martes, 21 de marzo de 2017

"Esperando a Mister Bojangles" de Olivier Bourdeaut

Este libro y su autor contienen todos los ingredientes para resultar interesante y para llenar conversaciones literarias entre lectores avezados, deseosos de descubrir materia prima, nuevos autores, temas que rompan la monotonía. De esto se trata, pues, de saltar al escenario editorial con algo que nunca antes haya sido escrito, aunque tenga reminiscencias imposibles de soslayar. Y un leit motiv en forma de éxito musical de la gran Nina Simone, la canción que suena y suena como en una noria perpetua que planeara sobre la vida del escritor y de los protagonistas de su libro. 

George y su excéntrica esposa. Su hijo, que todo lo observa. La disyuntiva entre rutina y división. La vida al límite. La búsqueda de la felicidad. La inconsciencia y también el atrevimiento. El necesario aterrizaje en la cotidianeidad. Cuentan algunos críticos que el matrimonio principal, enamorados hasta el fin, está inspirado en Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre. Y que la atmósfera tiene que ver con ese inmortal Desayuno con Diamantes. Y que la rueda vertiginosa de un lenguaje irónico, quizás altivo, prometedor en todo caso, no deja de girar, al tiempo que ellos bailan. 

La vida de Bourdeaut también tiene mucho de movida expedición a no se sabía dónde. Fue un mal estudiante y un lector experimentado. Lectura, lectura y lectura. He ahí su formación. Trabajos mal pagados y exentos de poesía. 

Hasta que el paro convirtió su realidad en una encrucijada y, tras una primera novela plúmbea que nadie quiso, un viaje y una canción sirvieron de acicate, de inspiración, para esto que el lector puede leer entre las novedades de Salamandra para este 2017. El jazz, el mar, Altea, ahí surgió todo. Qué hago con mi vida. Su rumbo anterior se trastocó y una pequeña editorial, de esas que nos salvan la vida con libros que nadie publicaría, la francesa Finitude, colocó a Bourdeaut y a este libro en el mapa de la literatura. Se trata de una novela corta, de esas que condensan en pocas páginas toda una apuesta por un estilo personal, en el que la alegría se aúna con la melancolía y en la que el desenlace nos pone frente a frente a esa parte de la existencia que no siempre puede animarse con canciones, bailes o sonrisas diarias. 

El éxito de la novela ha sido tan grande que ya se habla de la adaptación al cine. Y puedo imaginármelo en forma de película. Mientras tanto, traducido a no sé cuántos idiomas, con una enorme lista de premios y de nominaciones, el autor sigue los pasos viajeros de sus personajes y presenta cara a cara a los lectores, en una gira llena de pequeños detalles sorprendentes, su obra. Un club de lectura que puede convertirlo en un galán de las letras, habida cuenta de la presencia física de este joven maduro de 36 años que ha tocado la tecla del éxito, algo que todos desean conseguir y que no está al alcance de todos. 


Esperando a Míster Bojangles. Olivier Bourdeaut. Editorial Salamandra. Febrero de 2017. Traducción del francés a cargo de José Antonio Soriano Marco. 

Título original: En attendant Bojangles
ISBN: 978-84-9838-778-0
Número de páginas: 152
Tipo de edición: Rústica con solapas
Sello editorial: Salamandra
Colección: Narrativa
PVP: 16,00 €
ISBN e-book: 978-84-15631-69-9
PVP e-book: 10,99 €


La pasión es una pregunta sin respuesta


(Mary Jane Ansell. Pintura realista)

No hay palabras de amor. Se desparraman gestos, se desvelan noticias, se desarman impresiones equivocadas, se desmenuzan ideas, se comparten antiguos retratos y se esquivan heridas. No hay palabras de amor. No risueñas despedidas que anuncian besos en el aire. No hay ese tic-tac que se mueve en el estómago, como un pequeño ángel que nunca antes hubiera habitado en la Tierra. No, esa dulce sensación de la piel que trasmina, del aroma del hueco de las manos, del asombroso movimiento del cuello. No hay palabras de amor. La pasión es una pregunta sin respuesta. Y, día tras día, la lluvia cae inmisericorde, lava el sentimiento, despoja los sueños de esperanza y todo termina siendo una inmensa riada de soledad sin nada que decir. No hay palabras de amor. Y el amor se convierte en una melodía absurda, en una futura mentira. Debería existir una salvaguarda para que la ternura no arrase los sentidos cuando las palabras de amor son un fantasma sin cuerpo y sin aristas. 

domingo, 19 de marzo de 2017

"Volver a casa" de Yaa Gyasi

Las editoriales saludan con entusiasmo el descubrimiento de nuevos autores. En este caso, Yaa Gyasi no es solamente una voz recién nacida, sino una persona muy joven cuya primera novela (ese libro decisivo que, en muchas ocasiones, marca el devenir de la carrera literaria y aun de la vida), está teniendo un gran éxito en los países en los que ya se ha publicado. 

Gyasi, nacida en Ghana en 1989, ha hecho dos veces un mismo camino. A los dos años, de su país de origen a los Estados Unidos de América. Cuando ya era una estudiante de Literatura en Stanford, vuelta a Ghana con una beca de investigación. Los recuerdos que se pierden en su memoria en esos dos primeros años de vida son el primer poso. Pero el segundo viaje ha sido definitivo para que la escritora, podemos ya nombrarla así, vierta en palabras, convierta en lenguaje, las vivencias, los sentimientos, la intimidad que genera ese reencuentro con lo que uno ha sido, incluso sin saberlo. 

Esa es la fuerza esencial del libro y su modo de ofrecer un testimonio de primera mano acerca de los recuerdos inventados y las emociones, unido todo ello en un crisol que es la sentimentalidad de cada uno. Seguramente los padres de Gyasi le habían contado mil y una historias acerca del país que les pertenecía por nacimiento y vivencia, pero todo eso eran recuerdos ajenos y le faltaba, seguramente, la argamasa definitiva que une todos ellos en un relato propio. Nada suple la existencia que cada uno de nosotros vivimos y nada de puede convertir en literatura si no se le ha añadido ese sustrato personal que genera la obra literaria, trate de lo que trate. 

"Volver a casa" es tanto una obra de iniciación, un recorrido personal y espiritual por la propia biografía familiar, como el encuentro de una mentalidad occidental con un entorno que le es desconocido y que conserva rutinas y costumbres tan alejadas que resulta difícil asumirlas y entenderlas, por mucho que el tono de tu piel o el rizado de tu pelo te asemeje a aquellos que habitan esa especie de paraíso perdido. 

Para la historia que traza, Yaa Gyasi ha elegido a dos mujeres, a las que dota de vidas paralelas y de lazos de sangre. Siendo hermanas, sus destinos las llevan a caminos tan dispares que no es posible hallar el punto de convergencia entre ellas. Effia se casará con un gobernador inglés y vivirá enclaustrada en una fortaleza junto al mar. Su hermana Esi, será vendida como esclava y así llegará al sur de los Estados Unidos. Dos ramas de una misma familia y, al fondo de todo, como telón que se alza y se descubre sin que se pueda evitar, los hechos históricos que han ido acaeciendo en la cosa suroccidental de África desde el siglo XVIII hasta ahora. 

En realidad, sentimientos y vida cotidiana frente al implacable avance de la historia, de los acontecimientos mayores que arrasan la posibilidad de hallarse uno mismo y de elegir la vida que desea vivir. 

Nota de la editorial acerca de la autora: 

Yaa Gyasi (Mampong, Ghana, 1989) se trasladó a Estados Unidos con sus padres y dos hermanos cuando contaba dos años. Tras varios cambios de residencia (Ohio, Illinois, Tennessee), la familia finalmente se estableció en Huntsville (Alabama). En 2009, mientras Yaa estudiaba Literatura en la Universidad de Stanford, obtuvo una beca de investigación y regresó durante unos meses a su país de origen. Volver a casa, su primera novela, se gestó durante ese viaje. Gyasi concluyó la redacción de la obra —nominada al prestigioso Premio Dylan Thomas— en el taller de escritura creativa de la Universidad de Iowa. En la actuali- dad vive en Berkeley (California).

