jueves, 8 de diciembre de 2016

Flaubert o Sand


(Stuart Davis)

Hubo una disputa entre Gustave Flaubert y George Sand en lo que respecta al sentido de las novelas. Flaubert es el padre de Emma Bovary y considera que escribir es un acto intelectual que no puede revestirse de la propia experiencia. Hay que guardar en un cajón los sentimientos para que las palabras fluyan. Así lo afirma sin que titubee. De esa forma, lo que el escritor cuenta es la vida de los otros. No hay ni un ápice de yoismo en esa interpretación de la novela y sus personajes muestran lo que son independientemente de la propia opinión del escritor. 


(Stuart Davis) 

Muy al contrario, para George Sand no es posible escribir sin que se trasluzca, más o menos, el sentimiento y las emociones del que escribe. Salen a la luz en forma de palabras, se cuelan en las rendijas del argumento, cubren de llanto o de verdad las expresiones de los personajes y, en fin, todas impregnan la vida narrada. No se contrata de contar la vida del que escribe, sino en escribir desde la vida. Escribir desde la vida es algo que no todos los escritores entienden, pero, sin duda, los que así lo hacen defienden su derecho a la permeabilidad de las palabras. Nada hay más dudoso de creer que unos sentimientos que se atribuyan a los demás sin que el que los narra reconozca haberlos sentido alguna vez. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ahí empezó todo

En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. 

Nadie podía ver lo que contenían, porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….

Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y regándolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el anochecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 

Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le gustaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su interés. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos talante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabra impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 

(Ilustración: Interior con chica leyendo. 1905. Henri Matisse) 

Henry James

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario.  Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita. 

Leer a Henry James es una delicia. Y "La edad ingrata" es buen ejemplo de ello. Me gusta además cómo este hombre realiza una introducción de lo que vas a leer con una cantidad de claves literarias y lingüísticas que me resultan tan interesantes como el contenido mismo.

En el ejemplar que manejo (una edición de 1996 de Seix Barral-Biblioteca Breve), la traducción es de Fernando Jadraque. Tengo que decir, como tantas otras veces, que mi deficiente dominio del inglés me impide disfrutar de estas obras en versión original así que me tengo que fiar de las traducciones y los traductores. 

La portada del libro, la pintura que la ilustra, merece especial atención. Es una encantadora imagen de John Singer Sargent que representa a "Mrs. Fiske Warren y su hija Rachel". Este pintor es muy conocido por parte de todos los aficionados al flamenco, pues dejó algunas muestras de esta temática que son verdaderamente notable.

Aquí es precioso comprobar la calidad de la pincelada, el gesto cómplice de la hija y la madre, así como sus expresiones. Si nos fijamos, la hija tiene una mirada grave que poco acompasa con su edad y es la madre la que esboza una sonrisa y, sobre todo, una mirada pícara, verdaderamente curiosa. A veces los hijos se transforman en nuestros padres. 

El propio James, en el prefacio, explica el motivo de escribir lo que él pensaba que iba a ser un libro "cautivadoramente flaquito" y se convirtió en un "libro gordo". El motivo no es otro que "la percepción que inevitablemente servidor había tenido de la tribulación surgida en ciertas mansiones amistosas y para ciertas madres prósperas ante el a veces temido, a menudo demorado, pero nunca plenamente impedido acceso a primera línea de alguna borrosa hija llegada a la edad de merecer". 

Es un conflicto social, pues, el que está en la base del libro. Y una ciudad, Londres, que era entonces ya más que una ciudad. Un hervidero de situaciones, personajes y actos que podían ser interpretados o, lo que es mejor para un escritor, malinterpretados a conveniencia.

La riqueza de esas situaciones es la base de la novela y de otras muchas obras. Como Nueva York, Londres ha generado una literatura que es un género en sí misma. 

Tradiciones y costumbres de la buena sociedad, la de siempre, enfrentadas a los arribistas, gente venida a más que olvida algunas normas elementales y que necesita ser introducida en los usos adecuados.

Los matrimonios dispares que la movilidad social y el ascenso de determinada clase comercial por medio del logro de fortunas de desigual origen, dan lugar a estas disyuntivas que James se plantea en las relaciones humanas. La inteligencia social es el elemento que ofrece una suficiente argamasa como para hacer posible la convivencia de grupos y personas de procedencias distintas, biografías dispares e intenciones, a veces, perversas, en el sentido menos patológico del término. 

Los hechos que se suceden en el libro tienen amplios matices. Detalles que parecen anecdóticos se van sumando para obtener un cuadro completo de la red de intereses que sustenta a los grupos humanos que en él se retratan.

Es como si el escritor hubiera observado el comportamiento de todos ellos a través de una lente de aumento y así, hasta las pequeñas cosas, adquieren un relieve inusitado. Nos es dado contemplar toda esa suerte de ritos que acompañaban la vida de los grupos sociales en esa ciudad cambiante que era Londres entonces.

"The Awkward Age" publicada inicialmente en 1899, se publicó por primera vez en castellano con esta edición de 1996. El cambio de siglo y la amenaza de los advenedizos está presente constantemente en su desarrollo.

Un entramado de relaciones personales, con los sentimientos en primera línea, con el que dirán enfrentado a los deseos y con las diferencias generacionales al punto, son el adobo de un guiso que no puede resultar más brillante ni lleno de sorpresas.

Concebida a modo de obra de teatro, donde los distintos actos están presididos por espacios físicos diferentes, son los diálogos los que señalan la acción, ellos los que indican cómo son y qué piensan los personajes a los que el autor ha colocado en medio del caos sin darnos mayores indicaciones ni avisos.

Confía en nuestra inteligente adivinación y por eso leerlo es un ejercicio de equilibrismo literario sin pausa. 


martes, 29 de noviembre de 2016

Quiero ocultar mi rostro


Ella lo sabía. Sabía que él ejercía sobre su alma un poderoso influjo. Como la luna, que al aparecer, lo tiñe todo de plata. Y cuando se oculta deja una sensación de vacío difícil de explicar. O como el sol, que cubre de la pátina de la verdad las cosas de cada día. Y, si no está, se espera a que amanezca, en ese rito diario de la realidad que no queremos eludir. Esa mezcla de necesidad y dolor era él para ella. Y ella lo sabía. Las mujeres hablaban mal de él. Le adjudicaban maldades que a cualquiera hubieran derrotado. Pero él ejercía de misógino, de prepotente y de narcisista. Y esa asunción de sus defectos lo redimía de todos ellos. 

Y ahora ella sentía que, para todo, era demasiado tarde. Ya no tenía la edad precisa para enamorar. Ya podía pasear por la calle sin que los ojos de los hombres la siguieran. Ya no estaba en el tiempo de los sueños. Solamente alguien que la hubiera querido desde siempre, sentiría hacia ella la mezcla de pasión y deseo que se llamaba paraíso. Así que sus besos le estaban vedados. Así que nunca el territorio de la seducción llevaría su nombre. Así que él nunca la miraría con la mirada de quien ansía un instante tan solo del cuerpo a cuerpo. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

"Born to Run" Memorias. Bruce Springsteen

Siete años ha tardado Springsteen en escribir esta Autobiografía que acaba de publicar en castellano Literatura Random House con una traducción de Ignacio Juliá. Voluminoso libro de casi seiscientas páginas que el Boss dedica a Patti, Evan, Jess y Sam y que se acompaña de fotografías de su álbum familiar. 

