lunes, 18 de septiembre de 2017

Me falta una palabra


(Mary Jane Ansell)

En algunos momentos solo preciso alguien que me quiera. Da igual hombre o mujer, planta o árbol nacido de la tierra. No menciono a los gatos y a los perros porque ellos no me entienden, no estamos hechos el uno para el otro. Solo preciso alguien que me quiera y así me muestre yo como una mariposa con las alas abiertas, doradas a la luz, ronroneando, cubierta entera de hojas crujientes y saladas, sin otro requisito que la vida. Que me quiera y entone conmigo cualquier verso, de esos que se esconden en el desván de la memoria y que solo aparecen cuando lloras o cuando el viento del otoño te obliga a resguardarte en una aburrida nostalgia que no esperas. 

No preciso que me hagan el amor (el amor ya no existe), ni que vuelquen en mí los adjetivos de una admiración sin tregua, tan falsa como el oro que acuñaban los belgas; ni que me regalen flores, libros o cuadernos (quizá escriba en ellos luego la pérdida de la noche o de la espiga). Solo preciso alguien que me quiera, así, sencillamente, sabiendo cómo soy, cómo me esmero en contar lo que siento sin ocultar detalle, cómo relata mi voz de Sherezade las historias cotidianas que nadie más contaría. Así en ese único resplandor de los amores ciertos, de los que no se apagan cuando el teléfono se queda mudo, de los que no se guardan en un ladrillo o en un puzzle incompleto cuyo dibujo nadie ha reconocido nunca. 

Es en esos momentos, los de ahora, cuando preciso solo que alguien me quiera. Que entre sin pedir permiso en las horas de insomnio, que levante el velo de las preocupaciones y emita una carcajada obscena, que no vea la mujer cansada sino la mujer nueva, que no reproche, ni venza, ni mienta, ni oculte ni desgarre. Eso es lo que preciso. Y no esto. Nada de lo que nace de ti es lo que deseo. Tu voz se ha volcado en un saco de arena y ha perdido el sonido. Me falta una palabra y no es la tuya. 


(El título corresponde a un verso del poeta Ángel González) 

sábado, 2 de septiembre de 2017

O´Brien, Strout, Oates, Cusk. Atwood y Karr. Otoño de libros


Si este otoño tu corazón necesita sosiego, paz y olvido, recuerda que los libros contienen la pócima exacta para lanzarte adelante, con esa energía que pierdes cuando caes por la pendiente de lo inútil. Así lo contaba yo a una amiga que sufre este tiempo del mal de gastar sus mejores emociones en alguien que no merecería ni un minuto de su tiempo. Libros para curar, para vivir la vida y para disfrutar. 

Como esta novela autobiográfica de Edna O´Brien, la escritora irlandesa a la que leí su trilogía de Kate y Baba (Las chicas de campo, La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas) y Las sillitas rojas. 

La Irlanda rural es el paraíso de sus primeros años y aquí aparecen en todo su brillo, esa manera especial en que los hombres tranquilos y las pelirrojas conforman el universo de una tierra calma pero no exenta de tempestades. Edna O´Brien publicó este libro en 1970 pero ahora lo ha recuperado la editorial Errata Naturae. 

Tampoco debes perderte la segunda parte de A contraluz, el libro de Rachel Cusk que comentamos por aquí y que saldrá en Octubre. Se titula Tránsito y lo publica Libros del Asteroide. O la obra de Zadie Smith que publicará Salamandra en noviembre, Tiempos de swing. Antes de eso, Alfaguara te hará llegar lo último de Joyce Carol Oates, El libro de los mártires americanos, que saldrá a primeros de octubre. Y Salamandra recuperará un clásico de Margaret Atwood, Alias Grace, asimismo en octubre. 


No sé qué piensas tú pero a mí me han encantado las dos novelas que las editoriales Periférica y Errata Naturae han publicado conjuntamente. Primero, Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff y luego Regreso a Berlín, de Verna B. Carleton. El primero fue considerado por el gremio de libreros de Madrid como el libro del año en 2016. 

Pues ahora ambas editoriales vuelven a asociarse y  hacen lo propio con El club de los mentirosos cuya autora es Mary Karr. Se trata de una autobiografía en la que aparecen el padre de la autora, muy aficionado a la bebida, su loca hermana y, sobre todo, una madre muy distinta a todas las demás. La vida en los años sesenta plasmada de una manera única. 

Elizabeth Strout vuelve a ponerse a nuestro alcance gracias a Duomo Editorial. La magnífica escritora, de quien he leído recientemente Amy e Isabelle y el año pasado Me llamo Lucy Barton, sale ahora con un libro de cuentos que estoy esperando con verdadero interés. El estilo literario de Strout es inconfundible, espléndido. 


Resulta extraordinario como puede combinar con tanta magia la descripción de caracteres, con la acción y el telón de fondo. 

Hay otra autora de interés que la editorial Errata Naturae ya nos dio a conocer y que ahora rescata. Se trata de Lidia Chukovskaya, rusa, crítica literaria, poeta y narradora. Leí de ella Sofía Petrovna y me resultó impresionante. Ahora, en el próximo noviembre, se publicará Inmersión

Además de estos libros espero las novedades de otras editoriales a las que sigo: Acantilado, Impedimenta, Funambulista, Renacimiento, Siruela, Atalanta, Armaenia, entre otras. 

Resulta un clásico de los primeros días de cada otoño recorrer librerías, blogs y páginas webs para detectar aquello que puede convertirse en un libro que te va a gustar. La forma en la que ese libro llega hasta aquí y llama tu atención es todo un misterio, una especie de milagro inexplicable. Pero no es necesario aclararlo, basta simplemente con dejarse llevar y comenzar a leerlo. Es verdad que a veces tu intuición te hace equivocarte, pero no es cosa de preocuparse demasiado. También (y esto va a mi querida amiga aquejada de mal de amores) se equivoca una con las personas y entrega su corazón a quien no puede apreciarlo ni entenderlo ni amarlo, así que tampoco ocurre nada porque un libro no nos guste y lo dejemos a las primeras páginas en un rincón de la estantería que nunca más vamos a frecuentar.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Me acuerdo de los besos


Me acuerdo de los besos que no hemos compartido, el aire leve sobre las comisuras, esa lengua fugaz en el centro del fuego, el ardor de la sangre con sabor a nostalgia. Me acuerdo de los besos bajo las buganvillas, el olor del verano abierto en las ventanas, el sabor de la mar escrita en los azules, todo lo que se pierde, todo lo que se siente. Me acuerdo de los besos con el temblor cercano, con el runrún suave de tu boca que vuela, con el muro del sueño firmemente apretado, con los dientes en celo, con el cuerpo sumiso. Me acuerdo de los besos que te daba en mis noches, a solas en mi alcoba, en un sueño cuajado, besos de hielo, sol, de caliente armonía, besos que no escribimos, besos blancos, los besos. 