Volver a casa. Yaa Gyasi. Traducción Maia Figueroa Evans. Editorial Salamandra. En papel y en e-book. Marzo 2017. 

He abierto las ventanas y visto el otro lado


Una niña desnuda y sin abrazos. Eso eras. Venías siéndolo desde el tiempo en que los días azules suceden a la aurora. Y él lo supo y por eso calló pero, sencillamente, sintió que en el abrazo estaban las razones. Así tejió las horas en torno a una promesa que no escribió pero que se mantuvo incluso cuando el tiempo era desapacible. Las negras torrenteras de la ira, el salpicar incesante de la envidia, las huellas indelebles del pasado, el transcurrir insomne de las dudas. Él supo comprender que no era necesario convertir en palabras el hueco de los cuerpos. Y así, en un inmenso abrazo, quedó sellada la comprensión perpetua. 


Te entendiste a ti misma en aquel tiempo y fue menos pesada la vieja soledad. Y el miedo pareció disiparse, aunque a veces estaba la traición y lo avivaba y todo se oscurecía sin remedio. Pero él movía de un manotazo alegre la espesura y tornaba en ligera sensación de futuro el pasar de la vida. Tu indecisa razón halló un motivo, un anclaje que debía sostenerte y con él ya la perversa noche no tenía sentido,  el dolor se matizaba en pleno, el sueño se convertía en paisaje. 


¿Qué hacer ahora sin ti? te preguntas a veces. Y despliegas su nombre como una nueva estampa de un santo renacido. ¿Estás en algún sitio? te preguntas. Renuevas apenas sin poder la promesa que te hiciste de llorar solamente lo justo. Andaste y desandaste mil veces un camino y ahora su huella, las migas, las piedras, los sonidos, deberían anotarse en tu diario, como si fueran una guía segura. Una ruta trazada en la que algunos puertos llevaran un equipaje de preciada ventura. 


Contigo, le dices al oído, llegarían ejércitos de rosas y este desasosiego se trocaría en rutina, no de la que taladra el corazón inclemente, sino de la suave, sencilla, cotidiana, rutina de los besos, de las manos. El feroz viento negro que se llevó tu hora, que convirtió en pasado todo lo que cubría mi cobardía y mis hombros, reaparece en forma de quebranto y no deja despertarse a la aurora. Te quiero aquí, sobre todo conmigo. Esparce, aunque no estés, un halo de blancura, que quiero recobrar la gota  de esperanza que parecía existir en la ventana abierta. 

(Todas las ilustraciones son de Pierre Bonnard. 1867/1947)


miércoles, 15 de marzo de 2017

"Un día en la vida de una mujer sonriente" de Margaret Drabble

La elegante y pundonorosa editorial Impedimenta ha traducido al castellano este libro de relatos que ya echábamos de menos. Siguiendo su línea de hacernos llegar clásicos de literatura contemporánea que merece la pena conocer, he aquí que ahora le toca el turno a esta colección de los trece relatos que Drabble publicó en 2011 y que ahora aparecen traducidos. 

Margaret Drabble (1939) es una mujer interesante. Nacida en Sheffield (Yorkshire) en el seno de una familia ilustrada, es la mediana de tres hermanas también notables. La mayor es la novelista A. S. Byatt y la pequeña, la historiadora Helen Langdon. También su segundo marido es un prestigioso biógrafo. 

La vida de Drabble está llena de datos curiosos. Tuvo una educación esmerada (su madre era maestra) y fue actriz en la Royal Shakespeare Company. Es una personalidad muy reconocida en el Reino Unido donde ha sido recompensada con títulos diversos. Su vocación literaria cristalizó en 1963 con la publicación de su primera novela y desde entonces continuó hasta completar 17 novelas, un conjunto de relatos (el que ahora se publica), así como biografías, ensayos y estudios literarios. Su obra de ficción se centra en las mujeres. Es una cronista de la vida diaria de las mujeres corrientes, sobre todo en los años iniciales de los sesenta. Son mujeres de perfil diverso pero con preocupaciones comunes. Los fracasos matrimoniales, las luchas y las derrotas, las ocultaciones y el disimulo, la sensación de pérdida y los sueños sin cumplir, son algunas de sus temáticas, desarrolladas en un estilo directo, no exento de lirismo, con una observación aguda y detallada, sin toques de humor pero sin caer en el drama. Como la vida misma. 

Las mujeres de Drabble tienen dificultades con ellas mismas, no han desarrollado esa capacidad de pasar desapercibidas que tanto favorece el universo femenino, y se apoyan en circunstancias externas que, en ocasiones, hacen sobrevenir la catástrofe. A veces puede parecer que no hay esperanza, que todo es un cielo nublado, en un continuo gris que no presagia nada bueno. Pero surge, la mayoría de las ocasiones en forma de niños, en la redención de la infancia como el momento inicial en el que la vida tiene todavía escritas todas las palabras posibles. 

La condición femenina para ella está formada por mujeres que a veces ganan y otras veces pierden. En mujeres que, sin ser arquetipos, reúnen tantos elementos que pueden describirnos mucho de lo que a la literatura se le escapa corrientemente acerca de la emoción y la conducta de ellas, niñas, jóvenes, mujeres en su plenitud y ancianas. Gente, al fin y al cabo. Nada corriente, desde luego. 

Un día en la vida de una mujer sonriente. Margaret Drabble. Editorial Impedimenta. Traducción del inglés a cargo de Miguel Ros González. Febrero de 2017. 

Reseña de la escritora a cargo de Impedimenta: 

Hermana de la novelista A. S. Byatt (con la que desde hace años apenas tiene relación), después de asistir al internado Mount School, en York, obtuvo una beca para estudiar Inglés en el Newham College, en Cambridge. En 1960 se unió a la Royal Shakespeare Company, donde llegó a estar bajo la tutela de Vanessa Redgrave. Poco después abandonó la compañía para dedicarse de lleno a su carrera literaria y publicar su primera novela, A Summer Bird Cage, en 1963. Entre 1980 y 1982, presidió la National Book League, y Universidad de Cambridge la distinguió con un doctorado honoris causa en 2006. Drabble fue nombrada dama comendadora de la Orden del Imperio Británico en 1980. En 2008, fue ascendida a Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico. Drabble ha publicado 17 novelas. La piedra de molino (1965), la tercera de ellas, fue reconocida con el John Llewellyn Rhys Prize en 1966, mientras que Jerusalem the Golden ganó el James Tait Black Memorial Prize en 1967. Es asimismo autora de la trilogía formada por The Radiant Way (1987), A Natural Curiosity (1989) y The Gates of Ivory (1991). Su última novela, La niña de oro puro, fue publicada en 2013. En la actualidad reside en Londres.

Reseña del libro aparecida en la web de la editorial: 

Esposas sin maridos. Madres y hermanas. Mujeres que se debaten entre la vocación artística y las exigencias familiares. Científicas que han decidido dejar de teñirse el pelo y de ir por la vida disculpándose por cada paso que dan. Amor no consumado, vanidad y soledad. El poderoso universo ficcional de Margaret Drabble se concentra en estos cuentos que abarcan cuatro décadas de producción literaria. Una madre trabajadora que puede con todo y acaba sus enloquecidos días con una sonrisa. Una prestigiosa investigadora que acaba de recibir el Nobel por el descubrimiento del «gen de la vanidad». Una mujer que suspira aliviada cuando muere su esposo, y una romántica empedernida que busca el amor en los trenes. Trece relatos, la totalidad de la producción de Drabble en este género, que constituyen una muestra exquisita de la capacidad de ironía, lirismo y amplitud discursiva de una de las narradoras británicas más importantes del siglo XX.



sábado, 11 de marzo de 2017

Manolita


(Mujer con sombrilla. Claude Monet)

Manolita era la reina de la calle. Había heredado el trono de su suegra, Manuela, que lo ejerció durante años. Llevaba su reinado con la prestancia de quien hubiera aprendido en la corte de los Austrias. Las casadas buscaban en ella consejo para sus males de pareja. Las madres, para las dolencias de los niños. Las que vivían solas, porque la vida las orillaba sin remedio, para sus quejas más íntimas. Antes de que se inventara la resiliencia ella había cosido su vida a base de remiendos. Huérfana, quería a su madrastra como la luz de sus ojos y apechugó sin dudarlo con la medicina más dura cuando su primer hijo nació enfermo. 