Él mismo cuenta, en el capítulo de agradecimientos, el proceso de la escritura. Sin prisas y sin presiones. Organizada la estructura en Libro I, Libro II y Libro III, la historia comienza en su calle y su casa para terminar en los escenarios. La narración está pormenorizada, detallista, llena de notas de color, pero también es intimista, porque no solamente cuenta lo que pasa, sino cómo lo vive, cómo lo siente y plantea. Es muy curiosa la manera en la que el artista aparece como un tipo trabajador, dedicado a lo suyo con pasión y notablemente exigente y lleno de expectativas. Lejos de destacar los momentos de glamour y de gloria, se hace hincapié en lo otro, en el esfuerzo, el tesón, la lucha, la dureza de la búsqueda, la superación. 

Su calle se llama Randolph Street y allí comienza todo, a los diez años. En el cuadro familiar están sus padres Adele y Douglas; sus abuelos, Fred y Alice; su hermana, Virginia, un año menor y su perro Saddle. En esa calle vivían, en paz o casi, irlandeses e italianos, con esa extraña mezcla contigua que existe en los Estados Unidos y que a nosotros, mucho más homogéneos, nos resulta atractiva. 

Los recuerdos de su casa conectan con el taller en el que su abuelo resucitaba la basura que recogía por los barrios de la ciudad. Aparatos que estaban fuera de uso y que su abuelo, milagrosamente, convertía en útiles. Manos sabias. Su abuelo, apodado “el hombre de la radio”, por los negros con los que comercia para venderles los artilugios ya reparados en los campos de temporeros que rodean la zona. Negros, italianos, irlandeses…Como dice, sinceramente, Bruce “éramos bastante pobres”. Aunque, como también afirma, no les faltaba ni comida, ni ropa, ni cama. Pero sí frío. Y él fue un niño mimado por las cosas de la vida familiar, un pequeño tirano, consciente de su poder con sus tías y abuelos. 

La iglesia católica de Santa Rosa de Lima, junto a la que vivían, lo impregnaba todo. Él reconoce que allí, en ese mundo del catolicismo, en el que existían “la poesía, el peligro y la oscuridad”, encontró los orígenes de su arte, su yo interior. Lo dice claramente Leonard Cohen. Es preciso hallar la voz, ese destello original y propio que diferencia al artista del resto de los mortales. Cuando la encuentras ya puedes considerar que tu idioma llegará a la gente. Antes, es imposible. 

Historias de instituto, la leyenda de su bisabuelo, los relatos de los irlandeses y los italianos…y su madre. La madre de Springsteen era una lectora de novelas románticas, soñadora empedernida y bailarina de alto voltaje, como sus hermanas. Por contra, su marido, el padre, era un misántropo, alguien que renegaba de la humanidad y que no tenía fe en la naturaleza de los hombres. Se pregunta, por eso, cómo era posible que estas dos personas se profesaran tanto amor durante tantos años…

Su madre fue el referente del amor que no recibía de su padre. Y ella también colmaba en él la afectuosidad que no recibía de su marido. Un caso de correspondencia que no nos resulta extraño, habida cuenta de la dificultad de algunos hombres “duros” por amar y ser amados. Así era en este caso. 

Los comienzos difíciles, los entramados del mundo de la música, sus compañeros, sus amantes y sus amigos. Las giras. La lucha. Un equipaje pesado que ha de moverse de uno a otro lado. El rock and roll. Patti. Sus hijos. La banda. 

Pero si hay algo que existe en la vida de Springsteen y, por tanto, en este libro, es la música. La música como objetivo, como modo de vida, como existencia. La música en todos sus elementos. Puedes aprender de música simplemente leyendo su recorrido y las opiniones que vierte acerca de sus discos, sus ídolos, sus colegas….Música en estado puro todo el tiempo. Música como paisaje cierto del siglo XX, del siglo XXI. 


Born to Run. Memorias. Bruce Springsteen. Literatura Random House. Traducción de Ignacio Juliá. Diseño interior de Ruth Lee-Mui. Diseño de guardas y pliego de fotos de Michelle Holme. Licensing de las fotos de Crystal Singh-Hawthorne. 


Grupo Editorial Penguin Random House. Editor original Simon & Schuster, Inc. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Así que el tiempo se encargue de borrarte


(Pintura, Ramón Casas) 

He abierto las ventanas y un aire húmedo y frío se ha colado en la casa. Los manojos de flores se escondieron y los jarrones tienen un perfil de vacío acompasado. La música cesó. Se pararon los llantos. El silencio ha encontrado su sitio. Así está todo: tibiamente perdido. 

Si la lluvia lo arrasara todo, si limpiara mi corazón de ti. Si me dejara libre, sola, sin esa opresión que me traes y que nunca se marcha. La lluvia que corre de ventana a ventana, la lluvia que quiero sentir dentro, para no conservarte en ninguna memoria. 

Hay un torrente de besos que nunca se han besado, una huella de manos que se alejan de mí. Este viento de la mañana tendría que convertirme en estatua de sal, borrar los sentimientos, borrarte, sin esperar a que el tiempo se encargue de convertirte en un mal sueño. 


sábado, 19 de noviembre de 2016

La quietud invadida


(Claude Monet: Impression. Soleil levant)

El sol, que esta mañana llameaba con la fuerza de un otoño aburrido, acaba de marcharse. Se ha cansado de ver cómo la plaza se abandona a su suerte en el almuerzo y los niños se esconden y los viejos marchitan su esperanza de más tiempo para verlos jugar. El sol, que ahora no existe, anunció de temprano que tú la contemplabas con el ardor de un hombre que desea, con la mirada fiera de quien busca su rato de belleza, su palabra precisa en la ternura. Ese sol, que despunta, que intercala sus rayas con las nubes que quieren su parte del pastel, es el mismo que ella contempla desde el fondo de un silencio más claro. No estás. Decidiste que el tiempo se llenara de otras, de cuyas voces no tenemos noticia, de cuyos cuerpos desconocemos el aire y la distancia. Te marchaste con otras para ver si la dicha retornaba a tus ojos, para encontrar la huella de la carne, para ahondar en el secreto de un amor imposible. Ella quedó a la espera. Pero nada, es la nada quien sirve este banquete de hoy al mediodía, sin sol apenas para brillar de cerca y sin espejo que encontrar al otro lado. Nada tiene sin ti y nada se escribe. Nada es el eco más inmenso que guarda en un rincón desvencijado al que nadie tendrá tiempo ni ganas de acceder cuando pueda. Eso es así. Se pierde casi todo. Ella no está y tú te fuiste sin saber que la rosa tenía un olor a rosas aunque bailara espinas. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

"La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad" Josep María Esquirol

El último Premio Nacional de Ensayo corresponde a un libro “pequeño”, que no intenta abarcar el universo sino el adentro, el interior, lo que ocurre tras nuestros propios visillos. Cuidarse a uno mismo, entender lo que somos y el motivo último de nuestra actuación, acercarse a los otros alumbrándolos, empatizar con el de enfrente y no solo con el de al lado, trazar un camino posible, factible y necesario…todo ello surge natural de las páginas del libro, que lees a modo de interesante discurso natural que surge del sentido común, aunque esté lleno de referencias y de referentes. 

