sábado, 24 de junio de 2017

Impaciente alegría


Se diría que es la juventud el momento caótico de la risa, el tiempo de los ojos entrecerrados a la espera del estallido. Pero entonces el hombre está perfectamente ocupado en sufrirse a sí mismo, en detestar a sus padres y en poner de manifiesto lo malo que le adorna. Así que los niños y los adolescentes viven en perpetua mutación de posturas, hoy me aguanto, hoy no me soporto, mañana quiero que desaparezcas de mi vista. Se habla entonces de la muerte como si fuera un agradable estado desde el que uno contempla la vida de los otros, incluso con un deje fantasmal pero positivo, lindo y revestido de un perfumen ensordecedor muy lejano del llanto. No dura demasiado el olor de la rosa porque, superados los quince, el tiempo se acelera y se va acercando inexorable al momento de la juventud inconclusa, al sitio en el que no sabes situarte porque lo que debía haber llegado no llegó y lo que viene, no se le espera. 

Se pasa uno la vida esperando que algo ocurra. El advenimiento de la felicidad siempre parece pronto a producirse. Pero llegan los treinta y entonces hay una cierta frescura que ha ido desapareciendo sin que lo percibas y las horas se alían para convertirse en segundos y los segundos son gotas frescas de la mejor lluvia. Tendrás que caminar muy deprisa, piensas, esto se agota. Más pronto que tarde llega la madurez y esta es antesala del final y el final, sin apelación, termina llegando. La risa que te acompañaba apenas cuando tus ojos infantiles miraban el mundo, ahora se hace franca, más que nada por la absurda manía de esperar lo que no existe y porque el teatro de la vida te hace cosquillas en cualquier parte de tu cuerpo. Tienes un cuerpo. Y lo sabes. 

Pagado el peaje de las uniones felices, deshechas las camas, abiertos de par en par los besos, entonces los hijos te recuerdan que fuiste, que tienes detrás de ti tanto bagaje como les queda a ellos y que si no reíste has perdido ya el tren y la estación está cerrada por reformas. Entrados en el tiempo de las horas más lentas, de las horas más plácidas, de las horas más turbias, se elevará ante el llanto una promesa, la de vivir la impaciente alegría de buscar motivos incluso en el silencio más rotundo. La risa tendrá el mayor espacio y cuando llega el mejor recibimiento. Porque al fin es todo lo que tienes. 

miércoles, 21 de junio de 2017

"Lo que dijo Harriet" de Beryl Bainbridge

La chica y Harriet rozan la línea del juego peligroso en ese verano de los trece y catorce años en los que sus padres están alerta porque ellas pasan demasiado tiempo lejos de casa, haciendo no se sabe qué. Escriben en una especie de diario lo que hacen pero no la sencilla vida cotidiana y las cosas de adolescentes sino lo prohibido, lo que nunca nadie podría leer. 

Harriet tiene catorce años pero la suficiente fuerza como para detener la ira de su padre y convertir toda la historia en una tragedia sin control. Cosas de niñas que terminan siendo desgraciadas incursiones en el terreno de la maldad más ridícula. 

No es amor lo que se descubre ese verano, no es la plenitud de los ojos en los ojos ni el roce de las manos. Es más bien el hastío, las relaciones matrimoniales que cansan, las mujeres que estorban, los hombres viejos de mirada lasciva, las niñas que obedecen, las niñas que dictan...

Los niños son crueles y no lanzan sobre los demás esa compasión que podría hacerles entender. Para estas niñas, sus enemigos son los padres que les ordenan normas que no quieren obedecer, o la gente del pueblo de veraneo con la que se cruza cada día y que va contando chismes a la familia, o la esposa del hombre mayor con el que la chica sin nombre, la narradora, va enhebrando una extraña relación que Harriet observa quizá con envidia. Un hecho que no debería haber ocurrido desata la reacción airada de Harriet, la culpabilidad de la amiga y, por fin, el crimen. La tragedia se consuma y las personas mayores se quedarán inermes mientras ellas volverán por aquí el próximo verano. 

Sorprende o quizá no la mirada desprovista de lástima que las niñas dirigen al mundo que les rodea, a su propia familia, a sí mismas. Deseosas de que los ritos de iniciación a la juventud lleguen, no saben calibrar el paso del tiempo y la espera se convierte en odiosa. Se sienten desprendidas del ritmo natural de la vida y por eso se apresuran sin entender que todo cambio tiene su tiempo, su ciclo y su medida. La moral, la ética, el bien y el mal, se marchan al cubo de la basura y cada una de ellas representa una cara de la moneda que rueda sin destino y que mancha la existencia de los demás sin pagar un precio por ello. Todos están en peligro mientras ese diario siga escribiéndose. 


Esta es la primera novela de Beryl Bainbridge (Liverpool, 1932- Londres, 2010) y fue escrita en los años sesenta. Sin embargo, entonces se consideró demasiado desagradable, demasiado fuerte para publicarse porque el tema es escabroso aunque esté lleno de elipsis narrativas que dejan, sin embargo, clara constancia de lo que ocurre. 

La autora, de quien extractamos la reseña de Impedimenta, fue considerada, tras su publicación, una voz de calado en la literatura en lengua inglesa, aunque su vida fue irregular y llena de convulsiones. 

En 1954 se casó con el pintor Austin Davies, que sería profesor de Arte de John Lennon. Tuvieron dos hijos, pero acabarían divorciándose, y Beryl Bainbridge tendría una tercera hija con el novelista Alan Sharp. En 1958 intentó suicidarse metiendo la cabeza en el horno de gas. Según sus propias palabras: «Cuando una es joven tiene esos altibajos». Empezó a trabajar como actriz, y en 1961 apareció en un capítulo de la serie Coronation Street, donde interpretaba a una activista que luchaba contra la apertura de nuevas centrales nucleares. Fue por entonces cuando empezó a dedicarse a la literatura, en principio como simple entretenimiento. 

Sus primeras novelas fueron muy bien recibidas y tuvieron gran éxito entre los lectores, pero ella no obtuvo grandes ingresos derivados de sus ventas. Su primera obra, Lo que dijo Harriet, fue escrita en 1967. No obstante, no vería la luz hasta 1972, pues muchos editores la rechazaron por considerarla inmoral. Uno de ellos llegó incluso a afirmar que las protagonistas eran «increíblemente repulsivas». En 1974 ganó el Guardian Book Prize por La excursión, y en dos ocasiones se alzó con el Premio Whitbread: en 1977 por La cena de los infieles, y en 1996 por Sálvese quien pueda. En 1998 recibiría el James Tait Black Memorial de ficción por Master Georgie, obra que sería merecedora en 1999 de dos premios más, el Commonwealth Writers Prize y el WH Smith Literary Award. En 2000 fue distinguida con el título de Dama del Imperio Británico (DBE), concedido por la reina Isabel II. En 2003 recibió el premio David Cohen de Literatura, y en 2008 The Times la incluyó en la lista de «Los 50 escritores más importantes desde 1945».  

La traductora del libro es Alicia Frieyro Gutiérrez (Madrid, 1969).  Tras dedicarse durante muchos años a la traducción de guías de viaje para el sello El País-Aguilar, dio el salto definitivo a la traducción literaria de la mano de Alfaguara Infantil y Juvenil. Desde entonces ha traducido a autores como John Steinbeck, Jim Dodge, H. P. Lovecraft, Sarah Mlynowski, Amy Chua o Tonya Hurley. 

martes, 20 de junio de 2017

"Todo lo que hay" de James Salter


Antonio Muñoz Molina no había leído a James Salter. En los días siguientes a su muerte, en 2015, se empapó de su obra y escribió que  libros como estos son los que uno da a conocer de inmediato a la persona querida urgiéndole a su lectura. Lo comparto. 

Conocí a James Salter hace algunos años, a través de una persona, ese boca a boca literario que es el más útil y perfecto. El contagio de la escritura, de los buenos libros. Me enamoré de su forma de escribir. Esplendorosa forma de hilar las palabras, de recrear los espacios mentales, de contar la vida. Cuando lo leí, creí entrever una dimensión nueva en la escritura, un camino sin recorrer. El libro fue "Todo lo que hay".  Es decir, comencé por el final, por su última obra, la que se escribió desde la total experiencia y con el anuncio cierto de su final. Confieso que su lectura me perturbó. Temas que se tratan desde un punto de vista diferente, o, quizá y sobre todo, propio. No hay reiteraciones ni hay lugares comunes. Simple y llanamente, inteligencia literaria, también inteligencia social. Preocupaciones. Búsquedas. Encuentros. Eso es Salter en estado puro. 

