domingo, 22 de enero de 2017

O déjame vivir


(Summertime. William Kay Blacklock. 1872-1922)

Dejó atrás las palabras y fue a buscar las flores. Las palabras siempre le suponían inquietud, no sabía contestarlas, no sabía convertirlas en ideas, no sabía cómo escapar de ellas. La gente las pronunciaba con toda seguridad pero ella no las entendía, no podía comprender cómo su corazón permanecía impermeable a pesar del aluvión de sonidos, de recomendaciones, de preguntas, que nunca contestaba. 

Llegó a entender que estaba sola y eso porque en su casa las ventanas describían un círculo de luz al abrirse y no existía en ellas la sombra. La casa en soledad tenía un sonido perfecto. El tic tac del reloj se mezclaba con el ronroneo de la gata, que se escondía debajo de las mesas y de los sofás sin que nadie pudiera encontrarla si ella no lo quería. Entendió que los parientes que habían venido al duelo se habían marchado y que esos ropajes negros, con velos y faldas de tela gruesa eran los que ella debía vestir a partir de ahora. 

Pero nunca entendió el significado de esos ritos. El dolor estaba dentro de ella y no cambiaría por la forma de vestir. Daba lo mismo muselina o terciopelo. Daba lo mismo volantes o enaguas, capelinas o sombreros. Estaba sola, sí. Su casa estaba sola, sí. Pero no quería ser un alma en pena ni esperar nada que no fuera posible. Todas las mujeres la avisaron de que un hombre tendría que sustituir lo antes posible al que se había ido. Pero ella se negó a entender que la soledad de la casa y su propia soledad dependieran de un sustituto. No era eso, se decía. Y por ello aparecía en las tardes junto al jardín, moviendo con la mano los dorados capullos, formando haces de flores dispersas y ramos ordenados, que iban a adornar una casa de ventanas abiertas, sin sonidos, sin gente, en cruel silencio. 

"L´avenir" de Isabelle Huppert


Isabelle Hupert es Nathalie, una profesora de filosofía que ama su trabajo, a sus alumnos y a su familia. Mantiene una difícil relación con su madre, una mujer acabada que se resiste a cerrar su vida y sus sueños. Tiene dos hijos razonablemente bien criados y un marido. No se le conocen amigas de esas que te acompañan de compras y te consuelan. Su mejor amigo es un antiguo alumno, un muchacho contestario y lleno de ideas que pretenden ser nuevas y cambiar el mundo. Un clásico. En pocos años será funcionario del Estado y tendrá dos hijos, aunque eso no sale en la película. 


El marido de Isabelle Hupert la engaña. Descubierto el engaño por su hija, se ve abocado a decidirse y su decisión es marcharse con su joven amante. Es un hombre mayor, con un físico poco atractivo, también filósofo, pero que ha puesto punto y final a su vida de casado sin mayores escándalos. Cuando Hupert conoce lo que ocurre le dice adiós. No hay estruendos sentimentales, ni llantos, ni preguntas. Sencillamente él se va y ella sigue con su vida. 



La muerte de su madre, la adultez de sus hijos, el divorcio, todo eso convierten su vida en una búsqueda de objetivos. Ocurren los acontecimientos uno detrás de otro, como esas rachas que aparecen sin razón de ser y se prolongan hasta que nos devastan. Entonces ella se pregunta con sinceridad qué puede hacer y decide que su trabajo, sus alumnos y sus clases de filosofía, son suficientes para sentirse feliz. Así, con naturalidad, sin renuncias aparentes.

El último reducto de su madre, el último lazo, es una gata negra que se llama Pandora. La gata viaja con ella y se queda a vivir en el campo, en ese lugar supuestamente idílico donde su alumno-amigo Fabian, vive con su novia y otros comuneros. Todo tranquilo, nada chirría. Un río que transcurre tranquilo, al estilo de las películas francesas, pero que contiene píldoras que debes digerir con el mayor cuidado. 


Porque bajo esta aparente tranquilidad brillan algunos mensajes. La aceptación del engaño no impide que trace una línea certera de separación con lo que era su marido. Cuando, en una navidad, él se presenta por su antigua casa familiar para buscar a Schopenhauer y le cuente a ella que está solo porque su nueva pareja se ha ido a visitar a su familia, no va a encontrar comprensión ni sentimentalismo. Sencillamente Hupert le dará el libro, le deseará feliz navidad y le abrirá la puerta para que se marche. Si has terminado, has terminado, sin enredos pero sin medias tintas. 

Y será también esta forma de ver la vida sin dramatismo, pero con hondura, la que la llevará a entender la distancia que hay entre ella y su privilegiado exalumno, la que la hará asumir su soledad con la valentía de quien sabe que llamar la atención no es elegante y la que la va a convertir en una mujer equilibrada, digna, sabia y llena de emociones sin sufrimientos inútiles. La vida, ah, tal y como es la vida. Ahora y en el futuro. No tiene el síndrome de Afrodita y no necesita a un hombre para ser feliz. En todo caso, a Sócrates. 

L´Avenir, El porvenir. Película francesa de 2016. Dirigida por Mia Hansen-Love. Protagonizada por Isabelle Huppert. 

miércoles, 18 de enero de 2017

"Felicidad familiar" de Laurie Colwin

Laurie Colwin (Manhattan, New York, 1944-1992) es una autora que conocí a través de Libros del Asteroide con la publicación de su novela "Tantos días felices". Allí abordaba el tema de la amistad y el amor, tan unidos, a través de cuatro personajes: Guido, Vincent, Misty y Holly. Costumbrismo amoroso de la mejor especie. Novela de los sentimientos. Literatura emocional con su punto de observación cotidiana, tierna e inteligente. 

La escritora, que murió muy joven, fue una buena estudiante, una mujer brillante, editora y traductora. Como en sus personajes, su origen judío forma parte de su manera de entender la vida y las relaciones humanas. Escribió cinco novelas, algunas colecciones de cuentos y ensayos de cocina, lo que no deja de ser una mezcla muy curiosa que explica las alusiones culinarias que hay en sus obras y que las mujeres, al menos, siempre agradecemos. Y los chef, que son casi todos hombres. 

En este nuevo libro cuya publicación está prevista para dentro de unos días (me confieso deseosa de leerlo porque esto es una reseña previa, una campanita que lo anuncia), el centro de la narración es una familia, la de los Solo-Miller, descendientes de judíos holandeses llegados a USA antes de la Guerra y, por tanto, miembros fundadores de lo que hoy es ese singular país de países. 

La familia Solo-Miller, con ramificaciones en Londres, Boston, Filadelfia y Nueva York, emparenta, a través de la hija, Polly (de nombre real, Dora), con otra "primera familia", la de los Demarest, pues Henry Demarest será el marido de Polly. El jefe de la familia, el padre de Polly, es un hombre obsesionado con la comida orgánica y ella misma representa el ideal de la mujer moderna en la ciudad de la modernidad por excelencia. Un buen matrimonio, unos hermosos hijos, una vida acomodada y unas costumbres sociales llenas de ritos y de encuentros fructíferos a la hora de la conversación y los gestos, no parecen bastante, en realidad y por eso su aparente felicidad semeja la espuma de los días que un aire poderoso puede barrer en cualquier momento. Un vendaval con forma de pintor que, al tiempo que trastoca los sentimientos de Polly, tambalea los cimientos de su vida entera. 

La duda es si la perdurabilidad del amor sereno es capaz de resistir a las expectativas de la pasión. La duda es qué había de verdad en esa serenidad estética de la vida en familia, de los desayunos compartidos que se unen a los almuerzos, de la diletancia de las conversaciones y los comentarios maliciosos sobre los advenedizos. 

Pura delicadeza narrativa, auguro. Y un olor incesante a la fuerza de las emociones que no pueden pasar de largo por mucho que uno trabaje en la City o consuma lechugas ecológicas. 