La definición de “resistencia” ocupa las primeras páginas. Es una resistencia que no debe confundirse con ocultación, con lejanía, con oscuridad, sino, al contrario, con un hallarse a sí mismo con la idea de que ese hallazgo nos aporte claridad y que esa claridad pueda ser compartida. A continuación, la vida cotidiana aparece como el marco ideal en el que esa resistencia puede tener sentido, como el lugar en el que florecen las contradicciones pero en el que también los errores se corrigen para convertirlos en oportunidades. Resistir es aprender que hay cosas posibles a partir de cuestiones que nos parecieron inabarcables. La resistencia es, por eso, tanto una actitud interior, como una conducta externa. La resistencia no debe dejarse llevar por la confusión y ha de fundarse en una esperanza cierta. No una ilusión inalcanzable, sino una meta razonable en la que haya elementos que cosan el día a día de posibilidades, en orden a construir ese camino del que hablábamos antes. Existir en tanto que resistir. El silencio como metodología que posibilita el conocimiento interior, el volverse hacia uno mismo, sin cerrar puertas o ventanas al exterior, sino más bien acogiendo lo que viene de fuera como un enriquecimiento y compartiendo lo que uno es con lo que son los demás. 

El narcisismo es lo contrario del resistente. El silencioso ocultador es lo contrario del que vive la proximidad como un ejercicio de vida. El concepto de “actualidad” como estado de alerta permanente, no ante el presente, sino ante el futuro, aparece también dentro del cuestionamiento general que el libro realiza sobre muchas cosas que damos por sabidas o por buenas. La caricia ¿es poder?. Lo cercano ¿es realidad? El otro ¿tiene que acercarse a nosotros para entendernos? 

Un libro sencillo pero que hay que leer con atención, detenimiento, vueltas atrás y referentes en la mano. Insiste en conocernos y en destapar las zonas de sombra que toda vida vivida conlleva. La contención, el combate, la renuncia, la fortaleza, como elementos todos que conducen al bienestar personal y a su consecuencia, la irradiación de un estado hacia el exterior que haga posible una relación cordial y natural con los otros. 

Reseña bibliográfica: 

“La resistencia humana. Ensayo de una filosofía de la proximidad” de Josep María Esquirol. Editorial Acantilado. Barcelona, 2015. Derechos exclusivos de edición: Quaderns Crema, S. A. 

En la cubierta: “Estudio de planta” de Jacopo Ligozzi (1580-1600)
Aiguadevidre, Gráfica
Quaderns Crema, Composición
Romanyá Valls, Impresión y Encuadernación
Quinta reimpresión noviembre de 2016
Primera edición marzo de 2015

Josep María Esquirol es profesor de filosofía de la Universidad de Barcelona, donde dirige el grupo de investigación Aporia. Es autor de numerosos estudios sobre filosofía contemporánea e imparte seminarios sobre esta materia en universidades de varios países. Este libro ha recibido el Premio Nacional de Ensayo 2016 y el Premio Ciutat de Barcelona de Ensayo 2015. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

De la lluvia


(Fotografía: Christophe Jacrot) 

Estaba cansada. Llevaba un buen rato recorriendo la ciudad. Quería despejar su cabeza de dudas. Pero las dudas parecían perseguirla. Doblaba una esquina y allí estaban. Las preguntase agolpaban, en lugar de desaparecer. La incertidumbre se convertía en una losa firme, no se disipaba. Llevaba un paso rápido que tuvo que espaciarse con la lluvia. La lluvia era el gran acontecimiento del día. Después de meses sin caer tuvo que aparecer de esa forma inclemente, sin avisar, de modo que entró a comprar un paraguas en la tienda de los chinos que le cogió más a mano. Los chinos no cerraban nunca y tenían de todo. Era un todo polvoriento, sin gracia ni estilo, pero, al fin y al cabo, no tenía ninguna cita a la que acudir, era un simple paseo rápido esperando que su cabeza dejara de pensar. Los pensamientos no pueden detenerse, se dijo. Quiero que se transformen en ideas positivas, como explican los psicólogos. Aunque no se fiaba de ellos. Conocía a unos cuantos, que escribían libros llamativos y proclamaban consignas. Un absurdo. Ningún psicólogo lograría que dejara de pensar, las veinticuatro horas del día, en esa idea que la llevaba directamente al abismo. 

Lo inútil del cariño

Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia.

Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mira a lo lejos, entreabre los ojos y guarda en ellos sus miles de secretos. Nada ha sido dicho tampoco ahora, pienso. Ella permanece callada.

Realmente, dice ella, no entiendo cómo he llegado hasta aquí. De qué manera la emoción me contagió al mirarlo. Cómo guardé dentro de mí lo que era, sin que me perteneciera nunca. A lo lejos, en cualquier parte, un hilo de su vida parecía revolotear en torno mío. Y por eso creí que las cosas eran posibles y los deseos podrían cumplirse. Pero me equivoqué. Esa certeza la ha asustado, corroboro. Por eso no quiere confrontar lo que piensa, lo que sabe o vive. Y prefiere cerrar los ojos y las manos, manos cerradas que no esperan nada, ni ternura, ni vida. Nada ardiente, clamoroso vacío.

(Pintura: Retrato de Jeanne Hébuterne. Amadeo Modigliani) 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Una mujer fatal


Confirmado. De todas las mujeres que se pasean por los libros de Jane Austen ninguna merece más este título que lady Susan Vernon. Por eso esta novelita epistolar de 125 páginas apenas es tan interesante. Porque pone en circulación un tipo femenino verdaderamente curioso, sobre todo si nos atenemos a las fechas en las que fue escrita y a la edad de la escritora (entre 1794 y 1805, con algo más de veinte años). 

Ni siquiera las hermanas Bingley, con su desprecio por la vida campestre y sus luchas soterradas por conseguir que Caroline se case con Darcy, pueden compararse a lady Susan. Ni, por supuesto, la señora Augusta Elton o, incluso, Fanny Dashwood, con su maléfica influencia sobre su marido, a la sazón hermanastro de Elinor y Marianne en “Sentido y Sensibilidad”. Esa conversación inicial en la que  Fanny lo termina convenciendo, con frases cortas e intencionadas, para que no asigna cantidad alguna al sostenimiento de su madrastra y sus hijas, a la muerte del padre, es memorable y encierra el sentido del egoísmo más perfeccionado. 

Lady Susan Vernon, la protagonista de “Lady Susan” brilla sobre todas las malvadas y algunos de sus rasgos nos recuerdan el perfil clásico de esa mujer de novela negra que trae la perdición de los hombres. Belleza, inteligencia y astucia. Maldad con encanto, podría ser una buena definición. Una inteligencia mal aplicada, que diría el mismísimo señor Knightley, usada para generar males y desgracias a su alrededor. 