Las emociones y el placer de estar vivo representados en una narración deslumbrante, en una apabullante carretera que traza el camino desde la página uno hasta el final, sin respiro ni duda. Allí está todo lo que hay, desde luego.  Después de eso, en un rito ya conocido con respecto a otros autores, tuve que bucear en él para ¿conocerlo? hasta el fondo. Al menos hasta el fondo de su palabra escrita. Lo que queda es lo que está escrito, pensaba él. Creía en el valor de la escritura como testimonio, como testigo imparcial y único del paso por la vida. Incluso el sentimiento más profundo, la evidencia más clara, no existirían si no los convertimos en palabras. Leí sus cuentos. Intensos, contenidos, llenos de un especial sentido que traspasaba al papel su propia idea de lo que somos. Luego leí sus memorias. Reconocí en sus palabras un eco cierto y una afirmación segura sobre las cosas. La existencia y la literatura aunadas. 

Salter  tuvo una larga vida, noventa años. La aguda observación del exterior se complementa con la mirada hacia dentro, hacia sí mismo. Se observa como si no fuera necesario tener compasión, como si las veleidades, las dudas y los misterios humanos fueran todos una parte indisoluble de la propia existencia.

En "Todo lo que hay", el mundo editorial y el periodístico, que tan bien conocía el autor, se retratan sin piedad, pero, al tiempo, sin acritud, sencillamente. Su disección es literaria pero también vivencial, ambiental podíamos decir. Había sufrido desde siempre el desprecio de sus colegas escritores, esa clase de displicencia que rechaza lo que es distinto y lo que se presume valioso. Así funcionan estas cosas. 

Pero Salter era, además, un soldado. Como Cervantes, decía él. Admiraba al autor del Quijote con la veneración de quien sabe quiénes son los maestros. Nacido en 1925 en la ciudad de Nueva York con el nombre real de James Horowitz, a los diecisiete años entró en la academia militar de West Point y durante doce años prestó servicio como piloto de guerra en las Fuerzas Aéreas estadounidenses, participando en más de cien acciones de combate en Corea. Un hombre de acción y un hombre de letras. Esa experiencia se trasladó a sus primeras obras, entre ellas "Pilotos de caza" escrita en 1956 y llevada al cine con el papel protagonista de Robert Mitchum. 

No fue un escritor prolífico (se ocupó de vivir y no solamente de escribir) ni tampoco regular o sistemático. Ni popular. Perdió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2014 a manos de John Banville, aunque siempre pensé que lo debería haber ganado él. Pero pocos escritores pueden igualar sus cuentos que se recogieron en dos colecciones "Anochecer" de 1988  "La última noche" de 2005.  Para mí, los cuentos de Dashiell Hammett y los de  James Salter son la cumbre del género, junto con Chéjov. Asimismo, su libro de memorias es de lectura obligada ("Quemar los días, 1997").

La fama llamó a su puerta cuando ya tenia 87 años a raíz de la publicación de "Todo lo que hay", su primera novela en 35 años. Al final de su vida tuvo, pues, una pizca de reconocimiento popular y algunos premios de los muchos que su talento merecía desde siempre. 

Leyéndolo, he tenido la sensación cierta de que vivió hasta apurar el último sorbo y que, lejos de ser un escritor enjaulado en las palabras, era un hombre libre. 

James Salter falleció el 19 de junio de 2015 en Nueva York. 

domingo, 18 de junio de 2017

"Flores para la señora Harris" de Paul Gallico



Si eres una señora de la limpieza inglesa y dedicas tres años de tu vida a ahorrar libra a libra para comprarte un vestido en Chez Dior...es que tu mente es extraordinaria y tu personalidad única. Eso es lo que hace la señora Harris, viuda y en la sesentena. Las señoras de la limpieza inglesas son diferentes a todas las del orbe, son una especie de raza aparte, pero no esperaba tanta convicción, tanto deseo concentrado y tanta ilusión en un objetivo. Si fuera una ejecutiva de ventas, sería la ejecutiva del año. 

Se trata de eso, sin duda, de querer algo con todas tus fuerzas. Así lo siente la señora Harris desde el día en que ve en el armario de una de sus clientas, la señora Dant, dos vestidos de la casa Dior que la dejan absolutamente prendada. Puede una enamorarse de un hombre (debe una enamorarse de un hombre) y también de un objeto, por ejemplo, por qué no, de un vestido. Así que Harris (llamémosla así, apeando el tratamiento) se dedica a juntar una libra tras otra y utiliza para ello cosas tan dispares y algunas tan alejadas de su forma de ser como juegos de azar, carreras de galgos y, lo peor de todo,  restricción absoluta de pequeños lujos, incluido el té de las cinco con su compañera de trabajo, la señora Butterfield. Lo que hoy se llamaría un plan de recorte de gastos. 

Por fin, su sueño se hace realidad y marcha a París, sin saber una palabra de francés, en un avión que la deberá traer de vuelta la misma noche, con la intención de comprarse su vestido y regresar de inmediato a su vida de señora de la limpieza. Aunque, eso sí, con sueño cumplido. Ella sabe que nunca tendrá ocasión de lucir ese vestido, pero lo dejará colgado en su armario y eso será suficiente.

París contempla a Harris ataviada con un gastado abrigo marrón y un sombrero de paja, verde y nuevo. Si vas a la calle con un sombrero de paja que lleva una rosa rosa colgada en la parte delantera, es que tu manera de ser es inusual. Así es ella. Se planta en Chez Dior, entra por la puerta de las ricas y se las ingenia para ver el desfile de la colección esa misma tarde y sentada en primera fila. 

Madame Colbert, la encargada, verá reflejada en la determinación de Harris el empuje que a ella le falta para ayudar a su marido a mejorar profesionalmente. El joven contable, Fauvel, la inspiración para dar el paso que lo una a su amor platónico, la bella modelo Natasha. Por su parte, la modelo, entenderá que la vida cotidiana junto a un hombre enamorado, en una casita bellamente arreglada, es más de lo que ella ansía. Y así todo. 


Paul Gallico. Flores para la señora Harris. Editorial Alba, colección Rara Avis. 2015. 

Referencia del autor (Editorial Alba): 

De ascendencia italiana y austriaca, Paul Gallico nació en Nueva York en 1897. Se licenció por la Universidad de Columbia y empezó a trabajar como periodista deportivo para The New York Daily News. A finales de la década de 1930, decidió abandonar el periodismo deportivo y empezó a escribir relatos breves para varias revistas. Una de sus novelas infantiles más conocidas, El ganso de nieve (1941), así como algunas otras, tuvieron su origen en esos relatos cortos. Otros títulos que le hicieron célebre fueron The Adventures of Hiram Holliday (1939) o el relato The Man Who Hated People (1950), que se convirtió en un libro llamado Love of Seven Dolls (1954) y dio lugar a la película Lili (1953) y al musical Carnival! (1961).


Flores para la señora Harris(1958) tuvo tal éxito que, en las décadas siguientes, la seguirían tres secuelas (Mrs Harris Goes to New York en 1960, Mrs Harris, M.P. en 1965 y Mrs Harris Goes to Moscow en 1974). En 1969 publicaría La aventura del Poseidón, también conocida por su adaptación al cine en 1972. A lo largo de su extensa y prolífica carrera combinó la literatura infantil con la adulta, a veces eliminando los límites entre ambos géneros. Thomasina: The Cat Who Thought She Was God (1957) o Manxmouse (1968) son otras de sus obras infantiles más conocidas. Murió en Mónaco en 1976.

sábado, 17 de junio de 2017

Lorca, residente


(De izquierda a derecha Pepín Bello, Lorca, Juan Centeno y Louis Eaton-Daniel en la Residencia. Fotografía de 1924. Archivo de la R. E.)

