara familia y dejó de tener contacto con ellos en cuanto pudo. Se avergonzaba de ellos, ahora que podía relacionarse con personas de más lustre y de superior cultura. Rechazaba su casa, tan inusualmente mal dispuesta, y la grosería de sus hermanos y las pocas luces de sus hermanas. Y una especie de odio retardado lo alejó de su padre, del que solamente era capaz de recordar las risas que sonaban en toda la casa cuando él lloraba porque le obligaba a subir al desván a buscar cualquier objeto, en medio de la oscuridad de la noche. 

Solamente con su madre conservó unos ciertos lazos, pero desvaídos, tibios, porque el amor que ella le había tenido, esa dedicación única en su infancia, le convirtió en un niño inútil, perdido y preocupado. Nada de su familia tenía ya importancia en su nueva vida. 

Perdió, por todo ello, la relación con su pueblo, con las gentes de su infancia, con los compañeros de estudio, con los vecinos. Se creó una vida de nuevo cuño que prometía ser maravillosa. Ningún compromiso, ninguna mujer fija, solo esa discontinuidad precaria que tanto le gustaba y que a nada comprometía. 

Es verdad que sentía a veces una punzada en el corazón, una especie de aviso doloroso, una carencia. No sabía lo que era y no quería saberlo. Por supuesto, nunca verbalizaba su malestar, todo lo más bromeaba con algún amigo íntimo. 

De esta forma devino en triunfador. Y una noche, en la más decidida vejez que se podía hallar a su paso, volvió los ojos a sí mismo. Y el espejo le devolvió una imagen vacía. No había nada. 

viernes, 26 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: El autobús no espera


El autobús no espera. Se ha marchado. En medio del calor de la tarde de Corpus. Gente que se pasea, gente que espera, la procesión todavía no ha salido. Mucha gente. Yo sola. El autobús se ha ido y no he bajado. No he llegado a encontrarte después de tantos días, después de tantas horas de teléfono, después de tantas cartas, después de la incesante geografía de las manos, de los ojos, del cuerpo. 

Nada. No he marchado a mirarte, ni a mirar la película contigo. Estás solo. El autobús no espera. Ya se ha ido. Y yo no. Yo sigo todavía en las calles, anclada entre la gente. No llevo mi traje de domingo, ni llevo mi sonrisa, ni llevo mis palabras, ni llevo mis deseos. No estoy, en realidad, no me he marchado. No he querido llegar hasta la plaza que tantas veces vio nuestros secretos, la plaza donde el suelo tiene el olor de pasos de quiénes no perdieron la esperanza de verse. Pero nada se ha escrito de nosotros y ya no somos nada. El autobús se marcha y te esperan mil tardes de llanto y de preguntas. Mi corazón no habla y el tuyo está perdido.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Todos los perros ladran al anochecer


Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo…

Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía. 

Luego, vino la música, la música se expande en la ciudad sin que nadie detenga su sonido. Sale de la gran plaza, se adentra en Jabalquinto, sube a los miradores, vigila las iglesias...La música en Baeza se oye con otro ritmo, con otra circunstancia, tiene una partitura que nadie ha conocido. Pero nunca está sola, se mezcla con palabras. Palabras de poeta, lo recuerdo, en los muros anclados en el tiempo perdido de aquellas aulas que pisó Machado. Palabras de poeta, Luis García Montero y otros cuántos, místicos, vividores, nuevos realizadores de los sueños. Escribo sentimientos, conozco sentimientos, espero sentimientos…

Baeza lo entendió, supo que era el momento, supo que yo tenía que dejarte perdido en una de sus calles y regresar, al fin, limpia de tu recuerdo, únicamente dueña de mí misma, para ya nunca más sufrir de amores, sino gozar de amores, ni una mentira más. Baeza, el mes de Agosto, el corazón partido y calles viejas. Deambular silencioso, soledad, una búsqueda que nunca terminó y que empezó al perderte. Baeza, la ciudad de los perros, sinfonía de ladridos en el anochecer, mientras Machado cruza lento el patio de esa casa perdida en una esquina, recordando a Leonor.

Han pasado diez años. En este tiempo lo he perdido todo. Has visto que perderte no ha sido suficiente. Y ahora, después de tanto tiempo, he vuelto a reconocer en ti la luz, esa luz que estallaba y que no podía dominarse, salvo con la entrega. Salvo con el asentimiento. Sí, es cierto, te quiero. 

Ahora las cosas son distintas. La rubia de ojos verdes ha desaparecido y, en su lugar, un caleidoscopio de cabellos, de miradas distintas, de abrazos diferentes. En su lugar, has colocado todo lo posible, todo lo que cabía. Dices que eres feliz y no lo dudo. Que recuerdas lo nuestro como un sueño pero que ahora tienes el control de tu vida. Que lo controlas todo. Tu agenda, tus viajes, tus sueños. Que controlas tus sueños y que no existe nada parecido a la felicidad en la que creíste hace años. 