Lady Susan Vernon frisa los treinta y cinco, edad madura para la época, se ha quedado viuda hace nueve meses y ya está trajinando marido. El libro incluye una descripción física que no es usual en las novelas austenianas. Rubia, de piel fina y ojos claros. Un aspecto angelical para alguien que alberga sentimientos llenos de oscuridad. Como es una novela epistolar tenemos que fiarnos de la carta que escribe la señora Vernon (concuñada de lady Susan) a su hermano, Reginald De Courcy, joven atractivo y soltero: “Por más que dudes sobre el atractivo de una mujer que ya no es joven, debo admitir que raras veces vi a un ser tan encantador como lady Susan. Es delicadamente rubia, con bellos ojos grises y pestañas oscuras”

Todas las cartas del libro sirven para definir la personalidad de la protagonista. En todas aparece, aunque sea indirectamente. Pero ella solo se descubre, y no del todo, cuando escribe a su amiga, la señora Johnson, tan floja de moral como ella misma, casada con un hombre que, al contrario del marido de la protagonista, sabe bien cómo es su mujer e intenta controlarla a duras penas. Las palabras de lady Susan a la señora Johnson descubren un carácter ambicioso, nulo respeto y empatía hacia los demás y un deseo sin límites de lograr sus objetivos, sin reparar en el daño que pueda hacer. Pero no lo hace con dureza, ni acritud, sino, y esto es un verdadero hallazgo, con cierta ingenuidad, ironía, condescendencia consigo misma y un punto de infantilismo que resulta hasta gracioso. Es una maldad descrita sin aristas. 

No solo ha engañado a su marido cuando vivía, sino que ha intentado quitarle el marido a la señora Manwaring, ha logrado que se rompa la relación de Sir James con la señorita Manwaring, ha hecho desgraciada a su hija Frederica y ha escandalizado a toda la sociedad de Londres. Aún más. Cuando ante sus ojos aparezca un nuevo objetivo, el joven y rico Reginald De Courcy, no dudará en usar sus armas para lograr su afecto y conseguir unirse en matrimonio. Y las armas no serán las de la belleza, obvias en su caso, sino la mesura, el buen tino, la humildad, la buena conversación y la inteligencia. Un cóctel imposible de eludir. 

Porque quizá sea este el elemento distintivo de lady Susan Vernon con respecto a las otras “malas” de Austen. La inteligencia. Atributo que la escritora concede sobre todo a sus mujeres “buenas”. El escaso ingenio, la ridiculez, la falta de modales, la poca agilidad mental, son elementos que se reflejan en el carácter de esas “malas” que citamos. Pero no en lady Susan, que es, si no fuera una verdadera bruja, la persona con la que todo hombre sueña como amante y toda mujer como amiga. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen: Seis acordes de guitarra


Me confieso analfabeta en Cohen. Si no hubiera muerto ayer yo no hubiera buscado en Internet noticias sobre su vida, ni hubiera escuchado con atención sus diez temas más famosos tal y como los publica La Vanguardia. Ni hubiera estado atenta a un enlace de El Mundo en el que se recoge el discurso que dio en Oviedo con motivo de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011. Qué curioso. No recuerdo cuestionamiento alguno hacia ese premio, quizá porque "Letras" es concepto más amplio que poesía, que novela, que escritura. Ahí la copla entra sin remedio y la canción y todo lo que música acompaña. 

En ese discurso Cohen cuenta una historia. Las historias de los viejos son entrañables y él, en ese año de 2011 ya lo era y lo sabía y tenía esa presunción de los viejos que han pasado ya esos años difíciles en los que todavía se tiene esperanzas de mantenerse lo más en forma posible para seducir a quienes nos cruzamos en la vida. En ese año él había decidido abrazar su vejez como una etapa que lo prepararía hacia la muerte, el final. De ese final habla en su discurso y todos lo entendemos cuando dice que hay que abordarlo desde "los estrictos límites de la dignidad y la belleza". Ah, la belleza, esa causa perdida con el paso de los años que solo reverbera cuando miras al fondo. Ah, la dignidad, inconmensurable necesidad que, cuando eres joven, administras tan mal y tan seguido. 

"La poesía viene de un lugar que nadie conquista", afirma, quizá para hacerse perdonar que, no siendo poeta al uso, vaya a recibir este premio que no esperaba o que no conocí. Porque somos un país lejano para aquellos que viven en ciertos horizontes del Atlántico. Aunque en este caso me equivoco, no estoy en lo cierto. Su guitarra está hecha en España, así lo cuenta. Y su voz la halló tras leer a Lorca, después de repostar en los poetas ingleses a los que entendía sin traducción. Esa voz propia que es la que nunca muere, como la madera. 

La historia se complica cuando un joven español que andaba por Montreal tropezó con Cohen en el parque que estaba justo detrás de su casa de la infancia. El joven tocaba una guitarra con eco flamenco y lo hacía de un modo que el futuro premiado no conocía. Tres clases le dio. Seis acordes le enseñó. Los justos para, según él, componer toda su obra. El joven murió al cuarto día en una pensión de Montreal por su propia mano. 

Confieso que soy una analfabeta en Cohen pero, cuando acabe de escribir esto, y otros días y otros más, bucearé en sus canciones, buscaré sus anécdotas y quizá en una ocasión escriba algo con más conocimiento de causa que ahora. Podré hablar de su elegancia que no conozco, o de sus manías, sus sombreros o su gesto. Baste decir en este instante que no debí ignorarlo tanto tiempo. 


miércoles, 9 de noviembre de 2016

"Amor y amistad": la película sobre "Lady Susan"


El aspecto de cartón piedra de los personajes del cartel anunciador no representan, en modo alguno, el sentido de la película, su contenido, su estilo. La adaptación cinematográfica de la pequeña novela epistolar "Lady Susan" de Jane Austen, se ha presentado en la sección oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla y ha concitado elogios del público asistente, austeniano o no. Una pequeña maravilla. Su titulo "Amor y amistad" (Love and Friendship) ofrece algunas dudas cuando se dice que es el que ella eligió, en primer lugar, para la novela, ya que fue publicada póstumamente como apéndice a las Memorias que sobre su tía escribió su propio sobrino James Edward Austen-Leigh con el título de "Lady Susan". En mis manos una edición de "Recuerdos de Jane Austen", publicada por Alba Clásica en 2012 y otra de "Lady Susan" de La Compañía de los Libros (2010). Ambos textos van aquí por separado. 

Sea como sea, "Lady Susan" es una obra deliciosa, llena de situaciones cómicas y, al tiempo, de una soterrada lucha de egos, en la que destaca la personalidad de Susan Vernon, viuda y ansiosa de encontrar un buen marido para ella y otro para su hija Frederica, a pesar de que mantiene relaciones con un tipo casado. Al contrario de las otras heroínas de Austen, Lady Susan tiene más de treinta años y no se recata de relacionarse y coquetear con chicos jóvenes, porque da la impresión de que cree merecerlo todo y no pone límites a sus deseos y ambiciones. Una mujer interesante, hay que decirlo, con grandes toques de modernidad. 

La película muestra el espíritu Austen con todas las dosis de humor, ingenio, cuestionamiento de las normas sociales y atrevimiento, que sus libros tienen y que nos asombran cuando se leen sin etiquetas. Los manejos de Lady Susan tienen su contrapartida en los de Lady De Courcy o Catherine Vernon, que quieren proteger a la joven Frederica de los sinsentidos de su propia madre. Como suele ocurrir, los hombres juegan un papel secundario, incluso el guapo y deseado Reginald De Courcy, demasiado joven para estar a la altura dialéctica de Darcy o de Knightley. 