Felicidad familiar, Laurie Colwin. Traducción de Antonio-Prometeo Moya Valle. Libros del Asteroide. Publicación 23 de enero de 2017. 


martes, 17 de enero de 2017

Cajas de madera antigua

En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. Nadie podía ver lo que contenían, porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y regándolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el anochecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 

Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le gustaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su interés. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos palante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabra impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 

Citas


Ella (para sí): Dentro de tres horas lo veré. Tres horas solamente. Tengo que pensar qué voy a ponerme. No es fácil. Me gustaría tener buen aspecto pero no resultar exagerada. Que no parezca que estoy deseando verle. Oh, pero sí estoy deseando verle. Y sí quiero estar guapa. No sé. Quizá un vestido. No. El último no le gustó, decía que los cuadros engordaban. Y una falda estrecha a mediodía parece un poco provocativo. Lo mejor, un vaquero y un jersey. Sí, eso siempre queda bien. Aunque me lavaré el pelo y me pasaré la plancha para que quede liso y brillante. Ay, parezco un anuncio de champú. Y esos zapatos nuevos, los de color cereza...Sí, esta es la ocasión de estrenarlos. Con los vaqueros quedará muy bien. El azul con el cereza hacen una buena combinación. Y el jersey azul que tiene en el escote pequeñas estrellitas, con esa camisa celeste tan estilosa... Sí, creo que sí. Oh, solo tres horas. En tres horas lo veré. Me parece mentira. 

Él (a ella): Si no te importa me siento yo de cara a la puerta. Me gusta ver la gente que entra y sale. Oh, una llamada en el móvil. Tengo que contestarla. Voy a salir a la calle a hablar. (Vuelve a los diez minutos). Mira, no sé si has visto la carta, pero yo no tengo ganas de comer, estos días he salido mucho y estoy hasta arriba. Cualquier cosa para mí, total, este sitio no me gusta mucho. Jajajajajaja. Lo que en realidad me apetece a esta hora es dormir la siesta, tengo sueño atrasado. No mujer, ya que estamos aquí comemos algo y nos vamos temprano. ¿Te has enfadado? Hay que ver como sois las mujeres, enseguida reproches y enfados, no sé cómo os aguantamos. Por cierto, ese jersey no te sienta muy bien, demasiado adorno, un poco exagerado ¿no?. ¿Postre? No, no, prefiero que paguemos y nos vayamos. (De pie). Vámonos. 

Ella (para sí): ¿Aprenderé? 

lunes, 16 de enero de 2017

Soy guapa pero eso no importa

La mujer se sentía fea, muy fea. Llevaba así algunos meses, quizá años. Es fácil de entender. Las mujeres, algunas mujeres, no se ven a sí mismas como son sino que miran por los ojos de otros. Si amas a alguien, seguramente son sus ojos los que te importan. El hombre la veía fea. Siempre andaba ponderando la belleza de otras ninfas que rodeaban su espacio y ella, la mujer, sabía que nunca podría acceder a ese lugar sagrado, porque era fea. 

La fealdad convirtió a la mujer en insegura. La inseguridad en dubitativa. La duda en triste. Así la mujer era fea y triste, dos de las cosas que el hombre no soportaba. Él quería alegres chicas de corazón vibrante, positividad y luz transversal. Todo lo que los programas de coaching intentan vender lo quería él para sus chicas. Pero la mujer no se acercaba ni de lejos a ese modelo. De forma que su mirada se enturbiaba cada vez que se acercaba al espejo y veía ese tono de tristeza que parecía cubrirlo todo. 

Pero hay cosas que no pueden durar demasiado tiempo. Mentiras que se desvanecen por sí mismas. Y siempre es la bondad la que reclama su sitio. Y la inteligencia la que conmueve. Y la emoción la que resalta sobre la estulticia y la maldad. De forma que la mujer, por una carambola del destino, observó la estratagema y logró zafarse de esa visión deteriorada y sucia que había tenido de ella misma. No le hizo falta siquiera escuchar a Emma Thompson explicar que las actrices no son modelos y que las mujeres tienen cerebro y corazón antes que piernas y culo. 

Cuando la mujer entendió que su ingenio era chispeante, que su vocabulario era muy rico, que su alegría cautivaba, que su estilo tenía charme, que su corazón derramaba una inaudita generosidad, vio también, sin pretenderlo, que era guapa y que su belleza era mucho más duradera que la de las chispeantes chicas de Colsada. No hizo falta espejo. Lo notó en su corazón. No hizo falta más. El hombre ni siquiera lo sabe. Pero es que sabe muy pocas cosas. 

De lo triste


Una vez la mujer conoció a un triunfador. El hombre vestía con trajes de marca, acudía a festejos y acontecimientos importantes, se codeaba con lo más granado de la sociedad y recibía condecoraciones y premios. En las fotos, el hombre apoyaba graciosamente la barbilla en el dorso de una de sus manos y miraba pícaro a la cámara, mientras sonreía apenas y esbozaba un gesto de displicencia muy atractivo. Así, el hombre paseaba su éxito por entre todos y la gente lo admiraba y lo envidiaba a partes iguales. Pocos, eso sí, lo querían. 

La mujer notó ese pequeño clic que ata un lazo invisible entre unas personas y otras y creyó en lo que ese hombre era y lo entendió sin palabras. Desde ese momento ella estuvo atenta a sus pasos y a sus dudas. Recibió, como un contenedor de basura que no tiene criterio ecológico, todo lo que él desprendía, siempre negativo, siempre malicioso: dolor, frustración, miedo, angustia, cobardía, soledad, escasez, enfermedad, angustia...A veces, en un gesto de altivez suprema, caían al contenedor algunas finas huellas de amores gastados, de besos de otros tiempos, de paseos inacabados por lugares románticos.

Pasaron muchos años y la mujer notó el cansancio de la espera que no conducía a nada. El hombre, como suele ocurrir con aquellos que no saben lo que es la entrega, ni la generosa y simple llama del amor compartido, anduvo más deprisa el trecho que hacia la desilusión le iba conduciendo. Su amargura se convirtió en desdén, su desamor en odio, su falta de empatía en descontento. La mujer decidió entonces que ese contenedor estaba tan lleno que todo le sobraba y se alejó, sin mirar atrás, del hombre triste que, intentando imaginar una sola luz que lo alumbrara, se encontró con oscuridad sin final, con suciedad sin límites, con vacíos que no podían llenarse ya, ni entonces ni en el tiempo futuro. 

domingo, 15 de enero de 2017

Por qué hay que leer a Jane Austen


Siete de cada diez lectores de Jane Austen son mujeres. Siete de cada diez lectores de novela son mujeres. La escritora alertó en las primeras páginas de "La abadía de Northanger" del desprecio que hacia el género "novela" tenían los críticos literarios. La crítica literaria ya se cubría de gloria en aquellos tiempos, según parece. Yo añado: siete de cada diez lectores de lo que sea (excepto periódicos deportivos) son mujeres. 

Hay que leer a Jane Austen si quieres conocer los entresijos de la naturaleza humana. Cuando hablamos de naturaleza humana, lo hacemos de emociones, pensamientos, sentimientos y conductas. Olvídate del coaching (ese invento brutal por el cual supuestos magos nos convierten en oradores en un santiamén), olvídate del shopping (ya sabes, la terapia que deja hecha unos zorros tu tarjeta bancaria a base de recorrerte supuestas ofertas), olvídate de las redes sociales (y de esos "guapaaaaa" que te brindan tus "amigos" sabiendo que no son verdad). Olvídate de todo eso si quieres entender y entenderte. Jane Austen cuenta algunos hechos, no es como esos autores que te dan pelos y señales de todo lo que ocurre "se levantó, se lavó la cara, fue a la cocina, se hizo el desayuno, bla, bla, bla....), pero desentraña el interior como nadie. Desmenuza la vida, esa que se vive hacia dentro y se manifiesta hacia fuera. 

Hay que leer a Austen si quieres disfrutar de personajes únicos. Sin estereotipos, con enorme variedad de matices, hechos por dentro y por fuera, sin cartón piedra, nada de actores, personas, hombres y mujeres a los que puedes ver como si estuvieran delante tuya. Si algún día encontrara por la calle a Darcy lo reconocería. Y lo mismo puede decirse de los demás. Caracterizaciones fabulosas, hechas a cincel, sin esa pasada de simplicidad que usan otros, a fondo, totales. 

Hay que leerla si quieres divertirte con situaciones llenas de comicidad y de sentido del humor. Al contrario que las Brontë, tan plastas ellas, Jane Austen es una mujer graciosa, con un toque elegante y, a la vez, cáustico, ácido, corrosivo, incluso premeditadamente noir. Reir es una de las cosas que nos pueden hacer más felices y ella contribuye a esa felicidad por medio de una risa meditada, a veces de una risa llena de matices, otras, de una risa loca. 

Hay que leerla porque fomenta la conversación. Las conversaciones son el valor más seguro de los libros Austen. Hablar, hablar, hablar, pero no en plan verborrea absurda sino con sentido, sensibilidad, orgullo, prejuicio y buenas maneras. El arte de conversar, que parece haberse perdido, se recupera en estas novelas, donde los personajes dedican mucho tiempo a contarse cosas, a interrogarse acerca de la vida y a pormenorizar situaciones. 

