miércoles, 18 de abril de 2018

"Los hermanos Burgess" de Elizabeth Strout

Este es el cuarto libro que leo de Elizabeth Strout. Cada uno de los anteriores tiene su reseña en este blog. El primero de ellos fue Me llamo Lucy Barton. Es un libro de encuentros y desencuentros, de vuelta al pasado y de ajuste de cuentas. Todos tenemos, en algún momento de nuestra vida, que volver la vista atrás y hacer esa especie de balance que suele dejarnos insatisfechos. Después leí Amy e Isabelle. La relación madre-hija que en el anterior tenía caracteres de perdón aquí se manifiesta en toda su intensidad, dando lugar a un relato poderoso y lleno de matices. Todo es posible, el tercer libro de Strout que he leído, es un conjunto de relatos en el que el estilo literario de la autora ya es reconocible. 

Elizabeth Strout, que nació en Maine pero reside en Nueva York, recrea este mismo itinerario geográfico en sus obras y eso es lo que ocurre en Los hermanos Burgess. Tres hermanos, Bob, Susan y Jim, originarios de Maine, han sufrido en su infancia y llevan, de adultos, vidas tan dispares que suscitan el interés de la narradora y de su madre, ambas viudas, que comparten confidencias en la distancia, porque una vive en Nueva York y la otra sigue viviendo en Maine. Las historias antiguas dejan pecados nuevos y así el hilo del que tira el relato nos deja al descubierto heridas sin cerrar y acciones sin castigar y sin resolución.

La huida de Bob y Jim del pueblo se produjo a raíz de un extraño accidente en el que su padre murió. Su hermana Susan, sin embargo, decidió quedarse en su pueblo natal y no instalarse en Nueva York como ellos. De un modo que parece guardar determinadas historias familiares ancladas en el pasado. Sin embargo, el lazo entre ellos no puede romperse y es a ellos a los que recurre Susan cuando surge un problema con un chico, digamos, problemático. Es la vida de familia, con sus oscuridades y sus desengaños, con las necesidades de aclaración y la lucha por preservar determinados sentimientos, lo que centra el libro y la escritura tiene, por tanto, perfiles psicológicos muy desmenuzados, de la manera en que Elizabeth Strout lo hace siempre en sus libros. Por mucho que huyas, viene a decirnos, aunque te ocultes, te escondas, te cases una y otra vez y tu fisonomía cambie, no podrás evitar reflejarte en el espejo de tu infancia, de tu familia, de tu pueblo.

Los personajes de Strout no son de cartón piedra, sino, muy al contrario, terriblemente humanos y esto es un rasgo definitorio de su literatura, plena de emociones y de hechos contradictorios, no tratados de manera ampulosa o recargada, sino con la sencillez de quien hace la crónica de unas vidas cotidianas cuyos impulsos y errores son elementos terribles que no pueden dejarse de lado. Lo asombroso y lo corriente unidos en un mismo pulso narrativo.

El libro está dedicado a Jim Tierney, el marido de la autora. Ella es también una chica de Maine (nació en Portland en 1956) que vive en Nueva York, como sus personajes. Hija de profesores, ella misma ha trabajado como profesora de literatura e inició su carrera escribiendo cuentos, para llegar luego a publicar novelas que han tenido una excelente acogida tanto entre el público como en la crítica especializada, lo que ha llevado a que consiga premios prestigiosos, entre ellos el Pulitzer por "Olive Kitterige", el libro que estoy leyendo ahora y que reseñaré próximamente. Es una virtuosa a la hora de representar caracteres femeninos, a los que dota de una enorme complejidad, huyendo de estereotipos y convirtiéndolos en personajes humanos, con defectos, virtudes y luchas internas y externas que no dejan a nadie indiferente.

Los hermanos Burgess. Elizabeth Strout. Publicado por Seix Barral. Primera edición enero de 2018. Traducción de Rosa Pérez Pérez. El libro original se publicó en inglés en 2013 

La última muñeca

Abro la estantería y me la encuentro. Rodeada de libros, como ella. Con el gesto tranquilo, como ella. Sobre la cálida madera, con aire coqueto, con el pelo alborotado y rubio. Tiene un vestido en tonos azules, los calcetines rojos a juego con la pequeña bufanda. Tiene un sombrerito blanco. Está hecha de retazos. Trozos de tela, restos de lanas, agujas enhebradas, imaginación y sueño a raudales. 

Es la última muñeca que ella inventó. Sus manos usaron por última vez, antes de que el olvido hiciera que todo fuera tan difícil, las tijeras, el hilo, la aguja y el dedal. Se le ocurrió en un momento de tranquilidad, un instante de esos en los que no hay nada que hacer. Imaginó cómo sería su cara y una línea roja es su boca y unas líneas negras son sus ojos. Está seria, como ella en sus últimos años, porque la desmemoria también impide reír. 

La muñeca está aquí, junto a Jane Austen, Ferrante y Helen Fielding. Este sitio le gustaría. En su estantería blanca, allá en ese lugar donde los vientos confluyen y la bahía es de azúcar, donde las torres de los edificios se elevan hasta el cielo, allí, en ese lugar, ella verá seguramente que esa muñeca, la última muñeca que inventaron sus manos, está en el mejor puesto, entre libros. Hay libros que salvan la vida. Quizá todas las vidas se salvan en los libros.

martes, 17 de abril de 2018

Miradas


(Fotografía de Dorothea Lange) 

A veces el cansancio te hace fruncir el ceño. Esa clase de sueño que detestas, ese agobio que te ronda y no falla. Todo lo que te duele y que te callas. Así que entre tus manos puede hallarse un secreto, un aviso, una duda, la búsqueda, cualquier cosa. Comprendes que las horas se van fosilizando y que el cielo se abre con una lluvia densa que te roza los ojos y te atrae hacia el fondo y allá están las miradas, a lo alto, sin pausa y sin saber que todo lo que buscas nunca aparece solo ni antes de tiempo ni en un lugar cualquiera sino el suyo. Mirarte y no perderte es el secreto.

domingo, 15 de abril de 2018

Hermione y Caroline

La señorita Marple, hija de Dame Agatha, basaba sus averiguaciones detectivescas en los paralelismos entre gente de su pueblo, Saint Mary Mead y las personas a las que investigaba con ocasión de algún crimen doméstico. Porque ya se sabe que la existencia de tres o cuatro familias en un entorno determinado tiene como resultado inevitable una novela. 

Los paralelismos son juegos del pensamiento y de la literatura que ejercen una poderosa atracción sobre mí como lectora. He aquí uno de ellos, recién vislumbrado en esta tarde de supuesta primavera en la que el cielo se ha empeñado en parecer septembrino. 

En 1813 Jane Austen (1775-1817)  publica "Orgullo y Prejuicio" después de intentarlo en varias ocasiones. Como es sabido no firma con su nombre sino con el pseudónimo indeterminado de "A Lady", una dama. Esto debió resultarle a ella bastante jodido. 

Más de un siglo después su paisano D. H. Lawrence (1885-1930) lanza a la consideración de los lectores su obra maestra "Mujeres enamoradas" (1920), aunque cinco años antes había publicado ya una precuela en la que aparece la principal protagonista y sus antecedentes familiares. Se trata de "El Arcoiris" obra poco conocida pero imprescindible si se quiere atisbar el mundo literario y filosófico de este escritor. 

Dejemos de lado el paralelismo existente entre ellos, Austen y Lawrence, basado en la escasa consideración con la que su obra es recibida, los denuestos que soportan, el desconocimiento casi general de su significado y, por qué no decirlo, la lectura transversal que se ha venido realizando de los libros que escribieron. Ambos, sin embargo, han "sufrido" adaptaciones cinematográficas y televisivas de gran éxito y desigual resultado. Mucho mejores las de Austen, dónde va a parar. 