Como si el aire faltara


(Una mujer triste. Giorgios Lakovidis)

El atardecer tiene un aire turbio y la noche no se mueve. A lo lejos se oye el ruido de un avión que cruza. Las casas parecen quietas en esta hora ya oscura de final del verano. El calor del día parece olvidarse. Septiembre es un mes de promesas. La mayoría de ellas no se verán cumplidas. También lo es de silencios. Las palabras han volado y se esconden, no están sencillamente. Ahora tienes que mirarte al espejo y observar el cerco violeta de los ojos, las manos caídas que se posan como palomas sobre las rodillas, el pelo que se escapa, que vuela. Como si el aire faltara la congoja te posee. El llanto se apodera de todas las horas y las escribe con un timbre de dolor inaudito. No quieres sentir, no quieres pensar que te equivocas, no quieres salvo que un hálito sereno se instale y te devuelva la paz. Paz que se convierta en sonrisa algún día, pero paz, paz limpia, sin mentiras ni ocultaciones. Esa paz. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Toma el verano y llénalo de rosas


El día que termina el verano siempre deseo que el verano empiece. Lo imagino en sueños como una gozosa travesía, con noches de luna y besos frescos; con miradas profundas y manos anhelantes. El verano es una emoción que culmina sin realizarse, una forma de entender el paso de las horas, la huella de un tiempo que no puedo descifrar. Si tú existieras, las cosas encajarían como en un gran puzzle de castillos románicos y quizá el Camino de Santiago nos surtiría de amaneceres y todas las tardes tendrían asegurada una promesa. Si el devenir de los días no tuviera este aire cansino y gastado, sería señal de que en ellos los cuerpos bailarían enlazados, con el latido a flor de piel y el aire tenue de los amores que no necesitan explicación.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Nieva sobre la Toscana



Esta tarde, las tres, que somos tan distintas, hemos escrito versos sobre el mantel de flores. Las tazas blancas del café, las cucharillas, el sonido rítmico del agua a un costado, todo eso ha sido el telón de fondo de nuestro imaginario viaje. Hemos llegado a la Toscana al ritmo de esos versos. Los versos de catorce sílabas y, aunados, tres corazones diferentes con la intención de verter algo de desconsuelo y recoger sonrisas. 

Hemos imaginado que la calle, cubierta de flores y de plantas aromáticas, se abría a nuestros pies en forma de sorpresa. Y que una puerta verde surgía en el fondo y que, dentro de ella, el aroma suave de un pastel recién hecho, abrazaba los cuerpos abiertos a la vida. Así las confidencias han trepado sin duda sobre ventanas que nunca cerrarán sus postigos y podremos escribir lo que somos sin miedo que una daga cruce nuestro anhelante corazón. 

Esta tarde, las tres, con el miedo a lo duro de la vida, hemos volcado sobre la mesa de madera, el sueño que cumplía justo a las seis. La inquietud que esta mañana surgió a través del teléfono, el deseo del hombre que no se entera a veces, la lucha con la gente que te regala entera su basura. Somos las tres y nos une la fuerza de estar seguras de nosotras, porque la bondad atraviesa las horas y la percibimos con tanta nitidez como ese abrazo, fuerte, inabarcable, con que sellamos la merienda. 

sábado, 26 de agosto de 2017

"Los amores de Sylvia" de Elizabeth Gaskell

Una vez que descubres a Elizabeth Gaskell la adoras para siempre. Reconoces en ella a una escritora de pulso firme, a una mujer de convicciones y a una observadora de la vida, plena de matices y de pequeños detalles. Como otras mujeres de su generación (1810-1865), es una indomable, alguien que depositó en la escritura bastante más que una afición o un entretenimiento. 

Resulta muy curioso comprobar como sus libros no se paran, únicamente, en la clase a la que ella pertenecía, la más acomodada e instruida, sino que bucea en las contradicciones que la vida de los obreros y de la gente del campo presentaba en estos años mediados del siglo XIX. 

En su famoso libro Cranford, escrito durante su estancia en Manchester, plasma con toda sensatez la difícil vida de los trabajadores y la oscuridad de la misma. Otra obra de singular relevancia es Norte y Sur y, seguramente su obra maestra es Hijas y esposas, en la que la doble vertiente de la vida privada y de la vida social se unen de forma magistral para ofrecernos un cuadro inigualable. 

Gaskell se adentra en Los amores de Sylvia en un drama amoroso con tintes trágicos. La dedicatoria es tan tierna que merece la pena ser reproducida: "Este libro está dedicado a mi querido esposo, de parte de quien mejor conoce su valía". La acción transcurre en Monkshaven, "una pequeña ciudad en la costa del noroeste de Inglaterra". La principal dedicación de sus gentes es la caza de la ballena y todo lo que tiene que ver con el aprovechamiento del animal. Un trabajo duro, un entorno hosco, que marca el carácter de las personas. Esta cuestión se repite en la obra de Gaskell quien da una excepcional importancia a la forma de vida, a la situación económica y a la formación de sus personajes, convirtiéndolos en personas de carne y hueso, que nos resultan cercanos aun cuando la acción esté lejos de nosotros en el tiempo y el espacio.

Las descripciones son suntuosas, recogen no solo lo que se ve, sino lo que se huele y se palpa. "En algunas épocas del año, río abajo el olor era casi intolerable para cualquiera que no fuera habitante de Monkshaven..." El paisaje que rodea la ciudad es recreado con detalle y la naturaleza se convierte en un protagonista más de la acción. "En las hondonadas de los páramos, igual que en esos valles, crecían y florecían árboles y arbustos..." La historia de la ciudad, las guerras, las circunstancias militares y las victorias navales, se reflejan también para proporcionarnos el adecuado telón de fondo. Especial énfasis se hace en el hecho de que los hombres y jóvenes se marcharan a servir en la armada durante los años de la guerra con Francia. De ese modo, advierte, las casas se quedan sin varones y son las mujeres el centro único de la vida en todos los contornos. Este matriarcado de hecho tiene importancia en el devenir de la narración. "Muchos campesinos robustos y jóvenes desaparecían del hogar paterno, y ni madre ni enamorada volvían a saber de ellos..."

La descripción inicial de la protagonista es ciertamente tierna: "Sylvia Robinson era hija única, por lo que mucha gente la tenía en más estima que los padres de la Virgen María a esta". Corre el año de 1796 y es la hija de un granjero que acostumbra a ir al mercado a vender mantequilla y huevos. En su primera aparición en el libro va acompañada de su entrañable amiga Molly. Ambas visten medias ajustadas, llevan zapatos de cuero negro y tacón alto, así como faldas escocesas y sombreros de fieltro negro. Un chal sobre los hombros, desde luego, porque todavía ninguna de las dos había accedido a tener el derecho a poseer una capa.

De esta Sylvia provinciana, ingenua y poco instruida, sin demasiados deseos de mejorar salvo con un matrimonio que sea conveniente, se enamoran, aunque puede parecer extraño si hablamos de una joven bastante normal, dos hombres. Son muy distintos y la descripción que de sus caracteres se hace demuestra que, además, sus principios, actitudes e ideas no coinciden en nada. Ahí está el arponero Charley Kinfaid, arrojado y atrevido como su propia profesión, y el comerciante Philip Hepburn, mucho más tranquilo, más apegado a la vida cotidiana y el único hombre en un universo de mujeres pues, por su propio trabajo, se iba a quedar en el pueblo cuando todos marcharan a la guerra. La guerra es, por supuesto, la napoleónica y formará el marco en el que los sentimientos se mueven y los desenlaces se suceden.

Literatura victoriana en estado puro.

Los amores de Sylvia. Elizabeth Gaskell. Grandes Clásicos Mondadori. Traducción y prólogo de Damián Alou. Mayo de 2010.

Otro día de llanto


(Crying girl. 1963. Roy Lichtenstein)

La azotea parece un mirador.  Rodeada de almenas, un castillo, de azul una princesa. En una de las esquinas hay una espadaña pintada de azul. Es el azul de ese mar del fondo. El azul que remata la cal de las paredes. El azul de otros ojos. Azul, inmenso azul. Turbio azul de las noches en vela. 

Este banco de piedra es un testigo mudo y, si sucediera un crimen, nada diría. Está gastado por todas partes y parece mentira que puedas sentarte y no se te deshaga entre los dedos. Conserva una solidez ficticia. Es el banco de las lágrimas. Porque llorar se oculta a los ojos de todos. Porque se sorbe el llanto con los dedos. Porque se encoge el alma y nadie lo percibe. 