Hay que leerla porque muestra lo beneficioso que es el interés por los demás. El cotilleo, cuando se lleva a las más altas cotas, es decir, cuando supone saber qué les pasa a los otros y tratar de descifrar sus conductas y motivaciones, es un ejercicio mental que pone las pilas. 

Hay que leerla porque nos produce ganas de pasear y de estar al aire libre. Jane Austen estaba en contra del sedentarismo. Todos sus personajes son andarines, sobre todo ellas, que dedican una parte del día al paseo y, en ocasiones, a ejercicios aún más fuertes. El aire libre y la naturaleza presenta grandes beneficios según la forma en la que en sus obras aparecen reflejados. 

Hay que leerla porque las mujeres no son bobas ni los hombres canallas. Austen huye de los maniqueísmos, da oportunidades a todos para que se formen su propia opinión y presentan a una sociedad con matices, con muchos matices, porque así es la vida y así son las situaciones humanas. Eso nos ayuda a pensar, a reflexionar y a observar cómo los humanos nos comportamos en las distintas ocasiones de la vida. Es un tratado filosófico del arte de vivir. 


Hay que leerla para entender muchas referencias literarias y cinematográficas que no puedes perderte.   En la película "Tienes un e-mail" Joe lee este libro que es el favorito de Kathleen, mientras espera la cita a ciegas. En "Diario de Bridget Jones", el personaje del protagonista está inspirado en el señor Darcy. La inspiración que ha supuesto Jane Austen para escritores, cineastas y artistas en general, es enorme. 

jueves, 12 de enero de 2017

Por qué no debiste leer "El Principito"

Tanto como denostamos a los libros de autoayuda y llevamos años y décadas leyendo uno de ellos, tomándolo como cierto y convirtiéndolo en nuestro evangelio. Los niños pequeños se suman a esta vorágine lectora y no digamos los adolescentes, para quien el pequeño príncipe planetario es el verdadero augur de la vida sobre la tierra.

Los mayores, hastiados de sus enseñanzas, intentamos reflexionar sobre si alguna verdad existe en ellas y concluimos que nuestras mochilas actuales se deben a que el libro nos convirtió en sufridores, incapaces de luchar por lo que somos y queremos.

He aquí, en la siguiente ilustración, dos elementos fundamentales de esta gigantesca operación de marketing sentimental: el niño riega la rosa, la rosa se hace grande y, por eso mismo, porque la rosa se ha hecho grande con su riego, porque le ha dedicado tiempo, el muchacho tiene que cargar toda la vida con la rosa. Lo mismo da que sea una rosa roja o blanca, simpática o ácida, buena o mala. Hay que cargar con la rosa sí o sí. Y eso puedes aplicarlo a cualquier situación, persona o sentimiento. Es una mochila que no puede separarse de uno mismo. La rosa perpetua. La rosa tatuada. Sin Anna Magnani. Un planazo. 

A continuación, en la misma imagen, la leyenda que ejemplifica la mayor de las mentiras del libro: "Lo esencial es invisible a los ojos". Le falta la primera parte, otra falacia: "Solo se ve con el corazón".

Unamos a esto la algarabía y el alborozo de todos los que nos sintamos feos, bajos, gordos, poco agraciados, llenos de defectos, mal vestidos, patosos...todos aquellos que nunca seríamos adorados por nuestro físico o por nuestra conducta inmediata porque tenemos la salvación en esa leyenda. Lo que no se ve es lo que importa. ¿Qué es lo que no se ve? He aquí la cuestión. ¿El espíritu? Y ¿de qué manera puede uno saber cómo es el espíritu de los otros? ¿Ciencia infusa? ¿Magia? En todo caso, sea como sea, nos quedaremos muy tranquilos porque nuestra fealdad está siendo redimida por un niño que pulula de planeta en planeta. Un niño inquieto, hiperactivo y que no sabe lo que quiere. De esta manera empezamos a soñar con que se enamoren de nosotros simplemente por nuestro espíritu, nuestra alma o cualquier otro aditamento interno y que está fuera de la vista. O que nos contraten en un buen trabajo por nuestro buen corazón, invisible, desde luego.

Cuando nos pegamos el porrazo, al aterrizar en la vida real, lloramos al saber que las guapas ligan más que las feas, que son más amadas y estimadas y que, jajajajajajaja, lo que se ve por dentro importa menos que un trozo de cometa en medio de un tsunami en una selección de personal, por mucho coaching que hayas buscado a modo de director de orquesta. 


¿No os suena esto último a Paulo Coelho directamente? ¿O a coach desenfrenado? Una confusión estelar en la que una se interroga a sí misma y que oculta el deseo de hallar nuestra propia estrella. ¿Es una estrella real? ¿Significa la consecución de los sueños? 

A lo que se ve todo el universo conspira para encender una luz tan suficientemente amplia como para que todos reconozcamos a una estrella como nuestra. ¿Qué pasa si tenemos allí en el éter una estrella? ¿Nos sirve de algo? ¿Le rezamos, le pedimos deseos? ¿Qué nos aporta esa estrella a nuestra vida, suponiendo que la tengamos asignada? ¿Y si nos equivocamos de estrella? ¿Y si la estrella no quiere venir con nosotros, y si nos cae mal? ¿Y si no tenemos estrella? Y, en todo caso ¿para qué demonios sirve la tal estrella? ¿Nos acunará, os aliviará del dolor, nos dará pasta cuando haya que pagar la hipoteca, nos hará más felices? Basta ya de estrellamientos inútiles....


En esta pretensión de que tu propio zorro se convierta en el zorro number one solamente porque tú lo hayas elegido como amigo, hay mucho de prepotencia, hay que reconocerlo. Este muchacho no se para en barras. Todo lo que toca lo dota de una capacidad de ser único y milagroso tanto que me pregunto si no es una especie de profeta sideral aún no identificado. El caso es que, entre su rosa, que era suya, entre el zorro, que también era suyo y sus frases, que eran suyas, nos crearon un lazo en torno a la cursilería sintomática y sistemática más aguda de todas las que son el mundo literario. Solo un farsante de tomo y lomo puede hacernos comulgar con estas ruedas de molino. Y disfrazado de buenísimo, claro, porque en caso contrario ya hubiéramos puesto pies en polvorosa.

Porque el problema de "El Principito" es que trascendió de la literatura a los altares y sus frases son preceptos, sus ideas son dogmas y sus consejos seguidos al pie de la letra. Tengo que soportar y aguantar toda la vida a un amigo al que detesto precisamente porque es o era mi amigo. Y así con todo. La teoría del sacrificio, la teoría del aguante por los siglos de los siglos, la teoría de la infelicidad llevada al extremo. Fuera divorcios. Fuera cambio de vida. Todos a sufrir religiosamente. 


Algunas de sus afirmaciones son tan absurdas como esta. Como no es nada partidario de las sorpresas ni de las improvisaciones, se atreve a elaborar una teoría de anticipación de la felicidad basada en que antes de las citas tú te das un margen previo para empezar a disfrutar de la misma. Yo le argumentaría en contra que, antes de la cita, no te da tiempo a disfrutar porque tienes que estar preparándote para ella, eligiendo la ropa, el maquillaje, el peinado y otras fruslerías frívolas, que, seguramente, este muchacho desconocía. Otro ejemplo de sofisma que hizo mucho daño en su tiempo a aquellos que osaban llegar un poco tarde al encuentro y se encontraban a la pareja de morros recitando al Pequeño Príncipe, ese gurú de los supuestos buenos sentimientos, anticipación del coaching, de los gurús de la autoayuda y de los charlatanes de feria y vendedores de pócimas. 



Esta última frase merece una réplica. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Muchísimos más malos entendidos se producen con el silencio. 

Ese resquemor que de pequeña me producía este chico deambulando de planeta en planeta, tan quisquilloso, dividiendo el mundo en buenos y malos, con tan escasa comprensión de la naturaleza humana y sus defectos, defensor a ultranza de sus cosas porque eran suyas como única razón, ha desembocado en una abierta crítica ahora de mayor. Como dice alguien a quien admiro: Lees "El Principito", luego ves "Los puentes de Madison"  y ya no remontas. 