Hermione Roddice es una mujer rica, que viste elegantes vestidos, habla con soltura y educación, conoce el mundo y, ay, está enamorada de Rupert Birkin, el protagonista de "Mujeres enamoradas". Hermione trata a Birkin con esa familiaridad posesiva con que las mujeres ricas de principios del siglo XX trataban a los hombres con los que se relacionaban. Hermione tiene mucho más dinero que Birkin pero no puede conseguirlo, se le escapa. Y ella sufre en grado extremo esa huida, esa incapacidad de aprehenderlo. Hermione es muy egocéntrica y se considera a sí misma extremadamente importante, así que no puede usar la única arma que aliviaría su pena: el sentido del humor. Pero debería. 

Caroline Bingley es ("Orgullo y Prejuicio"), la hermana de Bingley, el amigo íntimo de Darcy, cuya llegada a Netherfield inicia la acción de la novela. Caroline pretende casarse con Darcy (aunque, como suele ocurrir, él no lo sabe) y lo considera un acto de legítima justicia. Ella es, también, educada, elegante y pertenece a la esfera en la que Darcy se mueve, a pesar de que su nivel económico es notablemente inferior puesto que en esta época, hablamos de principios del siglo XIX, la mujer recibía una parte muy escasa de la herencia familiar, salvo en casos excepcionales (por ejemplo, el de Georgina Darcy).

Salvando esa diferencia con Hermione, lo demás son paralelismos. La indiferencia de Darcy no desanima a Caroline, que utiliza todas las armas de mujer (yo las llamo sencillamente triquiñuelas) que tiene a su alcance. Esa mezcla de servilismo y despecho tienen un trasunto claro en el trato de Hermione con Birkin. Ambas se preguntan ¿cómo es posible que este tipo no se enamore de mí, con lo que yo lo valgo?.. Las dos olvidan la condición esencial del amor, esto es, la arbitrariedad. Enamorarse nunca es un acto de justicia. Nunca queremos a quien lo merece. 

Frente a estas dos mujeres poderosas, frías, ancladas en un convencionalismo que no las deja estirar los brazos, ni bostezar, ni andar sobre el barro, aparecen las mujeres de verdad, las de carne y hueso, llenas de defectos (Elizabeth ni siquiera es una buena amazona) que han decidido por sí mismas y sin considerar el amor un acto de posesión sino una elección personal. Ellas son Ursula Brangdwen y Elizabeth Bennet, distintas pero unidas por una misma realidad: son capaces de amar sin doblegarse porque se consideran iguales a los hombres, no inferiores ni deudoras. 

Como no puede ser de otra manera el contacto entre Elizabeth y Caroline y entre Ursula y Hermione hace saltar chispas.  En el caso de Austen, con situaciones muy divertidas como es normal en su literatura. Sonrisas y hasta risas cuando observas los ímprobos esfuerzos que hace Caroline Bingley por atraer a Darcy. Mucho más trascendente lo de Lawrence, que muestra el dolor íntimo de Hermione y su deseo de aplastar a Birkin si no puede tenerlo. Tenerlo, terrible palabra que no debería nunca ir unida a la pasión amorosa.

Sin embargo, no deja de resultar muy llamativo, mucho, que, siendo Elizabeth una mujer de principios del XIX, tenga mucha más libertad de pensamiento y mucha menos dependencia sentimental que su colega Ursula, de un avanzado ya siglo XX. Tengo para mí que esta divergencia no es tanto fruto de ellas, como personajes femeninos, sino de sus autores. Y es que la señorita Austen era bastante menos romántica que el señor Lawrence y dotó a sus "mujeres" de un donaire, un sentido del humor, una perspicacia inteligente que son todo menos antiguos. Que son modernísimos, vamos.

Porque ¿qué puede resultar más placentero que reírse del hombre al que amas? Sí, ya conozco la respuesta: Reírse con el hombre al que amas. Pero esa es otra historia y, como diría Michael Ende, ha de ser contada en otra ocasión. 

Los ojos


(Cindy Sherman) 

Qué diré de tus ojos sino que me engañaban. Se mantienen altivos, fríos, furiosos, inertes. Me miran sin piedad, sin conocerme, sin saberme insegura, niña al fin, mecida en el recuerdo de quienes se marcharon al unísono. Qué diré de tus ojos sino que no iluminan. Sino que son esquivos y tienen un atisbo de crueldad convertida en una piedad falsa. Qué diré que no sepas, qué diré que te importe, qué diré que no digan, qué diré que no adviertan, qué diré que no cuenten, qué diré que no exista, qué diré que no sufra, qué diré que no seas...

sábado, 14 de abril de 2018

Tres años


(Foto: Dorothea Lange)

Hemos estado juntos tres años y ahora ya no sé qué hacer contigo. Si fueras un libro lo tendría claro. Cualquier aparador de madera maciza, de esos que tienen puertas acristaladas, llaves enormes y unas baldas espesas y cansinas. Allí estarías sin que nadie adivinara tu presencia, sin que nadie te leyera, sin que nadie escudriñara en tu interior. Eso te gustaría. 

O un adorno. Un broche antiguo, de plata quizá, lleno de pequeños arabescos. O una pulsera heredada de alguna tía lejana. O unos pendientes de cristal, violetas, tal vez azules, verdes. O un pesado collar con tres vueltas, demasiado ostentoso, demasiado presente. Te guardaría en una caja forrada de terciopelo oscuro, con un pequeño pasador en uno de los bordes, una caja sencilla pero sólida, de la que no fuera posible escapar ni perderse. 

Pero eres un hombre. Así, sencillamente. Un hombre que ha vivido conmigo los tres últimos años. Que sabe como soy o que lo intuye. Que ha perdido las horas en contarme su vida. Que ha escuchado mis días y mis quejas. Que ha querido, quizá, corresponderme con algo que tuviera una flor de ternura. Un hombre y ya no sirves. No te entiendo y no quiero intentarlo. No me sirves, esa es la realidad, aunque esté feo. 

viernes, 13 de abril de 2018

La duda


(Foto: Cindy Sherman)

Así fue para todo: un laberinto. Papeles encendidos que nunca se cruzaron. Cartas llenas de versos que en besos nunca fuiste. Todo eso, sin saber, apenas para nada. Una canción fingida, una noche en lo oscuro. La lámpara encendida te recuerda que ahora, sin que nadie lo intente, sin que nadie lo pida, estás amaneciendo y recordando apenas que ya te lo advirtieron, que antes que tú la gente lo sabía de corrido y te engañaste sola, al margen de los tiempos. No tengo ya que darte nada más que la huida, la mirada sin rostros, el pelo agazapado, las manos que no tocan, el viento que no silba, la nada, más que todo, en ti, sin duda, existe. 

Días de lluvia y besos

Hay días de todo, como diría Mariano José de Larra si viviera y pudiera saludarnos por la mañana con uno de sus artículos costumbristas y sonoros, casi acústicos. Hoy es el Día del Beso y todas las redes sociales se han llenado de imágenes, de gags, de muñecos, de emoticonos y vídeos, recordando lo importante que es besarse y lo saludable que resulta mezclar las salivas y achucharse un poco. 

Cuando yo era chica creí que los besos de película eran solo eso, en las películas, así que no tenía ninguna gana de crecer porque consideraba que los demás besos eran una auténtica sosería, algo que a nadie podía motivar. Descubrir el error fue un gran motivo de satisfacción, porque lo contrario hubiera terminado con el género humano hace siglos. Así que el beso era beso, después de todo. 

Hay besos célebres, como este de la foto de al lado en el que una pareja se abraza y él la besa anunciando lo que vendrá. Robert Doisneau inmortalizó el momento y, desde entonces, parece que comprar flores, besarse y pasear abrazados es todo un rito que ninguna pareja enamorada puede soslayar. Luego está esa otra foto tan famosa que culmina un período de guerra y en el que dos se besan en medio de la calle. La decepción vino porque el fotógrafo, Alfred Eisenstaedt, no estaba haciendo una toma de una escena espontánea sino que todo tenía su preparación y su estrategia, como si fuera una performance. Esto le ha quitado valor a la imagen pero, aún así, no puede faltar en un Día del beso. El marinero que besó a una enfermera apareció de este modo en la revista Life. 