Aunque ahora nos parezca un sueño los primeros treinta y tantos años del siglo XX fueron un parnaso de sabiduría, inteligencia y arte, a pesar de que el país era casi analfabeto y que la universidad era un reducto para determinada clase social. Pero la cantidad y calidad de los artistas que ejercieron su talento en esos años ha hecho que se denomine Edad de Plata y casi de oro podríamos decir sin exagerar. Uno de esos artistas, el paradigma en muchos sentidos, es Federico García Lorca, a quien la definición de artista cuadra más que la de poeta o la de escritor, por cuanto era dramaturgo, arreglista y compositor de canciones, pintor, pianista y, por supuesto, poeta sensible y elevado. 

Hablar de la vida de Lorca en Granada es hacerlo de su casa familiar, la Huerta de San Vicente, donde pasaba los veranos y hacía vida de charla y visilleo. Pero, si nos referimos a Madrid, entonces Lorca es residente, pues allí, en la Residencia de Estudiantes, pasó diez años viviendo y otros cuántos como visitante asiduo y colaborador eminente. Esta institución había sido fundada, con los auspicios y el impulso de la Junta para la Ampliación de Estudios y de la Institución Libre de Enseñanza, ambos organismos imbuidos de europeísmo y del aire ilustrado que venía de Francisco Giner de los Ríos, de quien fue discípulo el primer director de la Residencia, el malagueño Alberto Jiménez Fraud. 


(Uno de los pabellones de la Residencia de Estudiantes en la actualidad)

Primero en un hotelito de la calle Fortuny, en el número 14 y desde 1915 en la llamada Colina de los Chopos, la Residencia se convirtió en poco tiempo en foco del saber, encuentro de mentalidades modernas, escenario de actividades de gran potencia intelectual y, en suma, referencia de la España culta de entonces. Por allí pasaron, bien como residentes o como conferenciantes y asiduos, personajes de la talla de Juan Ramón, Falla, Unamuno, Salinas, Ortega y Gasset, Severo Ochoa, Alberti, Dalí, Buñuel, Moreno Villa, Stravinsky, Le Corbusier, Einstein o Marie Curie. Además de otros que han pasado a la historia por haber alentado, animado y propiciado estos proyectos en los que el genio era patente. Caso por ejemplo de Pepín Bello, cuyas memorias publicadas hace unos años dan fe de esa efervescencia luminosa de la que fue privilegiado testigo. 

En fecha aún no determinada el legado lorquiano que la Residencia atesora (cartas, manuscritos, dibujos, composiciones, fotografías, cuadros, etc. ) pasará en su mayoría a formar parte del Centro Lorca que se está preparando en el corazón de la ciudad de Granada, junto a la Catedral, pero antes de que esa marcha se produzca habrá ocasión de contemplar el espacio Lorca en la Residencia de una forma estructurada y con criterios expositivos. Así se ha creado la muestra "Una habitación propia. Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes, 1919/1936" cuyo comisario es el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Granada Andrés Soria Olmedo. 


(Louis Eaton-Daniel, Juan Centeno, Lorca, Emilio Prados y Pepín Bello. 1924. Foto tomada en la Residencia y perteneciente al Archivo de la Fundación Federico García Lorca) 

En la Residencia de Estudiantes, donde vivió desde 1919 a 1928 y que siguió frecuentando hasta su muerte, Lorca encontró la libertad que no tenía en Granada. Su desbordante imaginación, su creatividad, hallaron la correspondencia en otros espíritus libres, en otras personas con las que estableció lazos de afinidad y de amistad que fueron, seguramente, los más ciertos de su vida. Lorca confesaría en algún momento que su vida en Granada estaba atada a convenciones y a normas que no iban de acuerdo con lo que pensaba y necesitaba. Aún hoy, cuando se está preparando el Centro que lleva su nombre y que administra la Fundación Federico García Lorca que preside Laura García-Lorca, me pregunto qué decidiría el poeta si pudiera elegir: la alegre y bulliciosa vida cultural de Madrid, centrada en el viejo edificio de la Residencia, o la provinciana y familiar Granada. Creo que tengo la respuesta pero no es ese el motivo de esta reseña. 

viernes, 16 de junio de 2017

"Milena" de Margarete Buber-Neumann

Imposible decir si en los dos breves encuentros de Frank Kafka y Milena estalló el aleteo que distingue la atracción entre hombres y mujeres. Sus cartas parecen indicar que entre ellos había un lazo más fuerte que la propia contingencia de la vida, pero también nos dicen que ninguno de los dos supo luchar por lo que amaban, o no lograron saber lo que querían o no pudieron huir de ellos mismos. 

Aunque Milena Jesenská ha pasado a la historia de la literatura como el amor de Kafka, sabemos que fue mucho más y que su existencia individual bien podía valer para que fuera recordada. Milena es una de esas personas que no pasa por el mundo sin dejar huella, antes al contrario. 

Esta reedición que Tusquets lanza en 2017 ya había visto la luz y recoge el encuentro de la autora con Milena, ambas presas en el campo de concentración de  Ravensbrück donde moriría esta última en el año 1944. Margarete y Milena formaban parte de las presas políticas y ambas habían llegado ya a la conclusión a esas alturas de su vida, que el nazismo y el estalinismo no eran sino dos caras de una misma moneda, la que significaba opresión, aplastamiento de las libertades, renuncia a los derechos humanos y seguidismo de doctrinas totalitarias. Cuando ambas se conocen, Margarete, que estaba en el campo antes que Milena y que ya había conocido otro en Rusia, recibe un chorro de agua limpia, una luz que puede iluminarla, tal es la personalidad de Milena, su manera de entregarse a la amistad y la claridad de su inteligencia poderosa. Es así que se hacen amigas y por eso, y porque Margarete conocerá de primera mano las ideas, los pensamientos y la historia de Milena, por lo que a la muerte de esta cumplirá con su encargo de escribir sobre ella y contar quién era, para que todo el mundo lo conozca y su recuerdo no se pierda en el marasmo de muertes en que se había convertido Europa en esos años. 

Milena había nacido en una buena familia, con una madre que murió muy pronto y un padre autoritario y déspota que ingresó a su hija en un manicomio cuando supo que quería casarse con un escritor austríaco de origen judío, Ernst Polak. El empecinamiento de ella no cesó y fue mala suerte. Su marido nunca la respetó y ella soportó verlo continuamente con amantes que incluso llevaba a su casa. En los años finales de este matrimonio desgraciado, ella contactó con Kafka y se ofreció a traducirlo, algo que él aceptó y que dio comienzo a su epistolario. Cartas luminosas pero también llenas de desgraciados matices, los que ponía el autor de La Metamorfosis por sus muchos problemas emocionales, su incapacidad de ser feliz y de entregarse al amor. 

Su segundo matrimonio con el arquitecto checo Jaromir Krejcar llevó a Milena a conocer de cerca la URSS y desengañarse totalmente del régimen comunista que denunció en múltiples ocasiones. En 1939 fue detenida por la Gestapo y llegó al campo donde encontró a Margarete. La personalidad atrayente y llena de ingenio, fortaleza y vigor de Milena impresionó a aquella y se hacen inseparables. También Margarete había tenido la experiencia de conocer de cerca lo que era el comunismo y también ella y su marido se desengañaron. Marido que, por cierto, estaba desaparecido en los años en los que coincidieron Milena y Margarete. 

El relato de este tiempo compartido resulta emocionante. Quizá ambas tenían conciencia de que su vida pendía de un hilo. Milena estaba muy enferma cuando llegó pero esto no le impedía interesarse por las demás. Tenía muy arraigado el instinto periodístico, una gran cultura y un gran deseo de conocer. Así fue una atenta oyente de las peripecias que había vivido Margarete y le preguntó su opinión acerca de muchos asuntos de la terrible actualidad que vivían. También era capaz de contar las cosas con enorme lucidez y no le daba importancia a sus dolores o a su situación personal, su enfermedad y su debilidad. Las dos crearon lazos indestructibles y eso se refleja en esta obra que, en su título original, escrito en 1967, se llamó "Milena, la amiga de Kafka" pero que ahora, en esta edición, Tusquets ha reducido llamándolo simplemente Milena. Nada más y nada menos. 