Así, Manolita se movía por la calle como pez en el agua, como si su destino fuera arrojar certidumbres en los ojos gastados. Estaba sembrada de risas y refranes y los regalaba sin gasto alguno. Cuando se murió, amaneció nublado y con amenaza de lluvia aunque era un claro día de final de primavera que no presagiaba la venganza de los cielos: ellos decidieron tomarse el luto por su mano. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

"El primer reino" de María Sanz



Los amarillos dorados de Rothko, el pintor de la poesía sin palabras, me recuerdan los versos de María Sanz, sobre todo estos que aparecen contenidos en este libro "El primer reino". El primer reino de María, nuestro primer reino, es aquel de la infancia, con sus días azules y su sol esparcido. Aunque ya solo guardes su reflejo/ en el rincón perdido de tus gozos,/ sigue dándose a luz, fuego sagrado/ con que alimentas cada amanecer. 

Transita el libro por instantes que muestran recuerdos, imágenes, ideas, pensamientos y sitios, todos ellos situados en ese momento intemporal que forma parte de lo que fuimos y quizá del futuro que no está siquiera escrito, ni aún en ecos de poetas. Las niñas que soñaban ser mujeres /con la bisutería rodeando sus cuellos, venían a crecer contigo, mariposas / de una tonalidad encandecida. 

Los árboles, la higuera, el perfil de la casa, la luna y los rosales, también el gallinero, el brasero en invierno y los melocotones abiertos a la vida en primavera. La alberca, confinada entre sus brillos /esponjosa de cal y reverbero / daba albergue a aquel cielo delirante / bajo el que preferías no encenderte. 

A veces se desliza un aura de nostalgia. Los versos se acompasan al silencio y aparecen imágenes de historias que dejaron su huella, oscura, firme, densa, plagada de dolores. Cómo encontrar la puerta de las horas cerradas/ mientras te sometía su oquedad angustiosa/ el reposo perenne del que fuiste saliendo / tras recibir la llave de una sana abertura. 

En otras ocasiones los versos son espadas que atraviesan el hilo tenue de los recuerdos infantiles convertidos en momentos cruciales, en encuentros, en objetos, en vida. El sábado tenía fiesta propia/ amigos de papel, un arco iris / de tebeos por toda bienvenida. /Eras el asistente que faltaba. 

El último plano, la imagen final, la foto-fija, la emoción más exacta, el sentir más nítido, se refleja en sus últimas páginas, con ese poema doble que todos escribimos aunque no lo sepamos. La soledad, motivo. La soledad, silencio. La soledad, estado. Detrás de cada flor, una aventura./ Sobre los tibios pétalos, tu rastro/ Con un soplo de aire juegas, hallas/ tu lugar en la luz, oh niña sola. Estos versos, sin más, sin otro aditamento, serían en sí mismos la expresión de una etapa que se vive cuando amanece el día y se vuelve a vivir en cada atardecer y se renueva entera si la noche te acuna. 

El primer reino. María Sanz. Premio Tardor de Poesía, Castellón de la Plana, 2014, publicado por Editorial Agua Clara. 

María Sanz es sevillana y ha publicado más de treinta libros de poemas, algunos de los cuales han sido premiados en diferentes certámenes: Tu lumbre ajena, Tempo de vuelo sostenido, Voz mediante, Luna de Capricornio, Hypnos en la ventana, Los pulsos cardinales, Retablo de cenizas, Danaide, paz del abandono, Oboe d´amore. 

Su poesía es, a la vez, culta y sencilla. Bebe de los clásicos y les añade su propia voz, su sentir hondo, su vivencia de un mundo que ella convierte en delicada vasija en la que verter las palabras. El sosiego de la emoción y la lírica de una belleza intacta a pesar de que el mundo se transforme son el telón de fondo de unos versos plenos de suavidad y sentimiento. 

Su blog: http://poetamariasanz.blogspot.com.es

"Estridente y dulce" de Adam Thirlwell

Adam Thirlwell es un escritor inglés, nacido en Londres en 1978, formado en Oxford y, sobre todo, alguien con una personalidad literaria muy definida. Esas características se han visto con claridad en sus obras anteriores a esta: "Política", "La huida", o el ensayo "La novela múltiple"
Los adjetivos que se han dedicado a sus trabajos tienen intenciones diversas y curiosas afirmaciones: Humor melancólico, narrador impresionante, inteligente destrucción de lo trillado, vertiginosa ficción....Los críticos están de acuerdo en que es una voz de estilo propio y de visión certera. Crítica, ácida, potente, específica. 

A estas alturas de su carrera literaria, habiendo sido ya traducido a más de treinta idiomas (me resulta difícil entender cómo existen tantos idiomas en el mundo y cómo saber dos o tres ya nos hace sentirnos poderosos), Thirlwell sale a la luz, otra vez con Anagrama, con una especie de extraño thriller que esconde, en realidad, una durísima crítica contra su propia generación y contra el desquiciado mundo que le ha tocado, nos ha tocado, vivir. La novela se narra por el mismo hombre que se despierta en la cama de una habitación de hotel junto a una mujer muerta que no es su esposa, sino una amiga del matrimonio. El punto de partida será el engranaje que ponga en discusión la existencia de un "personaje narcisista y politoxicómano, que hasta ese momento, llevaba una existencia confortable en la zona residencial de una megalópolis anónima". Este hombre, fruto de una educación permisiva, de unos padres sobreprotectores y de una visión de la vida hedonista y sin compromiso, no está preparado para abordar un conflicto al que haya poner una solución práctica y a la vez justa y ética. Por ello, su descenso al infierno de la incertidumbre, será una forma de ajustar cuentas con la existencia que, hasta entonces, ha dibujado el perfil de su propia biografía. Como dice uno de sus críticos, el personaje que resulta de todo esto, el protagonista, no es atractivo, sino fascinante. 

Estridente y dulce. Adam Thirlwell. Editorial Anagrama. Panorama de Narrativas. Febrero de 2017. 