El Principito es un libro sobrevalorado. Parte de una concepción elitista de la vida según la cual unos están predestinados a tener razón y otros son unos pobres parias equivocados. El chaval presenta una prepotencia inadecuada a su edad y condición. Los niños se quedan atónitos al leerlo, al principio no lo entienden en absoluto y por eso se simplifica el mensaje y se queda en cuatro frases hechas, a modo de eslóganes, que las criaturas aprenden sin más. Todas esas frases contextualizadas son la ruina intelectual de quien se las cree. Te enseña a ser paciente sin crítica, a cargar sobre ti todas las mochilas que te hayan adjudicado quienes sean y sin motivo alguno, no hay tiempo para el cambio, la esperanza, la lucha por la felicidad, porque todo consiste en que lo tuyo es bueno sin más, sin ánimo de crítica ni de revolución. Una pesadez de libro que no debería leerse, si es que hay que leerlo, hasta los cuarenta años por lo menos. Antes, es indigesto. Y tiene un elemento que favorece esa inmersión principesca hasta las trancas: los dibujos. Sin dibujos, sería la mitad de lo que es. Pero esos dibujos son nuestra perdición. Nadie se puede sustraer a su influjo. Y así nos va. 

Solo tengo una esperanza: que sea mentira tanta devoción. 

martes, 10 de enero de 2017

Conversaciones a la caída de la tarde


(Pintura. Angelica Kauffman)

Era muy frecuente, en esa hora previa del atardecer, que las mujeres se sentaran a la sombra, en una esquina del patio en verano o, en invierno, cerca de la mesa de la cocina, para hablar de sus cosas. Eran cuatro. La dueña de la casa, la más joven, ejercía de maestra de ceremonias, invitaba a café, sacaba de la despensa unas pastas recién hechas (tenía mucha mano para la repostería) y canturreaba sin darse cuenta mientras hacía los preparativos. En el patio, los niños jugaban y se reían. Las risas cruzaban el aire y entraban por la ventana. Mientras que rieran ella estaría tranquila. 

La segunda mujer era la mayor de todas, una especie de jefe espiritual de la calle, una persona con sentido común, muy trabajadora y dispuesta siempre a ayudar. Tenía un aire hosco que no se correspondía con su bondad y reñía sin compasión a todos los niños. Se creía con derecho a ello porque sabía siempre cuál era el bien y cuál el mal. 

Otra de las mujeres era muy tímida. Apenas esbozaba palabra, pero le gustaba escuchar a las otras y rara vez las interrumpía. Era una mujer fea y eso había condicionado su vida. La fealdad tan aparente y su timidez se aliaron para convertirla en alguien raro. Sin embargo, en ese círculo pequeño de las cuatro, ella se encontraba acogida, dispuesta siempre a ser escuchada si algún día se obraba el milagro de la comunicación. 

La cuarta mujer era bastante ingenua. Procedía de un enclave rural que la había hecho extrañarse de todo, del progreso, de la ciudad, de la vida. Solo tenía un hijo y esto la ponía en clara desventaja con respecto a las otras, así que sus opiniones tenían menos valor, eran menos exactas. Sin embargo, gozaba de una alegría de vivir que se transparentaba en cada gesto. Era una mujer feliz, a pesar de todo. 

Las historias aparecían cuando las cuatro se sentaban, unas junto a otras, las cabezas casi juntas y los brazos doblados sobre el cuerpo. Eran historias que lo resumían todo, la vida cotidiana estaba en ellas y sus palabras, las que usaban para expresarlas, parecían anidar en huecos de pájaros, en sembrados de flores silvestres. Pronunciaban con cuidado de no ser oídas y todo se cubría de cursivas. Eran temas delicados que servían para estrechar los lazos que las unían. Ninguna de ellas conocía demasiado mundo. Se habían casado jóvenes y eran inexpertas en realidad pero gozaban de la suerte de la conversación, se intercambiaban mensajes cifrados con los ojos y no necesitaban teléfono ni redes, lo tenían todo al alcance de la mano. 

La niña habría querido oírlas. Un tesoro de erudición acerca del alma femenina se escondía allí. Pero eso no era posible. Estaba terminantemente prohibido que las niñas entraran en el paraíso prohibido de las historias de amor y desamor, de los amantes o los maridos que no pasarían a la historia por sus bondades, del desatino que les producía a las mujeres el paso del tiempo o de las luchas con su propia corazón por ser otras. 

La niña solo imaginaba, por la expresión de los rostros o el movimiento de las manos, qué era aquello que se movía a poca distancia de ella, pero tan lejos, tan absolutamente lejos de su alcance, tan ajeno, tan complicado y difícil. Porque todo era parte de una función de teatro que no se representaría hasta muchos años después. 

domingo, 8 de enero de 2017

Jane Austen: una filosofía del escándalo

Comencé a leer a Jane Austen en un momento indeterminado de hace algunos años. El paso del tiempo se revela impreciso y no sabría decir cuántos. La costumbre de anotar las fechas en los libros que compro podría ayudarme pero el primero de ellos, una edición de quiosco de "Orgullo y prejuicio", no está ahora mismo a mano. Como Umbral, me van a permitir que no me levante a buscarlo. Sea cual sea el tiempo, el año, el día preciso, de esa lectura, fue un descubrimiento. La lectura de ese libro me puso en la pista de otras lecturas posteriores, no solamente de Austen sino de mujeres que escribían, de literatura anglosajona, de otro tipo de obras. Las que yo califico como de "novelas de la emoción". Es la poesía indudablemente el género en el que los sentimientos, pensamientos, ideas y conductas se convierten en emociones, en un trasiego casi psicológico que termina por ocultar los hechos y por salvaguardar el espíritu. Pero en las novelas de Jane Austen encontré esa misma capacidad de ocultamiento. Recubrir lo que se siente por medio de pequeñas anécdotas, idas y venidas, visitas, bailes y conversaciones. En la vida real, la que yo vivo al menos, también utilizo este ardid. No te cuento lo que siento salvo porque te relato lo que hago. 

Cuando, desde hace años, y desde esta primera lectura, he tratado de convertir a los demás a la fe austeniana, me he topado siempre con el prejuicio de pensar que es una obrita para damas, que habla de cosas antiguas que ya no interesan y que está llena de convenciones, ideas arcaicas y, en suma, de costumbrismo sentimental. Si alguien saca esta conclusión debe ser, sin duda, porque no ha leído estos libros o porque no es capaz de entender ningún otro, ni siquiera el más sencillo de los cuentos de hadas (suponiendo que alguno exista con la suficiente sencillez). No. El juego de los espejos que utiliza esta mujer para escribir, es la forma en la que su inteligente imaginación transforma la realidad para que nada de lo que aparezca en su relato sea manido, trillado o convencional. He aquí el secreto de su filosofía. Lo convencional es únicamente la apariencia. El telón de fondo. El paisaje. Pero, a poco que te introduzcas en ellos, en los personajes, lugares y acontecimientos, podrás descubrir que su mano actúa como la del segador que va abriéndose paso por el campo de trigo, dejando solo las raíces y arrojando al aire todo lo demás. 

Seguramente la única forma en la que una joven de su época podía dar a la luz estas novelas era a través de una supuesta sumisión a la forma literaria o a los contenidos que tenían el nihil obstat de la época. Pero no creo que fuera esta la causa de su manera de hacer, sino que esta fue fruto de una elección que la llevó a crear su propio estilo. Su "maniera" si usamos un término artístico. El estilo Austen parte de una filosofía del escándalo, por la cual se cuestionan los cimientos de la vida social y personal de su época. Los mayorazgos, el desprecio a las mujeres, la sumisión a los hombres, los matrimonios de conveniencia, el amor como estorbo, el lujo de quererse y de odiarse, los lazos familiares, los parientes incómodos, los vecinos cotillas, las apariencias ante la servidumbre, los pobres que no quieren serlo, el papel de los clérigos...y todo un arsenal de pequeños detalles que constreñían la vida de las personas hasta el punto de que estaba milimetrada desde que nacían. 

Todas esas verdades absolutas son movilizadas y sacudidas por Jane Austen. Y lo hace sin ira, sin enojo y sin violencia. Delicadamente. Una inteligencia aplicada a conocer y a relatar. El relato en sus manos es una fuente de sabiduría y también una manera de enfrentarse al mundo. Su propio papel en el círculo familiar así lo certifica. Y ese convencimiento personal de que no era una mujer que escribía (lo que supondría un hobbie, una ocupación, una actitud de diletancia) sino una "escritora", es el resumen exacto de lo que pretendió hacer, con voluntad de permanencia manriqueña y tozuda. 