Milena. Margarete Buber-Neumann. Colección Andanzas. Tusquets Editores. 2017. 

jueves, 15 de junio de 2017

"El tiempo entre costuras" de María Dueñas


(La portada del libro de María Dueñas es una imagen del pintor Vettriano)


La joven Sira Quiroga es la humilde hija de una modista en el Madrid anterior a la guerra civil. Ayuda a su madre que cose en el taller de Doña Manuela, cuya clientela es de lo mejorcito de la capital. A punto de casarse con Ignacio, su novio, un joven formal y que la quiere mucho, conoce a un sinvergüenza sin paliativos que la engatusa y con el que se marcha de España. Este tipo, Ramiro, la conduce por una senda de saraos y de lujos que sostienen con el dinero y las joyas que el padre verdadero de Sira, un acaudalado empresario llamado Gonzalo, que tiene otros dos hijos de su matrimonio legítimo, le ha dado a Sira como compensación a no haberla reconocido como hija. 

Sira y Ramiro se marchan al norte de África, al Protectorado de Marruecos, que era una zona muy frecuentada por los españoles. En Tánger se queda embarazada, Ramiro desaparece con todo el dinero y las joyas y ella se marcha a Tetuán a intentar rehacer su vida. Tras perder a su hijo, el comisario D. Claudio Vázquez estará pendiente de ella en Tetuán para que no se desmande y no se escape sin pagar la deuda que tiene con el hotel de Tánger en el que se hospedaban ella y Ramiro


(Sira Quiroga y Rosalinda Fox)

En Tetuán tiene la suerte de hacer varias amistades que serán eternas y que la ayudarán enormemente: la dueña de una pensión, La Matutera, donde vivirá bien atendida; Yamila, la joven criada árabe que la servirá; su vecino, el pintor y profesor de pintura, Félix, un gay de mucho estilo y simpatía y, por fin, la que llegará a ser su entrañable amiga Rosalinda Fox, la amante, nada más y nada menos, que del Alto Comisario, el coronel Juan Luis Beigbeder. 


(Sira Quiroga y Marcus Logan)

Todas estas personas forman parte del telón de fondo de la historia. En ella aparecerá también un periodista inglés, Marcus Logan, del que ella se enamorará y con el que seguirá corriendo aventuras, no solo en Tetuán, sino en Madrid, adonde volverá cuando el final de la guerra civil haga posible el regreso. En Tetuán quedará su madre, encargándose del taller de costura, floreciente ya y con muchas clientas. En Madrid, ella adoptará una nueva personalidad, la de la modista de alta costura Aris Agoriuq, que trabajará como espía para los ingleses con el fin de conocer los movimientos del régimen y su relación con los alemanes, ya que estamos en plena Segunda Guerra Mundial. 


(Manuel Da Silva y Sira Quiroga)

Después de unos avatares políticos que la llevarán a Portugal, donde trabará relación con el peligroso empresario textil, aliado de los alemanes, Manuel Da Silva (que también se enamorará de ella, aunque a su manera), la historia acaba de nuevo en Madrid, asentada ella como espía de tomo y lomo y manteniendo su relación con Marcus Logan, aunque, ya se sabe, con futuro incierto, porque la vida de los espías es muy sacrificada. 

El libro fue un enorme éxito que convirtió a su autora, la profesora de la universidad de Murcia María Dueñas, en un referente de la literatura en los últimos años. La mezcla de personas reales con personajes inventados dio un resultado excelente. La época, el escenario, todo se conjuró para ese éxito. Bien escrito, cuenta una historia interesante que ha resistido su paso a la pantalla, pues se ha rodado una serie, rigurosa, muy bien ambientada e interpretada, con la supervisión de la propia autora en el guión. El argumento es el elemento principal y más fuerte del libro. Y quizá por eso, porque no es fácil hallar argumentos de tanto peso, el resto de la obra de la autora que ha ido publicando después ha pasado sin pena ni gloria. Sin embargo, este El tiempo entre costuras, merece la pena leerse para pasar buenos ratos, disfrutar con los personas y la intriga y para que la literatura nos enseñe también algunas cosas, como el ambiente bélico, la postguerra y el eco de la Segunda Guerra Mundial en España. 


(Juan Luis Beigbeder y Rosalinda Fox, ella vistiendo el falso Delfos que le ha confeccionado Sira)

Mención aparte merecen los vestidos, las descripciones de la tarea de modista, las pequeñas artimañas que usa, por medio de esa condición, para conseguir secretos y lograr sus fines. Encantador todo este aspecto del libro. Y lleno de posibilidades, como que las puntadas puedan hacerse siguiendo el alfabeto Morse para transmitir un mensaje cifrado. Los escenarios, el norte de África, Madrid, Lisboa, lugares de moda, fiestas, bailes, salones, cafés y teatros, todo ello realza el sentido de amor y lujo que tiene el libro en muchos aspectos. Y luego, el mensaje social, la vista sobre los vencidos y el triunfo del amor. 


(Sira Quiroga convertida en Aris Agoriuq)

Diecisiete años después de su publicación, en los primeros meses de 2010, todavía sigue interesando a los lectores esta historia de intriga, amor, luchas políticas, suplantaciones y deseos de sobrevivir. 

"Estío" de Edith Wharton


Todos los veranos, durante nuestra estancia en El Puerto de Santa María, vamos a Jerez, al Corte Inglés que hay en esta ciudad. Y, aunque parezca raro, existe en ese gran almacén una librería interesante. Puedes llegar y pedir libros no demasiado usuales, no solamente los best-sellers que se presentan en los carteles anunciadores o en los expositores de la entrada. En esta ocasión buscaba yo un libro de Impedimenta, del que ya os he hablado, La bailarina.

He aquí que el señor que me atendió en la librería me condujo, con cara de satisfacción, a un estante donde estaban, no solamente este libro, sino muchos de los publicados por Impedimenta. También aparecían allí otras editoriales menos usuales, entre ellas, Acantilado, que tiene cosas muy interesantes. Y, revolviendo por el estante, encontré algo que no buscaba y que ni siquiera sabía que existía pero que tuve que llevarme como quien se lleva un tesoro.

Se trata de un libro de la editorial Veintisieteletras, escrito por mi admirada Edith Wharton y titulado "Estío". Esta es la traducción al español, mucho más ajustada al sentido de "Summer" que la palabra "Verano". Un siglo exacto hace que se publicó en su versión original, justamente en el año 1917.

Este libro es fantástico, muy bonito en su diseño y con una historia tan bien escrita como todas las de esta autora, con personajes potentes y con esa forma de contar tan característica de Edith Wharton. De ella ha dicho Harold Bloom (de quien tengo pendiente de leer un libro que tiene mi hijo entre sus últimas compras):"Ninguna novelista norteamericana, de cualquier raza o ideología, puede compararse en eminencia estética a Edith Wharton".

Ella, norteamerica de Nueva York, nacida en 1862, fue una mujer de exquisita sensibilidad, muy independiente para su tiempo (y para el nuestro), que frecuentó los salones literarios de Francia, donde vivió y murió, pues era una amante total de Europa y de la cultura europea, de la forma en que algunos norteamericanos se dejan seducir por la civilización. Edith Wharton recibió en 1920 el Premio Pulitzer por su obra, ya comentada aqui y maravillosa (no dejes de leerla) "La edad de la inocencia" (ese seductor Newland Archer y esa misteriosa condesa Olenska...), siendo la primera mujer en lograr ese galardón.

"Estío" es un libro especial. La primera frase ya te impulsa a leerlo:

Una muchacha salió de la casa del abogado Royall, al final de la única calle de North Dormer, y se detuvo en el escalón de la puerta. Era el comienzo de una tarde de Junio.

A partir de aquí se desarrolla la acción. La protagonista de "Estío" es Charity Royal y, en torno a ella, un paisaje difícil en el que las vivencias y sentimientos parecen no tener demasiado lugar, empeñados como están todos en sobrevivir a la vida diaria. En los libros de Wharton hay una constante lucha entre el deber y el querer, entre las convenciones sociales y el impulso de las emociones y sentimientos. Por eso sus personajes son tremendamente humanos y representan lo más hondo de la naturaleza en lo que se refiere a conducta, deseos, sensaciones, búsquedas y renuncias. La condesa Olenska de "La edad de la inocencia" era una mujer de clase alta, subyugante, evocadora, llena de atractivo. Charity Royall es una chica normal, que vive una existencia anodina, pero que tiene la enorme capacidad de sentirse dueña de sus sueños y de no renunciar a ellos. La fortaleza de las mujeres, protagonistas de la mayoría de sus obras, es otro de los elementos clave de la obra de Edith Wharton, que era muy sensible al universo femenino.