Cuestión de instantes


El corazón se rompe cuando se da cuenta de la inutilidad de todo lo que pones en querer. No hay salida. Es una vieja historia que se repite y que continuamente va y viene como las olas en el mar. Y podrías escaparte si te dejaran, si te quedaras a solas el tiempo suficiente con el olvido, si las lágrimas no fueran esporádicas, sino masas de agua salada que se consolidaran día tras día, hasta ese instante final en que ya no supieras por qué surgen. Hay una forma de engaño en querer ser lo que una no es, en querer sentir lo que no se siente, en querer esperar lo que nunca tendrá razón de ser. Eso es lo que convierte la vida en una estación de trenes sin paradas, lo que genera el hastío y la desesperanza. Atrapa la canción y con ella la voz de quien te ha herido, de quien ha clavado su daga en el costado, como si un sacrificio estuviera presto a producirse. Nada hay que pueda explicar si nadie entiende. 

domingo, 26 de febrero de 2017

"A propósito de las mujeres" de Natalia Ginzburg

Una vez yo paseaba por la carretera de la Estación y encontré en un lateral una especie de establecimiento que vendía cosas, un poco de todo. Al exterior se separaba por una cortina de cuentas de colores, de esas que suenan cuando las mueves. Eran colores fastuosos, brillantes, alegres, algunas cuentas parecían perlas y otras tenían un aire oriental muy llamativo. Me acerqué a la cortina y pasé mis manos por ellas. Eran las manos de una niña de ocho años y, al hacerlo, se oyó un suave tintineo, una música perfectamente organizada, como si alguien, una orquesta entera, entonara un himno. Entonces, sin apenas poder reaccionar, sin darme cuenta, alguien surgió de dentro de la tienda y mirándome con rencor evidente, un rencor que no entendía, yo, que era una niña de ocho años, entonces, me dio una bofetada. La bofetada paralizó la música, detuvo mis manos y su sonido metálico se impuso en el silencio de la tarde de mayo. Contuve la respiración y las lágrimas. Se conservaron dentro de los ojos, haciéndolos transparentes, como si un hilillo de agua hubiera acudido al ser convocado por el gesto de aquel hombre. Desde aquel día, en otras ocasiones, he sentido lo mismo. Esa sensación de que disfrutas de algo que te hace feliz y que, de pronto, se interrumpe cruelmente porque una bofetada cruza el aire y te golpea en la cara. El rostro del hombre ha cambiado de semblante pero la evidencia es la misma: destruir la alegría es un deporte.       

He recordado esta historia leyendo este libro. Si un libro te hace volver atrás o te hace adelantarte al tiempo, entonces ese libro ha calado dentro de ti, no son solo palabras o solo frases bien ajustadas, unas con otras, enteras, plenas. En el prólogo del libro Elena Medel ya lo advierte: "Natalia Ginzburg convierte el relato en el territorio de la exigencia" No son sucedáneos de novelas sino entes con personalidad propia, con vida propia, ellos mismos. La casa como el centro espacial de todo lo que sucede y las relaciones humanas, afectivas, amorosas, fraternales, son la enorme argamasa en la que se cuecen estas historias. 


Algunos de estos ocho relatos ya se habían publicado, explica también Medel, pero ahora forman una unidad, un tempo coordinado, una melodía que pasa de una página a otra. La intención de Ginzburg no puede ocultarse porque los relatos se anteceden de una explicación que les añade sentido. 

Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. 

En esa búsqueda de la libertad personal halla Natalia Ginzburg el motivo para enlazar unas narraciones que se detienen en toda clase de mujeres, en sus pasiones inconfesables, en sus amores ilícitos, en las traiciones, el desamor y el amor, los hijos deseados y no queridos, las ansias de ser de otra manera, la vergüenza de caer una y otra vez en las mismas redes que no se pueden cortar con tijeras. La ambigüedad impide que haya buenos y malos y la escritura abrupta, aparentemente sencilla pero llena de símbolos, genera la sensación de que quedan cosas por decir, como una cortina que solo se descorriera a medias. Algo debíamos saber antes de empezar a leer el libro, nos decimos, pero ese algo se escapa. Para poderlo asir no tenemos otra opción que volvernos hacia dentro, hacia nosotras mismas, abandonar la lectura y pensar. En ese pensamiento vamos a encontrar la forma de caminar hacia la libertad que ansiamos, incluso cuando no somos conscientes de ello. 


Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema. 

No se entiende este libro sin ahondar en el conjunto de la obra de Ginzburg, quizá en su propia vida. Como nos ocurre a todos, la casa en que nacimos, la familia a la que pertenecemos y los hombres a los que amamos, son una parte indisoluble de la obra que verá la luz en forma de palabra o en forma de desdicha, a veces unidas ambas en una sola cosa. 

Natalia Ginzburg había nacido en Palermo en 1916 y vivió en Turín desde los tres años. Judíos, librepensadores y socialistas forman su árbol familiar. También su marido, Leone Ginzburg, era un antifascista convencido que le dio su apellido, le proporcionó una editorial en la que publicar, Einauide, y murió entre torturas después de un destierro dictado por Mussolini. Con él tuvo tres hijos y dos más tendría con su segundo marido, el profesor experto en literatura inglesa Gabriele Baldini

Desde 1942 en que publicó su primera novela "El camino que va a la ciudad", la trayectoria literaria de Ginzburg, superpuesta a una vida personal ajetreada y a un trasfondo social e histórico convulso, contiene comedias teatrales, novelas y traducciones (de Maupassant, Flaubert y Marcel Proust). Otras obras suyas que han alcanzado el reconocimiento de ávidos lectores que la siguen son "Todos nuestros ayeres" 1952, "Las palabras de la noche"1961, "Léxico familiar"1963, que es una especie de autobiografía, "Querido Miguel"1973, "Familia"1977, "La ciudad y la casa" 1984, "La familia Manzoni" 1983. En todas ellas hay idéntica preocupación por los entornos cerrados de las casas, los apegos familiares y las distorsiones que se producen en las relaciones humanas debido a emociones y sentimientos que cruzan las vidas como un arcoiris en los días de lluvia y sol. 

A propósito de las mujeres. Editorial Lumen. Enero de 2017. Traducción de María Ponz Irazazábal. Edición ilustrada por Óscar Tusquets Blanca. Prólogo de Elena Medel


sábado, 25 de febrero de 2017

La alfombra roja


(Kim Basinger)

Desde que la ceremonia de los Oscar se retransmite por un canal de televisión de pago ya no puedo seguirla en directo. Eso me disgusta. Me gustaba verla entera, a pesar de que al día siguiente estaba hecha polvo, con sueño, los ojos llorosos y un aire de cansancio demoledor. Pero todo lo suplía la sensación emocionante de seguirla de primera mano. La alfombra roja, con su desfile de celebridades, las entrevistas a pie de entrada, la cámara enfocando a los nominados, los números musicales, los homenajes, el In Memorian y, por fin, la entrega de los premios. Politizados o no, los Oscar son el acontecimiento del cine, y por eso ahora echo de menos verlos. No es lo mismo Internet, las redes sociales o los resúmenes. Tampoco la radio. Así que recuerdo con especial nostalgia las noches de Oscar, entre palomitas, chocolate, cocacola y risas en directo. Algo que se fue. 


(Colin Firth)

El cine me da vida. En los peores momentos, en las pérdidas dolorosas, en las tristezas profundas, en la desgana más sombría, las películas han realizado el milagro de hacerme olvidar, siquiera por un raro, los pozos hondos en los que a veces la vida nos sepulta sin que podamos salir de ellos por mucho que queramos. Ha sido el cine el que, cuando nada parecía importar, cuando todo estaba perdido, ha mantenido el hilo con la realidad perdida, ha escrito páginas de esperanza cuando nada parecía importar, ha suscrito un contrato de ilusión somera con los sentimientos más oscuros. Ni siquiera los libros han logrado el milagro. 


(Susan Sarandon)

Todo tiene un motivo, todo tiene una historia. Esta historia comienza hace años, cuando una niña acudía cada tarde al Teatro que estaba junto a su casa que pasaba películas antes de la hora de la función. La niña se colaba con el permiso distraído del portero y allí veía una tras otras las proyecciones. Llegó a conocer a todos los artistas, a soñar con todos los argumentos, a vivir todos los amores. Cuando fue mayor, transmitió con detalle y mimo esas vivencias a todos sus hijos y así ellos, atesoraron en su memoria incluso las escenas que no habían visto, las películas en blanco y negro del pasado, el color del presente y del futuro. Es el cine, el cine, la magia del silencio en la oscuridad de la sala, la explosión de la palabra, el brillo de los ojos. Y, recuérdalo, ahora que ya no eres la niña que seguía las lecciones de una madre cinéfila: el cine no es la vida y junto a ti, en el cine, nunca tendrás la presencia de quien no teje el ardor de la sangre sino la amargura de quien no sabe amar. 