Una noche de insomnio y el mar enfrente. Te deslizas delante de su estampa y se vuelca hacia dentro esa grandeza única. Aquí, en la azotea, un alminar de gestos incompletos, una estancia fugaz, una mentira nueva que recuerdas sin que nadie te nombre. Abajo, hacia la luz, se encuentra el paraíso de los ojos bañados, de las manos tendidas, de tus versos. 

Escribes unos versos y rompes los papeles. No quieres que se guarde la seña del dolor. Es mejor escupirlo, como si fuera sangre, como si fuera ardiente llama que despides sin saber que lo haces. Qué lentitud las horas, qué vagas las palabras, qué asiento duro y firme el que te acoge siempre...La cal que se deshace entre tus dedos, el azul del entorno y del paisaje, la voz queda de quien no está presente...toda tú, en día de llantos, en tu inmenso castillo abandonado. Otra parte del sueño se ha escondido. 

jueves, 24 de agosto de 2017

"Espérame en la última página" de Sofía Rhei


!Cuánto bien hacen estos libros mal llamado ligeros, que se leen en el verano, en esos momentos de no es no, de nada es nada, de silencio o de depuradora!

Este es, precisamente, el caso de Espérame en la última página. Un libro que contiene otros libros y que guarda, sobre todo, una historia. La de Silvia Patiño. Como suele ocurrir con las buenas chicas, ella está enamorada desde hace años de un simpático canalla, Alain, casado con Giulia por más señas. Ella, Giulia, es, según Alain, una malvada bruja que le impide separarse, lo que conviene bastante a las intenciones de este Don Juan, que disfruta así de, al menos, dos mujeres. 

Cuando encontramos a Silvia ella vive en París y tiene allí a una amiga del alma, Isabel, mamá soltera de una niña de doce años muy lista e ilustrada, Isolde, a quien le pirra el cuento de El Príncipe Feliz. También tiene un trabajo y un jefe, Monsieur Lestaing, en horas bajas, y unas compañeras de trabajo entre las que hay de todo: Clothilde, felizmente casada con André; Mathilde, que encontrará el amor durante la trama y la antipática Sabrine. 

Los continuos engaños y manipulaciones de Alain ya tienen un poco cansada a Silvia. Sus amigos conocen la historia y saben que es absurdo esperar nada de un tipo así. De manera que ella ha llegado ya al extremo de tener que mentirles y no contarles nada de lo que le sucede. Eso le resulta triste y hace que se sienta sola. Alain, una vez y otra, la va decepcionando cada vez más. Y los tranquilizantes hacen su aparición. Y la desesperanza. Con aire de humor y sin caer en la tragedia, pero la situación es muy difícil para Silvia. 

¿Qué salva esta tristeza? Los libros. Silvia ama los libros y la lectura. Tiene sus estanterías llenas de cuentos infantiles y de libros que la han acompañado siempre. Y los libros surgirán como hadas para que logre ver un camino más feliz del que sigue desde que conoció a Alain. Será su amiga Isabel (ah, esas amigas íntimas, amigas del alma, que están siempre al quite), la que le hable de Fingal O´Flahertie, un irlandés que para en la Rue des Beaux-Arts y que trabaja la curación por los libros. El encuentro de Silvia con este curioso irlandés (no desvelaré su verdadera identidad) termina de cerrar el círculo sobre el poder sanador de la literatura. 

A la resurrección de Silvia contribuirá, cómo no, un tipo atractivo y honesto, Odysseus Thanos, que borrará con eficacia los malos recuerdos del tal Alain, quien, al final, en justo castigo, como en los cuentos de hadas, se quedará compuesto y sin pareja. 


Espérame en la última página es una novela escrita por Sofía Rhei (Madrid, 1978), autora de cuentos, libros juveniles y libros de poemas. Ha sido publicada en 2017 por Plaza y Janés, del Grupo Editorial Penguin Random House, con sede en Barcelona. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

"Mujeres que compran flores" de Vanessa Monfort


Están de moda las novelitas románticas, dicho sea sin ánimo peyorativo. Las hay dirigidas a jovencitas, algunas de las cuales hacen furor entre ellas e incluso puede que se escriban a modo de adaptaciones de clásicos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, que se reescribe en todos los tonos y ambientes posibles. Un Darcy no es poca cosa. 

Luego están las novelas como estas, que hablan de mujeres y que leen, básicamente, mujeres. Son novelas con un mensaje positivo, de superación, de búsqueda de la felicidad, de logro de retos. Son novelas que no hacen daño y que, quizá, por un momento, tras leerlas, te dejan el espejismo de que un mundo mejor es posible. Cosa que, desgraciadamente, se evapora en cuanto sales a la calle y aspiras el aire viciado o limpio de la ciudad o el campo. 

Pero está bien que haya de todo y no ha de ser la reflexión sesuda la única que ocupe las estanterías de las librerías o las mesas expositoras de los grandes almacenes. Hay un condición sin la cual no se puede leer ningún libro, esto es, que esté correctamente escrito y esta suele ser la piedra de toque de estas obras (y de muchas otras con tramas más peliagudas, hay que decirlo). Ese es el problema y esa la falta de credibilidad de muchas de ellas. Al calor de este nuevo romanticismo urbano ha surgido un importante número de escritoras, algunas provenientes del periodismo o de la televisión, que publican historias intercambiables. Puede uno atribuirlas sin criterio a tal o cual, porque no se distinguen entre sí, no tienen, por así decirlo, voluntad de estilo propio. Son novelas de consumo y pare usted de contar. 

Una de ellas es esta de Vanessa Monfort (Barcelona, 1975), que lleva ya unos cuantos premios y tiene consideración entre este panorama que citamos. El Ingrediente Secreto (Premio Ateneo Joven de Sevilla 2006), Mitología de Nueva York (Premio Ateneo de Sevilla, 2010) y La leyenda de la isla sin voz (Plaza y Janés en 2014. Premio Ciudad de Zaragoza. “Mejor novela histórica publicada en 2014”), un éxito de crítica editado ya en varios países y Mujeres que compran flores (Plaza y Janés, 2016) que en sólo 5 meses alcanzó la 7ª edición en España y se lanzó en varios países.


Mujeres que compran flores cuenta la historia de Marina que se ha quedado viuda hace poco y tiene que lidiar con una vida que compartía con alguien antes de ahora. Esa ausencia tiene rastro en cada uno de los momentos que vive y por eso no sabe qué hacer. En un momento dado conoce a Olivia, que es la dueña de una floristería. La floristería de Olivia es algo mágica y se llama El jardín del Ángel. Allí, ayudando a Olivia, podrá conocer a otras mujeres, muy diferentes a ellas pero que son un poco los arquetipos femeninos que todos conocemos o creemos conocer. Por ejemplo, Cassandra, una obsesa del trabajo. O por ejemplo Aurora, una sufridora por amor, artista por más señas, sacrificada y absolutamente ciega a la forma en que su novio la utiliza. Y también Victoria, una mujer muy familiar y entregada, una mártir de la vida doméstica que necesitaría unas alas enormes para dar algún salto. 

Como vemos, nada nuevo bajo el sol. El relato de la historia se desliza correctamente pero también, ay, previsiblemente. Muchos adverbios acabados en mente, ya lo sé, pero es que la lectura del libro no te eleva a las cumbres literarias sino que te sitúa a ras de tierra, en una ventana de una cafetería mientras te tomas un café y contemplas la lluvia y las chicas con paraguas que cruzan la calle. Sin más.


martes, 22 de agosto de 2017

Spoiler


Grace Kelly lee el Harper´s Bazaar y engaña así a James Stewart, porque la moda es para él algo ajeno y prefiere la aventura. Ella está enamorada pero no puede evitar dejar a un lado una revista sobre el Himalaya y volver al paraíso del lujo y del glamour. Esa es la mirada que identifica el placer de contemplar cosas bonitas. En La ventana indiscreta, la película estadounidense de 1954 dirigida por Alfred Hitchcock, basada en el cuento de 1942 It Had to Be Murder, de Cornell Woolrich, que ambos protagonizaron, no hay lugar para el spoiler, más bien todo lo contrario. Desde el principio sabemos que hay un crimen y un asesino. La única duda es cuánto tiempo tardarán en convencerse los demás. Y hay otra duda, no menor, que reside en descubrir por qué James Stewart no se da cuenta de que está enamorado de la chica y de que no necesita que ella gane un premio de alpinismo para poder ser felices. Un hombre empeñado en no ser feliz es un hombre peligroso que va a terminar solo o a manos de cualquier depredadora dispuesta a hacerse pasar por tonta, incluso a serlo. 