Los besos públicos son los de película. Tienen detrás una tramoya considerable, trucos sin fin y algunas anécdotas molestas, pero los espectadores no entendemos de eso. Simplemente esperamos que ocurra y, cuando ocurre, sobre todo si estás en un cine de verano, te hartas a aplaudir. Esto sí es un beso de verdad, piensas, y lo comparas, sin darte cuenta, con tu propia experiencia besuquística. Y entonces suceden algunos desastres que es mejor no contar. 


El beso que le da James Stewart a Donna Reed en "!Qué bello es vivir!" hizo vibrar a las adolescentes de los años cincuenta. Y el caso es que generó más de un problema sin solución. Los sueños no ocurren en la realidad, habría que advertirles. No existen en tu pueblo tipos como Stewart, a la vez caballerosos (aunque sea sin espada) y apasionados. No. Eso es cosa de la fábrica de las ilusiones y es una maldad por su parte hacértelo creer sin más. Nadie avisó de que esto no podía pasaros a las chicas de entonces y por eso hubo tanto llanto y tanta decepción. 


La larga secuencia del beso que encadenaba a Ingrid Bergman y a Cary Grant convirtió a la película en un cosa tórrida, más allá de espías y asesinatos. De modo que también ellos, la gélida sueca y el galán discreto, eran capaces de hacer saltar un barril de química en medio de la terraza o del asfalto. No recuerdo ya quien era el asesino, o si el microfilm estaba escondido en una botella o en un sarcófago, pero la escena del beso, con ese baile circular en torno a los dos, permanece en la memoria quieras o no. 


Lo peor de todo, sin embargo, no es envidiar los besos de Ryan O´Neil y Ali McGraw en "Love Story", esa pastelada de los setenta, sino recordar, con ese saber amargo de la derrota, los besos que nunca existieron, los que no te dio, los que imaginaste, los que no fueron, los que se han perdido, los besos que no florecerán, los amargos no-besos del no-amor, los besos invisibles. Esto del Día del Beso es una tontería. 

miércoles, 11 de abril de 2018

"Chica de campo. Memorias" de Edna O´Brien

   Mi itinerario O´Brien comenzó con Las chicas de campo y continuó con La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas. Después de un paréntesis siguió con Las sillitas rojas y luego con En un lugar pagano. Por fin, llegué a sus cuentos, recopilados en Objeto de amor. Y ahora he navegado hasta sus Memorias, Chica de campo, este libro. Ha sido una larga travesía pero hecha en tiempo récord.
En ese camino hay dos editoriales implicadas, errata naturae, que ha publicado todas sus obras en castellano, excepto Objeto de amor, que es cosa de la editorial Lumen. Sin ellas y sin las traductoras, sobre todo Regina López Muñoz, no hubiera podido acceder a Edna O´Brien. Mi inglés no da para tanto y bien que lo siento. De este modo, me habría perdido una autora fundamental y un espejo en el que mirar algunas preocupaciones, algunas historias que están aún sin escribir para mí. 
   Creo que si hubiera leído estas Memorias sin conocer sus otros libros no hubiera podido entender muchas cosas. E identificar otras. Lo que no quiere decir que no pueda recorrerse otro camino para llegar a ella, o dar saltos, o empezar por el final. Las claves son intercambiables y hay en su vida trozos que son literatura y en lo que escribe espejos de su vida.
   Por ejemplo, la historia de la muñeca y de la maestra malvada. Aparece recogida en un cuento de los que forman el volumen Objeto de amor y luego se refiere a ella en sus memorias, porque, seguramente, y la comprendo, ese fue un acontecimiento que dejó huella. La muñeca, tan querida, que pasa a manos de una maestra que odia a una niña. Es un relato terrible y una vivencia más terrible aún. Perder la muñeca, por un lado y tener una maestra que no te tiene ninguna simpatía, por otro. Dos motivos de pesar para una niña.
   Los argumentos de sus libros nacen de su vida, como suele ocurrir con casi todos los escritores. Si no son vividos, sí pueden ser intuidos o conocidos o imaginados en ese trasfondo fiel que es su momento histórico y su paisaje. Pero en ella son más reconocibles, más verdaderos. Aunque lo que más me llama la atención de la vida de Edna O´Brien es la recurrencia del desamor. Padres escasamente amorosos, para empezar, y de ahí en adelante. Además de eso, también está la desesperanza con la que aborda toda clase de sentimientos y emociones. Algunas frases suyas merecerían ser anotadas en las carpetas de las adolescentes. Da la impresión de que no ha crecido nunca en ciertos aspectos y de que, por el contrario, siempre fue una mujer madura en otros.
   Irlanda de telón de fondo. Un paraíso infantil lleno de contradicciones, de aristas, de duro pedernal, de sentimientos encontrados, de prohibiciones y de deseos insatisfechos. Un dique que había que superar. Pero también, olores y sabores inigualables, vida, en suma. Sin ese cúmulo de tensiones quizá su obra sería otra, quizá no hubiera precisado la escritura como ritual de purificación, como liberador de tensiones y de culpas. 
   La niñez marcada por el alcoholismo brutal del padre y la exagerada presencia de la religión en la madre. Una niña que se siente poco querida. Un matrimonio en el que el paso del tiempo la alejará cada vez más del cónyuge, sin que pueda percibirse perdón o entendimiento. "La vida doméstica era un castigo. No había peleas, solo silencio y rutina". Así se refleja en Chicas felizmente casadas. Los hijos, en un difícil equilibrio entre el querer y la huida. Los amantes, que aparecen salpicados, tan poco proclives a cuidar del sentimiento o de las pasiones. Las aventuras de una noche, tan limitadas. "Entonces se produjo un leve destello en mi vida casi desolada. Yo sabía que duraría sólo una noche. Tenía todos los ingredientes de un romance: el hombre salvaje a lomos de su corcel..."Los amigos, tan etéreos a veces. Las casas, que cambian y se suceden, de una manera confusa en ocasiones. Las fiestas, los ambientes, los famosos, las luchas con el exterior. Las luchas con ella misma. Una educación sentimental construida a golpe de negación, de fracaso, de confrontación, como relata en Las chicas de campo
   Lo más extraordinario de Edna O´Brien, de su obra y, ahora lo sé, también de su vida, es que la palabra no solo es el vehículo de la comunicación, sino la explicación última de los hechos y los deseos. Sin la literatura, sin esa fiebre ardorosa de escribir, todo ese mundo infantil sería un paisaje sórdido, su juventud una sucesión de errores y quizá su madurez un lugar oscuro y sin remedio. Lo que ella llama "los aluviones de la memoria" se convertirían en el motivo central de su literatura. Y, aunque "las palabras salían a borbotones" no dejaba de ser algo doloroso. "Lloré mucho al escribir Las chicas de campo, pero apenas si acusaba las lágrimas".
   Pero escribir salvó la mejor parte de sí misma, la puso en contacto con lo que su interior demandaba y la acercó a personas que, ellas sí, captaron que detrás de esa fachada incierta de muchacha sin domar, algo egoísta y algo confusa, había una mujer que ansiaba, simplemente, un poco de cariño, algo más de lo que había tenido. El ascensor social de Edna O´Brien es su talento de escritora. Por eso llegan a ella Paul McCartney o Robert Mitchum. 
   Los paisajes irlandeses de su infancia y el descubrimiento de Londres, todo lo que la geografía le ha supuesto en su vida, incluida esa estancia en Mallorca que tanto la impresiona, o el gentil Nueva York lleno de ritos mágicos, tienen un peso innegable en la biografía de alguien a quien, como a todos nosotros, sus orígenes condicionan y obligan a una lucha previa por desprenderse de vestiduras y corsés antiguos.
   Hay un desear estar en otro sitio que se revela angustioso, cuando, por ejemplo, va en un taxi y se confunde de casa. Hay un miedo a ser amada en demasía cuando, por ejemplo, se marcha en un taxi para que su nuevo amante lo haga también. Una sucesión vertiginosa, como es a veces su escritura. Un pararse para reflexionar sobre cosas que nosotras también pensamos, como ocurre a veces con lo que escribe. 
 