Me has mentido al hablar unas cuantas veces. Lo sé porque todos lo dicen. Porque lo saben. Te has convertido en alguien que sale en los periódicos. Y tu fotografía decora la habitación de chicas que quieren ser tus ojos y tus rubias. Tienes cuarenta años y aún empiezas cada tarde a enhebrar un camino que recorres en medio de las dudas. Eres feliz, me dices. Lo reiteras. No quieres que lo dude. Me miras y asientes entre el humo del tabaco que no logras dejar. Mueves cuidadosamente la copa en la que baila el hielo del gin tónic y me miras, de nuevo, sonriente, me reconoces y hallas, otra vez, a la persona que sufría con tu ausencia hace diez años. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: La enredadera


En la calle de mi infancia hubo una vez una casa hermosísima. Perteneció tiempo atrás a un marino que vivía solo. Era una casa especial, distinta a todas las demás, con un aire de misterio y soledad que te encogían el corazón al pasar por delante. A los niños les gustaba pararse y contemplar, con los ojos semicerrados, el efecto del sol en su fachada. Estaba pintada de blanco, con remates de color azul prusia y un zócalo alto de piedra ostionera. Sus grandes balcones se cubrían con rejas de hierro forjado y, en el centro de la puerta de entrada, oscura y amplia, había un precioso llamador de latón en forma de mano. La casa se cubría con unas amplias azoteas, como suele ser tradición constructiva en este sur. Las azoteas se comunicaban entre sí a través de unos muretes de baja altura. Debía ser una delicia recorrerlas, recibir el aire del sol en los días entrantes de la primavera, y sentarse allí, al abrigo, cuando soplaba el levante. La casa era muy grande. Tenía muchas y amplias habitaciones, algunas de ellas, las delanteras, exteriores, y otras que daban a un gran patio, cubierto por una montera de cristal que dejaba pasar la luz, pero no el frío ni el calor.

En la zona trasera de la casa, dando a una pequeña entrada de servicio, surgía un jardín frondoso y verde ocupado por toda clase de macetas que colgaban en las paredes, arriates llenos de especies y una preciosa enredadera que, desde el suelo, trepaba cuidadosamente enroscada hasta las ventanas de las habitaciones superiores, abiertas a ese paraíso lustroso y fresco en verano, cálido del sol naciente en los días duros del invierno. La enredadera anunciaba con su poda anual que la casa se abría para recibir al marino. Significaba la vida. La reiteración de una ceremonia de encuentro que nunca parecía tener fin.

Durante largos períodos, sin embargo, la casa aparecía cerrada a cal y canto. Nadie salía ni entraba. No se veían ventanas abiertas para airearla, ni ropa tendida en la azotea, ni ruido, ni murmullo alguno a su alrededor. Eran los meses en los que el marino estaba embarcado y a la casa solamente acudía una criada para darle un repaso de vez en cuando. En estos meses, la calle languidecía extrañamente, ajena al ir y venir del habitante principal de la casa, de sus sirvientes y visitantes. Alguien sentía especialmente esa ausencia. Alguien oteaba el horizonte de vez en cuando, queriendo ver surgir, de
 alguna manera, la figura alta y esbelta de aquel hombre, vestido de azul y con su largo abrigo de militar.
La casa de enfrente, de la que partían esos ojos ansiosos, era sencilla. Se trataba de una edificación de una sola planta, con dos balcones a la calle y una azotea pequeña. La anciana que la habitaba y su única hija eran dos seres silenciosos, callados, parcos en palabras, pero no en sueños. La madre soñaba que, algún día, milagrosamente, había de acabarse la miseria que la hacía contar, una y otra vez, las monedas que guardaba en un pañuelo dentro del cajón de la cómoda y que servían para subsistir. La hija, entrada en la cincuentena, solo pensaba en una persona. Sus pensamientos se entregaban a la imagen del marino, del hombre de la casa de enfrente, bajando elegantemente de su coche y sonriendo al vecindario con sencillez y apostura.

El fuego de sus entrañas ardía cada noche imaginando abrazos, besos y caricias que nunca había sentido. Cerraba los ojos y pronunciaba su nombre, una y otra vez, como si quisiera conjurar así el deseo que sentía. Otras veces rezaba. Sabía que estaba mal pedir amor pero lo hacía, porque el amor era para ella el alimento necesario que podía cubrir sus días de frío, sus horas de soledad y de hielo.
La vida transcurría así en este lado de la calle, llena de esperanzas y de desilusiones. De llegadas y de marchas. De leves saludos y de apasionados sueños. Una vez ella sintió que el corazón le dolía tanto que a punto estuvo de romperse. No podía sentir más de lo que sentía, no podía sufrir más de lo que estaba sufriendo por una ausencia que nunca se resolvería en la presencia deseada.