Pero, en la vida real, el spoiler es un lugar común, un hecho que se sucede a menudo, una situación conocida. Incluso una evidencia, una necesidad. Tus amigas te hacen spoiler. Cuando ven que tu historia se va despeñando por el precipicio del desasosiego ellas adivinan el final mucho antes de que ocurra, te advierten concienzudamente, te avisan con vehemencia, se enfadan contigo si no lo ves tú misma y, al final, recogen tus pedazos, los reconstruyen con abrazos y no te dicen "ya te lo advertí" (aunque lo harían con ganas) sino "paciencia" y "te quiero". Antes de eso quizá usen repetidas veces los socorridos (y por desgracia, ciertos) apelativos de canalla, manipulador, egoísta y falso. Pero luego, cuando el barco, que eres tú, se hunde del todo, ninguna de ellas te recordará la fealdad sino que intentará que suene una música Hechizo de Luna y que haya un vestido fastuoso para recorrer la ciudad sobrevolando el terreno pantanoso.

Todo sería mucho más fácil si, como hace el prologuista del libro de Elizabeth Gaskell Los amores de Silvia (en la edición de Mondadori, lujosa y cara), te suelta el desenlace, te cuenta con detalle el final y te deja con la boca abierta. No tengo a mano su nombre y tendría que subir la escalera para escribirlo, así que no merece la pena, salvo para dejar claro que me ha fastidiado mucho que se cargue mi interés por Philip y su peripecia. En la vida real, no la virtual, ni la de las ondas, ni la del móvil, sino la otra, la de cada día, la cotidiana, la de "me duele aquí" o "dónde estás", en esa vida el spoiler te libraría de la opresión y de los sueños mal construidos. Pero aquí, estimado prologuista, sobraba del todo. 

Dice Gaskell en Hijas y esposas (su obra maestra) que el sentido común, la inteligencia, el razonamiento, han de primar por encima de los sentimientos y las emociones. De esa forma, afirma, la vida no se convierte en un naufragio porque puedes tener la suerte de que encuentres a gente que escriba con renglones derechos y con letra clara, pero también puedes tener la mala suerte de que esa gente que encuentras trace las palabras con tinta simpática, invisible, china o de mala calidad. El spoiler es la única solución para evitar tropezones, dolores de estómago, enfermedades del desánimo y sueños abocados al cubo de la basura, sea este de plástico, de hormigón o de metacrilato. 

Hay un modo de spoiler de último recurso: las habladurías, los chismes, los cotilleos, los voy-y-traigo de la gente que está decidida a informarte de todo lo peor. Nunca lo hacen por tu bien y te convierten, sin tú quererlo, en daños colaterales que nadie compadece. Pero para hacerles caso tienes que tener el corazón de piedra pómez y, si eso ocurre, ya no necesitas spoiler. Sencillamente, nunca caerás en la trampa de pensar bien de los demás. 

sábado, 19 de agosto de 2017

"Harriet" de Elizabeth Jenkins


Intenso, demoledor, desasosegante, duro, frío, terrorífico. El libro de Elizabeth Jenkins te ofrece un comienzo engañoso. Parece que todo se reduce a una muchacha mal dotada intelectualmente, pero con dinero, y a un tipo egoísta y necesitado de pasta. Pero no es verdad. Nada es tan sencillo. El juego de personalidades enfrentadas en esta novela exigiría un estudio psicológico y mucho tiento para discernir a qué se debe la extraña relación entre los hermanos Oman, Lewis y Patrick; o la soterrada envidia plagada de angustia que vive Alice en relación con Harriet; o el papel de Clara, obtusa, sumisa pero, al fin, liberada del peso de un enorme secreto.

Harriet es una chica acomodada por la herencia de su padre. Su madre está casada en segundas nupcias y trata cariñosamente a su hija, comprende sus limitaciones, acepta sus caprichos y sabe que, en el fondo de su cerebro opaco, hay bondad y deseos de ser feliz. Quién no quiere casarse de blanco y con sedas...

La madre de la muchacha sospecha, sin embargo, que nadie se acercará a su hija con buenas intenciones. Y teme que, si aparece en el horizonte uno de esos tipos relamidos y manipuladores, ella caiga sin remedio, porque sueña, esa facultad que no ha perdido y que la va a abocar a la desgracia. Permitirse soñar es un lujo si una no es suficientemente avispada.

Por eso su madre luchará con todas sus fuerzas para evitar que caiga en manos de un atractivo caza fortunas sin escrúpulos. No logrará nada. Esto no es Washington Square y lo que allí se desliza con lentitud segura al melodrama casi feminista, con esa sutil venganza de la heredera, aquí es suciedad, miseria, canallada en estado puro. Lo que Lewis y su hermano Patrick hacen con Harriet, con la ayuda de Alice y de Elizabeth es, sencillamente, un crimen.

La novela se escribió en 1934 y constituyó un enorme éxito. Recreaba un hecho real, eso que tanto gusta a los públicos e incita a los escritores. El misterio de Penge, así llamado, asombró a la sociedad victoriana allá por 1877. Pero las historias de seducción y engaño son el pan nuestro de cada día y la búsqueda de una buena posición económica por parte de los desaprensivos no deja de ser un lugar común que pervive hasta nuestros días. Un hombre guapo y sin dinero siempre tiene la tentación, sobre todo en esos tiempos en los que el beneficio era poco y el oficio ninguno, de lanzar la red para que caiga en ella alguna mujer inocente, crédula y, por supuesto, con una buena dote económica. Lo que no es tan usual es el encarnizamiento con que Harriet es tratada, la forma cruel y devastadora en la que ella y su hijo sucumben a la maldad de los otros.

Comienza siendo una historia de casamientos y amoríos para terminar en un drama judicial, condenas incluidas. El mal sabor de boca que nos deja a los lectores las acciones llevadas a cabo por esa banda sin principios, que en ningún momento es capaz de sentir culpabilidad por lo que han cometido, es mérito de la autora, que conduce la narración de la forma más verídica posible. No hace falta, no obstante, añadir demasiado. Este es uno de esos casos en que lo hechos hablan por sí solos. 

Harriet de Elizabeth Jenkins. Ediciones Alba. Colección Rara Avis. Traducción de Catalina Martinez Muñoz. Septiembre de 2013

Elizabeth Jenkins (1905-2010), tuvo padres ilustrados y una buena formación. En la Segunda Guerra Mundial asumió un activo papel ayudando a refugiados judíos y a víctimas de los bombardeos en Londres. Además, fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Escribió las biografías de Jane Austen, Lady Carolina Lamb, Henry Fielding e Isabel I de Inglaterra. 