"Cuando yo nací ya no éramos ricos". Una cierta obsesión por la casa del pasado, la casa que se vende y se pierde, la casa que atesora momentos y se desvanecen, la persigue durante toda su vida. La casa como el hogar. Pierdes la casa y pierdes el significado del nido en el que tu vida adquiere todo el sentido.
 También nos relata todo lo relativo a su primer cuento. Lo escribió con ocho años y se titulaba "Bohemio". Isolde era la protagonista y estaba cautiva de su padre, alcóholico y maltratador. Su madre había sido asesinada. Un "intrépido bohemio con un pendiente de oro y un pañuelo rojo" es el "seductor", el que desencadena la historia, que termina tétricamente. "Metí el cuento en un baúl verde donde mi madre guardaba avena para las gallinas y o bien acabó en la basura o bien lo devoraron los ratones".
   Después de los cuentos, vino el teatro. Unos titiriteros que actuaban por allí recibieron noticia de ella misma que había escrito una obra, "La hija de Drácula" y que quería verla representada. Aquello tampoco llegó a nada. Pero nos deja una explicación exhaustiva de su proceso a la hora de escribir: "Para escribir me echaba al campo. Las palabras huían conmigo. Escribía historias imaginarias, historias ambientadas en nuestra ciénaga y en nuestro huerto, pero no bastaba, porque yo quería penetrar en ellas, del mismo modo que intentaba volver a la tripa de mi madre"
   Los tiempos del internado fueron "años rigurosos, en los que llegué a adorar el latín...tres veces por semana nos daban permiso para dar un paseo más allá de la verja, aunque no por el propio pueblo, pues allí podían seducirnos tentaciones terrenales o profanas". Siempre la amenaza del pecado y del infierno en el fondo de su telón diario. Allí encontró a una monja, de la que se enamoró y a la que consideraba distinta. En medio de este éxtasis asistió a su primer guateque y bailó por primera vez con un chico, Percy.

   Dividida en cuatro partes, estas memorias se escriben en forma de pequeños relatos casi independientes, aunque una línea cronológica los estructura. Parecen cuentos y podrían serlo en realidad.
  Sorprende que hable de sí misma sin intención de disculparse o defenderse, como si lo hiciera de otra persona, con una rara ecuanimidad. Tampoco manifiesta rencor o resquemores hacia los demás, sino que sus sentimientos aparecen modificados por el paso del tiempo, por una mirada casi comprensiva, como si los pecados de los otros se hubieran perdonado y los de ella misma fueran a correr esa misma suerte. La literatura parece haber aplacado todos sus demonios y cuando abre sus Memorias y las cierra está dotada de una especie de paz, de un ajuste de cuentas completado y certero. Como afirma en el prólogo: "he conocido la alegría y el dolor extremos, el amor correspondido y el no correspondido, el éxito y el fracaso, la fama y el vapuleo...y, a pesar de todo, he seguido escribiendo y leyendo, he tenido la fortuna de sumergirme de lleno en esas dos actividades intensas que han apuntalado mi vida entera"
   Píldoras de una vida, la narración discurre sin ánimo de ser exhaustiva, sino más bien esencial, más bien centrada en aquello que, al fin y al cabo, ha sobrevivido al paso del tiempo y se ha instalado en la memoria como una vivencia inevitable.



 Edna O´Brien nació en 1930 en Tuamgray, condado de Clare, Irlanda. Estas Memorias se publicaron originalmente con el título de Country Girl en 2012, cuando la autora contaba ochenta y dos años. La dedicatoria del libro reza: "Para los guerreros de mis hijos, Carlo y Sasha Gébler." La acompaña una cita: "Hasta que no llegué aquí no me di cuenta del todo: estoy aquí", que pertenece a Tyson Gay, velocista estadounidense. La frase la pronunció en vísperas de los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. El libro tiene cuatro partes y un prólogo. En el prólogo nos relata una visita al otorrino por un problema de audición. Allí le dijeron que tenía el oído "como un piano roto". Vuelta a su casa, allí la "esperaban el jardín, la segunda floración de las rosas, desteñidas y desastradas pero hermosas, y las hojas amontonadas bajo las tres higueras ondeaban con el vuelo desbocado de los pájaros que se perseguían, entre el cortejo y el combate". Ese día, con setenta y ocho años, se sentó, como ella misma explica, a empezar las memorias que se había jurado no escribir jamás. 

Chica de campo. Memorias. Edna O´Brien. Primera edición febrero de 2018. Editorial errata naturae. Traducción de Regina López Muñoz. 

"Te encontraré. En busca del hombre que me violó" de Joanna Connors

   El comienzo del libro es sensacional. Describe, como si le ocurriera a otra persona, la violación que sufrió con treinta años cuando estaba cubriendo la información de una obra de teatro. El relato de ese hecho está realizado de forma magistral. Podemos verlo y, sobre todo, podemos sentirlo.
   Así  se inicia esta historia verdad de Joanna Connors, periodista y violada. Como si contara una noticia. "Tenía treinta años cuando abandoné mi cuerpo por primera vez"
   Después de eso, nos relata cómo ese acto de violencia, porque no otra cosa es una violación, conformó su vida, influyendo en ella más que todas las cosas buenas que hasta entonces había vivido. Cómo la convirtió en una mujer miedosa, asustadiza, llena de dudas. Cómo estas dudas se extendieron como una mancha de aceite sobre todo lo que la rodeaba, incluidos sus seres más queridos.
   Habla también de silencio y, por fin, de revelación. Porque, a continuación, nos explica porqué y cómo contó a sus dos hijos, Dan y Zöe, aquello que le había ocurrido y que tras la condena del violador, ella enterró en lo más profundo de su ser, allí donde más daño podía hacerle. Ese dolor enquistado, esa renuncia a la verbalización, ese estigma, la fue comiendo por dentro y convirtiéndola en alguien que antes no era.
   El momento que elige para hablar con sus hijos está relacionado con sus miedos. Dan ya está en la universidad pero Zöe irá por primera vez. Y tema por ella. Una chica que está expuesta a todos los peligros que acechan en los campus. En un campus como cualquier otro ocurrió "lo suyo". Por eso Joanna Connors decide que tiene que advertir a su hija y, de paso, contarlo a su hijo. Y lo hace dentro de un coche, de camino, porque así no hay forma de escapar a la revelación.
   Su condición de periodista la pone en situación de poder investigar lo ocurrido. Y decide hacerlo porque ya no puede vivir con el miedo. Así, ir descubriendo cosas acerca de aquel hombre se trocará en un exorcismo. Hija y nieta de reporteros, es ese conocimiento específico el que hará que construya un itinerario que, al fin, describe cómo la violencia es parte de la sociedad en que vive y cómo librarse de ella es una odisea que no siempre está asegurada.
   Al tiempo que nos revela qué ocurrió durante aquella hora fatídica, cómo lo abordó con su marido, los médicos y los policías, nos muestra paso a paso su vuelta a los infiernos, esa necesidad de explicarse y de explicar, de conocer a su agresor, su entorno, su familia y los motivos, si es que existen, de que a ella le cambiara la vida el simple hecho de entrar en un teatro universitario, solitario y a oscuras.
   Una especie de herida, mucho más honda que la herida del cuello, que logra cicatrizar después de muchos cuidados médicos, es la que la convierte en otra persona. Es alguien diferente, quizá herido, alguien a quien los otros apenas conocen, y tiene que aceptarlo pero para ello han de pasar más de veinte años, ha de suceder que la oscuridad se aposente en su corazón, y ha de ocurrir que se aleje de todos, porque el secreto marca y esconde los verdaderos sentimientos.
   Este es un libro sobre la capacidad de redención de las palabras, sobre la necesidad de verbalizar, de cerrar las heridas a través de un relato, más o menos cierto, el que sea. También sobre la fuerza de los seres humanos para reconstruirse desde la destrucción, para juntar las piezas del puzzle de sus emociones para lograr un cierto equilibrio, un cierto perdón, una posibilidad de vida más allá del dolor y la desesperanza.