En ese pequeño pueblo de las colinas de Berkshire, en Massachussets, se desarrolla la vida de la protagonista. Su tutor, el abogado Royal, la tiene en acogimiento, porque ella es hija de padres desconocidos y no conoce su origen. Cuando llega al pueblo un joven arquitecto, elegante y seductor, llamado Lucius Harney, ella siente que su hora del amor acaba de iniciarse. La sexualidad, la pasión, la vida de pareja, en suma. Su ingenuidad va pareja a su audacia y su aire conmovedor al desafío que plantea en la lucha por ser feliz.

Leer un libro de Edith Wharton es un placer inenarrable. No solo por su forma de escribir, limpia, sin aristas, pero, al tiempo, depurada, sensible y llena de matices, sino por la mirada que esboza y que lanza en sus libros, una mirada comprensiva, intuitiva y observadora. Nos hace sentirnos espectadores privilegiados de escenas, paisajes, personajes y encuentros que, de otro modo, no podríamos contemplar en toda nuestra vida. Imprescindible lectura, esta y el resto de sus libros.

Estío, Edith Wharton. Editorial veintisieteletras. Traducción de Diana Falcón Zás. Primera edición junio de 2011. Diseño de cubierta David Sueiro. Foto de cubierta: retrato de Evelyn Nesbit, Gertrude Kasebier. Título original Summers. 1917. 

"Un amor imposible" de Christine Angot

Rachel, Pierre y Christine forman un triángulo aparentemente sencillo pero que encierra muchas imperfecciones. Rachel es la muchacha de familia sencilla, con un padre ausente y una madre luchadora, que trabaja desde siempre como secretaria y que ansía una vida mejor. 

Pierre es un hombre de buena familia, algo inconsciente, algo tarambana, algo narcisista, bastante irresponsable, pero lleno de buenas intenciones aparentes. Un adolescente perpetuo que se guía de sus impulsos y de intereses personales más que de sentimientos. Ambos se enamoran aunque esta sería la primera gran duda. 

El amor de Rachel es evidente, el de Pierre dudoso. Si no hubiera esta duda no podría él haber optado por alejarse, tras el embarazo de ella, para casarse con una chica de buena familia y situación económica acomodada. 

A partir de ahí, la imagen de la portada representa la espera, la despedida y lo que llama siempre Rachel, la partida. Un adiós continuo aderezado de cartas porque Pierre es de los que nunca se alejan, de esas personas que tienen que mantener a la gente atada con lazos a su propia conveniencia y criterio. Lazos que nunca acaban de atarse pero que tampoco desaparecen. 

En un momento dado, Pierre conocerá a su hija. La relación especial que madre e hija mantienen se irá debilitando y un hecho atroz que acontece y que todos conocen en el círculo más íntimo, terminará por hundirla. El amor entre Pierre y Rachel se desvanece. El amor entre padres e hijos se cuestiona. El amor entre la hija y su madre se convierte en un infierno del que desprenderse. Siempre la pregunta, siempre el por qué. 

Christine Angot no busca atajos a la hora de escribir, a modo de autoficción, esta novela, no oculta que el verdadero problema entre su madre y ella es el incesto al que la sometió su padre y que su madre conocía sin mover un dedo. Todo el final del libro, cuando ya el padre es un enfermo de Alzheimer que no recuerda nada, Christine intentará explicarse cómo ocurrió todo aquello y por qué su madre lo consintió. Pero, al mismo tiempo, su esfuerzo por hallar una salida al dolor, por evitar el odio, dejará una puerta abierta a su madre, al entendimiento de su propia soledad y de su propio abandono. Ninguna de las dos hace, sin embargo, el juicio sumarísimo que merecería Pierre, su egoísmo absoluto, su falta de pudor, su ausencia de empatía y de compasión hacia los demás. Un hombre que no merecía la pena conocer ni amar, aunque ellas entonces no lo sabían y después fue demasiado tarde. 

Reseña de Anagrama sobre la autora: Christine Angot (nacida Pierrette Marie-Clotilde Schwartz en 1959) es autora de numerosas novelas y obras de teatro, que la han convertido en una escritora incontournable, indispensable y controvertida. Ha obtenido importantes premios como el France Culture o el Flore. Entre sus novelas destaca El incesto, que causó conmoción en 1999, pero fue en 2012, con Una semana de vacaciones (publicada por Anagrama), cuando se desató una gran polémica y ganó el Premio Sade. La autora rechazó ese galardón con las siguientes palabras: «La imagen de ese premio, corresponda o no a la obra del Marqués de Sade, está en contradicción total con el libro que he escrito.» La crítica la saludó entusiastamente: «Escalofriante» (Matías Néspolo, El Mundo); «Dueña de un estilo entrecortado y de una punzante tendencia a la repetición, le debe no poco a Céline. Las palabras de Angot dicen lo que las palabras esconden con un idioma que parece la transcripción sin tamiz de la oralidad sin eludir nada, desde lo más nimio a lo más aberrante» (Ángeles López, La Razón); «Una novela de una transparencia radical y una carnalidad que aplasta. Un relato existencial de hondo calado» (Jesús Ferrero, El País); «Angot imprime una vuelta de tuerca suplementaria a la impronta impúdica que tanto marca su imaginario femenino... Polémico y valiente... Se apropia sin pudor del falocrático lenguaje paterno para narrar, con asepsia ritual y pulcritud clínica, los momentos obscenos y las pausas triviales de una relación incestuosa» (Juan Francisco Ferré, Sur).


ISBN 978-84-339-7985-8
EAN 9788433979858
PVP SIN IVA 17,21 €
PVP CON IVA 17,90 €
NÚM. DE PÁGINAS 192
COLECCIÓN Panorama de narrativas
CÓDIGO PN 953
TRADUCCIÓN Rosa Alapont
PUBLICACIÓN 24/05/2017

"Siete cuentos japoneses" de Junichiro Tanizaki


Junichiro Tanizaki (Tokyo, 1886-Yugawara, 1965), es el autor de esta colección de siete cuentos que la editorial Atalanta ha rescatado. Sus obras se caracterizan por la confrontación entre lo tradicional y lo moderno, en primer lugar, algo que es muy usual en los escritores orientales. Y lo hace del mismo modo en que D. H. Lawrence contraponía en sus novelas y cuentos la civilización de la máquina y la tradición de la naturaleza, añadiéndole un elemento de pureza, de autenticidad, representado en el erotismo y la sensualidad. Las primeras influencias literarias de Tanizaki fueron Edgar Allan Poe y Oscar Wilde y eso puede observarse con claridad en el primer cuento que publicó, en el año 1910 y llamado El tatuador. Fue un observador de la vida que trasladaba aspectos de la suya propia a los libros, en la misma forma en que lo hacen todos los escritores. Así surgió Hay quien prefiere las ortigas, de 1929, en el que los conflictos matrimoniales, divorcio incluido, son un espejo de los suyos propios y que es considerada como su mejor obra. No falta en su narrativa la tradición estética japonesa más clásica, por ejemplo en novelas como Relato de un ciego, de 1931 y en Historia de Shunkin, de 1933. 

Ayuda a entender el sentido de la obra de Tanizaki y al propio autor el prólogo detallado y complejo que prologa esta edición y que está a cargo de Ednodio Quintero, escritor y japonólogo venezolano nacido en 1947 en Las Mesitas (Trujillo, Venezuela). Sutileza y fluidez son las dos condiciones que otorga a la narrativa de Tanizaki, siempre en el filo de la navaja entre lo ortodoxo y lo prohibido, explorando territorios que llegan más allá de la palabra en sí misma. Ninguno de los cuentos es lo que parece. En todos ellos la superficie es solamente el manto, lo que recubre la esencia y esa esencia es igual en todos los lugares del mundo, en todos los seres humanos. Eternos dilemas morales que se pueden encontrar en los parajes más alejados. Mucho más cerca entre sí los hombres que cercanos son los continentes o las culturas que ellos representan. 