Resulta muy curioso cómo desarrollándose el tiempo de sus obras en momentos convulsos de la historia de Inglaterra, ella deje de lado ese cuadro exterior para centrarse en lo que a los hombres y a las mujeres les afecta. La apuesta por las emociones es, en sí misma, algo escandaloso. Hasta entonces nadie había entendido (y todavía muchos no lo entienden) que la revolución mayor es la de los gestos y que las guerras más cruentas se libran en el interior de cada uno de nosotros.

(Bicentenario de la muerte de Jane Austen: 1775-1817)

jueves, 5 de enero de 2017

Más libros para el 2017

Javier Cercas, que obtuvo un éxito muy destacado con "Soldados de Salamina", éxito que luego no se refrendó con sus siguientes obras, publica de la mano de Random House "El monarca de las sombras", en ese estilo histórico con aspectos novelados que ya ha manejado otras veces. 

Por su parte, Virginie Despentes, en la misma editorial, lanzará "Vernon Subutex 2" y Philipp Meyer "El valle del óxido", también con Random, en lo que promete ser un futuro best. 

Sobre Freud habrá nuevos estudios y publicaciones, entre ellos el inédito "La hipnosis" que recoge los escritos sobre este tema que el psicoanalista dejó elaborados. Lo publicará Ariel. 

Tusquets hace dos apuestas: la primera es la nueva novela de Luis Landero "La vida negociable" y la segunda una reflexión sobre el paso de los días, con título "El tiempo", escrita por Rüdiger Safranski. 

El guatemalteco Eduardo Halfon vuelve con otro libro "Clases de hebreo", publicado por Fulgencio Pimentel. Y Coetzee sacará la continuación de "La infancia de Jesús", con "Los días de Jesús en la escuela", con Random House de nuevo. 

El último libro de Enrique Vila-Matas es "Mac y su contratiempo", publicado por Seix-Barral. Y Anagrama sacará dos obras muy diferentes. "Coincidencias" de Luis Goytisolo, de género indescifrable y "Años felices" esto sí, una novela, de Gonzalo Torné. 

Por último, dentro de la ingente literatura que recordará el centenario de la Revolución Soviética está este "El tren de Lenin" de Catherine Merridale, publicado por Crítica. 

domingo, 1 de enero de 2017

Libros para el 2017


(Ian McEwan. Hampshire, Reino Unido, 1948)

Anunciar los libros que vamos a tener ocasión de ver publicados en 2017 es un clásico de este día de final de año. Resulta muy entretenido observar cómo algunos autores tienen ya preparado su libro de cada año y cómo se programan aniversarios y ediciones especiales. La selección que cada uno hace de estas esperas es tan variada como lectores hay. Así que esta que yo escribo aquí, en la primera entrada de este blog en 2017, es muy personal y elegida sin querer ser exhaustiva. 

Ian McEwan publicará con Anagrama "Cáscara de nuez". Por su parte, Salamandra sacará un nuevo libro de Dennis Lehane, de título "Ese mundo desaparecido". Lo noir continuará en la obra de Benjamin Black "Las sombras de Quirke" de Alfaguara. 


(John Banville-Benjamin Black, Wexford, Irlanda, 1945)

Muy atractivo es el panorama de la publicación de libros de relatos. Desde hace unos años viene ocurriendo así y el cuento ha dejado de ser la oveja negra de la literatura. En esta ocasión son tres mujeres las que están anunciadas para publicar algo que llenará nuestras estanterías casi con toda seguridad. Una de ellas está siendo recuperada pacientemente ya que las circunstancias de su vida y de su muerte impidió su publicación en vida. Se trata de Irène Némirovsky de la que publicará Salamandra en este 2017 el volumen de cuentos "Domingo". Por otro lado, la siempre candidata al Nobel de Literatura Joyce Carol Oates presenta otro libro de relatos, como el último que publicó, que, en esta ocasión se llama "Dame tu corazón" y que publica en castellano, la editorial Gatopardo. 


(Dennis Lehane, Boston, USA, 1965)

El tercer libro de cuentes viene de la mano de Natalia Ginzburg y de Lumen. Se titula "A propósito de las mujeres" y dada la trayectoria de esta escritora ya me despierta inusitado interés. 

Más cosas literarias de este 2017. El bicentenario de la muerte de Jane Austen, el centenario de Gloria Fuertes y el de Carson McCullers. De este escritor Seix Barral reeditará toda su obra. 

En cuanto a Editoriales, es Siruela la que tiene ya presto el catálogo de sus novedades para el primer trimestre de 2017 que incluye dos libros para mí muy interesantes: el ensayo de D. H. Lawrence "El amor es la felicidad del mundo" y entre los clásicos policíacos el libro de Elizabeth Daly "Una dirección equivocada". 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Las mujeres Austen


(Persuasión. 1918. Sally Hawkins es Anne Elliot en la versión para TV de 2007)

Persuasión, la novela de Jane Austen publicada  a título póstumo en 1818 presenta un tipo de mujer fuerte, capaz, reflexivo, maduro, no exento de sentimientos, pero llena también de sentido común. Está enamorada pero no va a perder la cabeza con facilidad. Y mantiene su dignidad en todos aquellos momentos del libro en que sus amores pueden ser descubiertos y utilizados de mala manera. 
Pero no es Persuasión la única novela en la que esta escritora define personajes femeninos de auténtico fuste. Todo lo contrario. 

Una de las cosas más interesantes de la literatura escrita por Jane Austen es la variedad de personajes femeninos que crea. ¿De dónde los sacó? ¿Cómo una persona con tan escasa experiencia de la vida, que se movía en un círculo familiar y vecinal muy concreto, fue capaz de concebirlos? El talento es, sin duda, junto a las lecturas que frecuentaba desde pequeña, el secreto de esta explosión de caracteres, de este conocimiento sustancial de la naturaleza humana, así como de las costumbres, los usos sociales, la filosofía de vida de la gente de su época.

En cada una de sus seis novelas mayores la protagonista es una mujer y el antagonista, por supuesto, un hombre. Con la excepción de Sentido y Sensibilidad, novela en la que son dos las protagonistas y dos los antagonistas, o quizá tres. Estas siete mujeres son muy diferentes aunque hay algunos elementos comunes que merece la pena destacar. Por ejemplo, sobre casi todas ellas pesa la obligación de contraer un matrimonio ventajoso ya que dependen de sus parientes masculinos, al estar vinculada las propiedades de sus padres a ellos. Esta situación ponía especialmente nerviosa a Jane Austen, como puede observarse en la manera en que la describe. El caso de las hermanas Dashwood (Sentido y Sensibilidad) es sangrante. Deben abandonar su casa para marcharse a una casita de campo prestada por un pariente de la madre. 


(Romola Garai interpretó a Emma, en la serie de la BBC de 2009)

La excepción más clara a este estado de cosas es Emma Woodhouse, la protagonista de la última novela que Austen escribió, aunque no la última que se publicó. Emma es una mujer joven, bella, educada, inteligente y rica. Quiso que en este personaje confluyeran todos los dones y eso le hizo decir que quizá no siempre hiciera buen uso de ellos. Afirmaba que Emma no caía bien a los primeros lectores de su obra, todos del entorno familiar y vecinal. Todavía hay quien, siendo austeniana, no reconoce en Emma los valores necesarios como para ser una protagonista del libro. Sin embargo, yo considero que Emma es la mujer que no depende de ningún hombre para ser feliz, dueña y señora de su casa y hacienda, por lo que su elección amorosa solo estará relacionada con sus propios sentimientos. Es una gran suerte y una gran responsabilidad, porque un error sería menos perdonable. La misma Emma no tiene ninguna prisa ni intención de casarse salvo que se encuentro con un "hombre muy superior". Todos sabemos que lo tenía muy cerca. 


(Jennifer Ehle fue Elizabeth Bennet en la serie de la BBC "Orgullo y Prejuicio" de 1995)

Elizabeth Bennet es la heroína más querida de todas las que dibujó Austen. Cae bien por igual a hombres y a mujeres, quizá porque nos representa mejor que otras. No es excesiva. No tiene en grado sobresaliente las virtudes que se suponía debían adornar a las muchachas de la época, pero las posee casi todas. Es ingeniosa, lista, inteligente, observadora, risueña, alegre, discreta, pero todo ello sin exageración y sin ostentación. Es también pícara, atrevida, andarina y una gran amante de la naturaleza. Pasear es su mayor afición y su actitud ante el ejercicio físico anuncia lo que vendrá en siglos posteriores. Tiene una especial relación con dos de los miembros de su larga familia; con su padre, al que quiere a pesar de sus miles de defectos; con su hermana Jane, a la que admira por su bondad sin imposturas. 