Su primera novela fue Virginia Water, 1929. A continuación escribió Harriet, que recibió importantes premios y tuvo una acogida fenomenal. Siguió escribiendo novelas hasta su muerte, con ciento cinco años. 

lunes, 14 de agosto de 2017

"Amy e Isabelle" de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout es la autora de Me llamo Lucy Barton que aparece reseñado en otro lugar de este blog. Nació en Maine, en 1956, pero vive en Nueva York desde hace años. Esta es su primera novela. Hay que recelar de las "primeras novelas" que salen a la luz ante el éxito de las segundas o terceras. Pero, en este caso, no hay motivo. Amy e Isabelle es aún mejor que Me llamo Lucy Barton. Especialista en relatos y cuentos que publica en revistas y que la han llevado a ganar el Premio Pulitzer (Olive Kitteridge), su personalidad a la hora de escribir hace el efecto de una llama que atrajera a las mariposas. Es, sencillamente, única. 


En Amy e Isabelle se cuenta la historia de una madre y una hija, pero también la de toda una comunidad. Los personajes que transitan por el libro no son felices y ninguno hallará más que una especie de rutina confortable a lo largo de su vida. No hay falsas esperanzas, no hay optimismo. Tampoco desesperación, sino el transcurso ritual de las horas y los días, al abrigo de un pequeño pueblo en el que se sabe todo y en el que todo tiene un sentido propio, que muchos desconocen. La mirada de Strout es compasiva. Entiende las reacciones de la gente, a veces terribles; entiende los defectos y los malos actos. Pero no deja de observar y de sacar a la luz toda la podredumbre que, a veces, encierra el alma humana. La vida cotidiana exige valentía y eso es lo que relata, al fin y al cabo, la autora en este libro. 


Isabelle guarda una historia dura y lleva una vida de mierda. Ambas circunstancias definen su conducta y también sus pensamientos. Ya no puede permitirse soñar pero Amy, su hija, es un hilo de luz aunque ella no quiera admitirlo. Por eso se destroza el precario equilibrio que existe entre las dos (como suele ser común entre madres e hijas) cuando la madre descubre que tiene relaciones con un profesor de matemáticas. Amy no ve nada sucio ni turbio en esas relaciones y nosotros, los lectores, nos quedamos sin saber qué piensa él de todo eso. Solo conocemos lo que hace, intimar con Amy, besarla cada día, llevarla a casa, hacer que conciba ilusiones y, por fin, tener un acercamiento sexual que es descubierto accidentalmente por el jefe de Isabelle, el hombre por el que ella suspira sin motivo. 


La reacción de la madre será doble: contra el hombre que ha abusado de su hija, según ella piensa y contra su propia hija a la que ve en peligro de ser lo que ella misma es, una mujer sin ilusiones y sin vida. Por eso tomará las tijeras y arrasará con aquello que Amy más valora, lo que la convierte en una chica diferente a las otras, lo que la singulariza: su pelo. El hombre se marchará sin decir adiós y nunca sabremos qué pensó, por qué lo hizo, qué sentía. Un canalla, un solitario, un enfermo, un sentimental...Eso queda en el aire y nada nos acerca a su pensamiento. Salvo que se marcha del pueblo para siempre y nunca contestará la llamada ansiosa de Amy que no es capaz de dejar de pensar en él. 


Aunque tarde, Isabelle aprenderá algunas lecciones: que los hijos no son una continuación de los padres ni están condenados a pagar por sus pecados; que existen amigas que no pedirán nada a cambio por compartir una noche de pijamas; que la soledad pueda llevar a engaño y a pensar que un hombre es más de lo que es y más de lo que sueñas. Por su parte, Amy, abrirá la puerta de la adultez a través de este enfrentamiento con su madre y entenderá que ha vivido una realidad distinta a la del profesor y, sobre todo, buscará en su "otra familia", algunas razones que todavía no entiende. 



Amy e Isabelle. Elizabeth Strout. Seix Barral. Biblioteca Formentor. Traducción del inglés por Juan Tafur. Mayo de 2017. 

(Ilustraciones de la película de TV del mismo nombre de 2001 y foto de la autora y el libro)

jueves, 10 de agosto de 2017

"Un bolso y un destino" de Leigh Himes

Comprarte un bolso de Marc Jacobs puede ser, en ocasiones, la puerta de un pasadizo secreto al que accedes en cuanto te caes de las escaleras mecánicas. Eso le pasó a Abbey Lahey que se despertó convertida en la señora Abbey van Holt, de los van Holt de toda la vida. Su marido antes de caerse era Jimmy, un trabajador por cuenta propia, que regenta un vivero. En cambio, cuando despierta, a su lado está Alex van Holt, amadísimo hijo de Meribelle y candidato al Congreso de los Estados Unidos.

De ser una madre trabajadora y en apuros porque el dinero no llega o el tiempo no estira, Abbey se trasmuta en esposa de candidato, con servicio, coche con chófer y un cuerpo curtido a base de entrenamiento personal, pasar hambre y confiar en un buen cirujano.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Detrás de la fachada de triunfadores de los van Holt subyacen conflictos no resueltos, emociones que no encuentran salida y aburrimiento, mucho aburrimiento. Claro que esto mismo le pasa a los Lahey que, encima, sudan para pagar las facturas. Sin embargo, las cosas tienen que acabar poniéndose en su sitio y así aprenderemos que en la vida cada uno tiene un papel que jugar y un sitio que ocupar, siendo ambas cuestiones, a veces, muy aleatorias y dependientes de la suerte. Un oportuno golpe en la cabeza pondrá de nuevo a cada personaje en el lugar que le corresponde no sin que antes Abbey, la única consciente de la historia, nos haya hecho disfrutar, y cómo, de todas las peripecias que pueden vivirse en ese cambio de galaxia, de los extramuros a las familias de buena posición.

El libro es muy divertido. Se lee pasmosamente bien. Está, eso es obvio, gentilmente escrito, porque si no fuera así, ni la historia ni la risa lo salvaría. Entretiene y distrae lo cual es mucho en algunos de nuestros días. Y hace desfilar ante nuestros ojos una buena dosis de glamour en forma de zapatos de Laboutin, diseños de Stella McCartney y, sobre todo, de un maravilloso bolso rojo Kelly de Hermés que está guardado, oh tristeza, en una caja de cartón alojada en un gigantesco vestidor. Algunas escenas, porque así nos parecen a la vista, son delirantes, como la de los dos hermanos gays que se dedican a vestir bien a la dama cuando hay actos de campaña. O los encuentros familiares en casa de los van Holt, que nadie querría para sí. Los dos hombres del relato, Jimmy y Alex, se salvan de la crítica. Uno es conformista, poco expresivo y sin distinción; el otro, elegante, tierno, educado y buena persona. Pero los dos la quieren. Y ella considera que eso es, en este mundo que vivimos, una enorme suerte.

Un bolso y un destino. Leigh Himes. Maeva. Traducción de Mar Vidal. 2017. 

miércoles, 9 de agosto de 2017

En otoño vuelan libros

Una de las cosas más divertidas de cada año es husmear por las novedades bibliográficas que vendrán con el nuevo curso. Desde finales de agosto hasta finales de año, las editoriales se sacuden el polvo y la modorra, para adentrarse en la aventura de presentar nuevos productos, libros que llamen la atención, que susciten comentarios, que impulsen el boca a boca. Eso de encontrar algo que se va a convertir, con la ayuda de todos, en el libro del año. 

Este año de 2017 tiene ya sus avisos correspondientes y estoy viendo portadas que anuncian alegrías. No me pararé en los best-sellers que los cronistas de los periódicos van a reseñar, o que las editoriales van a propulsar a bombo y platillo. Tampoco en los libros premiados, esos que todos sabemos que, salvo excepciones, se quedan en las estanterías una vez comprados. 