(Denzel Washington)


De lo oscuro


Me interesa la filosofía de lo cercano. El aprendizaje de la vida que nace de vivir y de escuchar, de observar y reflexionar sin esas distracciones que esconden la realidad difícil. En ese paisaje que construimos a base de vivencias se ocultan gestos, personas, lugares y tiempos. Es esa escritura la que me conmueve. Todo lo demás se aleja de mi esfera como si fuera un globo de gas que surca el aire sin control. Durante muchos años he mirado hacia el exterior pero esa es una mirada incompleta, que deja huecos imposibles de rellenar. He preguntado a los otros y, cuando he convertido esa pregunta en una interrogación propia entonces no he tenido respuesta. Ahora, sin nada que decir a los demás, es el momento de reencontrarme a mí misma, si es que alguna vez he existido y no he sido una mera repetición de las miradas ajenas.

Volver a mí es volver a mi infancia. Pero mi infancia ya no existe y, si alguna vez existió, solo puedo recrearla a base de recuerdos. Los recuerdos pueden inventarse. No hay garantías de que sean sólidos o verdaderos. Se parecen más a estados acuosos, a manchas en la pared o a instantes del reloj. Un olor puede devolvernos al momento exacto y un sonido recordarnos a una persona concreta. La humedad siempre me trae el aire de poniente, fresco y tirante, con esa desagradable sensación de que el pelo se moja, de que la cabeza se convierte en una cosa viscosa y blanda. Y luego está el verdín, la materia polvorienta que se pega a las paredes y que habla de que el océano está cerca.


Ahora no sé qué soy ni de dónde. Llevo muchos años fuera del lugar en el que nací y tengo la sensación de que aquello fue un sueño. No logro encontrar a esa niña, a esa muchacha, a la persona que vivió años y tuvo vivencias. No sé cómo era ni por qué lloraba tanto. Salvo que tenía mucho miedo y que ese miedo se conserva agazapado en cualquier sitio de mí, en un recodo inaccesible del que no puede salir si no le dejo, aunque quizá se escape cuando menos lo espere. Esta desesperanza de ahora tiene que ver con la falta de anclajes en ningún sitio. No hay casa a la que pueda volver, ni paisaje. No existe lo que tuve, no tuve nada y ahora, después de todo, me pregunto si valió la pena este viaje y este deshacer nudos tan constante.

Debería pensar en el futuro, ya que el pasado apenas existe. Pero el futuro no es una interrogación, porque eso significaría esperanza o sería el resultado de un acertijo, de una adivinanza llena de pistas. No. No existe el futuro sino una nebulosa a lo lejos, que tiene solamente unas pocas palabras clave y que no me dicen nada porque no sé leerlas. Es el presente el que ocupa toda mi imaginación, mi cabeza y mis manos. Las manos son fundamentales en esto. Teclean sin cansarse o toman el bolígrafo y lo empuñan y rasgan el papel y su blancura. Tengo que terminar de escribir cada cosa y así logro que existan. Sin palabras, no hay mundo. Al final todo puede servir para el argumento de una novela de tercera fila. No un best-seller, no. Una de esas novelas que nadie leerá y que se guardarán en un cajón de un mueble antiguo, posado de polvo blanco y de una nube ligera de nostalgia.


(Pierre Bonnard. La carta)

jueves, 23 de febrero de 2017

Mis ojos son la libertad


(Yigal Ozori. Hiperrealismo)

Te equivocaste D. H. Difícil pero no imposible. Los lazos pueden desatarse y convertirse en lánguidas astillas, en cintas desflecadas, en restos de telas inservibles. Los lazos terminan aguándose si no se mantienen erguidos, si no se alimentan, se escriben, se extienden y se aman. De igual manera el amor que sientes se acaba si el objeto de ese amor no te cuida, no expresa lo que siente o, directamente, no siente nada. 

En las páginas de tus libros aleteaban Ursula y Gudrun queriendo ser las hadas que convirtieran a Birkin y a Gerald Crich a su propia religión. Una fe hecha de promesas, de intimidad y de silencios cómplices. De observación y de pequeños espacios compartidos. Una gran mansión y su biblioteca pueden ser un lugar seguro para encumbrar los sentimientos, pero también un viejo molino heredado, con su fachada blanca y ajada. 

Pero erraste en tu predicción. Hay un haz de luz que atraviesa el tiempo en que sufriste y que te devuelve la libertad inopinada. No esperabas que ocurriera pero sucede. No gozas ahora con la expectativa, con la llegada ni con la palabra, sino con el resplandor que tú misma lanzas al aire y que se vuelve, como un búmerang, cargado de rocío. El fresco rocío de una mañana sin angustias baldías. 

De lo cruel


(Pintura hiperrealista. Yigal Ozeri)

A veces respiro la crueldad. Noto su olor, el sabor salado que la antecede, el sonido que la rodea. La atisbo entre un montón de cosas inservibles y entonces intento retroceder o protegerme. Pocas veces lo logro. En la mayoría de las ocasiones llega a rozarme, a cubrirme e, incluso, a matarme. La crueldad siempre termina con una risotada. Nunca avisa, llega de puntillas y, cuando la zozobra se ha instalado en ti, se marcha de la misma manera que llegó, sin ruidos, amistosamente, como si fuera una obligación soportarla. 

Te preguntas entonces por qué a ti. Por qué tú. Revisas palmo a palmo tu vida, intentas buscar los errores, los momentos débiles en los que cediste sin entender que estabas dando demasiadas pistas. Pero no aparecen. Porque no están en ti, sino en el otro lado del ring. Escucho la crueldad y soy capaz de construir con ella una teoría pero todavía, incluso habiendo pasado tanto tiempo, tengo fresco su áspero silencio, ese escondrijo de la verdad en el que la verdad estorba. No vale explicarse ni explicarlo. Existe y tiene una vasta tela de araña que lo cubre todo. A ti también. Y a mí. Podrías escaparte si quisieras. Pero ese es su secreto. La cobardía. 

sábado, 18 de febrero de 2017

"Felicidad familiar" de Laurie Colwin

Polly Solo-Miller es una chica casi perfecta. Hija de unos acaudalados judíos, miembro de una saga familiar en la que la abogacía es el principal medio de vida, amante cumplidora de las normas que su madre Wendy ha establecido, paciente observadora de lo que sus propios hermanos Henry el Joven y Paul han trazado como objetivo...

Polly es una mujer destinada a ser  una buena esposa y una buena madre. Eso parece pensar Henry Desmarest, de buena familia,  abogado, que terminará casándose con Polly y siendo el padre de sus dos preciosos hijos, Pete y Dee-Dee. 

Esta perfecta estructura familiar y social descansa en gran manera sobre los hombros de Polly. Su familia está acostumbrada a que todo lo haga de la forma adecuada, así que no existen fallos, no existen ranuras por las que el agua pueda colarse y reventar las tuberías de una vida acompasada y casi, casi, ideal.

Pero entonces aparece Lincoln, el hombre, un pintor bohemio, con gran talento y un enorme miedo a las relaciones largas, a la vida en común con una mujer, que se convertirá en el amante de Polly y, a la vez, en el enamorado que nunca creyó llegar a ser. La aparición de Lincoln genera un terremoto en la vida tranquila, ordenada y feliz de Polly. Y todo se convertirá en algo diferente a lo que era. Las citas familiares, el trabajo, la vida en su propia casa, la relación con su marido o sus hijos. Aflorará el sufrimiento, la duda, la infelicidad, pero, al mismo tiempo, la realidad de unos sentimientos más fuertes que nunca. En esa nueva forma de vida Polly entenderá que necesita algo que nunca ha tenido: amigos, confidentes. Y ahí estarán Martha y Mary, ninguna de las dos cercanas al círculo familiar pero, por ello mismo, dispuestas y perfectamente listas para entender a Polly y sus zozobras.