En el amor, Elizabeth es, sobre todo, práctica. No está dispuesta a dejarse amilanar por un tipo como Darcy, orgulloso y de un carácter endiablado, que, primero, la rechaza en un baile, luego critica a su familia y, por último, tiene la osadía de pedir su mano con una torpeza imperdonable. Recrea todos los defectos que la adornan a ella y los suyos para acabar diciendo que, a pesar de todo, la admira muchísimo. La chica quedará atónita y solo podrá responderle como alguien así se merece: no es no. Ni aunque fuera el último hombre sobre la tierra. 

(Emma Thompson interpreta a Elinor Dashwood en Sentido y Sensibilidad, la película de Ang Lee)

Elinor Dashwood hace honor a la sensatez que pregona el título del libro, Sentido y Sensibilidad. Ella es la persona que mantiene la cabeza fría ante las adversidades, que está siempre en su sitio y que no pierde esta forma de actuar ni cuando ella misma cae presa del amor a causa de Edward Ferrars, un hombre bastante débil de carácter que no está en absoluto a la altura de los otros hombres Austen, sobre todo de Darcy y de Knightley. Sin embargo, su ternura y su sencillez la enamoran y tiene que ocultarlo porque esos sentimientos no siguen una línea recta en lo que se refiere a él, por lo que la chica no quiere que sean un estorbo en el desenvolvimiento de la familia. No quiere sufrir por amor, ya lo hace por ella su hermana Marianne, que, enamorada primero de Willoughby, alguien que también parece amarla, sufre horriblemente con su abandono y su engaño y tiene que conformarse, en un alarde de sensatez que no se corresponde con ella, con una boda ventajosa económicamente con el coronel Brandon, rendido a sus pies desde que la conoció. 


(El papel de Marianne Dashwood, soñadora y pertinaz recitadora de versos de Shakespeare, lo hace, en la película de Ang Lee Sentido y Sensibilidad, Kate Winslet)

En la novela Northanger Abbey, en la que Jane Austen hace una feroz sátira de las novelas góticas imperantes en su época y en la anterior, todas ellas pobladas de románticas enamoradas, de familias pobres y bastardas, derruidas por el abandono de un villano sin remedio, que arrastraba su pena por medio mundo, el personaje femenino es una deliciosa chica, de aspecto normal y llena de pájaros en la cabeza, que se llama Catherine Morland. Catherine tiene la desgracia, a decir de la autora, de pertenecer a una familia normal y, lo que es peor, de ser una chica sana, que no padece enfermedades, tiene buen color, le gusta asistir a bailes y es, por tanto, lo contrario a una de esas heroínas. El sentido del humor es aquí el arma que usa Austen para desarrollar su argumento. 


(Felicity Jones es la actriz que se pone en la piel de Catherine Morland en La abadía de Northanger de 2007)

La heroína menos agraciada físicamente y más seria de carácter es Fanny Price, de Mansfield Park. La historia es también la más truculenta, complicada y llena de vericuetos. Los personajes son muchos y llenos de matices. Cambian de manera de ser, de postura, a lo largo de la novela, por lo que resulta difícil clasificarlos. Fanny es pobre y vive con sus tíos porque sus padres no pueden mantenerla. En esa casa no pinta nada, es la mujer invisible. Tiene cuatro primeros, de los cuales solo Edmundo la respeta y aprecia. Dos personajes irrumpen en la vida de Mansfield cambiando las reglas del juego. Son Henry y su hermana Mary. Ambos pondrán a prueba los posibles sentimientos mutuos de Fanny y Edmundo. Sin embargo, la ligereza moral de ambos hermanos no hará posible que nada fructifique y serán los primos Fanny y Edmundo, los que al final se casen. Tiene mucho cuidado en esta novela la autora en dar pábulo y apoyo a una forma de vida basada en la deslealtad y el engaño. Eso sería demasiado para ella. 


(Frances O´Connor interpretó a Fanny Price en 1999, en la película Mansfield Park)

El regreso del capitán Wentworth


(Autorretrato de Constance Mayer, 1775-1821)

Anne Elliot, la protagonista de "Persuasión" está muy enamorada de Frederick Wentworth desde los diecinueve años y cuando él le ofrece matrimonio rechaza su proposición. Los diecinueve años de entonces, finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran una buena edad para casarse. Incluso se registran matrimonios con menos edad. Sin embargo, Anne renuncia a su felicidad y hace infeliz también al hombre que la quiere. Los consejos de Lady Russell y la falta de aprobación por parte de su padre contribuyen a ello. Sin embargo, Anne tiene sentimientos profundos y ocho años después de aquello, cuando vuelve a encontrarse con Frederick, convertido en el capitán Wentworth, un hombre triunfador y de fortuna, las cosas son bien distintas. Una suerte de determinación la guía. Sabe lo que siente y sabe que ahora actuará de forma diferente si él la sigue amando. Pero es algo que está por ver, no hay ninguna certeza de que el afecto del capitán se haya mantenido en el tiempo. La principal razón de esta duda es que se trata de un hombre orgulloso, que se sintió no solo abandonado en sus sentimientos, sino lastimado, por la actitud de ella. Y Anne debe hallar el justo punto entre su propia dignidad de mujer, que no está en discusión, así como su amor intacto. 

Lo primero, piensa Anne, es entender sus propios sentimientos, descifrar qué siente su corazón cuando la vuelta del capitán se produce. Y por eso destina parte de su tiempo a reflexionar sobre ello.  Esa actitud filosófica de pararse a considerar lo que experimenta y lo que ve, es la guía que marca su actuación y es un aprendizaje que confiere al libro un carácter especial de educación sentimental. En su persona, en Anne Elliot, se da la unión madura de la emoción del amor con el razonamiento. No es un amor ciego. No quiere engañarse, no quiere perderse, no quiere dejar de ser como es y, al tiempo, su corazón y su persona entera tienden hacia el capitán Wentwork de esa forma inequívoca que aparece cuando nos enamoramos. Eso asegura que sea capaz de comportarse debidamente, no según las convenciones sociales, sino según ella misma. El respeto a las normas es algo que se refleja en su proceder, pero no a una norma establecida por el uso colectivo, sino como algo intrínseco a los seres humanos. No hacer daño, no hacérselo a uno mismo. Es una mujer de una pieza que, en análisis más ligeros, puede parecer algo victimista y sufridora. Nada más lejos. 


(Constance Marie Charpentier. Melancholy, 1810) 

La vida de Anne Elliot no está sobrada de afectos. Y la infancia determina el carácter como sabemos. El cariño que recibes, el apego que tienes a tu madre, la seguridad que tu padre te proporciona con su apoyo y protección son definitivos para dibujar una personalidad futura. Es huérfana de madre (como lo es Emma, por ejemplo) y su padre no la quiere. Es un hombre pagado de sí mismo que se contempla en un espejo todos los días. El espejo de la petulancia y la vanidad. Tampoco se siente (con razón) querida por su hermana mayor, Elizabeth, ni por la menor, Mary. Ni una ni otra pueden entender la manera de ser de Anne que es, curiosamente, otra vez "la segunda hija". Como Elizabeth Bennet en "Orgullo y Prejuicio". No la primogénita, como Elinor Dashwood, sino la segunda, la de en medio, alguien que aquí pasa completamente desapercibida y que si no se hubiera enamorado de Frederick Whentwork poco tendría que contar de su primera juventud.

Todas estas circunstancias familiares podrían haberla convertido en una mujer a la deriva, una mujer que se deja llevar por los otros, que busca su aprobación constante (evidencia de una baja autoestima) o que cambia de opinión por agradar. No es así. Anne Elliot se da cuenta perfectamente de cómo son las personas que la rodean y no se equivoca. Tiene un sexto sentido, una inteligencia clara que, unida a su capacidad de razonar, la convierten en una mujer preparada para entender el mundo y para conocer a sus semejantes. No espera ningún imposible y sabe distinguir lo bueno de lo innoble. 

El personaje de Lady Russell es ambivalente, no acaba de darnos la clave de su pensamiento y de sus acciones. Fue una de las artífices del mal consejo que obligó a Anne a separarse de su enamorado. Pero, por otro lado, parece que la quiere y, sobre todo, que Anne sigue confiando en ella aunque...¿no es verdad que sus pensamientos quedan a resguardo de todos, incluida de Lady Russell, en esta segunda aparición de Frederick en su vida? ¿no será que ha aprendido que, en cuestión de amores, es mucho mejor dejarse guiar de los propios instintos, intuiciones o razonamientos y, en todo caso, equivocarse sola? Así se desprende de su absoluta discreción ya que, en ningún momento, revela a nadie su desazón por el reencuentro ni los pensamientos que ello le suscita. ¿Solo timidez o también prudencia? 