El deseo es algo subversivo, la sensualidad es una condición de la existencia inimitable, la belleza aparece como un código con sus propias normas y, en suma, la constante dialéctica entre tradición y modernidad, son los pilares de la narración. Esos son los pilares de los cuentos que se incluyen en esta edición: El bufón, El espía alemán, Los dos novicios, En el camino, Los pies de Fumiko, Nostalgia de mi madre y Los techos rojos. 

La educación formal e informal que recibió Tanizaki aparece reflejada en su obra. Su familia, una de esas acomodadas que habitaban en Nihonbashi, el distrito comercial cercano a la bahía de Tokyo, era muy tradicional y tenía la curiosa circunstancia de poseer una imprenta en la que se imprimían los ukiyo-e, ilustraciones de escenas de la vida cotidiana muy apreciadas por el público. De esta infancia feliz pasó a una situación de necesidad económica que vivió plenamente en la universidad y entonces adquirió una existencia bohemia que terminó por llevarlo a la literatura. 

Era un gran lector, amante extremo de la belleza femenina y de su efecto en los hombres, lleno de preocupaciones éticas y de empatía hacia los hombres como víctimas, plagado de obsesiones eróticas, algunas de ellas destructivas. Pero avanzó desde ahí hasta crear una escritura barroca, reiterativa y analítica en la que se desmenuzaban sentimientos, emociones, pensamientos, ideas y conductas, todo en un mosaico fino y, a la vez, lleno de bravura estilística. Algunos de los personajes que inventó rozan la genialidad, como ese ingeniero de mediana edad locamente enamorado de una jovencísima y escandalosa chica, que responde al nombre de Joji y que aparece en su novela Naomi, de 1926, fecha considerada por los estudiosos como el inicio de la etapa más prolífica y perfecta de su trabajo. 

Junichiro Tanikazi. 
Siete cuentos japoneses.
Traducción de Ryukichi Terao.
Colaboración en la traducción y prólogo 
Ednodio Quintero.
Atalanta. Gerona, 2017


miércoles, 14 de junio de 2017

"Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos" de Margaret Wade Labarge


Hay un delicioso libro de Margaret Wade Labarge titulado "Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos", editado por Nerea en el que se cuenta cómo la clase adinerada de la Edad Media, lejos de permanecer estáticos en sus dominios, fueran estos los que fueran, viajaban con frecuencia, por motivos diversos: religiosos, militares, políticos, pero también por diversión, sed de conocimientos o de aventuras. Por supuesto, hay algunas cuestiones que diferencian con toda claridad este tipo de viajes y a este tipo de viajeros con respecto a lo que tenemos entre manos hoy día. Para empezar, solamente viajaban los ricos. Y, en segundo lugar, esos viajes se hacían en condiciones de comodidad cero desde nuestro punto de vista. He leído muchas veces la distinción que hacen algunos entre viajeros y turistas, algo que tiene matices, pero con la que puedo estar de acuerdo. Me parece, no obstante, que el turista es un invento muy actual, algo que no ha comenzado a existir hasta que no se ha obtenido una especie de bienestar global. 

El ansia de viajar en estos momentos es algo de carácter compulsivo. Si no vas en tu luna de miel al Caribe no eres nadie, ninguna de tus amigas te tendrá en consideración. Un viaje a las exóticas islas de cualquier continente, a un paraíso asiático, a los fiordos noruegos, incluso, si existieran, a los fiordos caribeños, cuenta con nota en cualquier grupo social. Las más de las veces estos viajes no se acompañan de ese previo esfuerzo de documentación para saber qué es lo que uno va a visitar, qué va a ver. Quiá. Innecesario totalmente esforzarse en ello. Para eso están las agencias de viajes que te dicen exactamente qué tienes que ver y cómo. Las tradiciones de los países y entornos se han transformado en un socorrido slogan de cualquier empresa turística. Ello nos ha llevado a una simplificación absoluta de los destinos y los itinerarios. Un retrato de papel couché que nos impide captar mínimamente la esencia de los lugares que visitamos. Es decir, viajamos mucho pero conocemos muy malamente el objeto de nuestros viajes. 


Otro fenómeno va paralelo a lo anterior. Los españoles que somos gente novelera por genética, nos enganchamos mucho a la moda viajera que protagonizan nuestros iconos mediáticos. La tele nos tira a la hora de elegir destino. Desde que Curro apareció en el Caribe, todos hemos visitado el Caribe. Pero, eso sí, España la conocemos poco. Poco, poco. Hay quien ha estado ya en casi todos los continentes y no conoce el arte asturiano, ni la ruta de los pueblos blancos de Cádiz, ni las Alpujarras, ni siquiera las principales ciudades españolas. Y las no tan principales. No digamos nada de conocer la península. Nuestro país vecino, Portugal, es el hermano pobre de los viajes, porque no resulta exótico, trendy o guay decir que hemos estado allí. Demasiado cerca. 

La moda de los viajes no tiene sentido por sí misma. Está en directa relación con el ansia de divertirse, de hacer cosas. Todos los findes tenemos que tener planes, hay una especie de horror vacui a esos días en los que nadie ha quedado contigo, en los que el teléfono no suena. Hay que hacer planes, tener planes, barbacoas, cenas, salidas, romerías, festejos, viajes, excursiones, lo que sea. Todo con tal de que no se abran ante nosotros, blancas y frías, las horas del día sin rellenar. Rellenar las horas como sea. Llenarlas de ruido, de risas, y, por supuesto, de fotos, de selfies, de imágenes para poner en nuestras redes sociales. Estamos tan preocupados de dejar constancia de que hemos visto esto o aquello que, en realidad, no reparamos, no vemos lo que está a nuestro alrededor. Ni siquiera nos vemos a nosotros mismos. 

El aburrimiento es la gran lacra de este tiempo. No queremos aburrirnos. Cuando yo era chica y le decía a mi madre que estaba aburrida (algo frecuente sobre todo a los trece años, que se hicieron largos, largos), mi madre siempre contestaba con la misma frase y el mismo gesto de indiferencia: Pues échate en agua. Hoy, si un niño se aburre, el papá y la mamá remueven Roma con Santiago para proporcionarle entretenimiento, sea cual sea, e incluso, si la cosa no mejora, se recurre al psicólogo del colegio, que puede averiguar si el chiquillo es TDAH (cosa probable estadísticamente los últimos tiempos) o tiene algún trastorno de personalidad. A mi madre no se ocurrió nunca que tuviera trastorno alguno, más bien pensaba que era una niña insatisfecha que necesitaba estar todo el día de la ceca a la meca, como comentaba cuando tenía ocasión. Y que, además, no disfrutaba nada ayudando en las tareas de casa, con continuos escaqueos que conducirían, inevitablemente (y como así ha sido) a convertirme en una adulta absoluta desconocedora de todas aquellas cuestiones domésticas que tanto embellecen a la mujer. 


Pues eso, planes, planes, viajes, viajes, findes, findes. Y, en la orilla, al otro lado de la vida, al margen, todos aquellos que, por alguna circunstancia concreta, por carácter o porque así lo han decidido, están fuera de ese circuito de placer que nos envuelve. Gente sin nada que ofrecer a los otros, a la tribu general que vive, tal como si la vida la estuviera planeando y dirigiendo una agencia de tour operator. 


sábado, 10 de junio de 2017

En cualquier parte crecen rosas


(Rosas de Raoul Dufy)

La ventana tiene postigos rojos. Refulgen a la caída de la tarde. Los tiradores de latón están limpios y en ellos se refleja el sol poniente. Al otro lado del valle se adivinan las potentes montañas que ahora no tienen nieve, sino un manto tibio de verdor salado. La casa se mantiene en silencio, a la espera de que el trasiego de la noche lleve a la cocina la agitación del momento de la cena. Todas las ventanas anuncian que el crepúsculo ha terminado de mezclarse con la bruma de la oscuridad nocturna. Todos los ojos están puestos en ese final del día colmado de sonidos propios. Un leve chisporroteo, la canción que sale de la radio, el ladrido discreto de un perro a lo lejos. Es la hora breve del tránsito. La calle está desierta. Las pocas casas que se abren a cada lado, tienen puertas cerradas, postigos entreabiertos y un sospechoso aire de calma sobrevenida. Este paréntesis tiene a todos inmersos en un tiempo de paso, que dará pronto sitio al jolgorio de los nuevos encuentros. 