Te encontraré. En busca del hombre que me violó. Joanna Connors. Errata Naturae. Colección El pasaje de los panoramas. Traducción de Alba Ballesta. Primera edición enero de 2018. Título original: I Will Find You. In Search of  the Man who Raped Me. Imagen de cubierta: Getty Images. 

Sobre Joanna Connors (editorial errata naturae): Es periodista. Su trabajo ha aparecido  además de en otros muchos medios en Los Angeles Time y Chicago Tribune. Ha recibido varios galardones, entre los que se cuentan- por los artículos que dieron lugar a este libro-la prestigiosa Medill Medal for Courage in Journalism de la Universidad Northwestern y el Dart Award for Excellence in Coverage of Trauma de la Universidad de Columbia. 


Como si nada hubiera


(Cindy Sherman. Autorretrato)

El armario tenía guardado, en una caja de cuadritos rosas, aquel vestido que ya no recordabas. El armario, mira por dónde, tiene mejor memoria que tú misma. La caja estaba en un rincón del altillo, poco expuesta a las miradas pero deseosa de que, algún día, alguien tirara de ella y la volviera a abrir. El vestido está envuelto en papel de seda, también rosa, como si se acabara de guardar, como si fuera un envío glorioso que un pretendiente enviara para solicitar un beso a cambio. Es de color malva, casi lavanda, de bambula y raso. Tiene una falda ceñida a la cintura que luego se abre en capas, como podría llevarla la mismísima Grace Kelly si tuviera ocasión de atrapar a un ladrón en tu bahía. Y unos tirantes finísimos, anudados en forma de trenza, un escote importante, algo que a tu padre no le gustaba y a tu madre hacía soñar con tiempos pasados. Te movías y el vestido tenía su propio aire. Era ligero, majestuoso y lleno de encanto. 

En el verano el vestido adquiría su máximo esplendor, porque caía sobre la piel morena de los brazos, de los hombros, de las piernas, que se elevaban graciosas y tu novio de entonces suspiraba y decía "mi princesa, mi palomita". Eso eras entonces para alguien. La promesa más cierta. El deseo más atónito. La visión más profunda. Despliegas el vestido en su caja, lo tocas con tus manos, y parece que oyes la canción que sonaba aquella noche, junto a la playa, cuando el muchacho de ojos verdes te dijo que te amaba casi más que a su hacha de sílex, la que había encontrado en la última excavación. Un arqueólogo de ojos verdes que te miraba para parar el mundo y escribir la página más tierna de todas. Por eso ahora guardas el vestido y lo recuerdas intacto. Al muchacho, a sus ojos, a la noche y al milagro feliz de los veinte años. Como si nada hubiera. 


martes, 10 de abril de 2018

Algo me ha señalado la salida


   

(Foto: Nina Leen. 1946)

     Apenas te conozco. Si conocer puede llamarse a ese acto íntimo de oír tu voz entre los instrumentos. O la sonrisa esquiva y tímida en un vídeo de Youtube. Apenas te conozco pero esta es la mañana gris y lluviosa en que coloco de fondo tu voz para que acune las palabras que escribo. No hay nada más perro que el amor, dices mientras tecleo con decisión en este ordenador, después de haber dejado a un lado un libro que me ha hecho atrapar las palabras en el aire. Los dos, el libro y tu música, sois los magos de un día que ha empezado lleno de convicción. Sí, debo hacerlo, lo haré, porque merezco hacerlo, porque no quiero ser cobarde. Porque odio el victimismo y la autocompasión. Esas dos palabras las usa ella, la mujer del libro. Me resuenan en la cabeza y me salen a las manos. Los ojos me lagrimean porque la alergia primaveral está haciendo de las suyas y quizá porque abuso de la lectura en estos días. Qué podía hacer, si no. Dónde podía encontrar consuelo, si no es en las palabras que otros escribieron o en la música que canta gente como tú.

      Mi dulce flor de enero, dices, y con esa expresión lo dices todo. Rebusco en mis recuerdos algunas palabras amables, algunos adjetivos bellos, por ver si los encuentro, pero se escapan, se escapan con demasiada rapidez y lo que veo en su lugar es una imagen que no me pertenece: veo a un hombre ataviado con un abrigo oscuro, tocado con sombrero, del brazo de una mujer a la que protege en medio de la lluvia, una mujer rubia que camina ostensiblemente orgullosa de ser ella la elegida esta vez. Entre los dos no estoy, ni se me espera, ni nunca tendré sitio. Es esa imagen la que permanece hoy, la que se ha levantado conmigo esta mañana, porque estaba ahí escondida y la lectura de ese libro la ha destapado, como si fuera un espíritu que apareciera cuando le viene en gana. No arrojo esa imagen a las tinieblas del olvido porque quiero recordar que, estos días pasados, cuando la ciudad en la que vivo hervía de fiesta, un hombre de abrigo oscuro, tocado con sombrero, la recorría agarrado al brazo de una mujer rubia, mientras mis ojos leían frases, buscaban líneas, abrían libros, que contuvieran algún antídoto al dolor. Sin hallarlo.

           Algo me ha señalado la salida. 

domingo, 8 de abril de 2018

El muro


(Nina Leen. Beauty Lessons para Life Magazine)

Una vez frecuentó un muro de Facebook que era como un corral de lobos. Imagina un reducto cerrado en el que sueltas a especímenes muy distintos, todos enfrentados y todos ansiosos de merecer atención. Ellos, por un motivo parecido al ego. Ellas, por ese motivo eterno que no hace falta explicar. Todos, casi todos, disputando una presa que, en realidad, no estaba en almoneda. 

Participar de un aquelarre semejante la dejó exhausta. Las redes sociales se vuelven insociales cuando su principal objetivo se pervierte. Cuando no sirven para comunicar sino para disputar y zaherir. Ella no había entendido todavía que la competencia no es solo una cuestión voluntaria sino que, sin haberlo buscado y sin saberlo, puedes verte incluida en un mercado persa en el que todos los productos tienen un precio. 

Las secuelas de aquella brutal exposición de aves de presa, de mediocres al alza, de faltos de voluntad sin remedio, no se hicieron esperar. El resultado más inmediato es que, todavía ahora, casi tres años después, rehuye toda discusión y únicamente está dispuesta a compartir libros y letras. El corazón, en su compartimento. Las aflicciones, en su reducto. La emoción, siempre a salvo. Cuánto pudo haberse ahorrado si su guía hubiera sido la intuición del peligro y no la atracción de una luz artificial que, al salir el sol, se apagaba como el farol de las calles de la ciudad antigua. 

La extenuante costumbre de mantener la esperanza


Ahora el día tiene muchos colores. Cambia sin darte cuenta. Desde el amanecer, más oscuro si cabe que la noche, hasta el ocaso, ese momento en que todo es indeciso. Cuando pones el pie en el suelo ya sabes que tu cabeza va a procesar el estado de las cosas. Y te preguntas, sin tener muy claro por qué, a qué se debe tanta incertidumbre, de donde viene ese sabor a angustia y, sobre todo, quién te trajo hasta aquí. El recorrido del día se salda con entrega, un poco de agua de olvido rociada sobre los recuerdos, demasiadas palabras que no llegan y, al caer la noche, ese balance triste y un no ha podido ser. 

De esa manera llegas a preguntarte y esto sí es una pregunta decisiva, qué parte de ti presentar al mundo; si ha de ser esa esperanzada forma de querer encontrarlo o si, por el contrario, debes darte la vuelta y ofrecer tu espalda. A todo esto, por mucho que interrogues o que busques, sabes que él ya no está, que se ha marchado, que su marcha no tiene frase alguna y que es un actor sin papel en ese concierto maquillado de luces a contrapié que quieres escribir, aunque no sabes. 