No. Os hablaré de los libros que espero leer porque son de autores que me gustan, porque tienen títulos especiales, porque me fío de sus editores o porque me da en la nariz que me van a gustar. He aquí algunos. Los primeros que surgen. Un lugar pagano de Edna O´Brien, saldrá en agosto de la mano de Errata naturae que ya ha publicado otros cuatro libros de esta imprescindible escritora. Las sillitas rojas fue el último pero antes vieron la luz Las chicas de campo, La chica de ojos verdes, Chicas felizmente casadas. Las sillitas rojas me parecieron algo decepcionantes pero la trilogía de las chicas es bestial. Veremos por donde circula este de ahora aunque me espero lo mejor.


Luego están los Cuentos completos de Henry James que Páginas de espuma sacará en tres tomos o el nuevo Paul Auster, 4321, de Seix Barral. Espero también a Margaret Atwood, con Salamandra, que publicará Alias Grace. Esta misma editorial nos va a traer de Zadie Smith, Tiempos de swing.

John Banville aparece como él mismo y no como Black (el último Quirke fue fantástico), con Regreso a Birchwood, de Alfaguara, su editorial de siempre en castellano. Me va a interesar leer las Memorias de abajo, de la pintora surrealista y escritora Leonora Carrington, inglesa nacionalizada en México y que vivió entre 1917 y 2011. Se cumple, pues, el centenario de su nacimiento. 

La última autora que quiero comentaros es Stef Penney, cuyo libro La ternura de los lobos me gustó muchísimo. Ahora aparece Bajo la estrella polar y lo publica en España Harper Collins Ibérica. De momento, ahí queda eso.




martes, 8 de agosto de 2017

"A Virginia le gustaba Vita" de Pilar Bellver


Vita Sackville-West y Virginia Woolf son dos mujeres interesantes e influyentes que aquí se encuentran porque la autora del libro recrea a su modo y con su estilo una historia de amor que fue real. Lo que comenzó siendo un relato con el mismo título, incluido en la antología Ábreme con cuidado (Dos Bigotes, 2015), se ha convertido en esta novela, publicada por la misma editorial y cuya cuarta edición vio la luz en junio de 2017. El trasfondo de la acción ya lo conocemos. El apasionante periodo de entreguerras, la novedad que supuso para la adormecida élite cultural inglesa la aparición del grupo de Bloomsbury y ese ir y venir de personajes que se escribían cartas, se enamoraban, se odiaban y vivían. 

El libro tiene una curiosa estructura. Cuatro cartas de desigual longitud cada una de las cuales forma un capítulo: La tela azul, El cuadro, La virgen, La anunciación. Después, un apéndice titulado La tela azul del cuadro de la Virgen de la Anunciación, que no forma parte de la novela, pero que la autora incluye a modo de apéndice documental. Por último, la bibliografía y las notas a la bibliografía, ya que, aunque es una obra de ficción (así se avisa) está basada en personajes y en hechos reales. 

La tela azul es la carta primera y la que envía Virginia Woolf a Vita Sackville-West, desde Londres al castillo de Knole a primeros de diciembre de 1925. En aquel momento Virginia tiene cuarenta y tres años y Vita treinta y tres. La carta, como todas las demás, tiene numerosas notas al pie, para dar cuenta de detalles que complementan el texto de la misma. El cuadro es una carta que escribe Vita a Harold Nicolson y que va desde Knole a Teherán a mediados de diciembre de 1925. Nicolson era el marido de Vita y la autora hace hincapié en la especial complicidad que los unió toda la vida a pesar de que ambos eran homosexuales y tenían sus propias relaciones. Hay que decir que, además de Virginia, Vita fue amante de Rosamund Grosvenor, Violet Trefusis y otras mujeres. 

La tercera carta, es decir, el tercer capítulo es La virgen y se trata de la carta de Virginia a Vita, enviada desde Londres a Teherán, a finales de enero de 1926. En la carta, Virginia habla de amor, de deseo y se queja de que Vita se escapara de su lado en lugar de disfrutar de su pasión compartida. Se hace alusión en la carta a las relaciones que tuvo Virginia antes de conocer a Vita y también a otras relaciones de Vita que Virginia conoce directamente o por confidencias de su amiga. 

El cuarto capítulo se titula La anunciación y es una carta de Vita a Virginia, enviada desde Teherán a Londres a principios de febrero de 1926. Los cuatro capítulos siguen así, un orden cronológico en lo que se refiere a las cartas y, por tanto, a los acontecimientos, que están centrados en un espacio temporal corto pero que tienen luego idas y venidas de forma que el caleidoscopio es mucho más completo. El comienzo de la carta que va en cursiva corresponde a una carta real. Este recurso lo utiliza la autora durante el libro, después de habernos advertido de ello al iniciarlo. La pasión que Vita exhibe en el fragmento es innegable. Su escritura es vigorosa y de una gran expresividad. 

Con respecto al apéndice hay que decir que resulta muy explicativo de algunos aspectos que, de otra forma, quedarían en la oscuridad. El hecho de que se intente que la novela recale en los sentimientos y emociones de las dos protagonistas hace que la autora insista en dotarla de verosimilitud y para ello se apoya tanto en las notas a pie de página como en las cuestiones que trata y desarrolla en este apéndice. Es una estructura poco usual en una novela, pero que ayuda al conocimiento de Vita y Virginia, del ambiente en que vivieron y de las circunstancias de su relación. En realidad, en ningún momento, leyendo las cartas, nos sentimos que leemos una novela, más bien nos parece que son cartas reales que personas reales escribieron. 

Por último, la bibliografía contiene las obras que la autora ha leído sobre Virginia y las que ha leído de Virginia. No se conoce ninguna biografía de Vita, como remarca Pilar Bellver. 

A Virginia le gustaba Vita. Pilar Bellver. Editorial DosBigotes. Junio 2017


domingo, 6 de agosto de 2017

"Me los dejó en un plato y se fue a tientas"


¿Qué haces? ¿Cómo estás? ¿Qué piensas? ¿Dónde miras?

Se vuelcan las preguntas. Las preguntas aquellas que sembraban las noches y los días, que cuajaban palabras en el texto, que se abrían como flores en la tarde. Creyó que el sentimiento espantaría el sonido de la interrogación y un trasfondo algebraico, un murmullo aprendido, cubriría para siempre el invisible lazo. 

¿Dónde vas? ¿Por qué eso? ¿Qué me dices? ¿Te enfadas?

Se estiran las preguntas. Hay un rumor a sueño que ensucia el aire tibio y la atmósfera firme de las noches en vela. Y una necesidad de que se escriban besos, de que se aparte el miedo, de que se encuentre todo. Creyó que sus misterios eran correspondidos y que la mano firme que empuñaba el teléfono tenía sabor a rosas, a cristal deshojado. 

Se ha equivocado en todo. No hay razón que lo explique, ni circunstancia alguna, ni cambio, ni protesta. El vacío del buzón que no se abre. El hueco de la voz en la distancia. La risa que no suena. Se ha equivocado en todo. Ni versos de Cernuda o de González. Ni películas mudas. Ni vídeos de canciones atrozmente pasadas. Ni huellas en los ojos. Ni temblores.

Creyó que era el amor lo que sobraba y ahora ya sabe que no era nada entonces, que no era nada nunca, que la nada es la nada.

Me los dejó en un plato y se fue a tientas. 

martes, 1 de agosto de 2017

Cartas, relaciones, cartas...


Podría escribirse una historia del sentimiento amoroso a través de las cartas. La relación epistolar ha construido relaciones y las ha destrozado. Ha cerrado capítulos y ha mantenido la ilusión cuando la distancia se ha convertido en eje. Ahora, en nuestros días, esa distancia no tiene que ser física. Aposentados cada uno de nosotros delante del ordenador, en cualquier momento sale al aire de la Red un mensaje de correo electrónico (encantador anacronismo del tú a tú que está a punto de ser declarado especie a extinguir) y, por qué no, el aviso en forma de tuit o el intrigante post de Facebook, que se dirige al mundo aunque a ti se dirige. 