(Rosas de Auguste Renoir)

Hay un pequeño vestidor con cortinas blancas. El encaje de las cortinas no parece acusar el paso del tiempo. Están bordeadas de una cinta rosa, como si una mujer hubiera creado esta sinfonía de colores tenues y luego hubiera abandonado el barco. La cama tiene un cabecero dorado y, a cada uno de los lados, una mesa pintada de azul, con ese tono desteñido de los muebles que no quieren llamar apenas la atención de los que van a usarlos. Hay en el suelo una alfombra de rayas, que hace cosquillas al pisarla con los pies desnudos y, en las paredes, cuadros de flores que semejan flores, representan flores y logran que sea femenino el paso hacia el pasillo que conduce a una escalera tan firme como errante. El baño tiene un gran espejo ovalado que devuelve tu imagen con una blusa roja, del color del coral, mirada interrogante y mil preguntas, siempre preguntas que llevarte a la boca. Lápiz rojo de labios, ojos inesperados, manos quietas. 


(Rosas de Henri Matisse)

Las conversaciones se acomodan en un lado de la cocina. Allí donde la mesa de madera acoge por lo menos a ocho comensales. Un mantel de lino amarillo con una amapola bordada en una esquina es el lienzo en el que se colocan los platos, los cubiertos y la ensaladera, blanca y con el fondo a modo de mosaico, cuadritos azules y rojos sin interrupción, una fantasía oriental que llama la atención en este espacio silencioso, terrenal y frío. Alguien habla de las rosas de otoño, que crecen al lado de la puerta y se han mantenido firmes a pesar de las lluvias. Alguien quiere contar una historia pequeña en torno de esas flores. Alguien pierde el sentido de las palabras y se mezclan idiomas que quieren explicarse. Alguien sonríe y alguien extiende el brazo y mueve la ensalada y reparte con un mimo especial el contenido de una sopa que antes se ha visto hervir en la cazuela. 


(Rosas de Maurice Vlaminck)

Cuando la noche termina de caer te acomodas junto a la ventana, en una silla alta que tiene unos cojines en forma de corazón y abres delante de ti una de esas libretas que lo aceptan todo. Las palabras se destilan como si fueran gotas de rocío en la noche y miras a lo alto y a lo lejos, anotando en tu cabeza las imágenes que luego serán letras, y luego serán sueños. Lo has entendido todo. Has sabido que existe otra forma de sentir sin que duela el abrazo. Has visto miradas que no increpan, ni acusan, ni perturban. Has hallado una paz que quizá te rebosa, sin sitio para nada, ni para estarse quieta. Eres tú, te preguntas, soy yo, es la respuesta. No necesito nada, salvo esta paz de ahora. Salvo los ojos tiernos de un muchacho que comienza a vivir. No necesito nada. Menos que nada, llantos. Soy yo. Me reconozco. 

martes, 6 de junio de 2017

"Palabras contra el olvido. Vida y obra de María Teresa León" de José Luis Ferris


Había una vez una mujer que, a pesar de que en su tiempo se movía airosa de una ocupación a otra, con firmeza, elegancia y talento, pasó desapercibida con el paso de los años, opacada por el brillo del hombre con el que se casó por segunda vez. Así podría resumirse, sencillamente, la historia de María Teresa León, la esposa de Rafael Alberti, la mujer que fue muchas cosas y de la que poco se recuerda ahora. La bruma cubrió sus últimos años y esa bruma se ha extendido entre nosotros a la hora de situarla en su lugar, en su contexto, en lo que fui y vivió. Una más de las injusticias que se cometen con las mujeres que permanecen ocultas, a veces tras un hombre, a veces tras la vida.

El libro nos muestra la niña que fue, rebelde y avispada, que recorrió diversas ciudades por el empleo militar de su padre y que no hacía buenas migas con las monjas del colegio. También nos revela el escaso apego que tenía a su madre (y su madre a ella), las diferencias ideológicas con su único hermano y el amor que sentía por su tía María Goyri, esposa de Ramón Menéndez Pidal y la primera mujer en obtener un título universitario. En esa casa de los Menéndez Pidal estaban sus primos, Jimena y Gonzalo. A Jimena la admiraba enormemente, era todo lo que una niña como ella quería ser. Y a esa casa llegaban invitados que formaban la élite intelectual del momento. Esas discusiones, esas charlas, esas lecturas, forjaron en su cabeza un poso inevitable.

María Teresa llevaba consigo el dolor de haber cometido errores en su juventud que no tuvieron solución. De su temprano matrimonio, debido a un embarazo indeseado, sacó unos años de convivencia imposible y dos hijos a los que tuvo que dejar en manos de su marido, porque así eran las leyes del divorcio. Desde muy joven, no obstante, la escritura formó parte de lo mejor de sus ocupaciones. Así, colaboraba con revistas, escribía artículos y cuentos, sobre todo dirigidos a los niños. Era, además, una muchacha bellísima, que hacía volver las miradas a los hombres y que se convirtió en una mujer avasalladora. Su fuerte carácter iba parejo a su belleza y quizá no era el complemento adecuado si una mujer quiere triunfar en un mundo de hombres.

Tenían que encontrarse. En 1930 coincide con Rafael Alberti y ahí ya se produce el encuentro decisivo. Ambos descubrieron su afinidad y se unieron con vocación de permanencia. Abrazaron el amor al tiempo que se convertían al comunismo, la causa que defendieron hasta el final. Durante unos años viajaron y conocieron lo que estaba pasando en Europa. En la URSS no fueron capaces de notar lo que ocurría tras las apariencias, a pesar de que Stalin hacía de las suyas. En Alemania, se horrorizaron ante el aviso de pre-nazismo y tuvieron contacto con otra de esas mujeres fuertes del momento, Rosa Chacel, a quien los jóvenes nazis miraban desdeñosos porque creían que era judía. Holanda, Noruega, Alemania de nuevo, María Teresa era una agitadora natural, alguien capaz de enardecer los ánimos y a las masas. Tras su boda con Alberti en 1933 consolida su relación con el comunismo afiliándose al Partido Comunista de España y creando la revista "Octubre. Órgano de los escritores y artistas revolucionarios".

Ambos se mostraban abiertamente. Parece ser que era ella la que llevaba la voz cantante y tenía la fuerza de la ideología en su pensamiento, mientras que el poeta Alberti era más dicharachero, divertido y jovial. Esa exageración partidaria la han dejado expresada algunos de sus coetáneos como el cónsul Carlos Morla Lynch "cantan el himno de Riego y la Internacional cada cinco minutos".

En ese tiempo efervescente políticamente aún podía escribir y publicó, en 1934, la que es su obra más conocida "Rosa-Fría patinadora de la luna", algo infantil, casi naif, con la fuerza de su ingenuidad. Se trataba de una colección de nuevo cuentos, ilustrados por Alberti.

En su segundo viaje a la URSS para asistir al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, tampoco quiso ver la realidad, o no pudo, o no fue posible. Luego estuvo en Roma, donde coincidieron con Valle-Inclán y de ahí a Estados Unidos, pasando por Cherburgo, donde embarcaron en un carguero alemán para ir a Nueva York. Llegados a este punto, intelectuales y políticos de la izquierda española criticaban su expedición "política-evangelizadora". Todo estaba a cargo del PCE que pagaba a través del Socorro Rojo Internacional.

En Cuba conocieron la época de Fulgencio Batista y tuvieron ocasión de estar con Nicolás Guillén, en México las disputas artísticas entre los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Por allí estaban Frida Kahlo y Octavio Paz. En Centroamérica tuvieron peor suerte pues no fueron recibidos en algunos países, su fama les precedía. El golpe de estado de 1936 los detuvo en el extranjero pero volvieron a España y allí María Teresa tuvo un papel importante en la salvaguarda de obras artísticas del Museo del Prado. Fueron activistas a fondo, poesía y comunismo por enseñas.