(Foto de Nina Leen. Título tomado de un cuento de Edna O´Brien) 

viernes, 6 de abril de 2018

Nueve escritoras en la oscuridad


(Elizabeth Taylor. 1912-1975. Una vista del puerto. La señorita Dashwood)

Ana y yo disfrutábamos de un alegre mediodía de compras y luego, en el almuerzo, después de hablar de la vida y de la moda, nos hemos adentrado en el territorio intenso de la lectura y los libros. Así han salido a relucir los nombres de aquellas mujeres que ahora leo y que antes no conocía. ¿Cómo es posible que estas escritoras hayan permanecido ocultas? ¿Cómo es posible que sean tantas? Ambas preguntas se han lanzado al aire y se han quedado sin respuesta.


(Stella Gibbons. 1902-1989. La saga de Flora Poste)

Podíamos hacer el esfuerzo de contestarla pero no estaríamos de acuerdo en los motivos. Sin embargo, me estremece pensar que sin el esfuerzo de las editoriales independientes (cada vez más activas en España, cada vez más prestigiosas y más creativas), no hubiera llegado a nosotros toda esta literatura de calidad, maravillosamente escrita, tan variada de temas como alta de emociones. En los últimos años he descubierto algunos escritores pero nada que ver con el larguísimo listado de mujeres que escriben y que no habían salido a la luz, al menos para nosotros, los lectores en castellano. 


(Lucía Berlin. 1936-2004. La más joven de todas. Manual para mujeres de la limpieza)

La cosa quizá podía tener alguna explicación si habláramos de autoras del siglo XIX (ni se me ocurre mencionar tiempos anteriores) pero no se da el caso. Todas las que aquí cito han nacido y vivido en el siglo XX y todas han llegado al último tercio. Tendré que darle la razón a los (las) que se quejan de la discriminación femenina también en este campo. O quizá es que los hombres se ayudan a sí mismos y se publican a sí mismos. El caso es que veo tantos mamarrachos escritos por autores, algunos de los cuales han alcanzado inmerecida fama, que se me cae el alma a los pies con esta suerte de oscuridad femenina tan numerosa. 


(Elizabeth Jenkins. 1905-2010. Harriet)

¿Por qué? Quizá se trate de una simple cuestión de interés comercial. Las editoriales más importantes no han considerado necesario o rentable traducir a determinadas autoras. Siempre mujeres, eso parece al menos. Pero sería una explicación demasiado sencilla. Y en estos temas esa sencillez no es siempre la mejor forma de interpretación. Se introduce aquí una línea de discusión que no es nueva pero en la que habría que incidir. Las editoriales comerciales y sus gustos literarios. Las editoriales independientes y sus apuestas. Podía pensarse que estas últimas actúan como impulsoras de productos de arte y ensayo, de libros para minorías y que las comerciales tienen el terreno abonado para lanzar best-sellers. Sin embargo, algunas realidades contradicen todo esto. 


(Bernice Rubens, 1923-2004. Con el traje de los domingos)

Una de esas realidades es que estas autoras que han salido a la luz con el esfuerzo independiente son divertidas, punzantes, dichosamente fértiles en libros llenos de interés, libros que cualquiera leería, libros que se convierten en reyes del boca a boca. No es cosa, pues, de públicos selectos. Más bien, de inercia cómoda, de incapacidad para rebuscar donde se debe, de ideología. Sí, de una ideología que quiere andar sobre seguro y que desconoce el riesgo. Muchas veces, las editoriales comerciales quieren amarrar sus resultados y por eso no se lanzan a publicar todo aquello que no está testado. He aquí un asunto para nada baladí. 


(Barbara Pym. 1913-1980. Mujeres excelentes. Amor no correspondido)

Algunas de estas mujeres escritoras tienen en común el haber comenzado a tomarse en serio la literatura cuando ya habían recorrido una parte de sus vidas. Son escritoras tardías, en cierto modo. Otras, sin embargo, llevaban toda la vida escribiendo, aunque no tenían demasiadas esperanzas de reconocimiento público pues para ellas esa escritura era una especie de vitalidad interna, de pulsión hacía sí mismas. En todas, hay un ferviente deseo de ajustar cuentas con la infancia, con la emocionalidad, con algunos sentimientos humanos que admiten interpretación y, sobre todo, narración. 


(Beryl Baindrige. 1932-2010.Lo que dijo Harriet. The Dressmaker)

A pesar de todo lo anterior, sus estilos son muy diferentes y también sus temáticas en cierto modo. Algunas arrojan una pátina de humor a los escritos, que los hacen digeribles a pesar de que encierran terribles realidades. Otras se inclinan por lo trágico, por el drama o por lo negro. En eso de la novela negra hay nombres que no hace falta escribir para saber que son los claros referentes y son mujeres. También hay quien coge su vida, la trocea y la desmenuza, como si fuera un guiso, y pone por delante de nosotros los menudillos, la piel, los huesos, para que degustemos una infancia perdida o una adolescencia difícil. 


(Penelope Fitzgerald. 1916-2000. La librería)

Una especie de justicia divina ha catapultado a varias de ellas al Olimpo del conocimiento popular. Ha sido una labor de boca a boca literario o, quizá, del cine. El cine ha redimido olvidos y ha puesto sobre la mesa esto que decimos, dónde estaban, por qué no sabíamos que existían. Es el caso de La librería y de Penelope Fitzgerald. El caso, también, de Lucia Berlin y su curioso libro de relatos, seleccionados de entre los 77 que escribió. Son excepciones. El gran público sigue sin conocer a muchas otras. 


(Anita Brookner. 1928-2016. Un debut en la vida)

Hay bastantes más de nueve. Esto es una pequeña muestra. La selección solo tiene que ver con mi memoria inmediata y con mis descubrimientos recientes. Me pregunto ¿cuántas mujeres escritoras siguen en la oscuridad ahora mismo? ¿dónde están? ¿quiénes son? ¿por qué?

La Paqui


(Foto de Nina Leen: At the beach)

Todas las niñas de la calle admiraban a la Paqui. Era la hija de una mujer fuerte y de un hombre anodino pero se quedó con lo mejor de la genética de ambos: la fiereza y la bondad. A pesar de que su vida estaba salpicada de problemas ella no parecía notarlo. Tenía una dentadura perfecta y una piel inmaculada. Sonreía siempre. 

La sabiduría de la Paqui estaba basada en el relato que, antes que ella, conoció de labios de su abuela y de su madre, ambas mujeres hechas a sufrir sin que se notara. Cuando se levantaba por las mañanas debía dedicar un tiempo a estirarse con cuidado. Los huesos siempre le dolían, las manos le hormigueaban con frecuencia y no disponía de muchos minutos para ella misma. Pero bastaba un café y, a veces, una aspirina, para tomar el rumbo de las cosas, de su casa y de las casas de otros, porque ella funcionaba como un timón, como una brújula que estuviera siempre alerta. 

En cosas de amores no era afortunada. Ninguna de las chicas que le pedían consejo adivinó si alguna vez, en su alocada juventud llena de responsabilidades, tuvo amores de esos que apasionan. Pero su marido, con el que se casó casi en una suerte de matrimonio de conveniencia, le salió bueno. Un hombre afable, cariñoso, trabajador y bastante feo. Ella no parecía darse cuenta de lo poco agraciado que era y de lo mal que vestía. Más bien hacía oídos sordos a esas circunstancias y se fijaba en que le regalaba pequeños detalles, rústicos y construidos por él mismo, para contentarla. A él le tocó la lotería y ella se casó, que es lo que su madre quería, porque la soltería no era para nada un objetivo. 

Lo más curioso de todo es que fueron pasando los años y la Paqui seguía siendo ella misma. Participaba de la vida no como una espectadora, sino como la protagonista indiscutible. No tenía muchos recursos económicos, apenas había estudiado pero la traspasaba la alegría y esto es más de lo que puede decirse de cualquiera. Los disgustos la hacían llorar y, a la vez, levantarse con un objetivo cada vez más cierto: ser feliz a toda costa. La música, las películas, las historias susurradas a media voz, las conmemoraciones, las verbenas, un cafelito a buenas horas, todo parecía ser para ella la vitamina precisa para elevar la cabeza y reír, con una risa propia que nadie ha podido imitar todavía. 