(Laurie Colwin con su hija, Rose)

La prosa de Laurie Colwin es maravillosa, limpia, acertada, llena de matices, como un dibujo a color que se va convirtiendo en un cuadro pleno de volúmenes y formas. Desgrana el cambio sufrido por la protagonista con la naturalidad que ese tipo de transformaciones lleva consigo en la vida real. Polly conduce la novela en todos sus tramos, omnipresente y también cambiante, a la vez que firme y dispuesta para la felicidad. No es amargura, sino certeza, el deseo feroz de que no se escape la vida entre las manos. No es perfección, sino lucha, intento, esa vorágine de los seres humanos por lograr asir lo que encuentra a su alrededor y sabe que va a llenarlo del líquido de la verdad. 


(Laurie Colwin en el Anuario de su Instituto)

Pocas veces una obra logra situarse tan cerca de tu propia vivencia, de tu propio corazón. Pocas veces un libro tiene el pálpito exacto del sentimiento femenino de ambivalencia entre la bondad y la búsqueda de la pasión; entre el orden y lo que debe ser y el deseo de vivir hasta el fondo. Ese pugilato que el corazón y la razón establecen en Polly es tan antiguo como el hombre. Pero no siempre se le presta la atención debida a pesar de que en esa tesitura se encuentran los sentimientos más elevados y también los más egoístas. 

Magnífico libro. Magnífica traducción. Maravillosa autora. Excelsa Laurie Colwin. Indispensable. 

Felicidad familiar. Laurie Colwin. Libros del Asteroide. 2017. Traducción de Antonio Prometeo-Moya. 



Reseña de la autora (Editorial Libros del Asteroide):

Laurie Colwin (1944-1992) fue una escritora norteamericana. Nació en Manhattan y estudió en el Bard College, la Universidad de Columbia y la Sorbonne. Brillante y cultivada, trabajó como editora y tradujo, del yidis, a Isaac Bashevis Singer. Sus muy celebradas obras le granjearon una reputación de prosista elegante y aguda, una moderna Jane Austen de la clase media-alta neoyorquina. Es autora de cinco novelas: Shine on, Bright and Dangerous Object (1975), Tantos días felices (1978), Family Happiness (1982), Goodbye without Leaving (1990) y A Big Storm Knocked It Over (1993); de tres libros de cuentos: Passion and Affect (1974), The Lone Pilgrim (1981), Another Marvelous Thing (1988); y de dos colecciones de ensayos sobre cocina –Home Cooking (1988) y More Home Cooking (1993)–, materia sobre la que escribió en distintos medios de comunicación. Murió a los cuarenta y ocho años de edad, en plena madurez creativa.

"Que Dios nos perdone" de Rodrigo Sorogoyen (2016)


Esta es una de esas películas que no te deja indiferente. O te atrapa o te molesta. Quizá porque esa es una de sus pretensiones. Y también porque mantiene una dureza en todos sus aspectos de la que nada se salva: no existe ningún “bueno” que pueda consolarnos de la maldad.

En el verano de 2011 convergen en Madrid los peregrinos que esperan la visita del Papa, Benedicto XVI, y los asambleístas del 15-M. Un ambiente cargado, tórrido, pleno de multitudes que ocupan el centro y las arterias que lo rodean.

En ese contexto problemático, en el que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad tienen que emplearse a fondo para evitar problemas de envergadura, unas ancianas comienzan a morir. Y lo hacen de modo escalofriante. En esto el director de la película no nos ahorra nada. Las escenas de mortuorio son lo más desagradable. La muerte presentada en su forma más obscena, más evidente y sin paliativos. Las ancianas mueren y la búsqueda del asesino une a dos policías, los inspectores Alfaro (Roberto Álamo) y Velarde (Antonio de la Torre), en un intento desesperado de cortar la sangría de víctimas.

Sus caracteres son diferentes entre sí pero ninguno de los dos es fácil. El tartamudeo emocional de Velarde, su timidez y su necesidad de encontrar un cuerpo de mujer que lo arrope en las duras noches tras el trabajo, parecen chocar de entrada con la feliz vida familiar de Alfaro, mujer hermosa y dos hijos, en una urbanización de esas con piscina y jardines en las que vive la gente tranquila. Pero nada es lo que parece y, al fin y al cabo, sus peripecias no son tan diferentes y sus finales menos aún.

Es una película compleja, con aristas que, en ocasiones, amenazan con chirriar y romper el delicado equilibrio del guión. Con comportamientos al límite y con escenas que llegan a producir en el espectador una suerte de hastío que revela la peripecia de la presentación y de la puesta en escena. Todo se vive al borde, sin sosiego, sin tiempo y sin esperanzas. Hay que encontrar al asesino y, quizá, hallar también otras miradas, otras formas de abordar la vida por parte de todos.

Los protagonistas sostienen el relato con la solvencia que de ellos conocemos, aunque son personajes antipáticos, que no nos gustan y que no quisiéramos conocer. Los policías se disputan entre ellos los casos, como suele pasar siempre en las películas, quien sabe si en la vida real y la única escena en la que parece fluir cierta compasión, cierta mirada tibia es, precisamente, la que pueblan las mujeres de la cuarta edad, sentadas en su mesa habitual de las meriendas, haciendo comentarios jocosos y comiéndoselo todo, hasta las migas, como dice con manifiesta pena Alfaro.

El entramado psicológico que sostiene las motivaciones criminales tiene, eso sí, escaso fuste, de tan simple y evidente. Pero no era esta la meta de la película ni parece importar mucho por qué pasan las cosas. Más bien lo que interesa es mostrar que pueden suceder y que, en determinados momentos de existencia al límite, no es fácil distinguir el bando bueno del bando de los malos.

Que Dios nos perdone. 2016. 125 m. Director: Rodrigo Sorogoyen
Guión
Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen Música: Olivier Arson
Fotografía
Alejandro de Pablo
Productora: 
Tornasol Films, Atresmedia cine, Mistry Producciones AIE, Hernández y Fernández P.C.
Reparto
Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Javier Pereira, Luis Zahera, Raúl Prieto, María de Nati, María Ballesteros, José Luis García Pérez, Mónica López, Rocío Muñoz-Cobo, Teresa Lozano, Francisco Nortes, Andrés Gertrúdix, Jesús Caba, Alfonso Bassave, Raquel Pérez
Premios:
Mejor guión, Festival de San Sebastián 2016 Mejor actor, Roberto Álamo, Premios Feroz 2016 Mejor actor, Roberto Álamo, Premios Goya 2016 Seis nominaciones a los Premios Goya 2016.

viernes, 17 de febrero de 2017

"Las sombras de Quirke" de Benjamin Black

Las sombras de Quirke es el último libro publicado por John Banville bajo el pseudónimo (inútil porque no oculta nada) de Benjamin Black, que el autor utiliza para la novela negra. Todos sus lectores conocen esta dualidad y se han acostumbrado a ella. Y saben que el patólogo Quirke es un tipo extraño y peculiar que, a pesar de todo, siempre depara alguna sorpresa. De modo que este libro habla de sombras que no tienen nada que ver con esas otras más oscuras de Grey

En esta ocasión el habitual mal humor de Quirke, su cinismo y su descreimiento se acentúan porque lleva una buena temporada en el dique seco. Jaquecas y alucinaciones lo han obligado a tomarse un descanso y lo está viviendo, es un decir, en la casa de Mal, su hermano adoptivo, y la esposa de este, Rose, alguien a quien Quirke no le es en absoluto indiferente. 

David Sinclair, el joven novio de Phoebe, la hija de Quirke, y a la vez su ayudante, es el sustituto en ese tiempo de impasse. Pero aunque Sinclair se cree suficientemente preparado y aspira a ocupar pronto el puesto de su suegro como director del departamento de Patología del Hospital de la Sagrada Familia, he aquí que se topa con un caso que lo deja confuso y que lo lleva a buscar el consejo de Quirke

Este es el punto de partida del libro. El hecho que llama la atención de Sinclair es un golpe en la cabeza del cadáver que tiene sobre la mesa de autopsias. ¿Qué hace ese golpe contundente dado con un objeto romo en el cráneo de alguien que se ha suicidado lanzando su coche contra un árbol?. Se admiten apuestas.