Magníficamente ambientada, con un aire muy dinámico, sin teatralidades y llena de vitalismo, la película se desliza por los pensamientos y los actos de la sociedad inglesa y de los lazos familiares que, en ocasiones, son un impedimento para la felicidad. El personaje central es una mujer fuerte, decidida, egoísta y llena de matices, todo un lujo para una actriz. Kate Beckinsale hace una interpretación tan ajustada que difícilmente podíamos imaginarnos a otra Lady Susan mejor. El amor y los sentimientos y la vida social como jaula de oro que debe ser traspasada para ser feliz, son los temas recurrentes en la obra austeniana que aquí aparecen también de manera indispensable. Cuesta pensar que solo tenía veinte o veintidós años cuando la joven Austen escribe la obra. 

Solo un pequeño matiz: los vestidos de las señores difícilmente podían tener, en ese momento, la cintura en su sitio. La moda imperio, traída de Francia, mandaba en los escotes, las formas y los adornos. Era el reinado de la muselina y las mangas de farol. 


Love and Friendship, 2016. 94 minutos. Coproducción Irlanda, Francia, Países Bajos. Blinder Films, Chic Films, Revolver Amsterdam. Dirección y guión de Whit Stallman. Música de Mark Suozzo. Fotografía de Richard Van Oosterhont. 



jueves, 3 de noviembre de 2016

"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart

¿Es posible enamorarse de alguien a quien no se ha visto nunca¿ ¿De alguien con quien nunca se ha hablado? ¿De alguien que no te ha dedicado ni una mirada?

¿Es posible enamorarse de alguien al leer un poema? ¿Es posible seguir amando a alguien a pesar de que sabes que no eres la única?

A todas estas preguntas Elizabeth Smart  (Otawa, 1913- Londres, 1986), contestaría "sí". Es posible, diría. Es, no solo posible, sino cierto. Y por eso escribe este libro. Por eso este libro tiene sentido. Por eso y porque ella era una escritora, aunque no lo sabía, no solo una mujer enamorada. 

Su vida y el libro son la misma cosa. Y el espejo en el  que se mira, el poeta George Barker (1913-1991). Barker es el héroe que la enamora, pero, a decir verdad, no solo a ella. También a Jessica, su primera esposa, con la que tuvo tres hijos. También a Elspeth, la esposa con la que vivía cuando Elizabeth se enamoró. En total, Barker tuvo quince hijos de diferentes mujeres. El motivo por el cual fue tan amado y deseado solo puede ser entendido por aquellos que lo conocieron. En todo caso, su calidad de poeta, si es que existe, ha quedado oscurecida por esta circunstancia, sobre todo a partir de este libro. 

En el año de 1937 Elizabeth Smart lee unos pocos poemas de Barker y, a partir de ahí, decide que ese es el hombre de su vida, que va a conocerlo y que va a intentar enamorarlo. La sombra de la esposa estará siempre presente, porque, además, Barker era católico, lo que ya sabemos qué significaba entonces. Y siempre se debatió entre las dos mujeres, dejando a ambas insatisfechas, me imagino. No sé por qué me imagino a este hombre del estilo de Ashley, el caballero del sur que en "Lo que el viento se llevó" prendó a Escarlata y a Melania, sin que su indefinición terminara por aclarar a quien quería de las dos....hasta que el dolor a la menos amada fue evidente. Esa clase de hombres que alpistean, que se dejan querer y que siempre parecen ser los sufridores de dramas que ellos mismos aventan. 

El libro es una sucesión de emociones, imágenes, sentimientos, plagado de citas literarias, la mayoría de poetas y de Shakespeare. Las citas la inspiran y a veces son la referencia exacta. Hoy diríamos que el libro es una autofiction, entonces no se sabía qué era esto. Así, desfilan citas y palabras de Francis Thompson, William Blake, W. H. Auden, John Milton y el propio Barker, entre otros poetas. Y frases inspiradas o tomadas de Macbeth, Otelo, Hamlet, Antonio y Cleopatra, además de, curiosamente, el gran antagonista de Shakespeare, es decir Christopher Marlowe (Doctor Faustus). Su alusión a Heathcliff, el protagonista masculino de "Cumbres Borrascosas" la obra de Emily Brontë que describe el amor más desesperado. 

De cómo enamorarte puede hacerte terriblemente infeliz. De cómo la vorágine de pasiones, de deseos, de luchas internas, acaba con la apacible vida de una muchacha y la transforma en un fuego interminable. Quizá era su interior el que buscaba esto. Quizá ella era así desde siempre y Barker solo fue un objeto indispensable. El caso es que, desde que se publicó, en 1945, este es un libro de culto. La oposición de la influyente familia de Smart no logró que se difundiera y fuera leído cada vez más. La belleza de las palabras, el lenguaje especialísimo, ese punto de vista entre arrogante y pesaroso, la forma de mirar y de narrar los acontecimientos, convertidos en flashes, como si se tratara de una película de su vida, ha cautivado a los lectores. Pero ella misma no entendió que este talento no debía desperdiciarse y, enfrascada en su pasión por Barker (con el que tuvo cuatro hijos a los que tuvo que mantener ella sola en momentos muy difíciles), no siguió escribiendo hasta que no pudo encontrar cierta paz muchos años después. 

Hay libros que te hacen preguntarte cosas. Este es uno de ellos. Y, como todo en la vida, suelen llegar en el momento oportuno. Preguntas que tienen una respuesta que quizá no querías conocer. Pero ahí están. 

lunes, 31 de octubre de 2016

"Antigua luz" de John Banville

Me alegra experimentar el asombro y la fascinación por los libros a pesar de que llevo tantos años de lectora activa. Soy, básicamente y sobre todo, una lectora que por ello escribe. Pero, aún así, no ceso de toparme con cosas que me llenan de esplendorosa admiración, con libros escritos de tal manera que quisiera que fueran míos. Un solo libro de estos me aseguraría el paso a la inmortalidad literaria, el mayor empeño que alguien que escribe debería tener. No será así, por desgracia, pero bien sirve para disfrutar ese hallazgo nunca pretendido. 

Ocurre como con el amor. Ni se busca, ni se persigue, ni se conquista. Simplemente se encuentra, se acepta y se disfruta. Este es un libro para sentirse parte integrante de la comunidad de los que piensan que las palabras son el elemento de la comunicación que nos hace más humanos. 

Un hombre de sesenta y cinco años, actor de fama, padre fallido de una hija que se quitó la vida, esposo conveniente y desapasionado, amante de mujeres que apenas recuerda, hace un ejercicio de reconstrucción sentimental a partir de los hechos que rodearon la vivencia de su primer amor, el que le unió durante cinco o seis meses, a la madre de su mejor amigo. Esa mujer de treinta y cinco años, veinte más que él, que retozaba en una casa abandona junto a un chico que podía ser su hijo, le dejó la indeleble huella del nacimiento de la sexualidad, de la pasión y de todas las emociones que tienen que ver con la relación entre un hombre y una mujer. O entre un hombre y la vida. 