Cuando los hijos fueron mayores decidió que, además, quería aprender cosas. Los cursos para adultos fueron su máximo interés desde entonces. Cursos de lo que fuera. Costura, escritura, libros, nutrición, el tema era lo de menos. Lo de más es la Paqui con su nuevo bagaje de saber, con su nueva sabiduría académica que se suma a la vieja sabiduría de la vida. Es un cóctel que puede explotar en cualquier momento y todos lo saben. Pero a ella le hace estar presente en la realidad. No mirarla desde lejos, sino sentirla y comprenderla. Todas las niñas de la calle le hacen ahora preguntas más complicadas y la Paqui, que ha heredado el trono de su madre, como una reina sin corona, contesta con frases sencillas y estudiadas. Sabe que su auditorio no le perdonaría una mentira. 

lunes, 2 de abril de 2018

Advertencia


Si es de noche y es lunes y no suena el teléfono es que las cosas ya no son como eran. O lo son y tú no lo sabías. O lo eran y no te convencieron. El móvil está mudo. La pantalla está oscura. Su nombre no aparece. Por mucho que lo mires no te va a obedecer. La técnica no llega a tanto. No actúa por su cuenta. No hay robots que sepan del amor. Ni amores que superen el vacío. Te preguntas ¿por qué? y casi no lo sabes. O no quieres saberlo aunque casi lo intuyes. Si te sientes culpable, entonces eres mala, aunque es un daño propio, un daño hacia ti misma. Nada en él te remite a pensar que está sufriendo, que echa de menos tu voz esta noche de lunes, que quisiera escucharte aunque algo se lo impide. Un vacío se instala en el estómago. Se queda ahí, esperando que el paso de los días, a modo de milagro, lo convierta en nostalgia sin pesar y sin duelo.

(Fotografía: Nina Leen) 

"Objeto de amor" de Edna O´Brien

En ese difícil territorio del relato corto encontramos a una Edna O´Brien pletórica de condiciones, sabedora del terreno que pisa, intensa, apasionante y llena de matices. En las veinte historias que componen el libro “Objeto de amor”, recién publicado por la editorial Lumen con el concurso de su traductora habitual, Regina López Muñoz, hay de todo pero, más que nada, emoción. No la emoción de la sorpresa, sino la del sentimiento. Un paisaje fieramente humano, en un trasfondo social lleno de cortantes aristas y de personajes formidables. Los retratos femeninos, rotundos, dibujados, expresamente lúcidos; los hombres, en el lugar oscuro que les confiere su falta de empatía, su poca participación en la vida familiar o algunas de sus costumbres que convertían la convivencia en un infierno, el alcoholismo, la agresividad. No hay intención de juzgar, sin embargo; es más bien un muestrario, seguramente con un tinte autobiográfico, como lo tienen todas las historias que trasminan piel y verdad. 

En el estilo, Edna O´Brien no se pierde en florituras. Evita la prolijidad y va a lo sustantivo, al hecho o a la idea clave, que logra transformar en frases que lo explican todo y que abren siquiera la puerta de un interior clausurado hace tiempo pero que ella nos insinúa con generosidad. No debe ser fácil radiografiar lo que se ha vivido y, al tiempo, dibujar alguna esperanza de futuro. El desasosiego de lo que no se puede evitar y te cae como losa es una muestra más de esa sociedad que ella retrata, en su Irlanda natal, llena de convencionalismos asfixiantes, de personas desgraciadas y de ideas que apabullan. 

Algunos de estos relatos son tristísimos. Como “Sor Imelda”, en el que la jovencita narradora es esa Caitleen que veremos en sus libros, una chica que aquí está enamorada de la personalidad y la fiereza de una monja mientras vive sus años de internado. O como “Una rosa en el corazón de Nueva York” en el que se describe un parto con la viveza del dolor a flor de piel, con la mujer agarrada a las sábanas desangrándose y el hombre bebiendo en el piso de abajo. O como “La criatura”, terrible descripción de una vida sin razón de ser, plagada de desprecios y de desesperanzas. 

En “La muñeca” el tema de la esperanza y su contraria aparece en todo su esplendor. “Y me percaté de que no había perdido el deseo de escapar ni la extenuante costumbre de mantener la esperanza”. Una niña tiene en su muñeca, en su mejor muñeca, un ejemplo de lo que puede ser la vida si no se atiene a la miseria cotidiana. Pero esa muñeca un día se la arrebata su maestra, alguien que debía velar por su felicidad y que, al contrario, la hunde y la humilla. Ay, esas niñas inteligentes, envidiadas, que sufrían de bullying sin saber siquiera que eso existía. La pérdida de la muñeca es la desaparición de las ilusiones, la muestra de que el mundo es cruel y no da tregua. 

“Jarana a la irlandesa” es el primer cuento del libro. Su protagonista, Mary, una jovencita que vive en una casa aislada en la montaña, baja al pueblo requerida por la dueña del único hotel para lo que ella cree es un reencuentro con el hombre que ama. Pero la realidad se impone cuando descubre que solo se espera de ella que traslade muebles, que sirva el ganso y que friegue el suelo después de una borrachera colectiva. 

La madre de “La alfombra” sufrirá una cruel decepción cuando compruebe que este preciado objeto no es un regalo anónimo, sino un simple error. Ni eso siquiera pueden tener los pobres…”Las Connor” representa lo peor que las mujeres deben soportar en estas tierras altas. La mirada inocente de una niña que contempla su decrepitud no puede evitar un pensamiento: “Empezaba a chispear, y entre la lluvia, el agua bendita y el frondoso serbal rojo, cargado de vida, pensé que la nuestra era una tierra de vergüenza, una tierra asesina y una tierra de extrañas mujeres expiatorias”. 

“Objeto de amor” es el relato que da nombre al libro y está situado en Londres. La protagonista es una presentadora de televisión, de unos treinta años, madre divorciada de dos hijos, que se enamora de un hombre famoso, mucho mayor que ella y con el que vive un romance abrasador que la convierte en una persona distinta. El final del cuento, lleno de filosofía práctica y de resignación, choca violentamente con el resto, con ese frenesí de los preparativos del encuentro amoroso que a ella la hacen exclamar “Qué sufrimiento…”

Algunos personajes repiten presencia, como la señora Reinhardt, que aparece en “Número 10” y en “La señora Reinhardt”. Hay cuentos situados en el entorno rural, como “Tormenta”, otros en el mar, como “Paraíso”. Mujeres extrañas, como la Bridget de “La viuda”, narraciones en primera persona, como “Georgette verde” entre otras. 

Los cuentos de Edna O´Brien podían ser, lo son, historias completas en sí mismos, porque no se echa de menos en ellos ni más detalle, ni más intensidad, ni más páginas. Comienzan y terminan de improviso, yendo al grano, como si alguien diera un golpe encima de la mesa o colocara delante de nosotros un cartel anunciador. Son llamadas de atención sobre el interior de las personas y sobre la influencia del exterior en la felicidad de la gente. Familia, religión, paisaje, dinero, empleo, suerte, amor, los grandes hitos de los hombres y las mujeres, los deseos que los animan o destruyen. Cuentos hechos para entender la vida o, al menos, para mostrar la parte de ella que la mirada de O´Brien ha captado. Fotógrafa de emociones y pensamientos. 

Ficha técnica:
Objeto de amor. Edna O´Brien. Editado por Lumen, marzo de 2018.  Edición a cargo de Marta Orriols. Traducción de Regina López Muñoz. 