Sin embargo, el libro podría subtitularse Quirke se enamora. Porque este hombre taciturno y lleno de problemas emocionales, que no se conoce a sí mismo y que vive en el límite de la razón y la locura, encuentra el amor en Evelyn Blake, una psicoanalista austríaca. Y también en esta ocasión el pasado convulso de su propia familia formará parte de la trama. Y, cómo no, las élites dublinesas, que retrata tan bien, políticos, eclesiásticos y poderosos. 

Las sombras de Quirke, publicado por Alfaguara en su serie Negra, y traducido al castellano por Nuria Barrios, es la séptima novela de Benjamin Black con este protagonista. El estilo breve, sincopado, fraseístico, de Banville se adecua perfectamente al relato de las peripecias de este hombre lleno de dudas, de traumas infantiles y de pesimismo. Un relato lacónico pero sin resultar telegráfico. Sin obviar los aspectos más sucios, más desagradables de su trabajo pero sin recrearse en ellos, salvo para hacernos entrar en ambiente. El carácter de Quirke, ya esbozado en sus obras anteriores, viene a reafirmarse aquí con algunas frases que lo definen sabiamente: 

"...no valoraba demasiado la amistad, ni siquiera en su juventud"
"Se sentía como un Robinson Crusoe que hubiera envejecido en la isla"
"Todas las parejas le parecían insólitas"
"Si has de estar al mando, has de aprender a ser actor"

jueves, 16 de febrero de 2017

"Oculto sendero" de Elena Fortún

La editorial Renacimiento ha rescatado una rara avis. Una de esas recuperaciones que suponen una aportación más allá de la propia literatura. Que resultan explicativas de momentos históricos y de formas de vida que ahora ya nos parecen lejanos e imposibles. 

Eso significa la publicación en 2016 de la novela inédita y autobiográfica de la escritora Elena Fortún Oculto sendero. Cualquiera que tenga nociones sobre la literatura infantil y juvenil del siglo XX tiene que saber que Celia fue un personaje creado por Elena Fortún, que comenzó a publicar las aventuras de esta niña en el suplemento infantil Gente menuda de la revista Blanco y Negro. Corría el año 1928. Celia pertenece a la mejor sociedad madrileña pero su visión de la vida es tremendamente crítica. Con este personaje la editorial Aguilar publicó una serie de libros que se ganaron el favor del público y en los que aparecían otros personajes fijos que acompañaban a la protagonista: Cuchifritín, Matonkiki, Patita y Mila. Así vieron la luz Celia, lo que dice; Celia en el colegio; Celia y sus amigos; Celia novelista; Celia madrecita. El manuscrito del último de ellos, Celia en la revolución, fechado en 1943 no vio la luz hasta 1987. 

El éxito de las entregas había sido apoteósico y de ahí el interés de la editorial Aguilar en publicar los libros, que fueron apareciendo y cosechando generaciones de lectores que seguían absortos las historias de la niña Celia, que iba creciendo, y sus choques con el mundo real, con el mundo de los adultos y con la forma de vida de la época, sobre la que ejercía una mirada implacable y crítica, trasunto de la propia autora y seguramente de su propia infancia. 

El personaje de Celia, unido ya para siempre a Elena Fortún y parte fundamental de la literatura infantil y juvenil en castellano, llegó a pasar a la televisión en forma de serie, en una producción de Televisión Española con la dirección de José Luis Borau y los guiones de Carmen Martín Gaite

Encarnación Aragoneses de Urquijo, verdadero nombre de la escritora (Madrid 1886-1952) pertenecía también a la clase más acomodada de la época y había estudiado Filosofía y Letras en un tiempo en el que pocas mujeres estudiaban, incluso las que tenían medios económicos. Se casó con el militar Eusebio de Gorbea y Lemmi. Ambos se exiliaron tras la Guerra Civil pues eran republicanos convencidos y Gorbea se suicidó en Buenos Aires en 1948. Antes de eso habían perdido al segundo de sus hijos. 

Oculto sendero es una novela de dudas, de indecisiones e incertidumbres. Lo que está bien según los usos sociales y lo que el corazón desea y necesita. La especial amistad de Fortún con Matilde Ras, sus tendencias sexuales, su ambivalencia a la hora de vivir y de pensar, sus contradicciones, todo ello aparece expuesto de una forma tan clara que es posible reconocer la humanidad de la autora en todo su recorrido. 

La edición del libro ha contado con una introducción y una selección bibliográfica que ocupan casi setenta páginas y que se antoja imprescindible para entender el contexto. Porque es el contexto el que nos arroja luz sobre el sentido del libro, sobre su contenido y su objetivo que no es otro que saldar una deuda consigo misma. Todo aquello que no me he atrevido a vivir en plenitud, todo aquello que puede ser contado pero no publicado. He ahí la gran paradoja de la obra que ahora ha resucitado Renacimiento con la aportación valiosísima de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga, dos estudiosas de la vida y la obra de Elena Fortún. Ambas participaron en la antología crítica El camino es nuestro, con textos de Elena Fortún y Matilde Ras

No son las únicas que se han dedicado a reflexionar y escribir sobre ella, también lo hicieron Carmen Martín y Gaite y Marisol Dorao, profesora de la Universidad de Cádiz que publicó en 1999 Los mil sueños de Elena Fortún, anticipando ya esa dualidad que la autora presenta: la escritora de historias infantiles y la mujer atormentada que hablaba de sí misma como forma de conjurar sus fantasmas. 

Oculto sendero es un libro amargo y desesperanzado. Un testimonio que llama la atención sobre el significado de las renuncias y sobre la necesidad de vivir la vida de forma plena y sin atajos. En la misma dedicatoria de la autora se expresa ya esa intención: “A todos los que equivocaron su camino…y aún están a tiempo de rectificar”. 


Oculto sendero. Elena Fortún. Edición de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. Biblioteca Elena Fortún. Renacimiento. Sevilla, 2016. 

domingo, 12 de febrero de 2017

La última canción


(Edward Hopper. Pintura)

El día que comprendió que era un canalla hacía sol y el cielo era una hoja azul de resplandores. La gente apenas se miraba a los ojos, todos corrían apresuradamente por la ciudad absorta y siempre atenta a los susurros de los amaneceres. Lo supo uniendo las delicadas piezas del puzzle de su vida y así pudo soñar por fin que una vez sería libre. No obstante, en el primer momento, sintió que el corazón se le partía a pedazos. No había querido verlo. No había traducido a palabras esos signos dispersos, todas las vaguedades que, juntas, tenían un nítido trazado de realidad que era preciso ver sin dilaciones. El cuerpo roto, las alas rotas, el tiempo convertido en un suspiro sin verdad y sin horas, no habían bastado para hacerle entender lo que pasaba. Fue una frase, la frase, solamente una frase, pero tan oportuna, tan claramente dicha en el contexto, tan expresiva al fin, una frase, la frase, con lo que se escondía y así terminó todo. Desactivó la música que suena sin pararse. Descolgó del perchero el vestido de flores. Desandó la curva de la tarde en la acera. Despidió el sentimiento. Destruyó los sonidos. Devastó las palabras. Desenterró el silencio. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Un buen tipo" de Susan Beale

Si al leer este libro sacas la sensación de que Ted y Abigail son un matrimonio normal, con las frustraciones propias de ese estado, no estaremos de acuerdo. No debería haber nada de normal en la desesperación de ella porque su marido tiene tan poco tacto, repara escasamente en las cosas que su mujer hace bien y tanto en las que hace mal.