Descifrar los mensajes, las entradas, los post, las canciones o los enlaces, es un deporte actual que requiere perspicacia, conocimiento y tiempo. Ahora el tiempo nos sobra y por eso hemos inventado el verbo procrastinar. Yo procrastino, tú procrastinas y todos procrastinamos en alegre compaña. Debería haberse imaginado un vocablo más fácil para una actividad tan cotidiana. Pero, seguramente, cuando se creó en ese proceso misterioso del lenguaje, nadie podía suponer que la era de Internet iba a ser, también y como consecuencia, la era de la procrastinación. Nada de predestinación ni de prostitución, acabemos.


He aquí que en “Orgullo y Prejuicio”, escrita en 1795 y publicada veinte años después, las cartas juegan un papel esencial. Son la manera en la que los personajes se afirman, se rebelan y se niegan a perder. A punto de que el mundo se derrumbe, mientras en “Casablanca” alguien de manos negras tocaba una canción al piano, aquí, en las serenas llanuras de Longsbourn o en las agrestes colinas del Derbyshire, son las cartas el ungüento que limpia las heridas y que fortalece los sentimientos. Nadie se resigna, he ahí la cuestión. Sin dramatismos, con apenas unas lágrimas y con mucha perseverancia, algunas cartas son definitivas. Veamos. 

El señor Collins dirige una carta al señor Bennet para anunciarle su visita. El jolgorio de su lectura solo es comparable a los ratos de comicidad que esa visita trae al devenir cotidiano de la familia. No solo Collins es un tipo estrambótico, sino que sus relatos podrían ocupar varios tomos dedicados a la gente más absurda. La absurdez es el signo de esa carta y la manera en que Austen nos presenta a los personajes divididos en dos hemisferios: el de los ingeniosos y el de los obstrusos. 


Después de la desgraciada manera con la que Darcy declara a Elizabeth su amor, más o menos como si haberse enamorado de ella fuera una condena divina que tuviera que arrastrar por los siglos de los siglos y tras el correspondiente rechazo que un acto tan presuntuoso bien merecía, he aquí que él se revuelve contra la negativa de la manera más elegante posible: abriendo su corazón en una carta. Es una carta de aclaraciones, llena de dignidad pero que intenta hacer toc-toc en la puerta cerrada de Elizabeth. Y lo consigue, como ya sabemos. 

Casi al final del libro ella se entera de que Darcy ha estado presente en la boda de su frívola hermana Lydia con el vividor Wickham. La extrañeza que siente la lleva a inquirir de inmediato a su tía, la señora Gardiner, sobre tal hecho. ¿Qué hacía Darcy actuando de padrino del hombre al que probablemente más detesta? He aquí que la respuesta a su zozobra abre, por fin, la explicación más clara acerca de las cosas. Tanto él se ha ocupado de evitarle preocupaciones, que no puede sino indicar un amor ya incondicional, como deben serlo, si es posible, los amores que se precien de tales. 


El corazón se convierte en tintero, desmenuza el interior y lo muestra a los ojos de la otra persona, que recibe la confidencia como si fuera un regalo. Y, al fin, eso es lo que es. Un hermoso regalo que atraviesa el territorio de la emoción y crea un lazo único cuando el emisor y el receptor hablan el mismo lenguaje. 

lunes, 31 de julio de 2017

"La última palabra" de Hanif Kureishi


Hanif Kureishi es un escritor interesantísimo. Uno de esos con voz personal, estilo propio y una prosa afilada, certera, pero llena de recovecos, en la que una se puede disolver con facilidad a veces y otras veces con resquemor. Tiene cosas difíciles y otras que inquietan. Pero desde que leí su libro "Intimidad", me ganó para su causa si es que la tiene o la tuvo. 

Nacido en Londres, de origen paquistaní, en 1954, ha escrito novelas y guiones de películas, algunos de ellos tan famosos como "Mi hermosa lavandería". Esta novela "La última palabra", se publicó por Anagrama en 2014 y ha llegado ahora a mis manos, de esa forma accidental pero quizá oportuna con la que los libros que leemos se acercan a nosotros. 

La historia tiene como protagonista a un escritor de tremendo éxito que tiene setenta y tantos años y una vida azarosa, que el gran público no conoce aunque intuye. Malhumorado, cabizbajo, prepotente, seguramente misógino, narcisista desde luego, lleno de manías, imbuido de su superioridad, ha ido dejando cadáveres a lo largo de su vida. Mamoon Azam, que tal es el nombre del sujeto, ha hecho desgraciadas a muchas mujeres y está en un momento delicado. Sus finanzas no corresponden a su gloria. Así, un editor despierto y borrachín decide que lo mejor para relanzarlo y para ganar dinero con sus libros, es escribir una biografía y se la encarga a un joven, Harry Johnson, que ve en el libro su gran oportunidad. Dejar de ser uno más y convertirse en alguien imprescindible en los círculos literarios. Conjurar así la amenaza, cierta en muchas ocasiones, de dar clases en un colegio de secundaria. 

Para poder escribir ese libro Harry deberá trasladarse a vivir a la casa que Azam comparte con su última esposa, una revoltosa italiana, veinte años menor, bastante interesada y propensa a los ataques de nervios, Liana y tendrá que rebuscar entre papeles antiguos, diarios de mujeres, charlas conseguidas a contrapelo con el protagonista, de manera que los acontecimientos irán sumando datos a lo que ya está en las hemerotecas. Los hechos, como dice Harry, confirmarán o negarán sus teorías acerca del genio. 

Esa mezcla de diversión y reflexión, esa prosa llena de provocaciones, esas situaciones cómicas y trágicas a la vez, ese tono de comedia íntima, social y personal, todo eso está en el libro. Y son ingredientes que te hacen disfrutar de la lectura, que te atrapan desde el principio y que te sitúan directamente dentro de la acción. Los conoces a todos, crees conocerlos al menos y ahí estás tú, una espectadora, atónita, sorprendida, regocijada y, siempre, llena de estímulos para seguir leyendo. 


La última palabra. Hanif Kureishi. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Barcelona, 2014. Traductor: Mauricio Bach. 

sábado, 29 de julio de 2017

Casarse por amor


(Elizabeth Bennet y María Lucas contemplan la llegada a la casa de los señores Collins del faetón en el que viajan la señorita De Bourgh y su institutriz)

Jane es la más “hermosa y dulce” de las hermanas Bennet. Por eso mismo a ella le corresponde la obligación de asegurar el sustento de la familia a través de un casamiento ventajoso. La propiedad familiar está vinculada a la rama masculina y, dado que los señores Bennet “solo” han tenido hijas, pasará a manos de un primo lejano, a la sazón clérigo, el señor Collins

Pero Jane quiere “casarse por amor”. Así lo confiesa a su hermana más querida, Elizabeth, en esas horas de intimidad a la luz de las velas que ellas comparten antes de acostarse. Mientras cepillan sus largos cabellos desgranan esas confidencias que a nadie más contarán. De igual forma que el pelo vuela despojado de la prisión del recogido que habitualmente usan en público, así ellas dan rienda suelta a sus sueños, en los que, aun siendo muchachas pobres, esperan el milagro de encontrar a un marido, a ser posible, rico, guapo y sensato. 


(Kitty, Lydia, Jane y Elizabeth Bennet)

Las características del hombre ideal se dejan ver en esta conversación entre las dos hermanas, hablando de Bingley, al que acaban de conocer:

-“Es exactamente lo que debe ser un joven-dijo-:razonable, con buen humor, animado; ¡no he visto nunca modales tan perfectos! ¡Tanta soltura y una buena educación impecable!

-Y además es muy bien parecido-replicó Elizabeth-, que es algo que un joven debe igualmente procurar; si es que está a su alcance. Cabe decir, por lo tanto, que es un joven muy completo.”