De esta forma el libro se va deslizando año a año por el río de su vida, haciendo acto de presencia en el mismo los personajes que tamizan el período histórico quizá más definitivo e influyente de nuestra historia reciente. Artistas plásticos, escritores, poetas, académicos, políticos, sindicalistas, científicos, todos tienen algún papel que representar en este mosaico variado y, a veces, terrible. El exilio es el punto final o quizá el principio de una nueva vida. Y luego, la hija que nace fuera de España, Aitana, y la vuelta, cuando la democracia había empezado a despuntar. Y la niebla en los ojos de María Teresa. Y el aire hermoso de su inteligencia, aún en los momentos en que los errores de otros no fueron evidentes para ella.

jueves, 1 de junio de 2017

"Amor perdurable" de Ian McEwan

A pesar de su título, no hallas en este libro ningún ejemplo de amor perdurable, sino de amor finito y, sobre todo, de obsesión. Y la obsesión, viene a decirnos, no es amor, es una enfermedad mental. 

La historia comienza un día en que Joe va a buscar a Clarissa al aeropuerto pues ella vuelve de pasar una estancia de investigación en Harvard. Clarissa es una profesora de literatura inglesa, bella, concienzuda, trabajadora y entregada. Una mujer normal. Joe, por su parte, es un científico devenido en escritor de artículos, que no se encuentra demasiado a gusto con su vida profesional actual. 

Cuando se paran en las colinas de Chiltern de regreso a Londres, ocurre algo que les cambiará la vida: un gigantesco globo de helio está a punto de caerse. Dentro del globo va un niño de diez años y colgado del globo, a través de una de sus cuerdas, el abuelo del niño chillando desaforadamente. Ante la petición de socorro cinco hombres se dirigen en su ayuda. Uno de ellos es Joe. Los otros son dos labriegos, un médico y Jed Parry, un fanático religioso. 

Este es el punto de partida. La tragedia aparecerá en el desenlace de la historia del globo y, sobre todo, el encuentro casual entre Parry y Joe será la desgracia para ambos. Quizá también para Clarissa. Antes de ese suceso, Joe y Clarissa vivían "en estado de gracia matemática", es decir, habían tenido problemas que supieron integrar en su vida y ninguno de ellos logró cuartear su relación. Sin embargo, las cosas serán diferentes desde ese día en las colinas, en medio del bosque da hayas. 

Diversos temas aparecen recogidos en la novela de McEwan. La dicotomía entre altruismo y generosidad. Las relaciones amorosas basadas en un patrón ordinario. Las obsesiones. Un amor obsesivo y destructor dirigirá la historia hacia un final trágico y, aunque somos capaces de adivinar que algo va a pasar, en realidad el final es lo de menos. Lo de más es lo que se pierde en el camino. Porque el acoso de Parry a Joe va a traer consigo la desconfianza, el miedo, la mentira, la ocultación y la manipulación, elementos todos de una vida ficticia y de unos sentimientos torcidos. 

Reseña del autor (Editorial Anagrama): 

Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) se licen­ció en literatura inglesa en la Universidad de Sussex y es uno de los miembros más destacados de su muy brillante generación. En Anagrama se han publicado sus dos libros de relatos, Primer amor, últimos ritos (Premio Somerset Maugham) y Entre las sábanas, así como las novelas El placer del viajero, Niños en el tiempo (Premio Whitbread y Premio Fémina), El ino­cente, Los perros negros, En las nubes, Amor perdu­rable, Amsterdam (Premio Booker), Expiación (que obtuvo, entre otros premios, el WH Smith Literary Award, el People’s Booker y el Commonwealth Eura­sia), Sábado (Premio James Tait Black), Chesil Beach (National Book Award), Solar (Premio Wodehouse), Operación Dulce y La ley del menor. McEwan fue también galardonado con el Premio Shakespeare.

Amor perdurable. Ian McEwan. 
Colección Panorama de narrativas
Editorial Anagrama
Traductor Benito Gómez Ibáñez
Publicación 18 de abril de 2006

sábado, 27 de mayo de 2017

"Personal shopper" de Olivier Assayas


(Cartel de la película para el Festival de Cannes)

Personal shopper es una película francesa, rodada en inglés, escrita y dirigida por Olivier Assayas (París, 1955). Assayas es director, guionista y crítico de cine, sobre todo en la prestigiosa Cahiers du Cinéma. La película se estrenó en 2016 y logró el premio al mejor director en el Festival de Cannes de ese año. 

Personal shopper puede definirse como una película de fantasmas, de espiritismo o de miedo, pero es bastante más y bastante diferente a eso. Presenta la comparación absurda entre el trabajo de la protagonista, Maureen, que es personal shopper de una celebridad, y su necesidad de desconectar de la presencia de su hermano gemelo muerto. Espiritualidad y frivolidad son, pues, los dos elementos que conectan la trama. Mientras ella recibe en su interior los mensajes de la gente que ya no está a su lado, monta en moto o en tren, recorre la ciudad o va a Londres, visita tiendas de lujo, joyerías de primera y recoge y entrega vestidos y joyas. Un trabajo estúpido para un pensamiento profundo. 

Así podemos hallar otra lectura en la película. La necesidad de entender lo trascendente en un mundo de naderías. La doble vertiente de cualquier persona, a caballo entre el jajajajajaja y la introspección. La muerte como circunstancia que la vida moderna requiere ajustar en un sitio en el que no estorbe demasiado. La vulgaridad del lujo. El estímulo emocional que supone la verdadera sencillez. 

Los escenarios son, por ello, ambivalentes. La casa de campo, sencilla, con ventanas de madera, mesas de madera y suelo rústico, de la cuñada de Maureen, contra el piso de la celebridad, Kyra, lleno de muebles de estilo, tapizados carísimos y cuadros de firma. La vida de Kyra, entre aviones, y el traslado de Maureen en moto por la ciudad, cargada de lo que son artículos para su jefa. Elementos que se enfrentan entre sí y que nos hacen preguntarnos algunas cosas. Precisamente eso, preguntas, es lo que quiere sugerir el director, como él mismo ha contado. 


(Inquietante mirada la de Maureen-Kirsten Stewart)

Hay un elemento de modernidad en la película que me ha resultado interesante. En un momento dado, un personaje aparentemente secundario que luego tendrá papel protagonista, entabla una relación por whatsapp con la protagonista. Una relación comunicativa. Se aprecia la compulsión de ella porque no puede dejar de leer los mensajes del otro (de quien desconoce su identidad pero que parece conocerla a ella) y tampoco de responderle. Es esa atadura, que reconocemos en nosotros mismos, esa falta de huida porque la interconexión te deja a merced de otros y convierte en un verdadero reto tu búsqueda de aislamiento personal o tu deseo de romper con alguna persona que te está convirtiendo en un títere. 


(Maureen no puede dejar de interactuar con el desconocido que la sigue a través del móvil)

La película se presentó en la sección oficial del Festival de Cine de Sevilla 2016 y su director concedió una entrevista a Fotogramas en la que explica el sentido de su obra: 

Quería hablar de la tensión subyacente entre un mundo cada vez más materialista, una sociedad que ha perdido la fe, y la necesidad de encontrar en nuestra vida interior un consuelo para soportar la vida, el trabajo, la tristeza... Creo que hoy en día nos faltan palabras para definir esa vida interior a la que me refiero. El personaje de Kristen Stewart en la película vive un duelo, y se ve obligada a buscar en la espiritualidad el amparo necesario para soportar la muerte de su hermano gemelo. Creo que todos, en nuestra vida interior, podemos encontrar ese consuelo.


(Sencillez y profundidad en la interpretación de Kirsten Stewart)

El personaje central de la película, el que aparece en todas y cada una de las secuencias, es Maureen, que interpreta Kristen Stewart, una actriz que poco a poco va dando cada vez mayores muestras de talento e incluso de transformación física. Soporta primeros planos continuos y una acción que obliga a estar en permanente tensión. Belleza, estilo, sencillez, profundidad, hondura, todos esos adjetivos se le pueden adjudicar. Una interpretación perfecta, ajustada, sin histerismos pero con fuerza. 

Personal shopper. Director y guionista Olivier Assayas. 2016. Francia. 

Reparto: Kristen Stewart,  Lars Eidinger,  Nora von Waldstätten,  Anders Danielsen Lie, Pamela Betsy Cooper,  Sigrid Bouaziz,  David Bowles,  Ty Olwin,  Leo Haidar, Benoit Peverelli,  Fabrice Reeves,  Abigail Millar