Tampoco en el descuido con que Abigail se toma los pequeños logros profesionales de su marido. Es verdad que vender neumáticos tiene poca poesía pero, al fin y al cabo, lleva varios meses siendo considerado por su empresa "el vendedor del mes". Algo es algo. Aunque ese algo no satisfaga al exigente padre de Abigail, ni a su madre, que esperaban bastante más para el esposo de su hija. Los matrimonios presuntamente desiguales siempre terminan pasando factura. Haría falta, para evitarlo, una ración extra de amor y otra de autoestima. 

Los domingos en casa de los padres de ella son una muestra evidente de que la pasión se ha desvanecido y ellos son ya una sombra de lo que fueron. Nada que no sepamos. La comida rutinaria y el pastel consabido no bastan, no son nada, para hacer soportable esa soledad de la pareja que ya no tiene nada que decirse. Tampoco da la sensación de que los encuentros con vecinas, con mujeres de su mismo entorno, sacudan la modorra rutinaria de Abigail, que tiene que lidiar con la casa y con la niña, llorona, impertinente y que no se lanza todavía a andar, a pesar de que tiene suficiente edad para ello. Ambos, Abigail y Ted, son personas desgraciadas, a las que la vida ha dado poco en comparación con esas cosas que existen por ahí y que otros disfrutan. Pero no lo parecen. He aquí la cuestión. Una suave neblina cubre la realidad y todo parece funcionar aunque nada funciona. 

Por ejemplo, está lo del baile. O la efervescencia de los encuentros inopinados en los que aparecen chicas menudas y de cabello negro. Eso lo logra atisbar Ted cuando, después de conocer a la pizpireta Penny, encuentra uno de sus guantes, perfumado, oliendo a mentol, en el coche y decide llevarlo a la tintorería para entregarlo a su dueña. Una pequeña decisión que traerá cola. Al tiempo. En el universo de un hombre aburrido una sencilla prenda de vestir de una chica atractiva y que lo ha mirado con atención suficiente como para valorar su trabajo, no puede ser despreciada. 

La novela tiene el acierto de intrigarnos. Comienza en 2008, cuando la madre de Abigail la llama urgentemente porque a su casa ha llegado una carta para ella, y da un salto atrás, en el momento en que esa carta va a ser abierta, hasta los años sesenta, los años del matrimonio de Ted y Abigail. Sospechamos quizá qué contiene esa carta, pero pasarán las páginas y no se nos dirá todavía. Las mariposas de la duda aletean por el estómago. Son parecidas a las del amor pero las del amor son más punzantes y juguetonas. Sin embargo, queremos saber qué dice, queremos confirmar si nuestras sospechas son ciertas, queremos seguir leyendo. Ese es el caso. 

La chica del vestido rojo, Penny, es secretaria y también tiene su historia. Y formará parte de una manera especial de la historia de Abigail y Ted. Pero contarlo sería quitaros la emoción del descubrimiento. Y eso no. 

Un buen tipo. Susan Beale. Colección Contemporánea. Alba Editorial. Traducción de Patricia Antón de Vez. Susan Beale es una periodista y editora que ha escrito su primera novela. 

martes, 7 de febrero de 2017

"La muñeca de nieve y otros cuentos" de Nathaniel Hawthorne

La muñeca de nieve es el primero de los quince cuentos que forman este libro. La reconocida maestría de Nathaniel Hawthorne (1804-1864) en el manejo del relato corto, de la narración condensada, se ve aquí sobradamente clara y plena de los matices que configuran su estilo.

Los otros cuentos son El gran rostro de piedra, La calle Mayor, Ethan Brand, Biografía de una campana, Sílfide Etherege, Los peregrinos de Canterbury, Noticias de ayer, El hombre de piedra, El demonio en el manuscrito, John Inglefield y el día de Acción de Gracias, La antigua Ticonderoga, Las esposas de los muertos, El gamoncillo y Mi pariente, el mayor Molineux.

Aunque de temas aparentemente sencillos, cotidianos, o quizá por eso mismo, la lectura de los cuentos de Hawthorne te provoca siempre un estremecimiento, un desasosiego, una sensación de amenaza, de que algo va a ocurrir y no vas a poder evitarlo. Una especie de sombra lúcida los atenaza y esa vivencia llega a contagiarse al lector, prendido en sus palabras, en sus frases largas y redondas, en el pulcro acabado que da a sus textos.

Tres características tienen estas historias al igual que toda su literatura: una técnica muy refinada y limpia; un trasfondo psicológico acentuado y el lirismo que sobrevuela toda la narración. La crítica a la sociedad puritana de Nueva Inglaterra que tanto daño hacía a personas y comunidades, está en el telón de fondo de todo lo que escribe. Él conocía muy bien ese puritanismo pues su madre se convirtió, tras la muerte de su padre cuando él era un niño, en una sombra oscura que no salía a la calle, precisamente por la observancia de esa ideología.

Hawthorne, que era natural de Salem (Massachussets, USA), era nieto precisamente del juez que actuó en los procesos de brujería de esa ciudad en el siglo XVII. Lo que se produce en él entonces es una reacción al ambiente de su propia familia y de su círculo más cercano.

Llegó a la literatura a través del gran éxito que obtuvo La letra escarlata, publicada en 1850. El caso, basado en hechos reales de Hester Prynne, condenada por haber tenido una hija después de cometer adulterio, conmocionó a la sociedad y a los lectores. Antes de eso había publicado una colección de cuentos Musgos de una vieja rectoría (1846) y tiempo atrás, cuando todavía era inspector de aduanas, la novela, financiada por él mismo, Fanshawe, en 1828.

Cuando en 1853 asumió el cargo de Presidente de los Estados Unidos de América su amigo de la infancia Franklin Pierce, lo nombró cónsul en Liverpool y allí vivió con su esposa y sus hijos desde ese año hasta 1857. Precisamente estaba en compañía de Pierce cuando falleció en Plymouth, a los 59 años,, en 1864.


La muñeca de nieve y otros cuentos. Traducción de Marcelo Cohen. Editorial Acantilado, 2017. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Recordando

"Cada vez iré sintiendo menos y recordando más"

Julio Cortázar


Este no es un buen día. El sol ha salido al fin, contradiciendo a los hombres del tiempo, que se empeñan en alertarnos de rojo o de naranja. Pero hay soles que no penetran en el corazón y que siguen su camino sin que su calor y su luz nos lleguen. Hay días en los que se agosta la sonrisa y la mirada se convierte en hielo. Este es uno de ellos. Así, ha salido a la calle cabizbajo y apenas se interesa por lo que ocurre en torno y tiene el aire desgastado de un animalillo a quien han colocado encima un saco de cemento. 

El tic tac del reloj se ha vuelto loco. Diez años, veinte años, treinta años, tiempo atrás, ese atrás que se guarda en una esquina, allá donde la memoria lo preserva, donde no valen desencantos porque todo está escrito. Indeciso, comienza a desgranar recuerdos, breves destellos de los momentos que vivió y sus manos se abren como si fueran un abanico de colores inciertos. Sonríe. Incluso ríe cuando cuenta la historia que fue suya, que aún es suya pero que pertenece al armario de baldas amarillas, gastadas por los años y los sueños perdidos. Brota en esa mirada un aire diferente, como si no estuviera frente a ti, sino sobre una nube que otea el horizonte y contempla esos mares, con su bonanza y con sus tempestades. 

Es así como pasan los minutos. La infancia azul, la juventud dorada, la tierna madurez en esas latitudes. Y cuando todo acaba y el relato concluye, despliega con cuidado la inmensa despedida, el telón que resguarda los sonidos, los rostros de la gente, el efímero hueco de otras tardes, la percepción exacta de una vida que ahora ha derramado sobre la amargura un hilo cómplice, como una lluvia fina que ni cala ni moja, que acaricia. Tú lo miras y sabes que podrías, sin que eso supusiera esfuerzo alguno, escuchar cada nota de esta música.