(Elizabeth Bennet con su mirada puramente ingeniosa y su sonrisa pícara)

No deja de resultar una excentricidad, casi un escándalo, en esos años finales del siglo XVIII en los que se escribe el libro (Orgullo y Prejuicio como habéis adivinado) el deseo de no convertirse en tristes matronas aprisionadas por la costumbre, más madres que esposas; más esposas que mujeres. Y una modernidad, una seña de individualización emocional que no debería pasar desapercibida. Estas chicas son, por ello, inconformistas, rebeldes casi. Y lo son en aquello que está en su mano: la elección del marido. 

La postura de las cinco hermanas puede constituir en sí misma todo un tratado de la manera en que la mujer Austen observa su propio destino e intenta intervenir en él. Jane, la mayor, quiere un matrimonio por amor. Elizabeth representa el equilibrio pues, aunque los sentimientos son para ella un reclamo importante, sabe también que la economía, cuando es insuficiente, lastra todos los afectos y acaba con los más sólidos. Por su parte, Mary no quiere casarse y esto, una mujer aferrada a sus libros y alejada de las emociones y vaivenes de la juventud, no deja de ser otro rasgo modernísimo. Kitty y Lydia, las más jóvenes, ansían únicamente tener a su lado a un “casaca roja” que las colme de aventuras y las acompañen a cuantos más bailes mejor. Pero ya sabemos que Lydia dará un paso adelante y se fugará con Whickam, un tipo sin escrúpulos con el que acabará casándose en un matrimonio que terminará siendo el prototipo de lo que no debería ser una unión. 


(La boda de Jane Bennet y el señor Bingley, por amor y con dinero)

Es así como Orgullo y Prejuicio se aparece ante nuestros ojos de lectores del siglo XXI como una novela moderna. La actitud de Jane y de Elizabeth es signo inequívoco de la importancia que las mujeres daban y damos a la vida sentimental (el centro de nuestra trama vital, el que impulsa o entorpece el desarrollo personal e, incluso, profesional), pero es también una prueba fehaciente de que las mujeres Austen reclaman poseer un criterio propio y abogan por el derecho a defenderlo, aunque sea equivocado. 

Poder elegir, optar por el amor ante la conveniencia, no estar sujetas a convenciones arcaicas, decidir no casarse, son los elementos de este toque moderno que la novela presenta. Una actitud pionera que no todos los lectores de Jane Austen son capaces de apreciar pero que representa un elemento más de los muchos matices que su obra contiene. 


Orgullo y Prejuicio. Jane Austen. Edición de Alianza Editorial. Traducción de José Luis López Muñoz. Cuarta reimpresión, 2012. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Una casa en Hampshire


Es una casa de ladrillo visto, de planta rectangular, con dos alturas y buhardilla, tejado a dos aguas, ventanas blancas y una puerta de acceso de tamaño mediano, sin escalones. Sencilla pero elegante según el canon constructivo del estilo Regencia. 

Toda la casa está al pie de la carretera, lo que aseguraba la distracción de sus moradoras. Cuatro mujeres solas. Por dentro tiene habitaciones pequeñas, poco acogedoras. El jardín que la rodea, escaso, está muy cuidado y la yedra escala los muros del acceso principal, formando un agradable arco de medio punto. Para los ojos extranjeros es la morada típica de una familia de la gentry, la clase media rural inglesa. Para los iniciados, para los miles de seguidores de su obra, es la casa en la que Jane Austen vivió sus últimos ocho años, los transcurridos entre 1809 y 1817. La casa en la que logró reencontrarse con la escritura, después de los años de sequía creativa de Bath, y en la que escribió sus últimas novelas. Fue uno de esos raros períodos de tranquilidad de su corta vida, que no duró mucho. En esta casa se escribió “Emma”. 

Steventon, en cuya rectoría nació; Bath, donde estuvo seis años y Chawton, son los espacios vitales más importantes en la vida de Jane Austen. En el caso de la ciudad de los balnearios, el efecto sobre su obra fue demoledor. Incapaz de escribir una sola palabra, suponemos que sus ideas y sus pensamientos se fueron acomodando en algún rincón de su cabeza a la espera de tiempos mejores. Ah, cómo entiendo esta sensación de silencio aparente. 

Al ocupar la casa, por cortesía de uno de sus hermanos, su madre, su hermana Cassandra, su amiga Martha y ella misma, todos consideraron que ya era hora de que dispusiera de un espacio específicamente dedicado a la tarea de escribir. Antes de eso, Jane Austen había sido una escritora sin “habitación propia”. No es este tema una cosa baladí. Lo dijo Virginia Wolff, que quiso significar así la necesidad de reconocer la tarea de escritora que las mujeres mantenían en la clandestinidad y en condiciones precarias. Tener un lugar propio es una forma de afirmación. 

Se reservó el comedor de la casa, que era una estancia luminosa y de mayor tamaño, para que ella pudiera escribir en un lugar cómodo y tranquilo. Esto significó que la zona de estar se relegó a un pequeño cuarto que daba a la parte de atrás. Los ingleses son muy aficionados a la contemplación de la naturaleza y a la vida social, por lo que esa renuncia tenía gran importancia. El comedor daba al camino y a los jardines de acceso. Esta decisión supone una clara aceptación de su trabajo, la evidencia palpable de que eran todos conscientes de la trascendencia de aquello que hacía. 

“Emma” se escribió en esta casa. Cassandra Austen, hermana y albacea de su hermana Jane, anotó exactamente el período de tiempo que duró esa escritura: del 21 de enero de 1814 al 29 de marzo de 1815. La novela fue editada por John Murray, fundador de Quarterly Review y editor, a su vez, de Lord Byron

Murray dio a leer el manuscrito al crítico William Gifford, que hizo una alabanza de la obra tras su lectura. En torno a la novela está, además, la polémica de su dedicatoria. Efectivamente, es la única obra de Austen que aparece dedicada. Sabemos que durante unos meses Henry Austen, hermano de Jane, estuvo gravemente enfermo y que uno de los médicos que lo atendieron también prestaba sus servicios en la Corte. Su intervención en el asunto concluyó con una recomendación del bibliotecario real, James Stanier Clarke, para que ella dedicara su novela al Regente. Así se hizo: A su Alteza Real El Príncipe Regente, esta obra está, por permiso de su Alteza Real, respetuosamente dedicada, por la sumisa, obediente y humilde servidora de su Alteza Real, la autora.

¿Qué pensó Jane Austen de esos calificativos que tuvo que usar o que alguien incorporó a la dedicatoria, refiriéndose a ella, sumisa, obediente y humilde? Lo que sabemos es que la escritora no estaba de acuerdo con esta dedicatoria, ni siquiera con dedicársela a ningún miembro de la familia real, pero le explicaron con claridad que una sugerencia era, en realidad y en este caso, una orden. Del libro se imprimieron dos mil ejemplares que era un número considerable para la época. Los tres volúmenes en los que se presentó, a razón de diecisiete o dieciocho capítulos cada uno, se vendieron a 21 peniques. El Príncipe Regente no agradeció el envío ni comunicó nunca si había leído la novela. 

Jane Austen era una mujer inteligente. Sus comentarios eran muy agudos y tenía una gran capacidad de observación. No podía ser de otro modo la persona que escribe novelas como las suyas. Pero, además, tenía sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir en el medio en el que desarrolló su vida. Uno de esos mecanismos fue el silencio. Sus muchos silencios se vieron aumentados por la poda que, a su muerte, realizó Cassandra de sus cartas y documentos personales. Pero, a pesar de ello, tenemos claro que la casa de Chawton ejerció una influencia benéfica en su disposición natural a la escritura y permitió que inventara y diera a la luz una novela como “Emma”, tan llena de talento, encanto y belleza.