(Marguerite Gérard. Preludie to a Concert. 1810)

En realidad Anne Elliot es la primera heroína de novela que ha de luchar por mantener su equilibrio personal al tiempo que intenta reconquistar al hombre que quiere y que perdió en su día. No se trata, además, de una jovencita de extremada belleza, como Emma, o de ingenio notable, como Elizabeth Bennet, sino de una mujer hecha y derecha cercana a la treintena, lo que, en años como aquellos, equivalía ya a la madurez. Es bella sin exagerar, tiene una pequeña dote y nada destaca en ella a primera vista. Esto hace mucho más interesante su peripecia. No es una top-model sino una persona normal. Cualquiera de nosotras podía ser Anne Elliot. Y no logra su objetivo, es decir, el amor de Wentworth con malas artes, con técnicas de simulación o de manipulación, que ofenderían su sensibilidad y la harían avergonzarse de sí misma. Ese todo lo contrario, es la limpieza de sus actuaciones, la claridad de sus sentimientos y su actitud de frente y sin impostura, lo que la hace aparecer ante los ojos del capitán, tanto antes como ahora, con un atractivo irresistible. 

Anne Elliot, siendo pasablemente guapa, tiene algo que es tan valioso como la hermosura y mucho más útil en estos casos. Una especial inteligencia emocional que hace que sus reflexiones sobre qué le ocurre y por qué le pasan las cosas sean acertadas y dignas de ser tenidas en cuenta. No se engaña a sí misma pero tampoco se deja llevar por lamentos inútiles. Ve la realidad, ni más ni menos. Por eso va observando la evolución que la conducta del capitán Wentwork va experimentando, desde su inicial desapego aparente hasta esas conversaciones casi robadas, esas miradas, que le dan a entender que el fuego existe, que no se ha apagado del todo. Y no se equivocó. Esa penetración psicológica que hace de su amado es cosa de mujeres modernas, de mujeres seguras de sí misma que no están dispuestas a vivir la vida de otros ni a renunciar a la suya propia. Y la descripción que hace la autora de los momentos de zozobra, que los hay, de tristeza, desconcierto o duda, es uno de los puntos fuerte de la narración.

En las novelas de Austen no pasa nada, salvo que las personas hablan entre sí, se visitan, se mueven de una casa a otra, acuden a reuniones, asisten a bailes o a conciertos, pasean por la calle, se encuentran y se relacionan. Este microcosmos humano es el que da lugar a todo tipo de emociones y sentimientos, desde los más elevados a los más abyectos. Es un muestrario de la naturaleza humana que todos reconocemos al leer sus libros. Y, junto a los sentimientos y las emociones, las conductas, los actos, los hechos que son incontestables y que no admiten sino la fidelidad de la prueba. Anne Elliot posee una penetrante capacidad de observación y necesita momentos de reflexión para encajar todo lo que ve y lo que siente. Nada hay de impulsividad, pues, en esa forma de actuar. Lo impulsivo surge, como es natural, en esos encuentros imprevistos en los que ella, cogida por sorpresa, debe sujetar su corazón, atarlo en corto, evitar que por los ojos y la boca salga todo el torrente de un sentimiento que, controlado o no, es verdadero y genera ríos de pasión.

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Las pinturas que aparecen en esta entrada formaron parte de una exposición que se organizó en el año 2012 en el Museo Nacional de Suecia. La muestra se llamó Stolhet och fördom (Orgullo y prejuicio) tomando así el nombre de la novela más famosa de Jane Austen. El período histórico que ocupaba (1775-1860)  incluía el tiempo en que vivió la escritora, que nació en 1775 y murió en 1817. 
Este período histórico contempla la tensión entre burguesía y nobleza, la Ilustración y la Revolución Francesa entre otros acontecimientos de gran repercusión en el occidente europeo y en América. 

El objetivo era dar visibilidad a pintoras que en su momento no habían podido ocupar los Salones como su talento merecía. Allí estaban, entre otras, además de las que aparecen en los pies de imágenes, Marie-Suzanne Giroust (1734-1772), Marie- Thérèse Roboul (1728-1805), Anna Wallayer-Coster  ( 1744- 1818), Ulrica Pasch (1735-1796), Amalia Lindegren, Hortense Haudebourt-Lescot...

La novela a la que se refiere esta entrada es "Persuasión" escrita por Jane Austen y que fue publicada póstumamente en 1818. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Hay que buscar razones


La muchacha de la farmacia ha sido muy elegante en su felicitación. No le ha preguntado cómo va a pasar la noche. Ella lo ha agradecido con el gesto cómplice de quien entiende el detalle. Luego, en la mercería, la dependienta-amiga, ha elucubrado sobre el posible frío al salir de la Misa del Gallo, pero no ha hecho alusiones personales lo que ha constituido una forma de entendimiento que tiene mucho valor en horas tan reiterativas y llenas de lugares comunes. En el supermercado, más impersonal, la compra ha sido rutinaria y sencilla, no hay apenas nada que celebrar. Y luego, en un paseo improvisado que no tenía previsto no ha podido evitar enamorarse de un mueblecito pequeño y adornado de rosas que, piensa, quedaría de perlas en una esquina del dormitorio. En ese cuarto sobra ahora mucho sitio. Cuando lo compra no se da cuenta de que ha de transportarlo a casa y que, aunque cerca, tiene que hacerlo sola. Es esa soledad de llevar consigo un pequeño mueble casi a rastras lo que ha hecho que sus ojos se conviertan en lagunas transparentes. Oh, sí, cómo evitarlo.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Ese compás ausente


(Nacimiento de Cristo. Catedral de Segovia)

Los niños vinieron del lugar más frío de la tierra. Su llegada fue, en cambio, un soplo de calor. La casa se llenó de una esperanza cierta que nunca antes la había alumbrado y el orden se trastocó en una nube de juguetes que te zarandeaban al entrar. Él, un tipo circunspecto y poco dado a la risa, se sorprendió llevando a aquellos niños a montar en un tiovivo que el ayuntamiento colocó en la plaza. También frecuentó una pista de hielo, un centro comercial plagado de sorpresas y la mesa incómoda y moderna de un McDonalds que antes no había pisado nunca. La madre dejó de notar una punzada de envidia cuando, por la calle, descubría el enjambre de mujeres que acababan de dejar a los hijos en la puerta del colegio y se unió a ellas con entrega, deseando formar parte del AMPA cuanto antes. Ya eran padres y esos niños su mayor alegría.

 La vida desde entonces adquirió otro compás. Cómo explicarlo sin nombrar las noches de insomnio, las reuniones con los tutores, las veces en que ambos cuchicheaban en voz baja para que no  les llegara a los niños, inmersos en las dudas que les ocasionaban dos preadolescentes casi conflictivos, con esa conflictividad que proporciona el haber llegado tarde de un lugar inhóspito en el que nunca había risas ni abrazos ni apenas comida. Los primeros años les pareció que su empeño iba a dar fruto, pero luego notaron cierto desánimo. No había manera de hallar el hilo que les uniera al cabo que anudara el ovillo.

Hace dos navidades que la cosa cambió. Un mal viento en forma de accidente se llevó a la mujer que, junto con el hombre, habían querido ser padres como una vocación que no podían rehusar. El hombre se encontró en medio de un desierto. No pudo siquiera pararse a llorar. Los llantos estorbaban si quería vigilar con los dos ojos a aquellos niños que todavía parecían no haberse adaptado a la vida que ellos querían ofrecerles. Así el hombre guardó su duelo para más adelante y solo, sin la mano cálida de su compañera, intentó trenzar la vida como buenamente podía. En eso anda, más por el desconsuelo que por la esperanza misma. Así lo ha sorprendido otra nueva navidad, una navidad en la que la música estorba si no se quiere recordar que los compases ausentes siguen doliendo tanto.

 

(Nacimiento. Murillo) 

domingo, 18 de diciembre de 2016

"Nunca me ha gustado cómo huelen los libros"


(Harriet Walker es Fanny Ferrars Dashwood en la película de Ang Lee)

Esta frase la pronuncia Fanny Ferrars Dashwood, la esposa del hermanastro de las hermanas Dashwood (Elinor, Marianne y Margaret) al enseñarle a su hermano Edward Ferrars la casa familiar que su marido ha heredado a la muerte de su padre. La desgracia femenina de perder todo derecho en la vía sucesoria de bienes e inmuebles para beneficiar a los varones, incluso con parentescos lejanos, está presente en toda la obra de Jane Austen y siempre con un punto de crítica. 