Reseña de la autora (editorial Lumen):

Edna O'Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930). Tras su debut con la novela Las chicas de campo (1960), primera parte de una trilogía memorable, O'Brien ha escrito una veintena de obras de ficción junto con una biografía de James Joyce y de Lord Byron, así como una pieza teatral sobre Virginia Woolf. Evocativa y astuta, su obra nos habla de mujeres que anhelan la independencia en un entorno opresivo y hostil. Aclamada por la crítica y por los autores contemporáneos más prestigiosos, su trayectoria le ha merecido distintos premios, entre los que destacan el Irish Pen Lifetime Achievement Award, la American National Art's Gold Medal y la Ulysses Medal. Nacida en el oeste de Irlanda, lleva años viviendo en Londres.

domingo, 1 de abril de 2018

"Las Connor" de Edna O´Brien


(Fotografía de Nina Leen) 
Amy y Lucy son las chicas Connor. Dan la impresión de ser diferentes a todo lo que hay por allí, que el pueblo se les queda pequeño y más pequeña aún la vida rural, el campo, las extensiones multicolores de cereales, las montañas, las colinas, todo lo que sea naturaleza. Ellas son todo lo contrario, puro artificio en ocasiones, pero siempre atrae conocerlas, ver si es verdad lo que parece al exterior. 
La narradora de este cuento, Las Connor, incluido en Objeto de amor, es una chica que contempla el mundo con ojos pacíficos y sin desgastar todavía. La estricta educación religiosa que ha recibido le hace dudar de algunas cosas. En su mundo, un protestante es un extraño, alguien fuera de sitio, alguien que puede arrastrarte, a su vez, a separarte de los tuyos. "Y en ese momento me di cuenta de que al escoger su mundo había dicho adiós al mío y a quienes lo habitaban. Decisiones así van convirtiéndonos en exiliados, hasta que al final nos vemos completamente solos". 
Amy y Lucy Connor pueden elegir con quien se relacionan, aceptar o no invitaciones a tomar el té, decidir por sí mismas. Pero las cosas empiezan a torcerse y entonces entenderán que no hay bula, que no hay ninguna posibilidad de ser diferente, que hay que seguir unas normas no escritas y otras que están escritas y son muy claras. Entonces ambas empezarán a tropezar, se convertirán en lo que nadie querría ser y tratar con ellas será difícil y, a la vez, piadoso. 
El modo en que las convenciones sociales y las pautas religiosas cambian a las personas, incluso para destrozar su vida, es el tema principal de este cuento. La mirada de la narradora, que va desde la admiración al asombro y de ahí a la resolución, es el modo en que tenemos de introducirnos en la historia. Es una mirada certera, pero también compasiva, también llena de ese aire de disculpa que tiñe la narrativa de Edna O´Brien. Al fin y al cabo, trata de personas que solo quieren ser felices aunque no lo logran prácticamente nunca. 

Las Connor es un cuento que forma parte del volumen Objeto de amor, escrito por Edna O´Brien y publicado en marzo de 2018 por la editorial Lumen, con traducción de Regina López Muñoz. 

sábado, 31 de marzo de 2018

La mecanógrafa


    Recorría la calle todas las mañanas, primero hacia un lado, luego, hacia el otro. A primera hora podía oírse el sonido de sus tacones por la acera derecha, cuando se dirigía apresurada a la oficina de compraventa de coches que había cerca de la iglesia. Se llamaba Lucy y era muy joven. Había aprendido mecanografía en la Academia de Don Manuel y era una experta en pasar el carro a toda velocidad. Sus manos eran muy cuidadosas colocando el papel, porque ya se sabe que esta es una operación que requiere pericia. No tenía faltas de ortografía y sus jefes se fiaban totalmente de ella cuando le dictaban alguna carta. Siempre tenía claro de qué forma abordar los pedidos, las reclamaciones de deudas, las peticiones de material...Era una mecanógrafa perfecta que nunca dio ningún motivo de queja y que tenía las condiciones para ascender, incluso a jefa general, cuando llegara el momento. 
     Pero un día faltó a su cita. No se oyó el taconeo habitual ni se vio su imagen menuda, vestida de gris o azul marino como solía, ni se percibió su suave perfume de agua de colonia, ni se cruzó con nadie para saludar con tono neutro y educado. Faltó a su cita y la gente que solía tenerla como parte del decorado de la calle se extrañó. Se preguntaron dónde podía haber ido, dónde estaba y por qué no aparecía por allí para completar, como siempre, la bendita rutina de los días de diario. No hubo certezas pero, pasado algún tiempo, pareció correrse el rumor de que se había enamorado, había guardado en su funda la máquina de escribir y había subido a un tren que iba bastante lejos. Un tren hacia la duda, quizá la desdicha, tal vez el paraíso. En todo caso, un tren. La antesala del futuro, el augurio de una vida distinta. 

(Fotografía Robert Doisneau, 1912-1994)

viernes, 30 de marzo de 2018

"Jarana a la irlandesa" de Edna O´Brien


(Fotografía de Nina Leen. 1909-1995)
 Jarana a la irlandesa es el primer cuento del volumen Objeto de amor, que acaba de publicar, en este marzo de 2018, la editorial Lumen, con traducción de Regina López Muñoz. La dedicatoria del libro va a uno de sus mejores colegas, y sin embargo amigos, el escritor Philip Roth ("por nuestra larga amistad"). Lo sustantivo del cuento son las chicas. Edna O´Brien (1930), es la mejor traductora a palabras literarias de los sentimientos y emociones de las jóvenes. Solo ella es capaz de apresar con nítida claridad esa efervescencia, esa búsqueda, esos remordimientos, ese binomio maldad-bondad que caracteriza a las muchachas en flor. Si fuera japonesa no lo expresaría tan bien. 
   Aquí hay algunas muchachas a las que les pasan cosas. Y señoras mayores que las reprenden. Y madres que no se hacen cargo de lo que significa ese esplendoroso momento de la vida. Y chicos deslavazados que no están a la altura casi nunca. Un retrato robot de un mundo de chicas. 
Mary está muy contenta. Ha recibido aviso de la señora Rodgers, la dueña del hotel Comercial, para que vaya. Eso ha hecho latir su corazón más aprisa. Quizá es que se ha cumplido su sueño: volver a ver a John Roland, pintor inglés residente en Italia, al que conoció hace ya dos años. En este tiempo no ha dejado de pensar en él, en que volvería a buscarla y así ella podría dejar atrás la vida miserable que lleva en su casa. La casa de Mary "era la única vivienda allá en la montaña, pequeña, enjalbegada, rodeada de unos pocos árboles y, por la parte de atrás, de un calvero que ellos llamaban huerto". Está cansada de cuidar a sus hermanos gemelos de un año, de vigilar a los hermanos mayores, de ordeñar las vacas y de no disfrutar del amor. Su madre es muy estricta y, al salir de la casa, "la roció con agua bendita, la acompañó a lo alto del camino y le advirtió que no probase ni una gota de alcohol". 
 Mary se dirige en bici al hotel Comercial, vestida de encaje, su mejor vestido, con su pelo oscuro suelto y su ilusión a cuestas. Cuando llega allí se encuentra con dos vecinas del pueblo que están ayudando en el hotel pues hay una fiesta. Son Doris O´Beirne, la hija del guarnicionero, con un ojo azul y otro castaño, que estudia para ser taquimeca. Y Eithne Duggan, feísima, bizca, con poquísima gracia. Las dos se ríen tontamente todo el tiempo y critican el engalanado vestido de Mary. También Crystal, la peluquera. Cuando se da cuenta de que la han llamado para trabajar Mary llora amargamente. 
La fiesta es un desastre. Y no le ha hecho olvidar a John Roland, al contrario, le ha agudizado su recuerdo. Ese momento en que él la besó, tras el cual, eso es cierto, "le confesó que no podía amarla, porque ya amaba a su mujer y a sus hijos". Pero, de igual modo que algunos hombres sin corazón, dejó que ella siguiera ilusionada, dejó que ella pensara que era especial para él. Por eso Mary no puede olvidarlo. Su familia es "gente adusta, que solo cuando alguien moría cedía a los sentimientos y el llanto", pero ella quiere soñar y quiere tener el amor al alcance de la mano. Quiere sentir "en el estómago el pellizco delicado y frenético de una chica enamorada"