Pero no queda aquí el delicado equilibrio narrativo que el autor establece en este sorprendente libro que te llena de interés como si fuera una novela policíaca. Está también la vida actual, en medio de un rodaje que le traerá a su vida a esa actriz famosa que es infeliz más allá de su fama, y esos otros personajes cubiertos de misterio que se engarzan para darle el significado final al relato. En el fondo, Cass, su hija muerta. Al lado, Lydia, su esposa decepcionada. Al fondo, Celia Gray, la mujer. 

Admirado por su prodigioso fraseo, Banville es aquí más que un frasista. Inocula emoción a su inacabable repertorio de adjetivos y nombres, unidos con la argamasa natural que los hace nacer de dentro y desplegarse como uno de esos muestrarios de objetos antiguos de los que no podrías escoger solamente uno. No puedo explicar con acierto, porque soy incapaz, la sensación de galopar sobre el terreno fértil de la palabra que se siente al leerlo. 

Cada una de sus frases vale su peso en oro, pero todas juntas conforman un texto convincente y poblado de aristas. Personajes creíbles, que puedes percibir como llenos de contradicciones, dificultades y miedos. Momentos en los que reconoces el devenir de la vida en todo su esplendor. Encuentros predecibles contados con la fórmula mágica del talento. 

Yo era de Banville pero esto libro me ha hecho aún más. 


domingo, 30 de octubre de 2016


(Fotografía de Philippe Marchand. Nantes, 1961)

Todos los hombres que amé están en ti y tú no te pareces a ninguno. Aquella arrogancia juvenil, esa torpeza de no saber dónde poner las manos, la mirada imperfecta de unos días sin final, el resplandor opaco de sus ojos, la palabra convertida en confesión secretamente oculta, la blanca y dulce bebida a ras de labios...

Todo ese bagaje de caricias, gestos y enseñanzas furtivas y esos otros encuentros oficiales y las confidencias a la luz del día y la huída en las noches más amargas...

Esa turgencia firme de los brazos que escalan posiciones y quizá sin remedio esa gota de luz que a tu lado me alcanza...

No sé qué encontraría yo en ellos que no tuvieras tú. Acaso nada. Si no fuera por ti, tanto y de qué manera, los hubiera olvidado para siempre.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Y callaré tu nombre



Si algún día las aguas bajan dulces
acuérdate de este tiempo de furia,
del dolor del costado que se clava en el cuerpo,
de las lágrimas tibias que anuncian soledades.

Si alguna vez esos ojos vuelven a mirarte
no dejes de lado que ahora ocultan el rostro
no retires de tu memoria el sufrimiento
no permitas que la euforia te engañe de nuevo. 

Si por algún motivo sientes que esto de ahora
es un sueño inventado, una historia sin nombre,
recuerda lo que sientes, esta herida mortal
este silencio inmenso con su huella indeleble.


Elogio de la pausa



La muchacha se llama Gladys, Emma, Leonore, Sally....y está todavía en esa edad en la que la juventud es un atributo que puede disfrutarse sin prisas. Así, en la tarde verdecida de un tiempo en el que las flores están a punto de estallar para perderse, ella piensa sobre las cosas mientras balancea con desinterés un tallo de lirio amarillo silvestre. El vestido se mueve con la ligera brisa. El ala del sombrero oculta sus ojos al sol de la tarde. Podría ser Gudrun volviendo de la clase de pintura o Úrsula regresando de la escuela. Quién sabe qué nombres ocultos anidan en ese corazón afortunado bajo el vestido de muselina y gasa color hielo. 

La vida nos azota en tantas ocasiones que es bueno demorarse. Volver hacia una misma y hallar allí la dicha, las palabras que hemos escondido para que nadie osara convertirlas en un fuego sin límites, en una extraordinaria orquesta de pavesas. Miramos a lo hondo y vemos sentimientos que nunca salen fuera porque no queremos que se contaminen con el paso del tiempo, con la fuerza de los ojos que no saben mirarnos. Defiéndete, decimos. No dejes que ocurra lo inesperado, no dejes que te arrebaten la dicha. Ser feliz es una condición únicamente tuya. Tu sonrisa, tu cara entera dirán al mundo que has gozado de ese instante en el que paseabas silenciosa, pausadamente tierna. 

La pausa es a la vida lo que la música al espíritu. El franco camino del goce más profundo. Ese reverdecer de la esperanza. La nueva primavera. Tienes ante ti todo lo que se ha dicho y lo traduces al idioma que sueñas. Pero no siempre en ese sueño está la realidad. Es mejor sobrellevarlo con una broma que no alcance a descifrarse por quien no ha sabido nunca qué eres ni por qué existes. 

martes, 25 de octubre de 2016

Madrid, Madrid


A Madrid ha llegado Edna O´Brien, una de mis escritoras favoritas (esto es poco decir, suena frívolo y superficial) para presentar su última novela "Las sillitas rojas". Hubiera dado lo que fuera por estar allí, en esa librería, por ver de cerca a O´Brien (soy bastante mitómana) y por preguntarle algunas cosas de Kate y Baba que se me quedaron sin resolver. No vivir en Madrid tiene estas cosas. En todas las ocasiones en las que una exposición, una presentación de un libro o, simplemente, la imagen de la ciudad majestuosa y delicada que es, me hace pensar en ello, siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Debería coger el AVE todas las veces del mundo y plantarme allí, sin más, sin parafernalia ni preparaciones. Sería lo mejor. 

Mi prima Mary (que es mi súper prima, esa prima que todos queremos tener, porque tiene las mejores cualidades, la mayor gracia y la generosidad especial de la buena gente) siempre dice que, para ella, estar en Madrid es la mejor cura para todos los achaques. Cuando llega, afirma, "ya no le hace falta el Dolalgial". Algo así os puedo yo asegurar. La última vez que estuve, incluso con el papelón que llevaba encima, logré captar esa buena vibración que siempre me produce, pero, la vez anterior, cuando iba expresamente a disfrutar de museos y de calles, todavía fue mejor. Bajarme del tren y aspirar el sonido de mayo me convirtió en otra persona. 

Edna O´Brien me conquistó con "Las chicas de campo". Y luego leí "La chica de ojos verdes". Y después "Chicas felizmente casadas". Su último libro "Las sillitas rojas", está ahora por aquí cerca y solo me he acercado a él a saltos. Si intentas encontrarle un gazapo te vas a equivocar. Edna es la perfección. Envidio su escritura como la de pocos escritores. Y esa forma de no parecer que el texto está trabajado, ese aire de espontaneidad, que esconden talento y esfuerzo, no cabe duda. "Las sillitas rojas" van a esperar un poco todavía. No es momento de leerlo. Sé que he de esperarme. Pero la visión de Edna en la librería, firmando sus libros, me ha producido una gran añoranza. En mi ejemplar, que es un regalo, nadie garabateó mi nombre ni añadió "besos".....

lunes, 24 de octubre de 2016

"Como una extraña" de Rachel Abbott

La novela policíaca es un terreno que he recorrido durante toda mi vida de lectora. Desde los diez o doce años las novelas de Agatha Christie han llenado el librerito blanco en el que estaban los libros más leídos de la casa. 

En las estaciones de tren, en los kioscos, en la imprenta (así llamábamos a la librería donde los comprábamos), en cualquier parte donde se pudieran hallar, incluso en el Vips o en un gran almacén, encontrar un título no leído era una fiesta para todas nosotras. De esta forma los conocemos todos y podéis preguntarme por cualquiera de esas novelas que sabré deciros argumento, personajes y desenlace. 