A la muerte del señor Dashwood, su segunda esposa y las tres hijas que ha tenido con ella, se quedan desamparadas, a merced únicamente de la bondad de su hijo mayor, a quien, en su lecho de muerte, el padre hace prometer que cuidará de ellas. Las promesas se diluyen y se interpretan como uno quiere. Y Fanny es una enorme manipuladora que conseguirá que su marido vea las cosas como ellas las ve: ni un duro para estas mujeres, que tendrán que aviarse con las 500 libras anuales que les ha dejado el padre y que, además, tendrán la suerte de tener poquísimos gastos: no tendrán caballos, ni carros, ni coches, ni casas, ni vida social....En un diálogo digno de un genio literario como era Austen, el hermano Dashwood pasa de querer regalarles 3000 libras a no darles nada. 


(En la versión de Ang Lee de "Sentido y sensibilidad" la madre y las tres hijas llegan a Barton Cottage a vivir humildemente gracias a un lejano pariente) 

Fanny es un mujer odiosa. Estirada y con ansias de grandeza, deseosa de encumbrarse a costa de los demás, demuestra malos sentimientos cuando llega a la casa tras la muerte de su suegro, de apodera de ella y no siente la mínima empatía por el sufrimiento de la señora Dashwodd y de sus hijas. Solo Edward, que llega de visita, es capaz de entender por lo que están pasando y esto será suficiente para hacer nacer en Elinor un sentimiento poderoso hacia él. 

El retrato de Fanny la presenta también como una mujer manipuladora. Lo hace con su marido, lo hace con su madre (aunque este es un personaje que solo aparece citado), con sus propios hermanos y con el mundo en general. La jugarreta que la vida le juega cuando descubre que su hermano mayor está atado por la promesa de un matrimonio inconveniente con una muchacha francamente trepa, la enfurece y logra cambiar todo el desenlace de la historia cuando la madre deshereda a ese hermano en beneficio del otro. Es así como un cambio de fortuna puede dar lugar a que se unan dos corazones que se han entendido desde el principio. A su modo y con la prudencia que a ambos les caracteriza, lo que sienten mutuamente Elinor y Edward es eso, amor a primera vista. Pero mucho más sólido de lo que parecer puede. 


(En la escena final del film de Ang Lee, la pareja formada por Elinor (Emma Thompson) y Edward (Hugh Grant) consigue unirse en matrimonio después de muchas vicisitudes)

Un personaje tan desagradable y malvado como Fanny Ferrars Dashwood tenía que tener su merecido y, aunque Jane Austen no es para nada una escritora moralista ni de moralejas, está claro que no pasó esto por alto. De esa manera, tiene que soportar que una advenediza sin fortuna se case con su hermano mayor, Robert, heredero, él sí, de la fortuna y que su segundo hermano, devenido en pastor gracias a la ayuda del magnánimo coronel Brandon (qué gran personaje este) se despose con su amada, que no es otra que Elinor Dashwodd. 

¿Quería decirnos algo más Jane Austen cuando casa a Elinor, el sentido, con el hombre al que ama y, en cambio, despoja a Marianne, la sensibilidad, del que ella desea para que termine sus ideas con un hombre bueno pero por el que no siente pasión? ¿O será que, en cierto modo, ambas hermanas terminan asimilándose la una a la otra y, al final, ni Elinor es tan sensata ni Marianne tan impulsiva? 
Este es uno más de los misterios de Austen, que aparecen cuando lees sus obras con la mirada atenta de quien sabe que entra en un paraíso indescifrable de emociones sin límite. 


viernes, 9 de diciembre de 2016

Siete libros que he disfrutado leyendo en 2016


Me llamo Lucy Barton de Elisabeth Strout (Duomo / 1984, 16,80 euros). Una escritora con un pasado lleno de penurias convalece en el hospital con su madre al lado, en una última oportunidad para su reconciliación. Cualquiera de nosotros se ha preguntado en alguna ocasión si hizo todo lo que estaba en su mano para que la relación con su madre haya sido positiva. Las respuestas son muchas y las tuyas, como las mías, quizá no coincidan con las de la autora. Pero estoy segura de que pensarás en ello desde otro punto de vista. Te perdonarás a ti misma. Te entenderás mejor. Y la entenderás a ella. 


Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff (Errata Naturae y Periférica / La Campana, 23,95 euros). La historia real de la madre de la autora, una judía de la burguesía berlinesa que vive una juventud liberada hasta que topa con el ascenso de los nazis. Este es uno de esos libros que lees y recomiendas. Y luego resulta que hay mucha otra gente que ha hecho lo mismo, leerlo y recomendarlo. La fuerza del boca a boca y la huracanada eficacia de los blogs de lectura (a los que los autores deberían agradecer su desinteresado esfuerzo) han hecho del libro un best-seller de los buenos, no de esos que nadie lee y que se colocan en la estantería sin deshojarlos. 


Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin (Alfaguara / 20,90 euros). Los cuentos de Lucia Berlin extraen su material, pasado por la ironía, de la dura vida de su autora: padre itinerante, madre fría, tres matrimonios fracasados, dependencia del alcohol, dolor y escaso reconocimiento en vida. En Lucia Berlin se halla una voz desposeída. Una persona aparentemente fracasada que se reconcilia con la vida a través de la memoria que dejan sus relatos. Todos los que escribimos sentimos que algo nuestro debería quedar, pero no todos tenemos el talento suficiente, esa varita mágica que nos distingue. En el caso de Berlin están esos personajes tratados con reverencia y con una mirada compasiva y brutal. 


Las dos señoras Grenville de Dominick Dunne (Libros del Asteroide) Nueva York, años cuarenta del siglo XX, una familia bien tiene que soportar que una corista se case con su hijo más querido. Como si fuera una crónica de sociedad bien hecha, un relato de esos que nos llaman la atención en las revistas de colores, aquí todo transcurre entre el lujo y la sordidez. Porque no es oro todo lo que reluce y porque el autor ha querido que las luces y las sombras tengan igual peso. El personaje de la segunda señora Grenville es brutal, una de esas mujeres inolvidables que bien podían protagonizar un foto-call o una soirée con ministros. 



En manos de las furias de Lauren Groff (Lumen) La historia de Lotto y Mathilde, dos jóvenes que viven una historia de amor y entrega durante más de veinte años. Pero el destino se impone y el matrimonio se tambalea. Las contradicciones surgen y también la tradición. Este es, de todos modos, un relato inquietante. La forma de narrar las relaciones entre los dos; la personalidad de cada uno de ellos; los entornos; las familias, todo tiene un aire de tremenda contrariedad, como si a cada paso estuviéramos esperando una llamarada, algo que eleve el tono de la narración y lo haga tan voluptuoso e incesante como una novela de misterio. 


A contraluz de Rachel Cusk (Libros del Asteroide). Una novela sobre cómo nos contamos historias y tejemos el relato de nuestras vidas. En sus páginas aparece una gran variedad de seres humanos a los que retrata con autenticidad y hondura. Hablar, hablar, hablar. Decir lo que somos, salir de nosotros mismos, comunicarnos, verbalizar. Dicen que las personas necesitan hablar y descubrirse. Que, cuando las palabras se guardan y se esconden, algo se pudre, se muere, se convierte en detritus. La capacidad de la protagonista para escuchar y aprovechar lo que escucha es un elemento que nos recuerda a las contadoras de cuentos clásicos de la historia. Pero los conflictos son actuales, terribles, llenos de verdad, de fuerza, de emoción. 


Una vista del puerto de Elizabeth Taylor (Gatopardo ediciones). Las relaciones afectivas y familiares en las clases medias y altas británicas, a partir de la vida en un pequeño pueblo de la costa inglesa, durante los años posteriores a la segunda guerra mundial. Tener un amante, ocultar el amor, fisgonear lo que pasa en la casa de al lado, contemplar la vida de los otros desde un burladero aparentemente apacible. Ser normal. Ser diferente. Estar a tono con lo que todos esperan de ti, convertirse en algo que nunca has querido ser. Sufrir y soñar, todo en uno. El arte y la vida, a la espera. Difícil decisión, difícil encuentro de expectativas. Este libro no es lo que parece, que no te engañe su apacible portada.