En otra ocasión cruzó con él una breve, brevísima conversación. Ella estaba en la puerta de su casa, a punto de salir a hacer unas compras. Él entraba en la suya. Tenía ese rictus de satisfacción en la boca procedente de los placeres que ella nunca conocería y una mirada soñadora, como si recordara algo que lo hacía especialmente feliz. En un momento dado, se encontraron y él, elegante y ceremonioso, le dijo buenos días con un gesto amable y levantó levemente la mano. La boca de ella tembló al contestarle y siguió su camino presa de un ardor que no podría nunca confesar.

Indiferente a ese sentimiento, ajeno a todo, airoso y lleno de vida, el marino ocupaba sus noches en la compañía dulce de quienes a eso ofrecen su mayor empeño. Nunca entendió que los ojos amantes de la mujer de la casa de enfrente atisbaban con dolor la llegada de esas otras mujeres que manchaban su casa con una frivolidad que a ella se le antojaba destructora. A veces llegó a odiarlo por ello pero no encontró fuerzas ni razones para separarlo de su pensamiento.

Nadie supo, sin embargo, por qué, en una ocasión, la marcha del marino fue definitiva. El dueño de la casa no volvió cuando se le esperaba. Salió una noche, sí, enfiló el callejón que se abría a un lado de la calle, pero no apareció al amanecer, ni solo ni acompañado. El misterio duró escasos días. Alguien divulgó la noticia de que se había embarcado a un destino mucho más lejano que de costumbre y que, por ello mismo, esa ausencia sería casi definitiva. Nadie preguntó nada. Nunca más se abrieron los balcones, ni se limpió el enrejado, ni se pintó la fachada, ni se abrió la puerta de la cocina para recibir a los mandaderos. La casa se fue consumiendo en ese estado de soledad y, al cabo de un par de años, dejó de ser lo que antaño había sido. Su luminosidad se apagó, sus hierros se llenaron de polvo y herrumbre, la azotea estaba azotada por el verdín y la humedad del cercano Atlántico y todo, en suma, aparecía derruido, carcomido, viejo.

La destrucción de la casa y la falta de manos para cuidar las flores, las macetas, las plantas, sumieron al patio en el lamentable estado en que ahora, después de muchos años, se encuentra. La enredadera lo cubrió todo. Entró en las habitaciones, ocupó los espacios más íntimos, horadó el suelo en algunas de las zonas más vulnerables del patio, y así, lejos ya los tiempos en que los jardineros ejercían sus funciones, lejos del ojo amable del dueño de la casa, la enredadera se convirtió en un incómodo tapiz que no dejaba entrar el sol, que ocultaba la fachada a las miradas de todos, que amenazaba con convertir la casa en un despojo sin sentido.

En estas alguien atisbó que la casa, convertida en un fantasma de sí misma, tenía otras posibilidades. La palabra negocio surgió de entre las piedras. Sonaba bien al oído. Negocio, dinero, pisos. Un comercial avispado sugirió el asunto a una inmobiliaria. Así se planeó el cambio. Costó lo suyo, desde luego, lograr que se pudiera vender la casa. La firma de abogados que llevaba los asuntos del marino consideró que aquella operación era ventajosa y se pusieron manos a la obra. Al fin y al cabo, su cliente no había dado más señales de vida desde aquella noche de finales de septiembre en que se marchó sin despedirse siquiera.

Nunca mejor dicho. En horas veinticuatro todo se llenó de andamios, de plásticos, de hormigoneras, de vados y de cubetas de escombros. La primera tarea fue, desde luego, sanear el espacio, para lo cual hubo que tirar los muros, excepto la fachada que tenía no sé qué tipo de protección legal, y abrirse paso a base de una potente máquina por entre aquella selva. La enredadera cayó y, al separarla de las ventanas y puertas en las que había estado viviendo tantos años, la planta pareció perder el interés por la vida y se agostó en unas horas. Los bloques de piso no necesitan piel que los recubra. Basta con unas flores de plástico.

Aquellos ojos tristes siguieron las operaciones desde el balcón de enfrente. Cada piedra que caía, cada planta desbrozada, cada hierro arrancado, eran un golpe seco en sus entrañas. Cuando, por fin, la enredadera estuvo en el suelo y la pisaron inmisericordes los pies de los obreros, la dueña de esos ojos supo que todo había acabado y una mano helada en su corazón la aprisionó sin que ninguna esperanza la advirtiera de que podía perder la vida.