Ya sé que muchas personas la consideran literatura menor, pero no veo nada pequeño en hacernos pasar un rato agradable, ayudarnos a olvidar los problemas y, sobre todo, lanzarnos sobre la pista de alguien que ha hecho algo malo. La intriga, el suspense, la duda, son elementos consustanciales a su trama y todo eso te hace vibrar como lectora. Si me pedís algunos títulos de los que Dame Agatha escribió tengo que escoger "El asesinato de Rogelio Ackroyd" sobre todo, y luego algunos otros como "Se anuncia un asesinato", "Inocencia trágica", "Un cadáver en la biblioteca" o "El misterioso caso de Styles", el primero que escribió. Por decir algo, porque podría estar dando títulos al menos dos horas. Y no es el caso. 

Los crímenes de formato apacible, doméstico, nuestros favoritos, competían con ventaja con otros sucedidos en entornos exóticos a los que la autora acudía con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallovan. 

Este libro, ni los libros policíacos de ahora de los que hay legión y que no suelo leer, no tienen nada que ver con aquellos. La simplicidad de los argumentos, en los que el asesino era quien debía ser, o el entorno campestre, rural, pueblerino, no tienen nada que ver con los crímenes urbanos de ahora, en los que hay sexo, drogas, mafias, trata de blancas, secuestros y otros afines. 

Tampoco los policías tienen el suave encanto de Poirot o la ingenuidad engañosa de la señorita Marple. Y eso, por no nombrar otras sagas policíacas bien conocidas de todos. La mía, siempre, Christie. 

Pues bien, aquí Rachel Abbott traza una intriga en la que los niños son protagonistas, aunque de muy diversa forma. Comienza el libro con la desaparición de una niña y continúa con el secuestro de un bebé. No os diré cómo acaba porque sería spoiler, pero sí os comentaré que aunque es entretenida y está bien escrita, el territorio chirría un poco y sobra cierto sentimentalismo con que se adorna alguien pretendidamente malo, o mala. No hace falta hacernos llorar, querida Rachel, basta con que nos entretengas. 

El personaje principal es Emma, casada con un hombre que perdió trágicamente a su mujer en un accidente y a su hijita (es la desaparecida). Tienen un bebé (que es el que raptan). También hay policías, antiguos novios, novias de policía y algunos malotes. El mejor malo del mundo para mí, no obstante, sigue siendo Joseph Cotten en "La sombra de una duda" ese asesino de viudas ricas que siempre tenía una mirada extraña y una sonrisa escéptica. 

Como una extraña. Rachel Abbott. Editorial Siruela. Policíaca. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Devuélveme los versos que te escribí una noche

No lo hubiera creído. Incrédula, moviendo la cabeza sin reparar en ello, dudosa, fuera de cobertura, allá lejos de todo, cuando hasta el aire tiembla, recibe la evidencia de que también en esto él le mentía. Sus mentiras pequeñas, sus mentiras absurdas, sus mentiras ajadas, sus mentiras precisas, sus mentiras piadosas, sus mentiras perdidas, sus mentiras oscuras, sus mentiras dudosas, sus mentiras...alcanzan hasta el borde de los sueños, lo más puro que tuvo por llevarle. 

Una palabra tuya bastaría pero se equivocó y lo hizo inútilmente. Los errores consisten en hallar un camino que no conduce a nada. Confiar en que los ojos tienen brillo de huellas verdaderas. Esperar que el calor de las miradas tengan razón de ser pese a la noche. Pero si la mentira se abre paso, si la mentira huelga sus razones, si la mentira existe, si la mentira brilla, si la mentira avanza...entonces las palabras se congelan, se pierden, se marchitan, se acobardan, se adueñan del silencio, se terminan, se acaban, se mueren. En soledad se mueren las palabras. En soledad se marchita el silencio. 

Una mano invisible la aprisiona. Envuelve el corazón, no deja que respire. La angustia vuelve a recordar que existe, que es, que no se ha ido, que volverá sin duda. Y la risa se agota y se convierte en agua. Y una mueca sin vida, un gesto abandonado, la desidia terrible de quien no ama ni siente, de quien busca en los otros los afanes que añora, que no posee, ni vive, esa fugaz, funesta, peligrosa aventura, se convierte en un lobo que araña los sentidos y que traslada al sueño la vergüenza de doblegar lo puro.

Pero la tarde traerá nuevos sonidos. La esperanza nacerá de nuevo. Y aquellos que mintieron amanecerán solos. Sin resguardo, ni besos en el aire, ni besísimos llenos de ternura, sin colores, sin nada. Condenados. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Una invasión salada


(Gustav Klimt)

Llegan sin avisar. No las esperas. Tampoco te hace ilusión su llegada. Es un incordio a veces. Casi siempre. Te rodean y te cansan y te vencen. Son saladas y húmedas. Te cubren enseguida la cara. Tu rostro se convierte en un camino a surcos. Se marcha el maquillaje, se marcha la sonrisa, se va todo. 

Si estás en un lugar inopinado, entonces te llenas de vergüenza. Lo ocultas, disimulas, las gafas son para eso un aliado. Pero incluso si fueras con la cara lavada, al descubierto, encontrarías que nadie lo percibe. Nadie ve cuando lloras. Las lágrimas son entes invisibles de un dolor no narrado. Son huellas, los testigos que anuncian que tu corazón vive en un silencio pavoroso que arde. 

Tú sabes por qué lloras. No te engañas. Puedes hacerlo con el mundo entero, pero nunca contigo. Los engaños no sirven. Duelen tanto como asir las verdades pero te dejan dentro una huella de hastío que no puede borrarse sino con claridades de cualquier primavera. 

Y no puedes huir. Eso también lo sabes. Han de llegar sin hora y sin medida. Quedarse en ti, arrasando, la débil resistencia convertida en renuncia. Te vencen, ya lo sabes. Y sabes por qué vienen. Y sabes por quién lloras. Y sabes que será un llanto baldío, que él convertirá en literatura. 


miércoles, 19 de octubre de 2016

En el jardín


(Impresionismo americano)

No todo fue tristeza. Nadie soporta la tristeza mucho tiempo. Por eso fue tan doloroso. Teníamos las palabras. Y teníamos las risas. Oírle reír era una gigantesca punzada de optimismo. Reía de una forma especial, con ganas, desde dentro. No impostaba la risa. El tiempo de reírse era el único que parecía verdad. Yo quería hacerle reír a toda costa por eso sufrí tanto cuando me convertí en un problema. Todas las mujeres de su vida nos hemos acabado convirtiendo en problemas. Las del pasado y las que vendrán.

Pero su risa, ay su risa. Conquistaba el espacio. Era limpia y producía el efecto de una catarata de agua en el desierto. A través del teléfono reía con ganas y transmitía un halo de complicidad imposible de evitar. Y, cuando estaba frente a mí, esa mirada, durante el acto de la risa, tenía una fuerza tal que todavía la mantengo en mis ojos. La veo siempre. Está ahí. No se marcha, ni se oculta, ni se escapa. Lo veo reírse y entonces muero.

No todo fue tristeza. Leíamos versos de los poetas que amábamos. Pronunciábamos con cuidado palabras. Las palabras eran nuestro territorio, el lugar en el que nos sentíamos seguros. Me gustaba cantarle. Al otro lado del teléfono mi voz siempre le sonaba a copla. Yo era entonces una cantante antigua que desgranaba amores perdidos, sufrimientos, quejas…Todo lo que un día llegaría a ser, aunque entonces yo no lo sabía.

Me gustaba leerle textos y oír mi voz mientras su oído estaba atento y a veces me comentaba cosas de mi acento que le hacían sonreír. Su sonrisa…ay, esa sonrisa presta a todo. Me llegaba tan dentro que dudaba de mí misma, de lo que era y de lo que había sido antes de conocerlo. Cómo pude vivir sin su sonrisa…cómo puedo vivir ahora. 


domingo, 16 de octubre de 2016

"Elle" de Paul Verhoeven, con Isabelle Huppert


Isabelle Huppert es una actriz excepcional. Su fragilidad aparente esconde una fortaleza sin límites. En este papel esa dualidad es fundamental. Michelle ha sido una niña traumatizada por su condición de hija de un asesino múltiple. Esa circunstancia ha marcado la vida de la familia. Mientras ella triunfa como empresaria de creación de videojuegos, su matrimonio fracasa y su hijo es un absoluto inútil con problemas mentales. Por su parte, la madre de Michelle ha perdido todo contacto con la realidad y vive entre el botox y los gigolós. En esa tormenta estallan otras, que la cubren de pleno y que solo pueden entenderse a la luz de su propia existencia. Pero es capaz de seguir, de arreglarse el pelo, ponerse los zapatos de tacón, maquillarse y volver a la lucha. Es esa sensación de resistencia a la derrota la que te mantiene atenta a la pantalla. 

Si vas al cine con amigas tendrás luego la oportunidad de hablar de lo que viste. Esto es algo impagable. Las cinco mujeres que, tras la proyección, nos sentamos a comentar nuestras impresiones, teníamos cada una un punto de partida diferente. Cada uno de nosotras había visto algo que las otras no percibían. Mirábamos a la Huppert y nos veíamos a nosotras mismas en determinados momentos. Ese ligue insustancial que deja de interesarte; ese hijo que está a punto de saltarse las normas; ese ex marido absolutamente perdido y sin anclajes que te necesita; esos compañeros de trabajo que exhiben una misoginia escandalosa; tu pasado, al que no puedes renunciar; tus padres, que están ahí, al fondo de tu biografía. 

Quizá ninguna reconoció en esos ratos la huella de lo que somos. Porque es una película y porque Verhoeven ha cargado las tintas en el argumento y en los personajes. Pero están los matices. Está eso que no se puede ocultar aunque uno lo intente. Están los pequeños sentimientos, las emociones diseminadas que no resisten la contemplación sin que hagas una introspección necesaria. Es una película en que las mujeres se dan cuenta de todo y en la que los hombres se dejan arrastrar sin mirarlas a los ojos detenidamente. No las conocen y por eso no las aman. Es una situación cotidiana en la que los hombres no aman a las mujeres. 

Cuando eso ocurre, las mujeres efervescentes, que calzan tacones finos, medias negras y que llevan vestidos escotados y oscuros, las que se peinan cuidadosamente rubias, las que sonríen con una burbujeante copa de champán en la mano y hacen ostentación de lo que son y lo que tienen, esas mujeres no repararán en el vacío de las miradas. Son esas otras, las invisibles, las que callan, las que son utilizadas sin desearlo, las que tienen que luchar por sí solas porque no las sostiene mano alguna, las que duermen solas sin cruzar la línea divisoria de la cama de uno cincuenta metros. Son esas otras las que advierten el truco, la tramoya, el gesto cruel del hombre que no ha tenido ningún reparo en seguir los dictados de su temperatura y de su necesidad puntual. Hombres que no están hechos para amar. Mujeres que no necesitan ser amadas sino ser exhibidas. Mujeres que aman y que están ocultas a la luz de los focos. Todo eso es "Elle" y es Huppert. Y a ver si le dan el Oscar, que sería lo justo. 


"Querida Jane, querida Charlotte", Espido Freire


El libro aparece pulcramente ordenado en una de las estanterías acrisoladas de la casa. Es una mañana luminosa en la que el otoño se ha retraído y el sol quiere recordarnos que existe, que todavía no se batido en retirada. El campo se ha abierto en amapolas y margaritas silvestres y las plantas del jardín mantienen su tersura, quizá porque hace pocos días una tromba de agua las ha santificado. Está el libro junto a otros que hace tiempo no leo y se me viene a los ojos y a las manos. Así, como si fuera una señal, un aviso, como si ese fuera el libro que hoy debo hojear y aún recordar. 

La contraportada es blanca y en ella sobresalen, con tamaño de miope, las letras negras que explican el argumento. Debajo, a la derecha, sobre el código de barras, aparece una etiqueta naranja fosforescente que está escrita a mano. El precio de venta (16,90 euros) y la fecha en la que se etiquetó, el 17 de febrero de 2004, justamente un día antes de que mi vida cambiara para siempre. Aunque yo no compré el libro hasta el mes de abril esa fecha es tan llamativa, dice tantas cosas, que no comprendo como no reparé en ella antes. Podía imaginarme lo que yo haría ese día 17, en vísperas del 18, porque no lo recuerdo. Nada de lo que hice podía traslucir tampoco que todo el mundo que había construido en torno a mi iba a cambiar tan radicalmente. 


Espido Freire se planteó como un enigma la vida de las hermanas Brontë y de Jane Austen. No es lo mismo, querida, le diría si pudiera. Es verdad que todo el mundo las relaciona pero también lo es que basta con leer sus obras para entender que son el agua y el aceite. El mundo atormentado de las Brontë en el que la literatura era un elemento marginal y extraordinario, no tiene nada que ver con la vida y la obra de Jane Austen, profesional de la escritura hasta donde era posible serlo, apacible, dueña de su vida y llena de ironía y perspicacia. No debería notárseme mi predilección por ella frente a las hermanas, pero, si se nota, es verdad. 

Por esa diferencia, precisamente, la estructura del libro no ofrece paralelismos en ambas partes. La dedicada a las hermanas Brontë se detiene en los elementos de su vida cotidiana y en la vida de las chicas propiamente dicha. Surge, emana, emerge, a veces, un libro de ella. La dedicada a Jane Austen se estructura en torno a cada uno de sus libros, como no puede ser de otra manera. Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Emma, La Abadía de Northanger y Persuasión, Mansfield Park, Sanditon...La autora justifica su periplo asignando un libro a cada ciudad o entorno geográfico en los que vive Jane, pero ya sabemos que esto no es exacto ni responde a la realidad. Es un recurso literario sin más y olvida los años en los que no pudo escribir ni una línea (correspondientes a Bath, precisamente). 

En todo caso, el análisis en clave biográfico no casa con la obra austeniana. La literatura es algo más. Sin embargo, resulta agradable este recorrido que cualquiera que haya leído estos libros querría hacer, aunque sus conclusiones fueran diferentes. El placer, desde luego, sería el mismo. Y todos los austenianos sabemos que el placer es un elemento esencial de la vida y, por tanto, del arte.